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Sobre estas líneas: Saliendo de Niu de l´Àliga

A la izquierda: Bajando del Pas dels Gasolans

CAVALLS DEL VENT
Finlandeses en el Cadí

José Miralles (otoño de 2008)
Fotografías Hannu Joentausta y José Miralles

Desde que en 2002 hicimos el circuito de montaña “Carros de Foc” por el Valle de Arán habíamos quedado con el deseo de hacer otro similar. La ocasión se presentó el mes de septiembre de 2008, cuando pudimos hacer el de “Cavalls del Vent” ( www.cavallsdelvent.com ). Se trata de un circuito inaugurado en 2003 que une distintos refugios del macizo del Cadí, en la parte sur del Pirineo Oriental. Tiene una longitud de unos 90 km y discurre entre los 900 m y 2500 m de altura. Atraviesa variados parajes de gran belleza y desde su recorrido puede contemplarse el soleado valle de la Cerdanya, con las altas montañas de la frontera con Francia y Andorra al fondo, el impresionante bloque granítico del Pedraforca o la verde comarca del Ripollés. A pesar de que este circuito guarda cierta similitud con el de “Carros de Foc”, que podría considerarse su hermano mayor, la verdad es que no tiene ni la dureza ni la espectacularidad de aquel. Claro que para nosotros tampoco han pasado estos seis años en balde y no estoy seguro de que ahora fuéramos capaces de repetir la hazaña del circuito aranés. Y es que hemos llegado a una edad en que, más que batir marcas de velocidad, lo que nos gusta es ir disfrutando del paisaje, charlar con unos y otros, y detenernos a descansar en cada uno de los innumerables rincones que merecen la pena hacerlo.

 
 
Llegando a Prats d´Agulló

Cuando empecé a proyectar este viaje me puse en contacto con Joan Freixes, el mantenedor de la web de los “Cavalls”. Fue un gran acierto: Joan me contestó inmediatamente a todos y cada uno de los correos que le envié, dándome tantos consejos e información como yo le iba requiriendo. Tuvo también paciencia para modificar nuestras reservas a medida que algunos compañeros del grupo tenían que anular las que habían hecho y en su lugar se apuntaban otros. Fue el mismo Joan quien me aconsejó subir en taxis desde Puigcerdà al refugio de Serrat de les Esposes e iniciar allí el circuito en dirección oeste, haciendo noche en los refugios de Prats d´Agulló, Gresolet, Sant Jordi y Niu de l´Àliga.

Así pues, el pasado día 6 de septiembre subimos al avión que nos llevó de Helsinki a Barcelona. Pasamos en esta capital veinticuatro horas y al día siguiente tomamos el tren a Puigcerdà. Por suerte o por desgracia, debido a las obras de acondicionamiento de la línea férrea desde Ribes de Freser a la capital de la Cerdanya, este tramo lo tuvimos que hacer en autobús por la serpenteante Collada de Tosses. Fue un poco pesado ya que de Barcelona a Puigcerdà no hay mucho más de 150 km y tardamos en total más de tres horas en cubrirlo. Sin embargo, la amplitud del paisaje que se contempla yendo por la Collada y que no puede verse desde el tren cuando éste atraviesa los túneles del fondo del valle bien merece la pena el tiempo extra invertido.

Aprovechamos la tarde en Puigcerdà para desplazarnos a la cercana población de Vilallobent en donde, con motivo de su Fiesta Mayor, se celebraba un “aplec” (concierto y baile popular) de sardanas. Para mí, después de unos años de no haber podido asistir a ninguno, fue emocionante, y para mis compañeros finlandeses que, como la mayoría de extranjeros, creen que el único folclore de España es el flamenco, interesante. Por la noche nos “preparamos” convenientemente para la travesía que íbamos a iniciar al día siguiente comiendo una opípara cena a base de tapas variadas, deliciosas y abundantes en el restaurante “Tapanyam” de Puigcerdà, restaurante que me atrevo a recomendar, así como el hotel Términus, limpio y cómodo establecimiento familiar de precio razonable en donde recibimos un buen trato.

