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TRES EXCURSIONES EN EL PIRINEO ARAGONES. AGOSTO 2002
Bujaruelo - Puerto de Bujaruelo - Refugio de Serradets - Brecha de Rolando - El Dedo

Ibón de Tebarray

TRES EXCURSIONES EN EL PIRINEO ARAGONES. AGOSTO 2002

Bujaruelo - Refugio de Serradets - Brecha de Rolando - El Dedo

21 de agosto de 2002 La del día de hoy acabaría siendo la mejor de las tres excursiones que hice ese verano del año 2002 en el maravilloso Pirineo de Huesca. Esta era la única que suponía un periplo, es decir, salida y vuelta al mismo lugar, para la cual no necesitaba la inestimable ayuda de Magdalena.

06.30 Me levanto. Siguiendo el famoso refrán aprovecho para madrugar, ya que tenía de por medio un pequeño recorrido en coche, por lo que el día me tenía que dar para mucho, y con cuantas más horas cuentes, mejor que mejor. Siempre pueden salir imprevistos, que se traducen en demoras, por lo que conviene desde un primer momento "ensanchar el día". Después de desayunar convenientemente, y recoger todas las cosas que tenía perfectamente preparadas en la mesa de aquel salón-cocina-dormitorio de los niños, salí a por mi coche que dormía en la explanada de Gavín.

07.15 Arranco, dejando completamente dormido este pequeño pueblo de 100 habitantes, perteneciente al municipio de Biescas.

08.15 Llego a Bujaruelo. El camino se había hecho mucho más largo de lo que parecía, ya que para llegar hasta aquí, tuve que coger la carretera que cruza el puerto del Cotefablo, y que desemboca en Torla. Al pasar por allí, pude ver que un grupo de personas hacían cola ya para esperar al autobús de las ocho de la mañana, el tercero de la jornada, y no pude por menos que volver a acordarme de la excursión del año pasado. El pueblo no tenía prácticamente nada de vida, con todas las tiendas cerradas. Solamente se podía ver a algún excursionista que se dirigía a buen paso hacia la parada del bus que le llevaría a la pradera de Ordesa.

Después de cruzar Torla, llego al Puente de los Navarros, y tomo la carretera que discurre por el cañón del río Ara, por su margen izquierda, y que curva a curva, bache a bache, va remontando su curso. Después de pasar por un puente que me cambia de margen, dejo atrás un camping, para seguir hacia donde llaman "El Mesón", que se encuentra a tres kilómetros más arriba. Al final, y coincidiendo con el ensanchamiento del valle, llego a este lugar, donde a mi derecha veo un camping, en el que solo hay pequeñas tiendas, ninguna caravana ni autocaravana. Junto a un pequeño hotel refugio dejo el coche, y me dispongo a ponerme mis maravillosas botas de montaña que me había comprado a primeros de junio, y que tanto me han ayudado en estos días.

08.20 1.340 metros. Después de ajustar el altímetro, comienzo a andar sobre un sendero perfectamente marcado nada más cruzar un puente de piedra sobre un caudaloso río Ara.

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Barranco de Sandaruelo

08.45 1.490 metros. En muy poco tiempo, y gracias a la fuerte pendiente del camino, he ganado la suficiente altura como para tener una preciosa vista de la cuenca que acababa de dejar, del camping, y de todo el valle de Otal, que dos días después conocería en la tercera excursión que tenía programada. Mi camino discurre por lo que parece es, el pequeño cauce de un riachuelo.

09.00 1.620 metros. Cruzo una línea de alta tensión que venía perfectamente identificada en mi mapa, y que me ayuda a confirmar mi posición, algo que busco con bastante frecuencia, y que me tranquiliza, ya que son lugares por donde nunca he pasado y no quiero ni pensar que pueda apartarme de la ruta previamente establecida. La única manera de que eso no pase es seguir fielmente el camino, y buscar constantes ratificaciones de por dónde me encuentro.

