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Este relato forma parte de una serie de más de 50 en los que Julián OLIVERA MARTIN recoge una parte de sus acctividades montañeras Ver relatos publicados y biografía >>

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En la cumbre del Bachimala

Ascensión al Pico Bachimala
(3.177 metros)

Realizada por Elena Bielsa (18 años), José Gabas (67 años). Álvaro Mur (44 años) y Julián Olivera (64 años) el día 26 de junio de 1987

 

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... ¿Qué vamos a hacer? No lo sabemos. Todo dependerá del tiempo que haga, ...

Una ascensión absolutamente imprevista y quizá por ello, tanto más maravillosa. A mediodía del sábado, 25, no  pensábamos ir a la montaña porque durante la semana había llovido mucho y el tiempo seguía inestable. Sobre las dos de la tarde, Álvaro Mur, desde Aínsa, llama por teléfono a Boltaña a Julián Olivera, para comunicarle que Constante Gabás irá con su “Land Rover” a Tabernés a llevar a unos vaqueros y que tiene cuatro plazas disponibles en el vehículo. Aceptan Álvaro y Julián, y para cubrir las otras dos plazas, se lo dice Julián a Manolo López, pero éste no se anima por la inseguridad del tiempo; tampoco quieren ir por el mismo motivo, Sarrablo, Melendo y Monclús. ¿Qué vamos a hacer? No lo sabemos. Todo dependerá del tiempo que haga, pero las expectativas son, además de inconcretas, muy cortas.

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... empezamos a subir por una ladera arbolada de abetos con algunos pequeños
prados
, ...

Álvaro Mur y Julián Olivera, a las 6,30 de la madrugada  del domingo, 26 de julio, hora de la cita, llegan a la ribera de Saravillo, y un par de minutos después, baja del pueblo el “Land Rover” conducido por Constante Gabás, al que acompañan su hijo José Luis, su hermano Pepe, y José Bielsa con su hija Elena. Acoplados los siete en el “Land Rover”, salimos para Tabernés a donde llegamos a las 7,30 horas; quince minutos más tarde empezamos a subir por una ladera arbolada de abetos con algunos pequeños prados y alcanzamos el altiplano de los Orieles hacia las 8,45 horas. Un gran rebaño de vacas y una sobria cabaña de oscuras piedras y tejas de pizarra, nos advierten que hemos llegado a la pleta dónde pasta el ganado de Gistaín. Nos dirigimos a la caseta entre el inmenso rebaño (600 ó 700 animales entre vacas y terneros); y enseguida sale de la misma el pastor, José Antonio Peré, con el que charlamos unos minutos.

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... se sabe de memoria centenares de chistes, muchos aprendidos pero otros inventados por él,, ...

El día es esplendido; después de las recientes lluvias, la atmósfera está limpísima, con una transparencia que nos acerca las lejanías: un “día sano” como dicen las gentes del campo con uno de esos hallazgos expresivos tan felices que, como ya hemos manifestado alguna vez en estos relatos, debieran hacernos más sobrios a quienes con tanto desenfado y desmesura jugamos con las palabras. Después de un par de semanas de inestabilidad meteorológica, con fuertes precipitaciones, es el primer día totalmente despejado. Próximas ya las nueve de la mañana, nada se ha hablado todavía sobre lo que vayamos hacer hoy. Durante el trayecto a bordo del “Land Rover” entre la ribera de Saravillo y Tabernés , sólo ha habido buen humor y abundantes carcajadas, como siempre que está presente Constante Gabás, que  no sólo se sabe de memoria centenares de chistes, muchos aprendidos pero otros inventados por él, que sin duda los ha extraído de su propia experiencia y de sus vivencias, sino que sabe contarlos con entrega total a la situación que corresponda, dándoles el acento justo, la vivacidad pertinente, el énfasis adecuado y rematados, además, por su risa sana y contagiosa. Luego, en la subida desde Tabernés a Los Orieles, se ha hablado poco y nadie se ha referido a ningún proyecto. ¿Pasaremos el día por estos contornos, dónde pastan las vacas? En el fondo, eso pensamos la mayoría. Pero… inesperadamente, mientras charlamos con el pastor, Constante Gabás, con gesto decidido y serio (poco frecuente en él, que siempre está de broma). Nos dice que subamos al Bachimala con la misma espontánea sencillez con lo que podría haber dicho: “Bueno, como hace un día estupendo, vamos a darnos un paseo por los alrededores”. Julián Olivera no da crédito a la propuesta de Contante, pero éste – como quien manda un pelotón de infantería- señala a su hermano Pepe, a Álvaro Mur y a Olivera y, rotundo, insiste: “Venga, a prepararse rápido, que vais a subir al Bachimala”. La cosa, ya no cabe duda, va en serio. Constante anima a Elena para que acompañe a los tres citados y acepta la joven, que ha venido con su padre José Bielsa, de la llamada “Casa Turno” de Saravillo, sin más intención que pasar una jornada en este mundo de vacas; la única experiencia en montaña de esta zagala es una ascensión a Cotiella. Así, pues, somos cuatro los que, por la repentina e improvisada decisión de Constante Gabás, vamos a subir al Bachimala. Hay que decir que Constante no viene por su reciente intervención quirúrgica.