Al día siguiente, dos taxis-furgoneta nos subieron al refugio de Serrat de les Esposes (1511 m). No sé si teníamos aspecto de domingueros, pero las chicas encargadas del refugio, viendo que ya eran las once de la mañana, nos metieron miedo en el cuerpo diciéndonos que ya era muy tarde y que nos diéramos prisa, pues la caminata hasta el refugio de Prats d´Agulló duraba seis horas y media. Apurados, cogimos las camisetas y los forfaits del circuito en los que pusimos el primer sello y salimos inmediatamente. El segundo sello lo pusimos poco después, al pasar por el pequeño y acogedor refugio de Cortals de l´Ingle. A partir de allí empezamos a subir hasta el collado de Vimboca, desde el cual fuimos siguiendo la cresta de Serrat de la Muga, con fuertes subidas y bajadas hasta llegar, bastante cansados y casi anocheciendo, al refugio de Prats d´Agulló.

 
 
Rojos de Madrid y finlandeses celebrando la Diada

Allí también se hospedaron aquella noche doce excursionistas madrileños. Enseguida me llamó la atención ese grupo. Estaba formado, curiosamente, por once hombres y una mujer. En el nuestro éramos nueve hombres y seis mujeres. Cuando luego les preguntamos dónde estaban sus mujeres nos respondieron que “ya las habían facturado”... Por su desenfadada conversación pudimos adivinar que se lo estaban pasando en grande. Más o menos eran de nuestra edad, entre 40 y 65 años. En cuanto tuvimos ocasión, empezamos a charlar con ellos y, a partir de aquel momento, se estableció entre ellos y nosotros un lazo de simpatía que iba a fortalecerse durante los días siguientes y que espero se mantenga en el futuro. “Los Rojos de Madrid”, como se autodenominaban los miembros de aquel alegre grupo, habían empezado el circuito un día antes que nosotros desde Rebost, situado un par de refugios antes del de nuestro inicio. Ya entonces, al saber que en nuestra última etapa y con prisas por llegar al refugio de salida íbamos a hacer el tramo Niu de l´Àliga-Serrat de les Esposes, nos pusieron sobre aviso acerca de dos puntos de este recorrido a los que me referiré más adelante.

El segundo y el tercer día transcurrieron sin incidencias. Otra vez tuve que constatar que cuando a un finlandés se le da un plano es inacapaz de resistir la tentación de caminar en vanguardia intentando descubrir el itinerario y llegar el primero al final del recorrido. Así, a pesar de que habíamos acordado que iríamos todos en grupo y sin prisas, en cada etapa se me desmandaron unos cuantos que no estaban tranquilos hasta que llegaban al refugio, aunque allí no hubiera nada más que hacer que esperar a que llegáramos los demás. Enfín, allá ellos, que ya son adultos...

