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Carboneras - Las Negras
(por Agua Amarga y Cala de San Pedro)

Cala de San Pedro

 

Carboneras - Las Negras
(por Agua Amarga y Cala de San Pedro)

8 de agosto de 2003

06 h. 15 m. Empiezo a andar. Me encuentro en Carboneras, localidad situada en el Levante almeriense a 60 kilómetros al NE de la capital. Mi intención es recorrer, no ya la zona más famosa del Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar, que es el nombre que recibió cuando se le otorgó la correspondiente declaración a finales del 87, sino su zona menos conocida, la más salvaje e inhóspita, aquella donde a buen seguro la soledad va a ser mi única compañera. Era algo que presentía en la planificación de la excursión, y algo que se consumó al terminar la misma. Mi intención es llegar a Las Negras, donde he quedado con mi mujer a las 13.00 h.

Como enuncio al principio, comienzo la jornada especialmente temprano, teniendo un principal enemigo en el día de hoy: el sol. Atravieso una Carboneras que todavía duerme, con todos sus establecimientos cerrados. Es de noche, no hay tráfico y solamente me cruzo con alguna pareja que se bate en retirada. Sigo dirección sur, y con el fin de las edificaciones, empieza la secuencia de los puertos construidos en orden inversamente proporcional a la proximidad con el pueblo. El primero con el que me encuentro es el pesquero, construido a principios de los 90 y que contó en su inauguración nada más y nada menos que con la presencia del Jefe del Estado. Este puerto ha dado estabilidad al pueblo, y hoy muchas familias viven de esta actividad.

06.45 h. Paso junto a la pequeña casa que construyera el arquitecto francés André Block a principios de los 60. Aquí lo llaman "El Laberinto" y se puede considerar el símbolo de este pueblo. A muy pocos metros se levanta el segundo puerto, el de la Central Térmica, construido a principios de los 80, y el que realmente ha roto de lleno la estética de esta costa. Dotado de una torre de 240 metros de altura que hasta figura en las cartas náuticas como punto relevante de la costa, el conjunto no puede tener peor estética. A esta hora el día ha empezado a clarear y nos encontramos de lleno en el crepúsculo matutino. Aunque todavía no ha salido el sol, hace calor y algo de sudor ya tengo por mi frente. Por fin llego junto al último puerto, el de la cementera, levantado a finales de los setenta. Se construyó guardando dentro de lo posible la estética y desde el pueblo casi no se ve, ni la fábrica de cemento, ni su puerto.

Al terminar de atravesarlo, termina también el poco tráfico de camiones, coches y alguna moto que se dirigía desde Carboneras a los trabajos. Ahora la carretera ha quedado solo para el tráfico que hay con la vecina pedanía de Agua Amarga.

Inicio una pequeña ascensión, a las estribaciones de la llamada "Mesa Roldán", un promontorio de grandes dimensiones, y en donde se encuentra el faro peninsular más alto, que tiene nombre homónimo.

07.30 h. Es la primera vez que veo el disco solar. Me encuentro en lo más alto de la Playa de los Muertos, perteneciente todavía a Carboneras y puerta norte del Parque Natural. Para acceder a ella, hay que bajar por una senda perfectamente identificada, y tras quince minutos te encuentras en una de las playas mejores de todo el litoral. Es difícil encontrar unas aguas tan cristalinas como las que tiene este lugar. El único inconveniente es que en temporada estival la afluencia de turistas rompe y destroza la realidad ensoñadora que puede atesorar este paraje en cualquier otra época del año.

Sigo mi camino y abandono el lateral de la carretera para caminar por una senda, a diez o quince metros a la izquierda de la primera. Prefiero pisar tierra que pisar asfalto.

Aunque hay alguna nube alta, el día parece que va a ser caluroso, propio de esta tierra, propio de estas fechas.

