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El Salto de Poveda
 
El Salto de Poveda

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El Salto de Poveda

Abril 2.002

Esquema de la ruta>>

No muy lejos de la localidad de Poveda de la Sierra, según nos dirigimos a Taravilla por una carretera rodeada de las típicas rocas de la zona, encontramos un puente que salva las aguas del Tajo. Dejamos el coche junto a él y continuamos en sentido contrario a su cauce en medio de un paraje repleto de pinos, quejigos, saucedas y arbustos de rivera.

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La Muela del Conde
 
   

Desde el principio llama nuestra atención una mole rocosa, enorme, a la que llaman "La Muela del Conde". Muela es, como ya sabemos, la denominación de este tipo de formaciones rocosas, y su nombre viene dado por las leyendas que tanto abundan por esta zona. No muy lejos de aquí encontramos la laguna de Taravilla, de la que se dice que debe al brillo de sus aguas a las joyas que la hija del conde arrojó a ella. Leyendas aparte, es una magnifica formación que no deja de atraer nuestra atención debido a su forma, y al hecho de que parece caminar con nosotros todo el tiempo.

Durante todo el trayecto caminamos junto al río, aunque este corre profundo, escondido entre el arbolado, de tal modo que podemos oirle saltar por las piedras pero solo lo vemos si nos acercamos a la orilla del barranco, lo que hacemos con frecuencia, merece la pena.

Me llama la atención el poder de supervivencia de los pinos. A veces crecen en la propia piedra, sin tierra aparente, lo que me resulta sorprendente.

Hacia la mitad del camino, un desvío nos conduce a un lugar donde un puente de madera, pintado de verde, nos muestra un apacible lugar.

 
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El río Tajo visto desde el puente

Como colgados sobre él, contemplamos un Tajo transparente, reflejando sus orillas en las aguas, y en su centro una solitaria roca emergiendo de la verde quietud.

Volvemos a la pista y continuamos caminando. La Muela parece alejarse escondiendose entre los pinos, y poco a poco va llegando a nuestros oídos el sonido de una fuerte caída de agua, cada vez más intenso. Pasamos junto a un bosque de pinos y al poco encontramos una zona donde hay coches aparcados. Subimos una pendiente para encontrar una especie de bungalows, alineados en dos filas, entre los cuales hay bancos y mesas. En uno de ellos han abierto un bar, esta zona es muy visitada.

Bajamos de nuevo otra corta pendiente y nos damos de bruces con una explanada llena de coches y gente que va de un lado a otro, en trajes de baño algunos, otros simplemente se mueven de acá para allá, niños chillones y madres que les gritan. Es un bullicio que me desconcierta.

Junto a la explanada, oculto entre maleza corre el Tajo, remansado por un viejo dique derruido, el artífice del salto. Desde aquí no podemos verlo caer y para hacerlo cruzamos por un lateral del dique que aún se mantiene en pie, para llegar saltando por lisas rocas hasta el lugar donde las aguas se precipitan en una enorme cascada de espuma blanca.

Solo encuentro un inconveniente a este precioso lugar: el exceso de gente, pero reconozco que es inevitable, todo el mundo tiene el mismo derecho.

© textos y fotografías Charo Bustamante Merino abril 2002

Publicado con la autorización de la autora que tiene publicada ésta y otras rutas en su página personal andaduras

 

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