09.25 1.770 metros. Hago una parada de pocos minutos, para descansar y aprovechar a contemplar el panorama que se va abriendo ante mí. He dejado la vegetación alta, y los árboles han dejado por consiguiente de acompañarme, me encuentro ahora en una zona de pastos, y por supuesto llena de vacas, que con sus cencerros me dan el oportuno concierto. Desde aquí la vista es impresionante, teniendo al norte el barranco de Sandaruelo, al este el valle de Otal, y al fondo de ese mismo valle, el Collado de la Tendeñera. Todavía no me había dado ni un rayo de sol, y no porque hiciera malo, sino porque me encontraba subiendo por una loma que ascendía hacia el oeste, por lo que el "amanecer" del sol se retardaba.

09.30 Sigo.

09.45 1.850 metros. Por fin me dan los primeros rayos de sol. La excursión discurre en soledad. Solamente había adelantado a un matrimonio que iba muy despacio y que me dieron un poco de charla. Me dijo el señor que habían estado en los ibones azules, llegando a ellos desde el Balneario. Por la descripción que me dió le dije que donde realmente habían estado era en los de Bachimaña. "íComo vamos sin mapa!", se justificó el hombre.

10.15 1.920 metros. Por fin diviso mi destino inmediato: el puerto de Bujaruelo o de Gavarnie, que se recorta perfectamente en el perfil de la cordillera. Todavía me queda mucho por subir, y tengo que hacer otra pequeña parada de cinco minutos para que mi corazón se recupere, y de paso mi garganta también.

10.20 Sigo.

11.00 2.245 metros. Por fin, corono el puerto. Los últimos metros habían sido duros, pero gracias a la marca que seguía el camino perfectamente labrado, pude alcanzar con la razonable comodidad el primer hito de la excursión de hoy. La llegada tengo que reconocer que era "chocante". Después de superar 900 metros de desnivel, y de haber ido prácticamente solo durante todo el camino, lo último que te esperas encontrar son niños en lo más alto. La explicación la tenía en el mapa, ya que ese puerto comunicaba con Francia, y ellos tienen una carretera que les lleva a muy pocos metros de la cima, por lo que ellos "acababan de llegar", mientras que los españoles nos lo habíamos tenido que ganar muy a pulso el subir hasta allí. Algunos de los mayores tienen zapatos. ┐Se puede uno imaginar lo raro que se hace ver un zapato en la montaña? El valle de Otal desde el Puerto

11.05 Después de hacer una breve parada, sigo andando, en medio de un ambiente bastante más desagradable que el que había conocido. Mucha más gente en el camino, un viento frío, y una absoluta falta de vegetación, propia de la umbría permanente que otorga la vertiente norte, eran ahora mis compañeros.

11.15 2.290 metros. El camino pasa junto a unos glaciares, y desde él puedo contemplar lo que seguro es la cumbre del Taillón, mi último destino de este día.

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El "glacier du Taillon"

11.55 2.380 metros. La horizontalidad de la ruta, me permite en poco tiempo ir recorriendo metros, por lo que en un momento me he plantado delante de la cascada que provoca el deshielo del "glacier du Taillon", que aunque no tiene mucho agua, sí la suficiente como para que atravesarla suponga un punto de atención. Desde abajo veo que han puesto unas clavijas o cadenas, no acierto bien a distinguirlo a simple vista, y me tranquilizo con que son estas últimas, gracias al alcance de mi catalejo.

12.05 2.420 metros. El paso de la cascada no había revestido ninguna dificultad, y solamente me había salpicado un poco el agua.

12.20 2.490 metros. Veo el nombrado glaciar del Taillón, causante de la cascada anterior. Tiene un color muy oscuro, ya que hace muchos meses que no cae nada de nieve, y carecía de la blancura y limpieza que le da este fenómeno meteorológico. El camino, no hace falta que lo repita, estaba excesivamente transitado de gente, de franceses, aunque ahora se veían pocos niños.