08.05 h. Diviso Agua Amarga. Me encuentro en lo alto de una de las dos montañas que escoltan la población. Concretamente en esta, hace tiempo hubo un descargadero de mineral de hierro, hoy solo recordado por las pocas construcciones que todavía han aguantado el paso de los años. Agua Amarga pertenece al municipio de Níjar y ha sido un fondeadero muy apreciado por todas las civilizaciones que por aquí han pasado, ya que ofrece abrigo al viento predominante de la zona, el levante. Más de cien barcas de todos los colores, se encuentran fondeadas en sus tranquilas aguas.

El pueblo se empieza a despertar. Me cruzo con algún camión de reparto y algún turista madrugador paseando su perro. Sin pararme, atravieso Agua Amarga y sigo dirección sur, subiendo por la otra montaña que cierra el pueblo.

08.50 h. Diviso la Cala de Enmedio. Voy andando por una pequeña senda horizontal, muy cómoda y dejo a mi izquierda la citada cala, que tendrá una longitud total no superior a los 200 metros abiertos entre secos acantilados.

09.25 h. Después de seguir por el agradable camino, llego a "El Plomo". Yo había estado hacía más de 25 años y en aquella ocasión pude comprobar que eran "4 casas", justo las mismas que hay hoy en día. Por este lugar el tiempo no ha pasado. Antes de llegar diviso un par de árboles de grandes dimensiones y una zona verde cultivada. Nunca he visto un oasis en el desierto, pero tuve la sensación de haber llegado a uno. Dos perros atados me ladran hasta que se cansan. Me encuentro al final de una rambla y la playa de esta cala tendrá unos 300 metros de longitud. 2 autocaravanas y otro par de coches, una tienda de campaña. Nada más.

Busco la sombra que me ofrece el lateral de una pequeña edificación y bajo ella me cobijo a descansar un rato, y beber algo ¿qué hacen aquí los que viven todo el año? Seguro que trabajar la tierra. Acto seguido me vuelvo a hacer otra pregunta: ¿les dará para vivir?

09.45 h. El rato que descanso me viene estupendamente, no en vano llevaba tres horas andando desde que salí, y no había hecho ninguna parada. Voy bien, sigo siempre pegado al mar y en dirección SSW. Lo primero es subir una fuerte pendiente.

10.05 h. Corono la pequeña elevación. Son 185 m. sobre el nivel del mar y la vista sobre la Cala de El Plomo es magnífica. Cielo azul. Barcos pequeños de pesca a lo lejos, pero no veleros. Mar con borreguitos. Me despido de esta vertiente.

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Las Negras

11.00 h. El sol pega muy duro, aunque corre viento, la sensación de calor es muy fuerte. Diviso el final de mi excursión: Faro de Los Lobos, el playazo, Las Negras y delante el Cerro Negro, punto de gran personalidad en este litoral. Voy por una meseta de 250 metros de altura y desde arriba tengo a mi disposición una impresionante vista de mar. Por supuesto, desde El Plomo no he vuelto a ver a nadie. Veo acantilados desde arriba e intuyo fondos para contemplar. Lugares de difícil acceso, por tierra con cuerdas y por mar con pequeñas embarcaciones. La vegetación es esparto y palmitos en su mayoría, y piedras agujereadas y erosionadas por la acción del viento. Me encuentro en el corazón del Parque Natural del Cabo de Gata. No es el lugar más fotogénico ni el más pintoresco, pero es uno de los más solitarios, de los menos visitados y refleja a la perfección el "espíritu" de este parque. Los colores de este cuadro son los azules oscuros y claros del mar y cielo y los marrones y ocres de la tierra, los verdes oscuros de la vegetación y el blanco de las pequeñas olas que se aprecian a los pies de los acantilados. Paro, miro, contemplo y perdono el largo camino que llevo para haber venido hasta aquí, porque la recompensa está literalmente a la vista.

