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Subida a la Capilla
(Sierra del Valle de Abdalajís)

Trepando por un escarpe para alcanzar la cuerda.

 

Subida a la Capilla
(Sierra del Valle de Abdalajís)
(16-2-03)

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Salí de casa con muchas ganas de subir a cualquier sierra cercana. A las 7,30 h., la ciudad estaba oscura y silenciosa. La gente dormía aún. El aire fresco me recibió con un saludo helado. Bien abrigada me dirigí a San Bartolomé, en el centro de Antequera.

En la plazuela esperaban Antonio, Rocío, Pepe, Julio, Diego, Joaquín y Javier. Tras ponernos de acuerdo, se decidió hacer La Capilla (1208 m.), en la Sierra del Valle, a 21 Km. Y unos 25 minutos de viaje.

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El Pico Capilla, y al fondo y a la derecha la Huma (fotografía tomada desde la carretera de Antequera al Valle

Según se llega al Valle, desde Antequera, antes de entrar al pueblo, hay un bar llamado Los Atanores debido al manantial que nace justo allí. Dejamos los coches en sus aparcamientos y comenzamos la marcha.

Hay una señalización, junto al venero, del PR 86 , donde comienza la vereda que sube al lugar llamado Los Charcones. Está perfectamente definida y sobrepasa algunos cortijos situados al pie de la empinada ladera.

Es la cara Norte.

Son las 8´30 h., de la mañana y la luz entra por los montes como filamentos dorados, tocando con arrolladora delicadeza cada pico, cada loma, cada valle o vaguada. Llegando finalmente a nuestros rostros y cuerpos para colarse por las rendijas del alma.

Entonces, y, solo entonces...

Los verdes se vuelven brillo,

los matojos se enderezan, y,

destellan los cortijillos.

Como cantaba Lole: -¡Ya ha llegao la mañana!

La vereda da un giro hacia la izquierda y enlaza con un carril poco transitado, que asciende en sentido sur. Tras un trayecto en línea recta se llega al perfil de la loma y se divisa una gran extensión de sierras:

Al frente, el Valle del Guadalhorce y, más lejana, la Costa del Sol.

A la izquierda, al pie de un tajo, El Valle de Abdalajís.

Ante nosotros, una explanada inclinada de grandes piedras calizas, formando planchas de rocas erosionadas.

A nuestra derecha, sigue la senda, sobre estas planchas de piedra, pero se aprecia poco y llega a perderse. Hay que seguir por intuición hasta lo más alto de esta falda. Para bordear la cima también por la derecha.

Todos los muchachos van delante. ¡Y no por que sean más rápidos que nosotras...! ¡No! Es que los hemos dejado pasar. ¡Qué vamos a hacer con ellos...!

Andamos, ahora, por las rocas.

Rocío viene detrás. La espero. Dirijo la mirada, de nuevo, al Este..., y, quedo satisfecha.

La mañana se estrena ante nosotras sin ningún pudor.

El Sol me deslumbra.

Al fondo, al pie de un enorme cortado, respira el pueblo. Sus casas blancas lanzan destellos que rivalizan con los reflejos delgados de los arroyos. Algo más cerca, hay una cancha verde que sube, junto a la luz, con la velocidad del viento. Y, ya, bajo nuestros pies, se sienten las cálidas planchas de piedra como bandejas de plata.

La brisa nos trae tomillos y mejoranas.

-¡Aaaah! -explota un sonido en el aire..., y, me doy cuenta de que es mi voz, pero..., se escapa a otra parte.

Me alcanza Rocío y seguimos el ascenso.

Las rocas se hacen más grandes según se llega a lo más alto. Dibujan formas diversas y dejan, entre las hendiduras, un lugar a las palmas y las aulagas.

Las aulagas están en plena floración. Sus tonos amarillos alegran la grisura. Los palmitos se vuelven al este y abren sus abanicos, como en un caluroso aplauso. Yo..., me siento reconfortada. Abro también los brazos y participo a pleno pulmón, recogiendo el gran empuje de energía que me trae la mañana.

Rocío me da un empujón.

-¡Niña! ¡Venga, que no se ve a esa gente! ¡Pepeeee! ¿Dónde estás, lucero?