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... Constante y el pastor, Peré, nos señalan la ruta a seguir: ...

Julián expresa sus temores al recordar las dificultades que tuvieron que superar Constante y Álvaro para subir a este Pico hace cuatro o cinco años; dificultades referidas por Constante, porque Álvaro jamás encuentra problemas en la montaña. Responde Constante que hoy no iremos por dónde ellos fueron entonces sino por la ruta que utilizaron para el descenso, carente de problemas. Como el macizo del Bachimala se divisa muy bien desde aquí, Constante y el pastor, Peré, nos señalan la ruta a seguir: llegar al pie de la Señal de Viadós, y después de atravesar el barranco que por el Norte pone límite a Los Orieles, en lugar de subir a la derecha – en cuyo caso nos encontraríamos con la difícil arista Sur- debemos caminar hacia la izquierda, pasar por debajo de un nevero –esto lo precisa bien Peré- para seguidamente acceder a la cresta occidental. A través de la cual alcanzaremos sin dificultades la cumbre. Así nos lo aseguran, firme y reiteradamente, tanto Constante Gabás como José Antonio Peré. Este último nos dice que podemos llegar a la cima en tres horas; pero fijan el horario a un grupo nada homogéneo, es muy relativo; Álvaro Mur, sin duda, no  sólo cumplirá el horario sino que lo reducirá; en cambio, Julián Olivera se conformaría de alcanzar la cumbre – de lo que no está nada seguro- y piensa que, de lograrlo, invertirá más de tres horas.

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... orgullosamente despegado de sus prestigiosos vecinos, lo Posets, el Perdiguero, los Culfreda, el Valinier. ...

El Macizo de Bachimala nos ofrece desde aquí su masa oscura, enrojecida, que se enmascara en un perfil achatado sobre el que se alza,  fina y escueta, la punta de la cumbre. El color se debe al mineral predominante, la pizarra, que enrojece laderas, circos y barrancos. Es un Macizo solitario, orgullosamente despegado de sus prestigiosos vecinos, lo Posets, el Perdiguero, los Culfreda, el Valinier. La inmensa plataforma de Los Orieles está partida en dos por un barranco Norte-Sur y s desnivelación entre la cornisa septentrional y la meridional, es notable, si bien matizada por su longitud –unos tres kilómetros- y por las suaves colinas tapizadas de prederío que animan este enorme plano inclinado. Pero la realidad es que ascender desde la cabaña del pastor, en la parte inferior del gigantesco plano, hasta la cornisa que desciende del Collado de la Señal de Viadós y se asoma al barranco que divide los Orieles del Bachimala, significa remontar un desnivel de más de cuatrocientos metros. Se trata, pues, de unos impresionantes altiplanos ondulados que disimulan -con su verdor, el suave redondeamiento de sus tozales y su gran longitud- la bronca desnivelación que tienen. Se delimitan, al Norte, por el barranco que los separa del macizo de Bachimala; al Oeste por el Cinqueta de la Pez; al Este, por el Cinqueta de Añes Cruces; y al Sur, por el valle en el que se funden ambos ríos en uno sólo –Cinqueta-.

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... comenzamos a remontar estos anchos y apaisados tozales ...

¡Así, pues, al  Bachimala sin pensarlo más!  Reunimos el alimento indispensable. Con algunas prendas y chubasqueros por si cambiase el tiempo, y cuando pasan unos minutos de las nueve de la mañana, nos despedimos del pastor y de los que con él se quedan; abriéndonos camino entre las vacas que, por su elevado número, ocupan un enorme espacio, comenzamos a remontar estos anchos y apaisados tozales. Cuando alcanzamos, después de una hora de marcha, la parte superior de Los Orieles, nos encontramos con un barranco que desciende desde el Collado de la Señal de Viadós; este Collado tiene asignada en los planos de altitud de 2.528 metros y se dibuja rectilíneo a nuestra derecha y próximo. Sobre la cornisa que se asoma al barranco se levanta la llamada “Señal de Viadós”, un picacho de 2.600 metros coronado por un pequeño monolito a manera de mojón o muga. Barranco y cuello nos separan del Macizo de Bachimala, ¿atravesamos el primero o subimos por esta cornisa del barranco hasta alcanzar el collado? El Collado está al Este y enlaza con la cresta meridional del Pico, la desaconsejada para nosotros, que debemos dirigirnos hacia el Oeste, por lo que es preferible, y así lo decidimos, cruzar el barranco.

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...una de esas sendas tan someras que apenas se perciben pero que tanto ayudan en estos vericuetos indómitos ...

