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Fotos en Madrid

...Este aire frío que viene de la sierra, limpia Madrid dotando a esta ciudad de una luminosidad extraordinaria. El cielo azul intensísimo es surcado por rápidas nubes que cambian de color al ponerse el sol, ...

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Portada del antiguo Hospicio, hoy museo municipal © Andrés Zaragoza Alberich

Cuando salgo a hacer fotos por Madrid tengo la costumbre de colgarme la cámara del hombro derecho, debajo de la cazadora o la chupa. Los objetivos los meto en los bolsillos y de este modo puedo pasearme tranquilamente sin miedo a parecer un incauto turista dispuesto a ser atracado en cualquier momento.

Este sistema de camuflar mis intenciones de fotografíar a la gente, de robar las fotografías con alevosía, tiene sin embargo sus inconvenientes. Uno de ellos es que con el traqueteo de los pasos la cámara se va deslizando por el hombro y a cada rato tengo que meterme la mano dentro de la ropa para colocarla en su sitio. Pero lo peor es que en verano se pasa mucho calor al tener que ir con el abrigo puesto.

Hay en Madrid algunos días -y algunas horas- en que la luz es particularmente intensa, propicia para captar imágenes de la ciudad, los edificios y la gente. Muchas veces son días de otoño, de finales de otoño, cuando el viento serrano del Norte y del Oeste barre la ciudad y se lleva los malos humos de los coches y autobuses madrileños. Este aire frío que viene de la sierra limpia Madrid dotando a esta ciudad de una luminosidad extraordinaria. El cielo azul intensísimo es surcado por rápidas nubes que cambian de color al ponerse el sol. A veces cae un chaparrón que limpia aún más la atmósfera y las casas y los árboles brillan con luz propia.

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... barrios que están cambiando velozmente perdiendo su pequeño comercio tradicional..

Suelo huir de las grandes avenidas, ruidosas por el tráfico y molestas por la velocidad de los coches, porque algunas se han convertido en autopistas, en brechas que separan unas zonas de otras, en auténticas fronteras de ruido y contaminación.. Pero no dudo en adentrame en las callejuelas del rastro, de Lavapiés o de Huertas, barrios que están cambiando velozmente perdiendo su pequeño comercio tradicional. Ando el Madrid de los Austrias, la plaza Mayor o la Puerta del Sol, intentando no incomodar a la gente cuando hurto las imágenes.

Son recorridos a paso rápido en los que a veces ni tomo las fotografías que veo, porque cuando voy pendiente de la cámara me olvido de disfrutar del instante que estoy viviendo. (Instantes que la mayoría de las veces no soy capaz de captar, porque lo que siento en el momento no lo consigo transmitir con la fotografía, la tristeza que produce ver cómo desaparecen las cosas por el rápido crecimiento y la transformación que está sufriendo Madrid).

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...Y recuerdo que cuando era niño las lecherías eran vaquerías que olían muy mal y a mí me gustaba aquel olor. ..

Busco las tiendas que ya no estarán ahí dentro de poco, las cacharrerías, las carbonerías, las tiendas de ultramarinos. Me gustan las fachadas de ladrillos tan típicas de las casas de Madrid con sus balcones acristalados y los escaparates donde se reflejan más escaparates. Las calles estrechas y en cuesta, los azulejos de las peluquerías, de las pollerías y lecherías. Y recuerdo que cuando era niño las lecherías eran vaquerías que olían muy mal y a mí me gustaba aquel olor.

Y voy pensando también en las leyendas que se cuentan de las calles de Madrid como la terrible historia que dio nombre a la calle de la cabeza, los fantasmas de algunos edificios como el del Museo Antropológico de Atocha, o los restos que dejó la historia en monumentos como los tiros de los soldados de Napoleón en la puerta de Alcalá.

Es fotogénico este Madrid abierto al mundo, este sitio con ochocientos años de historia que se convirtió de repente en la capital de un inmenso imperio y que vio pasar los años creciendo a trompicones, a trancas y barrancas.

Madrid es una ciudad interesante que habría que conservar mejor, cuidándola más y no permitiendo tanta especulación y tantas obras. Habría que limpiarla de tanta publicidad y de tantos objetos que estropean las vistas de sus monumentos, pero en la que a pesar de todo merece la pena un buen paseo fotográfico, aunque se le deslice a uno la cámara por el hombro y haya que volver a colocarla a cada rato.

© Andrés Zaragoza Alberich diciembre 2002


 

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