Los demás ya habían volteado y no se veían...

-Aquí no nos perdemos, Rocío. -la tranquilicé. No nos queda otra que seguir hacia arriba. ¡Ya veo la vereda!

En la cima, resurgía la senda.

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Sierra Chimeneas dormida entre algodones blancos

El camino te va llevando hacia La Capilla, que ya se aprecia al fondo. Una pared de torcas calizas se continúa a mano izquierda y la senda trascurre junto a ella. Las aulagas se multiplican y, si giras la mirada, se aprecia la Sierra de Las Chimeneas, que hoy, por efecto de las brumas, parecía una inmensa bestia dormida, sobre una manta de algodones blancos.

Poco a poco, fuimos acercándonos al lugar donde nos esperaba el grupo para desayunar. Desde allí, a lo lejos, y, en medio del silencio de las montañas, oigo la voz de Joaquín:

-¡Carmelaaaa!

-¿Quéeee?

-¡Vende la mochila y cómprate un dominó!

-¿Qué dices?

-¡Qué vendas la mochila, que vaya paso que traes! Ja, ja, ja.

-¡Joaquíiiiin! ¿Tu sabes dónde se colgó el cesto Caperucita?

-¿Dónde?

-¡Aquí! ¡Toma! Le respondo con un corte de mangas.

Y Rocío.

-¡Hay, por Dios! ¡Qué cosas tenéis!

Entre risas y juegos, llegamos al sitio. Los encontramos con las mochilas y demás enseres semicolgados, indecisos, mirando a varios lados, buscando un lugar donde aposentarse.

-Ya nos hemos cambiado de sitio tres veces... -dice Julio.

Y es que todos los domingos ocurre lo mismo:

-¿Dónde pongo el mantel? Decidiros -protesta Pepe.

-¡Aquí!

-¡No! ¡Aquí!

-Este rincón está más resguardado!

-¡Pero si está lleno de cagarrutas de cabra...!¡Ahí no me siento yo! -dice el Clavijo.

Rocío indaga cuando parece que la cosa está decidida:

-¿Aquí?¿Seguro? ¡Mira que cuando yo me siente..., se sienta el mundo!

Con los primeros bocados, Diego cuenta un sucedido que le ocurrió a un compañero.

Al parecer, la chica de la limpieza comentaba a su jefe lo bien que lo había pasado el fin de semana.

-Mire usted, Don Sebastián. Fuimos a la playa, mi novio y yo, con los amigos. Comimos, "mos bañemos", "nademos", "juguemos"... ¡Tan bien lo "pasemos" que hasta "follemos"! (¡Pero usted no se lo diga a mi padre!)

El grupo al unísono dejó escapar una carcajada.

-¡Las playas a las personas, grandes bienes proporcionan! -dice Joaquín con gracia.

-Pues ¡anda! que lo que le pasó a una enfermera amiga de una amiga! -añado.

Fue en una consulta médica. Una señora con un bebé se mostraba preocupada por que el niño no ganaba peso. El médico le explora las mamas y le dice:

-¿Cómo va a ganar peso si usted no tiene leche...?

A lo que contesta la mujer:

-¡No! ¡Si yo soy su tía!

Nuevo coro de risas.

Ya empezaron los chascarrillos, con lo cual, van saliendo uno detrás de otro como un rosario, a cual más divertido.

Tras echar un buen trago de vino de la bota de Juan, me decido también a contarles lo que le pasó a mi sobrina María hace solo unas semanas...

La niña, de 6 años, estaba ingresada en el hospital por una operación del tabique nasal. Tras chocar con una puerta de cristal, calló de culo al suelo con la naricilla rota. ¡Pobrecilla!

Llevaba tres días ingresada. Cada uno de los cuales, la enfermera había cumplimentado el formulario de rutina:

-¿Respira bien?

-¿Ha comido?

-¿Ha hecho pipí?¿Cuántas veces?

-¿Ha hecho caca?, etc., etc.

Al segundo día, la misma rutina. Igualmente, al tercer día.