12.35 2.540 metros. Este es uno de los momentos más emocionantes del día, ya que en un momento se levantan ante mí el refugio de Sarradets, también llamado "Refugio de la Brecha de Rolando", la gran cascada del francés Circo de Gabarnie y presidiendo todo la famosa Brecha de Rolando, natural frontera hispano-francesa, que ya había visto el año pasado desdeRolando, frontera hispano-francesa, que ya había visto el año pasado desde nuestro país, aunque no tan próxima. Es un impresionante corte en la montaña. Es difícil describirlo, hay cosas en que una imagen vale más que un millón de palabras, pero esta imagen no me refiero a una fotografía. Hay lugares que ni la literatura, ni la química podrán describir. Esto hay que ir a verlo, y ya no hace falta que lo archives en ninguna estantería, ni en ningún álbum. El disco duro que tenemos en el cerebro se encarga de mantenértelo en perfecto estado, de por vida.

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En el Glaciar de la Brecha

12.50 2.540 metros. Sin ganar ni perder altura, llego a la puerta del refugio. Delante de mí tengo el llamado "Glacier du la Brèche" que no parece ofrezca más dificultad que la fuerte pendiente que hay que salvar. Una primera parte por lo menos no está helada, solo que hay que tener cuidado ya que el camino parece mucho más estrecho de lo que acaba siendo cuando estas en él.

13.10 2.620 metros. La pendiente es fortísima, y además el piso lo constituyen única y exclusivamente piedras sueltas que dificultan mucho la ascensión, ya que en muchos pasos, según apoyas para avanzar, retrocedes unos centímetros, igual que si subes una duna.

13.20 2.660 metros. Termino esta primera parte, y me encuentro a muy pocos metros ya de la Brecha. Desde aquí, la majestuosidad de la misma es mucho más impresionante de lo que era desde más abajo. Para llegar hasta ella, hay que salvar, esta vez sí, una parte helada. La nieve estaba muy pisada, y no hace falta ni crampones ni piolet, cosa que me alegra mucho porque no llevaba ni lo uno ni lo otro. Poco a poco, paso a paso, voy ascendiendo y ganando metros. La vista sobre las paredes del Circo de Gabarnie son tan impresionantes como inimaginables. Estamos hablando de desniveles de casi mil quinientos metros, y gran parte de ellos reducidos en muy poco espacio, por lo que en muchos casos me encontraba ante literales paredes, pendientes del 90 % o del 100 %. Recuerdo que fue allí donde me dijeron que un invierno, y mientras escalaban una cascada helada, se partió el hielo y cayeron al vacío un grupo de cuatro o cinco escaladores, entre ellos varios monitores. La alta montaña tiene estas verídicas y fatales historias.

13.40 2.740 metros. íPor fin llego! Gracias a la preparación que había hecho de la excursión, me había traído mi abrigo granate, que no pesa nada, y abriga un montón. Me quité el chaleco multiusos, me puse la sudadera, otra vez el chaleco y encima el abrigo. Volví a sacar las perneras de la mochila, y prolongué mis entonces pantalones cortos. También me puse los guantes. Hacía mucho frío, y el viento era helador, pero por la vista que tenía delante de mí, todo merecía la pena. Se veía el lado español mucho más desolado que el francés, lleno de gente. En nuestro país, solamente se adivinaban, ya que la niebla que en ocasiones aparecía impedía tener una vista más amplia, unos neveros, unos córvidos negros que sobrevolaban aquél paisaje y a lo lejos la pared sur del valle de Ordesa. Me empiezo a plantear si continuo o me doy media vuelta. De momento opto por avanzar un poco dirección este por el lado español, por el promontorio conocido como el Bazillac, que es uno de los lados de la brecha. A los pocos metros paro y abro la mochila para comer mi ensalada y mi paté.

14.15 Después de reponer fuerzas, decido continuar un poco hacia el Taillón. El camino es inhóspito, no me encuentro a nadie, y me tengo que poner la capucha para resguardarme de la fina lluvia que cae. Por cierto, para evitar que las gafas se me vayan manchando, me pongo mi gorra, teniendo un aspecto, me imagino, bastante gracioso.

