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Cortados del Cabrillas y el Jándula
 
Paredes sobre el Jándula

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Los Cortados del Cabrillas y el Jándula

Charo Bustamante Merino abril 2002

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El Cabrillas
 
   

Uno de los afluentes mas encantadores del Tajo es el Cabrillas. Corre por tierras agrestes y ricas en vegetación, siempre transparente, su cauce repleto de planta acuáticas, y casi siempre de aspecto salvaje.Nos dirigimos a él desde el pueblo de Megina. Comenzamos subiendo una repentina cuesta, a trocha, por una ladera llena de matorral a la que cada vez se va sumando mayor numero de pinos.
Seguimos la línea de un arroyo cubierto de vegetación debiendo cuidar no dejarnos los pantalones en las aliagas que pueblan el suelo, las cuales se reparten el territorio con un buen número de flores silvestres, lo que hace más agradable la subida.

Llegamos a un collado, no sin esfuerzo por lo empinado de la ladera y sofocados ya por el calor que, a pesar de la temprana hora, esta anunciando el día que nos espera. Ya en el collado el paisaje cambia, las vistas muy amplias nos dejan contemplar el valle y las lejanas montañas, el cielo azul, sin una sola nube, y al frente la cuerda que debíamos seguir para empezar a aproximarnos a la pista que nos llevaría al río Cabrillas.

Bajamos muy cómodos y más frescos, el camino bordeado de flores, a veces unas extrañas orugas, que nunca habíamos visto, de unos cinco centímetros de longitud, negro azabache el caparazón, adornadas de anillos rojos brillantes, como si de una joven presumida se tratara, se cruzan en nuestro camino. Las veo alejarse tranquilas, sin temor a nuestra presencia, para ellas formamos parte de la naturaleza solitaria en la que viven.

Los bordes de la pista están cubiertos de flores de todo tipo. En las laderas los pinos se alternan con los quejigos. El calor es cada vez más intenso.

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Flores salpicando la pradera.
 

Llegamos a una pradera fresca junto al río Cabrillas, rodeada de cantiles rocosos y vegetación típica de ribera. Nos acercamos a la orilla del río y buscamos la senda que debemos tomar. Esta sale del mismo borde del río, mas exactamente de una de las rocas que lo bordean, y casi se pierde entre la maleza que campa a sus anchas en tan solitario lugar.

El caminar es pesado y complicado, la senda se pierde casi todo el tiempo, el firme es arena suelta y las zarzas reclaman su soberanía, nosotros somos intrusos, y nos pinchan a cada paso. Pero el entorno es delicioso, el río salvaje y la frondosa vegetación intenta bañarse en sus aguas. Hay de todo, sauces de río, rosales, majuelos, bojes, estos con unas preciosas flores amarillas, nunca había visto al boj en flor lo que me hace pensar que puedo estar equivocada y se trate de otra planta parecida, y algún que otro matorral que no conozco. Hay un fuerte olor a poleo, no consigo verlo, pero sé que está ahí, en la amalgama de plantas acuáticas que crecen junto a las rocas que salpican el lecho del río. A veces es complicado continuar, hay que subir por las rocas y buscar como salir del atolladero. Ya no hay sendero, todo es salvaje.

Llegamos a una gran roca anaranjada que nos impide continuar, hay que descalzarse y cruzar el río, el fondo cubierto de guijarros, el agua transparente y fresca, y nuestros pies agradeciendo el baño.

Al cabo de unos minutos tenemos que hacer lo mismo para retornar a la orilla que traíamos antes y muy pronto llegamos a una amplia pradera, cubierta de preciosas flores moradas, la cual marca el fin del poco cómodo trecho que acabábamos de salvar, al que podríamos llamar 'sal como puedas' pues no hay nada establecido para poder guiarte. Ahora el camino es bueno, junto al río y rodeados de montañas de intenso verdor. Cruzamos un derruido puente y nos incorporamos a una pista. Decidimos comer junto al río y descansar un rato.

A las cuatro de la tarde reanudamos la marcha. El cielo esta plomizo, el sol es pesado, no hay nubes pero el ambiente esta cargado, demasiado cargado. Ahora no hay sombras, caminamos por la cuerda de los cortados, y aunque el paisaje es precioso, la fatiga del calor no nos deja disfrutarlo.

Decidimos acortar la marcha y tomar una pista que nos lleva directamente a Megina. No por eso dejamos de ver los paredones de la hoz de arroyo Jándula, y hacernos una idea de como poder hacer esta ruta en sentido contrario para evitar el calor en los lugares despoblados de árboles. Así quedó decidido, en otro momento volveremos y procuraremos que no sea temporada de tormentas en las que la electricidad del ambiente hace pesado el caminar.

© textos y fotografías Charo Bustamante Merino abril 2002

Difundido con la autorización de la autora que tiene publicada ésta y otras rutas en su página personal andaduras

 

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