Buscamos la mejor forma de hacerlo y empezamos a descender junto a la “Señal de Viadós”, al Oeste de la misma. Para perder la menor altura posible, descendemos en diagonal hacia la parte superior del barranco y lo hacemos lentamente pues es una ladera de pizarra descompuesta, muy resbaladiza. Habremos perdido unos cien metros de altura, que inmediatamente comenzamos a recuperar ascendiendo por la ladera opuesta del barranco, más cómoda pues tiene roquedo o “tasca”. Estamos muy próximos a la cresta meridional y José Gabás –olvidando las recomendaciones de su hermano y de Peré- dice que vayamos hacia este acceso pues desde aquí es más lógico y corto; le hacemos ver que este acceso esconde una trampa insalvable para quienes padecemos vértigo. Poco después divisamos sobre esta arista sur unas diminutas figuras que se desplazan lentísimamente; tratamos de llamar su atención moviendo los brazos y agitando pañuelos, pero no responden, lo que quizá se justifique por la concentración que les exige la travesía que realizan. Nos dirigimos a la cresta occidental, lo que supone un notable alargamiento de la ruta pero es la única alternativa para que los cuatro lleguemos a la cima. Ascendemos hacia la izquierda y vemos, cercano, el circo meridional con los neveros que señaló Peré para indicarnos que habíamos de pasar por debajo del nevero que, desde la cabaña, se veía más a la izquierda. Nos detenemos unos minutos para contemplar la ruta a seguir y estudiar la mejor forma de hacerlo, y observando la parte inferior de este circo que hemos de atravesar, advertimos con satisfacción algunos “hitos” o señales de montaña (monolitos de piedras) e incluso una de esas sendas tan someras que apenas se perciben pero que tanto ayudan en estos vericuetos indómitos.

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... Superada esta áspera “canal”, respiramos relajados ...

Cuando estamos rebasando el circo y miramos las “canales” que se abren en su flanco occidental, por una de las cuales habremos de remontarlo, un bonito sarrio de rojizo pelaje cruza con agilidad y elegancia los neveros que tenemos encima de nosotros. Atravesando el circo – que se prolonga en un tremendo barranco que confluye con el que se descuelga desde el Collado de la “Señal de Viadós”-, empieza la parte más dura de la ascensión. Decidimos que hemos atravesado el circo por su parte baja, pero no lo hemos salvado, es decir, tenemos que salir de él por una de las ásperas “canales” que tenemos enfrente de nosotros; porque si bajásemos en busca de alguna “canal” más suave, quizá no la encontrásemos y lo seguro es que perderíamos altura. Empezamos a trepar por una “canal” de bronca inclinación y con un suelo extremadamente deslizante compuesto de tierra rojiza y pizarra descompuesta; por fortuna, a ambos lados de la “canal” hay algo de “tasca”, unas líneas muy someras y discontinuas de roquedo que nos permiten agarrarnos de vez en cuando. Álvaro y Elena suben por la izquierda y Pepe y Julián por la derecha, y en ocasiones lo hacen con el cuerpo pegado a la tierra para evitar escurrirse “canal” abajo. Superada esta áspera “canal”, respiramos relajados. Hemos accedido a la  gran ladera occidental. La que se despliega entre el circo que acabamos de salvar y el enorme circo dónde se alojan los ibones de Bachimala. Ascendemos ahora con una referencia muy concreta e inmediata a nuestra marcha: los picachos y brechas que coronan el flanco occidental del circo que hemos atravesado por su parte inferior; y al asomarnos por algunas de estas brechas, comprobamos la fuerte desnivelación que hemos remontado. Se trata de una ancha ladera que se “adelgaza” y se hace más áspera a medida que subimos.

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... Los dos se consuelan y animan mutuamente y, con mucha lentitud, van subiendo estos últimos y durísimos repechos ...

El agotamiento de Pepe Gabás y Julián Olivera les ha ido descolgando cada vez más de Elena y Álvaro, que han llegado ya cerca de la cumbre y les esperan allí. A Pepe Gabás le ha sentado mal algo que ha comido (según él, un melocotón), y aproximadamente desde la “Señal de Viadós” camina con dificultades por el malestar que siente. Los dos se consuelan y animan mutuamente y, con mucha lentitud, van subiendo estos últimos y durísimos repechos. Ante el gran agotamiento de ambos, Pepe Gabás le dice a Olivera; “Julián, lo que estamos haciendo es inhumano”. ¡Tremendo esfuerzo, en verdad, para dos sexagenarios! El “adelgazamiento” de la ladera la ha convertido en una cresta. Nos asomamos a nuestra izquierda, hacia el Oeste-Norte, y vemos, quinientos metros debajo de nosotros, los ibones de Bachimala. Trepan fatigosamente Pepe y Julián y, por fin, alcanzan la parte superior de la cresta, donde les esperan, muy relajados pues ya llevan tiempo allí, Elena y Álvaro.

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... Pisamos con precaución y nos agarramos al roquedo siempre que es posible, ...