Cenando la tercera noche en el refugio de Sant Jordi se me sublevaron las mujeres. A ello contribuyó Joaquim, un simpático y apuesto joven de Barcelona que conocía muy bien la montaña y que estaba haciendo el circuito solo. La etapa que nos esperaba al día siguiente, entre los refugios de Sant Jordi y el del Niu de l´Àliga pasando por el de Rebost, iba a ser la más larga (20 km) y la más dura del recorrido, con 500 m de bajada y 1500 m de subida. Las féminas del grupo, temiendo no ser capaces de llevarla a cabo, le pidieron a Joaquim consejo a mis espaldas y el muy traidor les sugirió llegar al Niu de l´Àliga subiendo desde Sant Jordi al collado de Moixeró y luego proseguir por la cresta de Serrat de la Miquela. En gran parte, iba a ser la misma ruta que teníamos que hacer el último día en dirección contraria. Cuando vinieron en comité a exponerme su complot me sentí tentado de imponer mi voluntad, pero la vida me ha enseñado que contra un grupo de mujeres es inútil luchar, se acaba claudicando siempre. Lo sometí entonces a votación a mano alzada. Las seis mujeres, claro, votaron por esa ruta más corta (unos 12 km) y los demás hombres por la más larga. Yo, en el fondo, tampoco me veía muy capaz de hacer la ruta más larga pero como mi pundonor me impedía reconocerlo en público, quedé como un caballero declarando entonces que, como jefe y responsable del grupo, no podía dejar solas a las mujeres y que me “sacrificaría” acompañándolas. Lo divertido fue que, al día siguiente, cuando llegó la hora de partir, todos los demás menos cuatro se apuntaron también al grupo de las mujeres. Claro que lo hicieron, según dijeron, para no dejarme solo. Me quedaron mis dudas...

Así pues, aquel día, el de la Diada de Cataluña, tras fotografiarnos en franca camadería con los “Rojos de Madrid” bajo la ondeante Senyera, el grueso del grupo emprendimos la subida por el collado de Dental mientras que los cuatro más esforzados partieron por la ruta que hubiésemos tenido que seguir pasando por el refugio de Rebost.

Todo fue bien hasta que llegamos a los 2000 m, en el collado de Jou. Hasta entonces habíamos tenido muy buen tiempo, pero unos negros nubarrones acompañados de retumbar de truenos se fueron acercando rápidamente por el oeste. Apenas tuvimos tiempo de ponernos los Goretex y enfundar las mochilas cuando descargó sobre nosotros una de las peores tormentas eléctricas y de granizo que recuerdo haber vivido. Los relámpagos caían por doquier, la montaña retumbaba como si la agitara un terremoto y la fuerte lluvia se acompañaba de granizo que parecía querer taladrar nuestras ropas. Esperamos un poco a ver si pasaba lo peor pero viendo que no amainaba, nos resignamos a seguir subiendo aquellos 500 m de desnivel que quedaban hasta el refugio, situado en el punto más alto del recorrido, a 2537 m.

Cuando al fin llegamos, chorreantes, tras dos horas de dura subida, casi sin sacarnos la ropa nos dirigimos al bar. Primero acabamos todo el coñac que tenían y luego casi todo el ron que les quedaba. No sabíamos si nos temblaban más las piernas por el cansancio o por el susto que llevábamos. Y cuando gracias a los efectos del alcohol ya nos íbamos calmando, descubrimos el cartel de la Universidad de Cataluña que, encima de la misma barra del bar, advierte que nos encontramos en una zona de especial peligro de tormentas eléctricas y recomienda buscar amparo en el refugio en caso de mal tiempo. ¡A buena hora! Al poco de haber llegado nosotros lo hicieron los otros cuatro compañeros que habían hecho el recorrido por el Rebost. También estaban agotados y empapados de agua, pero tenían la satisfacción de haber hecho lo que nosotros no nos habíamos sentido capaces. Brindamos por ellos.

 
 