11.20 h. Diviso la Cala de San Pedro. Desde una altura próxima a los 200 metros la vista es realmente excepcional. La arena clara se adentra en un mar totalmente plano, sin una ola, ya que la playa mira al sur y se encuentra protegida por la Punta Javana que le procura todo el socaire del Levante. El mar ofrece tres tonos cromáticos en función del fondo que cubre: verdoso cuando es arena, azul oscuro cuando son algas, y más oscuro aún cuando son rocas lo que oculta el agua. La playa no tiene más de 500 metros de longitud, y en su parte Oeste se levanta un castillo del siglo XVI, mandado construir bajo el reinado de Felipe II. Los terremotos, los ataques desde el mar y los años no han podido con sus muros, que todavía siguen dignamente en pie. Dos o tres pequeñas construcciones se dejan ver entre la vegetación. La estampa es preciosa, con imaginación parece un inmenso teatro de la ópera, donde el escenario es el mar, la orquesta es la playa y el patio de butacas es un vergel regado por una de las pocas fuentes de agua dulce que hay por esta zona y los palcos son las rocas secas y ausentes de vegetación. Me encuentro en el alma del Parque Natural del Cabo de Gata.

Desde mi dominante posición veo el camino de bajada pero me cuesta trabajo saber dónde esta su principio. Después de algún titubeo, encuentro por dónde perder altura.

12.00 h. Por fin llego a pisar la arena de la Cala. Junto al final del camino hay un pequeño bar que resulta ser muy especial. Tras atravesar la pequeña terraza con todas sus mesas ocupadas, entro en la casa. La estancia tenía una pequeña barra de dos o tres metros de longitud. Me había quedado sin reservas de líquido, ya que me había llevado solo dos litros. La barra la atendía una mujer de edad indefinida ¿30 mal llevados?¿40? Cuando le pregunté si tenía "Acuarius" me miró con una cara que era todo un poema. Después de la negativa, me enunció todo tipo de bebidas refrescantes, completando con el vino, como la última de la lista, ya que parecía que no me decidía por alguna, como además era la realidad. Tomé un refresco y salí al pequeño patio donde se podrían encontrar seis o siete mesas todas ocupadas, por personas en su mayoría jóvenes. Había hombres completamente desnudos, justo el que tenía frente a mí llevaba un clavo clavado en su pezón y mujeres desnudas de cintura para arriba. Un señor calvo de no menos de 60 años se paseaba por la mesas saludando a la gente. Llevaba como única vestimenta unas chanclas. Los "porros" corrían entre las manos de aquellas personas. Yo creo que aquello es lo más parecido a una comuna hippie que he visto en mi vida. A mi derecha, también solo como yo, se encontraba sentado un hombre de mediana edad que llamaba la atención por ir completamente vestido, pantalón y camisa blancas de hilo, aseguro que estoy hablando totalmente en serio, que apuntaba notas en un pequeño cuaderno, ¿qué escribiría? La verdad es que aquella terraza daba para contar muchas cosas y con buena pluma y capacidad de observación se podrían describir muchas situaciones singulares.

Mientras descansaba, veía la arena de la playa, la gente dándome envidia metida en el agua, y en el centro de la ensenada, fondeados, tres veleros de dos palos.

Tenía miedo a salir de debajo de aquel chamizo, porque el sol se me asemejaba a un matón que me "estaba esperando en la calle". Me hice fuerte, me armé de valor y continué ya el último tramo de mi dura excursión.

Saltando entre rocas alcancé el camino que va bordeando la falda de la Sierra de la Higuera y que te permite irte despidiendo gradualmente de esta hermosa Cala. En esta senda me cruzo con un montón de personas que han dejado el coche en Las Negras y van hacia San Pedro. Bordeo por el oeste el Cerro Negro y por fin aparece ante mí el final de mi excursión.

13.15 h. Entro en las calles de Las Negras y termino mi excursión con las dos cosas que más deseo en este momento: Una bebida y una sombra.

 

© texto y fotografías Carlos Díaz

 


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