La cumbre está ahí mismo, a no más de cien metros, pero este centenar de metros constituyen una delgada arista que puede esconder problemas para quienes padecemos de vértigo. Por eso esperan Elena y Álvaro, para reagruparnos los cuatro, tomar algún alimento energético, y una vez relajados física y psicológicamente, poder llegar juntos a la cima. Descansan y se recuperan Pepe y Julián, tomamos los cuatro un poco de chocolate y decidimos dejar aquí las mochilas y comer con más tranquilidad cuando regresemos. Elena y Julián –temerosos del vértigo que pudiera traicionarles en estos metros finales- dicen que ellos se consideran felices y gratificados con haber llegado hasta aquí, pero Álvaro único que conoce la arista que hemos de atravesar, responde que no existe el menor peligro y que la cima está tan cerca que sería absurdo que no llegásemos a ella juntos los cuatro que estamos compartiendo tan dura como hermosa jornada. Comprenden Elena y Julián este razonamiento, hacen esfuerzo mental de serenamiento y concentración, y se disponen, con Pepe y Álvaro, a cubrir esta brevísima y decisiva etapa final para la conquista del Bachimala. Álvaro encabeza el grupo y se inicia la travesía de la arista. Aunque estrecha y con el abismo a ambos lados, el piso es firme, con salientes y puntones de roca que nos ofrecen el apoyo suficiente para eludir el vértigo. Pisamos con precaución y nos agarramos al roquedo siempre que es posible, evitando, los propicios al vértigo, mirar a los lados, fija obsesivamente la atención en dónde hemos de poner el pie. Breves pero tensos minutos los que ha durado la travesía de esta arista y…..¡HEMOS LLEGADO A LA SOLITARIA Y ORGULLOSA CUMBRE DEL BACHIMALA!

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... hace poco más de cuatro horas no teníamos aún la menor idea de que íbamos a subir al Bachimala. ...

Los cuatro, uno tras otro como exige el estrecho pasillo por el que venimos –Álvaro, Elena, Pepe y Julián, por este orden- vamos entrando en esta cúpula tan minúscula como altiva. Son exactamente las 13 horas, la una de la tarde; desde la cabaña del pastor, en Los Orieles, hemos invertido cuatro horas. Nos abrazamos los cuatro con alegría desbordante. Julián olivera no puede creerse que esté pisando el  Bachimala, por dos claras razones que han quedado ya expuestas en este relato: problemas de vértigo le habían hecho descartar esta cima de sus planes al saber que sólo es accesible a través de aristas, y segunda razón, el hecho, bastante insólito, de que hace poco más de cuatro horas no teníamos aún la menor idea de que íbamos a subir al Bachimala. Estas razones, sin duda, multiplican la satisfacción y la euforia de Olivera. Estamos a 3.177 metros, por lo que hemos remontado un desnivel, desde la cabaña del pastor, de unos 1100 ó 1200 metros; a lo que hay que añadir el desnivel entre Tabernés y dicha cabaña. Como el refugio de  Tabernés está a 1700 metros, son exactamente 1.477 metros los que hemos superado desde que comenzamos a caminar a los ocho menos cuarto de la mañana.

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... hoy es un “día sano”, esto es, con atmósfera limpia, diáfana, sin neblinas ni calimas… ...

En la cumbre encontramos a tres jóvenes navarros que han llegado por la arista Sur; eran aquellas diminutas figuras que vimos desde abajo desplazándose con premiosa lentitud sobre la arista, y nos confirman lo que pensábamos: que avanzaban a horcajadas, en lenguaje montañero “paso de grupa”, con el fin de superar con un máximo de seguridad la larga y problemática arista. Esta circunstancia justifica el que hayamos llegado casi al mismo tiempo, compensándose el que nosotros hemos invertido en el enorme rodeo por la arista occidental con el lentísimo deslizamiento a que ellos se han visto obligados para atravesar la arista meridional. Somos, pues siete los que hoy compartimos este huraño y desafiante Bachimala; y hay que añadir que no podrían ser muchos más, dado el sucinto espacio de este reducto cimero; esas caravanas que en verano suben al Aneto o al Perdido, aquí no cabrían, so pena de que hicieran “cola”. Es tan reducida y afilada esta cima que pocas merecerán mejor nombre de Pico. Al Bachimala podría otorgársele con justicia el sobrenombre de “Pico de las Tres Aristas”, pues su cumbre está efectivamente soportada por un trípode de aristas; en efecto, viene a ser la culminación de tres crestas que confluyen en ella desde el Norte, el Sur y el Oeste. Ya hemos hablado de las dos últimas, la meridional por la que han subido los navarros, y la occidental por la que hemos subido nosotros. La tercera, la del Norte, viene desde el Pic de l`Abeillé (3.029 metros) y desde aquí parece aún más problemática que la del Sur; en esta arista hay  una cota de 3.061 metros que se llama Pequeño Bachimala. El mapa oficial francés ha rebautizado la cumbre que pisamos con el nombre de “Pic Schrader” (honrando así a uno de los más grandes pirineístas del siglo XIX, Franz Schrader, de origen alsaciano), aunque entre paréntesis pone “”Grande Bachimale” y utiliza dos veces más este nombre, en el “Petit Bachimale” y en la “Crête de Bachimale” que es la arista Norte, arista que en el mapa francés alarga más allá del Pic de l`Abeillé hasta cerca del Puerto de la Pez; y a los ibones de Bachimala, este mapa del Instituto Geográfico Nacional de Francia los llama “Machimala”. Y así también, con M, es como denomina al Pico y a los ibones el mapa oficial español de 1950, editado por el Instituto Geográfico y Catastral. ¿Bachimala ó Machimala? Quedémonos con BACHIMALA, que suena mejor y porque así lo conocen las gentes de la región.
El Bachimala se yergue en el mismo cordal divisorio de las vertientes española y francesa y el único símbolo que encontramos en su arisca cima es un montón de piedras pizarrosas que corona una larga y afilada; modesto remate para uno de los más soberbios Picos pirenaicos. Decíamos al principio de este relato, que hoy es un “día sano”, esto es, con atmósfera limpia, diáfana, sin neblinas ni calimas… ¡que impagable privilegio encontrarse en un día así sobre este mirador absolutamente excepcional! El Pirineo oscense dispone de estupendos observatorios, de los que conocemos algunos –Aneto, Posets, Perdido; Suelza; Cotiella, Salvaguardia…-, pero sinceramente creemos que este de Bachimala es el mejor. Se levanta, repetimos, sobre el cordal fronterizo y muy centrado entre los más importantes macizos, con el Vignemale cerrando la perspectiva por el oeste; y los Bisiberri, el Montardo de Arán y otros picos leridanos por el Este, y el marco de este amplísimo horizonte, el Macizo Aneto-Maladeta, los Posets, los tres Sopores, la Munia y Robiñera, el Perdiguero, Cotiella, Culfreda y Valinien, Suelza y Fulsa, Guerreys, Claravide, las Tres Marías con las paredes de Pineta, los Picos de Eriste, Peña Montañesa y Punta Lierga y un largo etcétera. Pero insistimos, hay que agradecer sobre todo el poder contemplar tan fantástico escenario orográfico en un día nítido y transparente, pues estos días son muy escasos a lo largo del año. Todos los Picos citados y otros muchos, los estamos viendo con tal claridad y nitidez que nos parece tener delante una maqueta gigantesca en la que volúmenes, siluetas, tajaduras, cubetas, collados y valles, los innumerables perfiles y oquedades del intricado mundo que es la montaña, se nos ofrecen modelados con todo rigor.