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El Glaciar de Taillón

14.35 2.830 metros. Me encuentro a mil cuatrocientos metros de donde he empezado la excursión. Hace mucho frío, la niebla en ocasiones no te deja ver más de diez o doce metros, y no exagero nada, el viento sopla con más intensidad de la que me gustaría, y no es nada pronto. Hay veces que hay que saber renunciar a una meta, cuando ésta se puede hacer demasiado complicada que saber renunciar a una meta, cuando ésta se puede hacer demasiado complicada y por qué no decirlo, peligrosa de cumplir. Allí, en la llamada "Falsa brecha", y junto al caprichoso promontorio de piedra de diez metros de altura llamado "El Dedo", decido poner punto y final a esta excursión e iniciar lentamente la vuelta. Me levanto, y parece que me cuesta algo de trabajo abandonar aquel embrujador lugar, carente de vida, inundado de una singular belleza. Con una última vista al glaciar del Taillón que antes había visto desde abajo, al Dedo, y al lado español del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, y con la sensación de que algo me he dejado allí y de que esta excursión habrá de Concluirse algún día, inicio la lenta vuelta, el lento desandar de todo lo de que esta excursión habrá de concluirse algún día, inicio la lenta vuelta, el lento desandar de todo lo que fatigosamente había cubierto en las seis horas que llevaba de recorrido.

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El Dedo

15.05 En mis pequeñas anotaciones dejé de escribir la altura que me indicaba el altímetro, ya que al recorrer los mismos lugares por donde había estado, no tenía mucho sentido volver a tomar la referencia. A esta hora, llego a la brecha de nuevo. Me despido definitivamente del lado español, de la niebla del lugar, de estos pájaros negros de pico amarillo que, emitiendo sonidos revolotean por parejas por aquellos solitarios parajes. íHasta pronto! La bajada la hago con el mismo cuidado que la subida, aunque bastante menos fatigado. Hay que tener en cuenta que ahora la primera parte era pasar por el glacial, y aunque mucha gente bajaba resbalando por la nieve bien pisada, yo prefería ayudarme de mi bastón, e intentar que en todo momento mi cuerpo tuviera dos puntos de apoyo sobre el helado suelo. La segunda parte era la piedra suelta, que tenía que tener idénticas precauciones. No di ningún traspiés.

15.40 Llego al refugio y paro. Me quito la ropa de abrigo, no porque no hiciera frío, sino porque me disponía desde allí a iniciar el largo descenso, y al no hacer ya muchas paradas, ya no necesitaba hacer recuperaciones en las bajadas, no tendría que hacer muchas fotos, no era pronto, y encima el cielo amenazaba descargar. Por ello, y después de dar un trago de mi bebida montañera, me vuelvo a quitar las perneras, y dejo a mano mi capa de lluvia. Los truenos fuertes me anuncian la certeza de que me acabaré mojando. Ya hay menos gente, y la inmensa mayoría de ellos se disponían a hacer lo mismo que yo, bajar.

15.50 Inicio la bajada. En seguida me encuentro con la famosa cascada, que franqueo sin ningún problema, ya que además mi mochila no es muy voluminosa. Ahí lo pasan peor aquellos que van cargados con las grandes mochilas de travesía de varios días, ya que en ocasiones hay que salvar algún paso estrecho. Sigo mi camino.Después de un largo rato, y cuando ya veo que me queda poco para llegar al puerto, empieza a llover. Paro inmediatamente y en cuestión de segundos ya me encuentro debajo de mi capa azul, que aunque bastante deteriorada después de una excursión por la Pedriza, sigue conservando intactas sus funciones. El sentido de marcha, inverso al de la mañana, así como la velocidad de paso de la gente, anunciaba que el día había iniciado la cuenta atrás.

17.10 Llego al puerto de Bujaruelo. Los franceses no se van a mojar mucho, ya que se encuentran a poco más de cinco minutos andando de sus coches. Había dejado de llover no obstante, aunque el cielo lejos de escampar se cerraba cada vez un poco más. De todos los que íbamos, yo fui el único que tomó el valle abajo, y empecé a descender por el mismo camino por donde horas antes había subido tan cansado, y tan ignorante de todo lo que me iba a encontrar. A lo lejos el valle de Otal, y mucho más lejos todavía, el Collado de Tendeñera, presenciaban callados aquella silenciosa tarde.

