¿quieres participar en nuestras excursiones y actividades?

<< Castilla - La Mancha

La Rambla Malilla,
o el Arroyo de los Huecos
 
Rambla Malilla

..

Rambla Malilla, o el Arroyo de los Huecos

Charo Bustamante Merino,
Julio 2001

Esquema de la ruta>>

....
...
Sobre estas lineas y bajo ellas; imagenes de la hoz de Rambla Malilla
 
  ..

En lo más escondido del Alto Tajo, a 27 kmts. de la ciudad de Orea, encontramos uno de los parajes más sorprendentes de la zona. Le llaman de varias formas, La Rambla Malilla, debido según parece a lo traicionero de sus aguas en momentos de crecida, tengamos en cuenta que el agua va siempre subterránea, salvo en días de fuertes lluvias en los que aflora, llegando a arrastrar ganados y ganaderos, según cuentan las gentes del lugar.
Otro nombre, quizás por deformación del anterior o por el color de sus rocas y terreno, es el de La Rambla Amarilla, por el que la gente se inclina menos, dicen que es falso, que el bueno es el anterior. Y por último el de Arroyo de los Huecos, este de muy claro origen, debido a la cantidad de rocas huecas que encontramos en su recorrido, y que es además el nombre del arroyo que forma tan sorprendente paraje. Yo me inclino por el primero, pues es bien acertado y bien malilla que es la andadura por sus grandes rocas y su lecho seco y escabroso.

Nos dirigimos a la ciudad de Orea y desde allí, en coche, hasta la carretera que conduce al Camping de la citada localidad, y algo antes de llegar a él tomamos una bifurcación que encontramos a la derecha. El mal estado de la carretera nos confirma que no nos hemos equivocado, y avanzamos por penoso firme atravesando primero un pinar, y mas tarde preciosas praderas, en las que aparece el fantasma de un antiguo caserío, Villanueva de las Tres Fuentes. Se sitúan sus ruinas en el centro de una vaguada, verde de fresca hierba, desprovista de arbolado, pero rodeada de suaves laderas que enseguida se pierden en un nuevo pinar por el que, al poco rato, llegamos a un puente pequeño, sobre las aguas del Arroyo de los Huecos, y lugar de comienzo de nuestra ruta. Es en esta preciosa explanada donde aparcamos el coche, dándole un respiro en su maltrecho viaje, y comenzamos nuestro caminar por la orilla derecha del arroyo, después de atravesar el cauce por el rústico puente. LLegados a este punto aparecen las rocas puntiagudas y los amplios horizontes se estrechan poco a poco para convertirse en angostura.

El Arroyo de los Huecos corre pequeño aún, y poco a poco se va secando. Acaba por esconderse totalmente, dejando un lecho pedregoso, que cada vez va tomando mayor tamaño, así como las rocas de sus orillas llegando a formar uno de los más profundos y estrechos barrancos que podemos encontrar en esta zona. A veces solo alcanza unos 6 metros de anchura o quizás algo menos, contrastando con la altura que podríamos comparar en determinados casos con edificios de cuatro plantas.

Al principio las piedras se entremezclan con los matorrales de la zona, sobre todo zarzas y rosales en las orillas del lecho del arroyo, pinos y sabinas en las laderas, y algún que otro charco que acaba por desaparecer.

El paso es estrecho, no hay senda y tenemos que caminar por las piedras, a veces de un tamaño considerable, incluso dar algún que otro salto, esto hace el caminar lento y costoso, más aún si pensamos que no podemos dejar de mirar hacia arriba, para ver el espectáculo de los cortados, y al mismo tiempo hacia abajo para no caernos

...
 
Desembocadura del Arroyo de los Huecos

Al cabo de una media hora, empezamos a oír correr agua sin poder verla, esta a punto de aflorar. El barranco se abre, las grandes rocas empiezan a desaparecer y nos vemos rodeados de pinos y de un incipiente río que salta entre las piedras, transparente como el cristal, y en un instante caudaloso hasta el punto de tener que buscar como vadearlo. La dificultad está en que cuando aflora lo hace entre dos grandes rocas a las que no tenemos acceso, y cuando podemos llegar al lecho ya es lo suficientemente profundo como para tener que buscar piedras que nos ayuden a cruzarlo.

Cuando esto ocurre, entramos en un denso pinar por el que caminamos unos dos minutos. El pinar desaparece casi de repente y se abre una verde explanada, rodeada de montes en los que los picachos rocosos emergen entre los pinos.

Justo en las juntas, como llaman los lugareños a este suceso, se abre un gran meandro, el agua verde como es la del Tajo siempre, cristalina, brillando con los reflejos del sol. Es un lugar totalmente salvaje, sereno, puro, olvidado de todos, menos de los pastores que llevan por allí sus ganados.

Descansamos un rato, sin poder dejar de admirar la belleza de este Tajo sorprendente, y emprendemos el retorno por el mismo camino que vinimos, volviendo a contemplar las altas paredes de roca, a veces lisas y otras de afilados bordes, según el capricho de las aguas.

El regreso en coche lo hacemos por otro camino diferente. Para ello tomamos la pista asfaltada que dejamos por la de tierra y continuamos en sentido contrario al que trajimos, para acabar, sin dejarla por ningún desvio, en otra de mejor firme que nos lleva a la zona donde nace el Tajo junto a su monumento, continuando desde allí a Tragacete.

© textos y fotografías Charo Bustamante Merino

Publicado con la autorización de la autora que tiene publicada ésta y otras rutas en su página personal andaduras

 

<< Castilla - La Mancha