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... una espléndida eclosión de verdor.

¡Un fabuloso, indescriptible, imborrable espectáculo! La visión llega tan lejos sin perder limpidez, que allá al Sur, se divisa perfectamente la Sierra de Guara. Los macizos más próximos son como un estallido de Líneas y colores: los Posets con sus tremendas vertientes plateadas; Cotiella escoltada por la Cotielleta, el Raymond, la Picollosa: las peñas horarias de Plan, las Agujas de Lavasan, el Movison; Suelza levanta su poderosa arquitectura sobre el lago Urdiceto, flanqueada por las agujas de Fulsa. Los ibones de Millares escalonan sus azules anillos líquidos empotrados en cubetas solitarias que cuelgan de los Picos de Eriste. Los enormes barrancos de Cregüeña y de Vallibierna, el primero como áspera y grandiosa desgarradura gris, el segundo una espléndida eclosión de verdor.

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... un paisaje entre la realidad y el  ensueño que tiene a nuestras retinas fascinadas e incrédulas ...

En esta apoteosis de limpios y bien dibujados horizontes, al Este, al Oeste y al Sur, sólo lamentamos que la vertiente Norte esté cubierta por las nubes; si así no fuera, con esta atmósfera de cristal veríamos no sólo muchos Picos franceses sino también numerosas poblaciones de la gran llanura que en esta vertiente –contrariamente a la española, mucho más ancha-  se despliega no lejos de la cadena principal. Pero todo tiene su compensación y el “mar de nubes” constituye por sí mismo otro inenarrable espectáculo. Las nubes más próximas están bajo nuestros mismos pies, pues ya hemos dicho que el Bachiamala es un Pico fronterizo erguido sobre la cuerda que divide las dos vertientes pirenaicas. Un fantástico océano de nubes de cientos de kilómetros cuadrados, cuya fulgurante blancura está matizada de tonos rosados, azulencos nacarados, compone un paisaje entre la realidad y el  ensueño que tiene a nuestras retinas fascinadas e incrédulas, como si fueran incapaces de absorber tanta belleza. A la certera y popular metáfora “mar de nubes”, habría que añadir otra “océano de algodón”. Nuestra joven compañera Elena no puede reprimir un deseo: “¡Como me gustaría lanzarme a nadar sobre el mar de nubes!”

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... " ¿de dónde sois?" ...

Al asomarnos al Norte sobre la arista que divide el Circo español de los ibones de Bachimala del Valle francés de Aygues Tortes, Álvaro Mur recuerda una curiosa anécdota: cuando llegó a esta cumbre hace cuatro o cinco años, acompañado por Contante Gabás, vieron a unos montañeros en esta arista y les preguntaron a gritos “¿de dónde sois?”, sorprendiéndoles la siguiente respuesta “¡De izquierdas!”.

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... el hermetismo de los versos impide comprenderlos, ...