Señales con vida

La tormenta eléctrica siguió toda la noche. ¡Menos mal que no nos habíamos quedado por el camino a esperar que calmara! El día siguiente amaneció muy nublado pero ya no llovía ni relampagueaba. Iniciamos el descenso por la misma ruta por la que habíamos subido y, en secreto, agradecí la feliz idea que habíamos tenido de pasar por allí el día anterior ya que, con buen tiempo, habíamos podido admirar la belleza del paisaje que se contempla desde el cordal. Aquel día, de bajada y con niebla, trabajo teníamos para ir siguiendo las marcas del camino. Fue entonces cuando supimos reconocer plenamente los buenos consejos que nos habían dado los “Rojos de Madrid”: tal como nos habían recomendado, al llegar al collado de Molins, en lugar de subir a Penyes Altes, tomamos el sendero que las bordea por la vertiente norte. Dos de los nuestros tomaron la ruta “oficial”, subiendo a las Penyes. Cuando nos reunimos de nuevo con ellos en la confluencia de ambos senderos nos contaron lo dificultoso que había sido trepar por esas peñas. Según ellos, las compañeras del grupo que sufrían de vértigo no hubiesen podido pasar por allí. Un poco más adelante alcanzamos el lugar de la segunda recomendación: que al llegar al Plà de Moixeró nos fijáramos en que las señales del itinerario se apartan del cordal y descienden hacia el valle del Torrente de Moixeró mientras que el trazado del plano indica proseguir el camino hasta el valle siguiente, por detrás del Roc Cremat, por donde habían bajado ellos y que calificaron como infernal. Así pues, bendiciendo sus consejos y sin mayores problemas, descendimos tranquilamente hasta el refugio de Serrat de les Esposes, en donde tuvimos aún una hora de tiempo para poner el último sello y comer el bocadillo mientras esperábamos los taxis que acudieron puntualmente a recogernos para empezar a desandar el camino hasta llegar a Finlandia de nuevo.

En resumen, una buena vuelta, justo a la medida de nuestras posibilidades, pero que para nuestro ritmo hubiese sido mejor hacer en seis días, pasando una noche extra en el refugio de Rebost. La organización de los Cavalls, con Joan Freixes de coordinador, muy buena. El itinerario, perfectamente marcado con círculos de color naranja. Todos los encargados de los refugios, agradables y atentos. Mención especial he de hacer de Marina y Sergi, del refugio de Gresolet, extremadamente amables y excelentes profesionales. Las comidas en cada refugio abundantes, sanas y bien preparadas. Bastante butifarra, es verdad, pero a mí, que he de pasar largas temporadas sin probarla, no me importaba en absoluto comerla cada día, y a los finlandeses también les gusta. Sin embargo, no todo fueron maravillas. Comprendo que las condiciones de los refugios de montaña no pueden ser las de un hotel. Vale que se tenga que dormir todos en grupo. Vale que la luz sólo se dé a determinadas horas. Vale que sean los mismos comensales quien pongan y retiren la mesa. Todo esto, de acuerdo. Pero que en algún refugio no haya ducha “porque está estropeada” como en el de Prats d´Agulló, que uno de los dos retretes se mantenga cerrado por la mañana cuando más de treinta personas tienen necesidad de utilizarlo, como en el de Sant Jordi (en el que por cierto no había papel) o, lo que ya fue el colmo, que las mujeres tengan que pasar a través del urinario de los hombres para ir a su único retrete, como sucede en el refugio de Niu de l´Àliga, me parece muy poco correcto, por no decirlo de otra manera. Claro que de esto no tienen ninguna culpa ni los organizadores de los Cavalls ni, creo, los encargados de los refugios. La culpa la tienen los propietarios de esos refugios que se niegan a invertir un poco de dinero en mejoras de sus condiciones higiénicas y el Departamento de Sanidad y Medio Ambiente de la Generalitat que no toma las medidas oportunas para corregirlo. Y si se quiere ver un buen ejemplo de lo que ha de ser un refugio, no es preciso ir muy lejos: ¡basta con visitar el de Gresolet!

Como ya he escrito en otros artículos, existen miles de europeos deseosos de ir a España a hacer senderismo, sobre todo fuera del verano, cuando en sus países hace mal tiempo y en la Península se disfruta aún de un clima casi veraniego. Creo que nuestras autoridades deberían tomar medidas para que la oferta estuviera al nivel que le corresponde y los excursionistas se marcharan con la mejor impresión posible de nuestros parajes y servicios. Entonces este tipo de turismo se convertiría en una fuente constante de divisas para España generando más trabajo y bienestar.

©José-Andrés Miralles (texto y fotos)
jose.miralles@phsotey.fi

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