No llevaría más de diez minutos andando cuando volvió a llover. Ni me había dado lugar a quitarme la capa, por lo que continué camino. Al rato llegue a un prado, donde contemplé una curiosa escena. Habría un grupo de doce o quince vacas, todas de pie, y alineadas justo en contra de la dirección por donde yo llegaba, es decir, me estaban dando la espalda. Curiosa disposición del grupo, todas paralelas entre sí, y todas mirando para el mismo sitio. Al cabo de un momento caí en la cuenta de que se habían posicionado así para ponerse en contra de la dirección de lluvia, que como bien sabemos aunque cae de arriba hacia abajo, en la mayoría de las ocasiones suele tener un cierto ángulo sobre el plano del suelo. Pues bien, ese ángulo hacía que les diera en el culo, y no en la cara.

La lluvia había dejado de serlo, para pasar a convertirse en un pequeño en ocasiones, y en otras en no tan pequeño granizo. Según veía cómo caían en el suelo, descubrí que había piedras del tamaño de una lenteja, por lo que opté por cubrirme un poco la cabeza con el brazo porque algún impacto era especialmente incómodo. Después de más tiempo del que me hubiera gustado, y no porque fuera despacio precisamente, llegue a la zona de pinares en donde el camino se convirtió en un auténtico riachuelo, por lo que mis botas, por muy impermeables que fueran, se fueron poco a poco llenando de agua, ya que constantemente recibían el continuo goteo que suponía el chorreo del agua de la lluvia por mis piernas. Los calcetines, azules para más señas, se fueron tornando casi negros de lo llenos de agua que se encontraban.

No paraba de llover cuando por fin me asomo al valle del río Ara, al Mesón, y al fin de mi excursión. A mi derecha, y curiosamente bañado por el sol, se encontraban un grupo de pinos envueltos en una neblina que de haber podido sacar la máquina de fotos, habría sido una de las mejores instantáneas que habría tomado jamás.

19.00 Por fin llego junto al coche. Lo abro y dejo dentro la mochila, la capa, el bastón y entro dentro del refugio que se encuentra hasta arriba de gente. Seguro que a alguno le debí de parecer una especie de aparición. Me dirigí a la barra y pedí un café con leche y un bollo que tomé con verdadera gana. Una vez de vuelta en el coche, me quite las botas, los calcetines y me sequé los pies con las perneras que saque totalmente secas de mi mochila, y con remate de unos pañuelos de papel, para ponerme las zapatillas de deporte que me había llevado para conducir, aunque sin calcetines. Me quite también la camiseta que estaba algo mojada, y me puse la sudadera que tampoco había recibido ni una sola gota, quedándome mojado únicamente con el bajo de los pantalones cortos.

Me despido del Mesón de Bujaruelo, bajo una fina lluvia, y rodeado de todos los charcos que el chaparrón había dejado a su paso, para tomar la pequeña carretera de vuelta. No sé si me lo parecería, pero el río Ara llevaba mucha más agua que por la mañana y además discurría ésta con mucha más fuerza, como todas las cascadas que salpicaban el coche a mi paso.

No tengo cobertura en el móvil hasta que no llego a Torla, donde paro e intento hablar con Magdalena que me da que no está conectada. Llamo al Lausan, y pido que me pongan con nuestra habitación, y me dicen que no puede ser porque por la tormenta, se les había estropeado la centralita. Baja Magdalena a la recepción, y la digo dónde estoy y que ya voy para allá. El viaje de vuelta es agradable, aunque acompañado de una fina lluvia, hasta que llego a las inmediaciones de Gavín donde empieza a arreciar el agua tan fuerte que la velocidad mayor del limpiaparabrisas es incapaz de evacuar tanta agua que cae. Al final llego al aparcamiento, tomo las cosas, y corriendo me dirijo a los apartamentos, al fin y al cabo iba a ser la última agua que me iba a caer en el día.

Y ahí terminé con esta excursión, una auténtica aventura, una importante distancia sobre todo en desnivel, y unas vistas y vivencias que será difícil que olvide mientras tenga memoria para recordar.

© texto y fotografías Carlos Díaz

Circo de Gavarnie y refugio


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