Cuándo dejamos de mirar este deslumbrante horizonte circular y ponemos los ojos en el suelo  que pisamos, vemos brillar algo a unos cuatro o cinco metros de la señal de la cumbre, en dirección Sur, y los navarros –que accedieron por allí- nos dicen que es una lápida de alguien que se mató y que está escrita en catalán. Elena y Julián se acercan a la pequeña lápida, que está clavada a una roca. Como el papel y el bolígrafo han quedado en la mochila, al otro lado de la arista, Elena y Julián procuran retener mentalmente el texto de la lápida; pretensión que consiguen a medias: un nombre, unas fechas, una ciudad catalana. Aunque Elena estudia en Barcelona y conoce algo de catalán, el hermetismo de los versos impide comprenderlos; eso si, tanto Elena como Julián sienten su extraña y dramática belleza, que se acentúa en la alta y desnuda soledad de este Bachimala arrogante y huraño, y piensan en el gran poeta catalán Salvador Espríu. (El Centre Excursionista Montserrat, de Manresa, ha tenido la gentileza de desvelarnos motivo y texto de esta lápida: recuerda a un joven de dicho Club que murió cuando iniciaba esquiando, el descenso del Bachimala, al resbalar y golpear su cabeza contra unas piedras puntiagudas. Los versos no son, como pensábamos de Espríu, sino de otro poeta catalán, Miquel Martí i Pol. Trascribimos el texto de la lápida, con la traducción castellana de los versos:
JORDI GIMENEZ i VILA      1963-1985 
“Cercarem un recer,
perque el vent no esbulli
l’escena del teu record
9 junio 1985 Manresa
(“Buscaremos un lugar arraserado, para que el viento no esparza la escena de tu recuerdo.”).

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... unos mil metros por debajo de donde nos encontramos, a Poniente, se divisa un praderío, ...

Son tantos los estímulos visuales, tan gratificante encontrarse en este Bachimala ávido de horizontes, que si el reloj no nos dijese con numérica frialdad que ha pasado una hora desde que llegamos, creeríamos que sólo han transcurrido cuatro o cinco minutos. Son las dos de la tarde cuándo abandonamos la cumbre y no sería necesario añadir que lo hacemos a través del mismo pasillo por el que subimos. Repasamos este “corredor” en el mismo orden que antes: Álvaro, Elena, Pepe y Julián. Los que sentimos vértigo vamos ahora más tranquilos, aunque “la procesión va por dentro” y eludimos mirar a ambos flancos, lo que en la “jerga” montañera se llama “asomarse al balcón”. Pepe, que como su hermano Constante y como Álvaro, desconoce este problema psicológico del vértigo, se detiene un momento para asomarse al precipicio, y Julián –que va detrás, muy cerca- le oye el siguiente comentario: “La verdad es que en un descuido sería una tragedia, y…. ¿qué harían los demás?”. A Julián las palabras de Pepe Gabás le agudizan la tensión con que camina en estos casos y refuerza su prudencia concentrándose mentalmente en dónde ha de poner cada pie. Vencida por fin la arista, los ánimos se relajan súbitamente. Aquí están las mochilas, y aunque dijimos que comeríamos cuando regresáramos, no lo hacemos así, y acordamos acelerar el descenso. Pero, antes, vamos a esperar a los navarros para despedirnos de ellos y, si lo precisan, orientarles, ya que no subieron por aquí y desconocen esta vertiente. Aparecen enseguida Miguel Gembero Ustarroz, Mikel Martín Garito y Fontxo Iribarren Zia, que así se llaman los tres navarros con los que hemos compartido la cumbre del Bachimala y que ya se disponían a abandonarla cuándo nosotros iniciábamos el descenso. Nos dicen que quieren ir al Vado de Bachimala y les indicamos por dónde han de hacerlo: unos mil metros por debajo de donde nos encontramos, a Poniente, se divisa un praderío, allí esta el Vado, sin perder esa referencia llegarán en menos de dos horas. Como nosotros vamos hacia el Sur, a la cabaña de Los Orieles, hemos de separarnos y nos despedimos cordialmente de los jóvenes navarros.

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... comentamos, con la realidad física del macizo todavía muy próxima, algunos detalles de las rutas que hemos seguido para subir y bajar.

Dejamos pronto esta ladera para penetrar en la parte baja del Circo por la “canal” que utilizamos al subir. Al reingresar el Circo meridional, estudiamos sumariamente el terreno y decidimos seguir una ruta distinta de la que hicimos esta mañana; ahora en lugar de cruzar hacia la parte alta del barranco que desciende del collado de la “Señal de Viadós”, bajaremos por este mismo barranco que se descuelga desde el Circo para confluir con aquél. Nos situamos en la ladera izquierda del barranco y vamos a procurar no llegar a la citada confluencia de barrancos porque sería descender demasiado y luego hemos de remontar hasta la cabecera de Los Orieles. Pepe va delante con Elena y Álvaro se ha retrasado para acompañar a Julián. Encontramos algunos problemas en la ladera por su inclinación y por la descomposición de la pizarra, por lo que algunos “pasos” provocan caídas cuando falta algún roquedo dónde agarrarse y el suelo es sumamente escurridizo; una de estas delgadas “canaletas” que se descuelgan ladera abajo, es tan resbaladiza, que cae primero Pepe, luego Elena, y a pesar de que ambos avisan a Julián, éste sufre una caída peor que la de sus compañeros. Muchas caídas las hemos evitado por un procedimiento bien primario pero que es el único eficaz: sentarse y deslizarse con el trasero, el llamado “culing”, que Elena ha practicado más y mejor que ninguno. Álvaro trata de buscar mejores “pasos” subiendo más alto, pero no los encuentra y se ve obligado a descender dónde están sus compañeros con cierta dificultad hasta el punto de tener que lanzar primero la mochila. Llegamos por fin al barranco que desciende del Cuello de la “Señal de Viadós”, por un nivel –dado el cambio de ruta- lógicamente más bajo que aquél por el que lo rebasamos esta mañana. Ahora hemos de remontar este barranco hacia el altiplano de Los Orieles y lo haremos, como siempre, diagonalmente para suavizar el desnivel. Remontamos bien este último repecho de la jornada, con los cuerpos ya muy castigados, y al alcanzar la cornisa superior de Los Orieles, nos sentamos un rato a descansar; lo hacemos mirando al Bachimala y comentamos, con la realidad física del macizo todavía muy próxima, algunos detalles de las rutas que hemos seguido para subir y bajar.