Ya se encontraba mejor. Estaba en la cama, coloreando muy entretenida, cuando la enfermera volvió a preguntar:

-¿Ha hecho caca?

-¿Ha hecho pipí?...

De pronto, a la niña se le escapa un peo.

Levanta muy seria la cabeza y le dice señalando con el dedo índice:

-Apunta un peo.

Las risas se dejaron oír en la cañada.

El ambiente era distendido y el grupo se sentía unido. Había muy buen rollo.

Después de bebernos el chocolatito de Pepe J., recogimos y continuamos.

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En el Pico, se aprecia como la cuerda sigue hacia el Norte para asomarse a la sierra de las Chimeneas, que está justo al fondo, con su pico más alto: Camorro Alto.

Al voltear las grandes rocas donde habíamos desayunado, la vereda se hizo más estrecha pero bien definida. La belleza fue increscendo. Trascurría por la cara norte del monte, a través de una hermosa pared. Ésta caía en vertical sobre un pequeño valle recientemente quemado. Al otro lado del cual se levanta imponente La Capilla.

La vereda perfilaba el cortado por una zona escalonada de manera que no presentaba demasiado riesgo, aún a pesar de la verticalidad. Los grandes escalones tenían una hermosa alfombra verde y la frescura intensa de la umbría.

Una vez atravesada la gran pared continuamos en dirección hacia La Huma, dejando la falda de La Capilla siempre a nuestra derecha.

Se llega a un cruce de caminos donde hay una señalización del PR 86 que indica tres senderos.

Uno al Sur, hacia El Valle, otro al Norte, hacia La Capilla y otro hacia el suroeste, que lleva a La Huma. Hay que decir que los tiempos indicados en ellas son erróneos. Así, por ejemplo, para subir a La Capilla indica 2`30 h., y se hace en 30 minutos (ida), desde ese punto.

Igualmente el tiempo indicado para llegar al Valle, 2 h. 30´, nos pareció exagerado.

Comenzamos la subida sobre las 11 h., con gran empeño pues según los tiempos indicados no sabíamos qué pensar... La ascensión era fuerte pero corta, hay vereda hasta casi la cumbre. La vegetación de palmas y arbustos va escaseando conforme llegamos a la cima. Allí la roca se desnuda de verdes y resulta de una gran belleza. No hay vértice geodésico. Pero sí un montículo de piedras donde el GPS de Julio marcó 1208 m., de altitud. La cresta hace una forma curva que gira hacia el Norte y se asoma con gracia para ver las Sierra de Las Chimeneas.

En la cumbre, nos detuvimos unos minutos para saborear el esfuerzo realizado. Es agradable la sensación de conseguir una meta y es muy conveniente dedicar un tiempo para digerir esta satisfacción. La mente toma conciencia de la hermosura que nos rodea. Las endorfinas elevan los ánimos y calientan los corazones. Uno se siente más amigo, mejor compañero, más humano. Pequeño ante tanta grandeza, pero grande por la batalla ganada a las alturas.

En más de una ocasión, al marchar de vuelta, tras una dura ascensión, y desde cierta lejanía, al mirar hacia atrás, hemos hecho un buen corte de mangas a la montaña, diciendo, por ejemplo:

-¡Toma Maroma, que he podido contigo! Y las sonrisas de los rostros, delatan una gran complicidad.

La vuelta la hicimos en hora y media. Como he dicho antes, la información del hito era errónea.

Siguiendo la indicación, atravesamos una zona rocosa que, en el Valle, denominan: El Torcal Chico y que llega hasta el cortijo Los Charcones, hoy en ruinas. De allí parte un carril de reciente construcción que lleva directamente al pueblo, saliendo a la zona que llaman Las Laderas, a la calle Viento y al Colegio Público Nescania.

Hay que decir que este carril se impone en la hermosa Sierra como un enorme destrozo, afeándola considerablemente. No sé exactamente con qué motivo se ha construido. Confiemos en que su funcionalidad palie lo suficiente el deterioro causado.

De nuevo en los Atanores a las 13´30 h., subimos a los vehículos y regresamos a Antequera sobre las dos de la tarde.

© texto, fotos y croquis Carmen Rosa Aguayo. Antequera. 27-02-03