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... la enorme alegría que llevamos dentro por haber subido al Bachimala, se nos desborda y no podemos contenerla. ...

Iniciamos la etapa final, que no puede ser más suave, ya que  además de bajada, estas colinas cubiertas de prados son una gigantesca alfombra: merecido premio a unos pies como los nuestros que han luchado bravamente contra ásperos suelos de barrancos, “canales” y laderas pizarrosas. Estos verdes altiplanos de Los Orieles, en su sentido descendente, son como un colosal tobogán…. Pero sin olvidar que un respetable desnivel -400 metros- nos separan todavía de la cabaña del pastor. Son las cuatro y media de la tarde cuando vemos a Constante Gabás, su hijo José Luis y José Bielsa, que nos están esperando unos centenares de metros antes de llegar a la citada cabaña; ponemos caras tristes para engañarlos diciendo que no hemos podido alcanzar la cima, pero se aclara bien pronto la situación de engaño porque la enorme alegría que llevamos dentro por haber subido al Bachimala, se nos desborda y no podemos contenerla. Constante nos dice que con sus prismáticos, vio varias   personas en la cumbre y se alegró mucho pensando que seríamos nosotros. Constante y José Bielsa van a la cabaña del pastor en busca de alimentos para hacer una comida todos juntos, y nos dicen que les esperemos en una fuente que mana en el mismo barranco. Nos reunimos los siete en torno al manantial y allí estamos cerca de hora y media; los tres que no han subido y Álvaro comen con buen apetito, en cambio Elena, Pepe y Julián comen muy poco, a pesar que durante la larga y dura jornada –unas nueve horas desde que salimos de Tabernés- tampoco habían comido casi nada, el motivo de la inapetencia, en Elena y Julián, es el enorme cansancio, y en Pepe Gabás, el malestar que le ha afectado desde la mañana.

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... ayudado por sus cuatro fieles perros que le obedecen sin vacilación ni equivocaciones, realizando diferentes tareas de acuerdo con el tipo de silbido que emita ...

En uno de los relatos que, desde hace algunos años, venimos escribiendo sobre temas pirenaicos, dedicamos un comentario al pastor de Gistaín, JOSE ANTONIO PERÉ. Como este pastor y su labor con el ganado vacuno, nos merecen la mayor simpatía, volvemos con agrado a ocuparnos del mismo. A primera hora de la mañana, al verle salir de la cabaña, por cuya puerta apenas cabe su ancho corpachon, pensamos en lo que ahora vamos a exponer. Todos reconocen que JOSE ANTONIO es un pastor fuera de serie, auténticamente excepcional; él conoce individualizadamente a las quinientas, seiscientas o setecientas vacas y terneros que todos los años, durante  cuatro o cinco meses quedan a su cuidado; las vigila, pone inyecciones cuando es necesario, convive sobriamente con tan numerosa y compleja comunidad animal, con la sola compañía de un dueño de ganado –se turnan para ello- y ayudado por sus cuatro fieles perros que le obedecen sin vacilación ni equivocaciones, realizando diferentes tareas de acuerdo con el tipo de silbido que emita PERÉ para entenderse con ellos; estas tareas de perros están referidas, naturalmente, al rebaño de vacas que, dado su elevado número, se alejan mucho de la cabaña, dispersándose por una amplísima extensión de terreno. Al reiterar ahora lo que escribimos hace cuatro años, queremos llamar la atención de los dueños de las vacas sobre esta cabaña de Los Orieles, es una cabaña minúscula, propia para pernoctar alguna noche en casos de tormenta o mal tiempo. Pero una larga permanencia, unida a los intereses económicos de un rebaño tan grande, exige una cabaña más amplia y en mejores condiciones. No es pedir mucho y lo merece de sobra JOSE ANTONIO PERÉ, el pastor de Gistaín, ese hombre de cuerpo macizo, ojos claros, gesto tímido y talante retraído, que se encierra durante varios meses al año con centenares de vacas, en estas soledades.

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... Paramos en una fuente por el Plan de las Fontecillas, para cumplir con lo que se ha convertido casi en un “rito” al final de nuestras jornadas de montaña: ...

Son las 6 de la tarde cuando, sin despedir al pastor, que está con las vacas, dejamos en su cabaña alimentos que no hemos consumido, y comenzamos a bajar a Tabernés; lo hacemos con rapidez y en media hora llegamos al “Land Rover”. Nos quitamos botas y mochilas, nos ponemos calzado cómodo, a  las siete, conducido por Constante, arranca el vehículo, e inmediatamente resuenan en el interior las carcajadas de quienes lo ocupamos, porque el conductor, con el ingenio y el desenfado habituales en él, ha comenzado a relatar historietas, chistes y anécdotas de todas clases. Paramos en una fuente por el Plan de las Fontecillas, para cumplir con lo que se ha convertido casi en un “rito” al final de nuestras jornadas de montaña: comernos una sandía. Llegamos a Plan y, en Casa Ruché, brindamos por el feliz final de la jornada. Unos kilómetros más allá, en la ribera de Saravillo, se disuelve el grupo: los cinco de este pueblo –Pepe, Constante y José Luis Gabás, y José y Elena Bielsa- se despiden alegremente de Álvaro Mur y Julián Olivera, que siguen hacia Aínsa y Boltaña. ¡Quién nos iba a decir, cuando en la madrugada partimos de esta misma ribera, que hoy pisaríamos la cumbre adusta y esquiva de GRAN BACHIMALA, el PICO SCHRADER de los franceses!

La jornada, en cifras ha sido así: 1477 metros de desnivel entre Tabernés  y el Bachimala, salvados en 4.45 horas (desde la cabaña de Los Orieles al Pico, unos 1200 metros, 4 horas). Descenso desde la cumbre a la cabaña de Los Orieles 2.30horas.

De los cuatro que hemos subido hoy al BACHIMALA, tres son nacidos en el Valle de Chistau, el verdadero nombre histórico del que ahora se conoce como Valle de Plan JOSE GABAS Y ELENA BIELSA de SARAVILLO y ALVARO MUR, DE SERVETO.

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... ha merecido un claro sobresaliente en esta durísima jornada ...

ELENA BIELSA es una zagala de 18 años, delgada y alta, de especto frágil, que ha demostrado una energía y una voluntad notable, esos valores recios que tantas mujeres saben esconder bajo una delicada feminidad. ¡Bien por nuestra joven y bonita compañera ELENA, un gentil contrapunto para los tres varones del grupo! Sin duda ha merecido un claro sobresaliente en esta durísima jornada, más meritorio en ella al carecer de experiencia en la montaña.

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... Sólo su carácter enterizo y su férrea moral le han permitido superar tan seria prueba. ...

PEPE GABAS oculta, en su menuda apariencia, una enorme fortaleza física y una resistencia indomable. Nacido entre montañas, se familiarizó desde niño con el abrupto mundo pirenaico. Hoy ha justificado esas condiciones excepcionales, subiendo al BACHIMALA a sus casi 70 años con un handicap  que muchos les hubiese hecho abandonar: un agudo malestar, con gran desazón física,  provocando por la ingestión de algún alimento. Sólo su carácter enterizo y su férrea moral le han permitido superar tan seria prueba. Trepar en esas circunstancias durante varias horas por indómitos desniveles, sobre suelo inclementes, acredita el temple e JOSE GABAS VISPE, el mayor de una espléndida raza de montañeses –JOSE, CONSTANTE Y LUIS-, nacidos en el hogar que se conoce en Saravillo como “Casa Barana”.

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... posee dotes poco comunes para la alta montaña; pero él no habla apenas del tema ...

ALVARO MUR; a sus 44 años, posee unas facultades físicas excepcionales y una increíble seguridad psicológica: las primeras le permiten realizar largas y duras jornadas de montaña sin aparente esfuerzo; la segunda, atravesar un “corredor” aéreo colgado sobre terribles precipicios como si caminase por el pasillo de su casa. De carácter sencillo, jamás hace alarde de las cosas, y tiene el profundo y sincero convencimiento de que lo hecho por él lo puede hacer cualquiera. Compañeros suyos durante muchos años, podemos atestiguar que ALVARO MUR posee dotes poco comunes para la alta montaña; pero él no habla apenas del tema, y si se le pregunta, lo hará sobriamente sin  darle la menor importancia.

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... arrogarme sus vivencias y fundirlas con las mías para expresarlas juntas, en una “voz colectiva” ...

El cuarto del grupo, único no nacido en el Valle de Chistau, es JULIAN OLIVERA, el redactor de estos relatos; y hay que empezar diciendo de él, sin falsa modestia, que siempre ha sido el más flojo del grupo. Sus raíces -mis raíces- están, si no en dicho Valle, si en el Alto Aragón, de lo que se siente –me siento- muy orgulloso. Y ya que hemos empezado a transferir la forma impersonal  –en la que me vengo ocultando para estos relatos- a la primera persona del singular, quiero terminar asumiendo mi propia personalidad para pedir disculpas a mis compañeros de grupo de esta jornada y a los de otras muchas jornadas, por arrogarme sus vivencias y fundirlas con las mías para expresarlas juntas, en una “voz colectiva”.

Julián Olivera

 

 

 

 

 

 

 


 

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