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Vista desde el Mirador do Sil

Septiembre de 2004

Primer día
Presa de San Pedro – Parada do Sil

A fin de admirar desde una perspectiva de lejanía el moderno y espectacular Puente del Milenio de Ourense, iniciamos nuestra travesía cruzando el Miño por el Puente Romano, en el cual, al preguntarle a un anciano que también lo cruzaba por la antigüedad del mismo, nos respondió: "-No sé, pero debe ser muy viejo, porque cuando yo era pequeñito así (poniendo su mano a la altura de su rodilla), ya cruzaba el río por este puente"…

Tras las consabidas fotos, tomamos un taxi que, por 20€, nos transportó a la Presa de San Pedro, situada a unos 20 km al oeste de Ourense. De haberlo sabido con tiempo hubiésemos podido hacer este viaje a bordo del catamarán que hace este trayecto por las aguas del Miño, empezando así nuestra excursión de manera tan exótica. Pero de esta posibilidad me había enterado, por boca de mi compañero de asiento en el bus de Madrid, el día anterior. Cuando entonces y mediante varias llamadas que pude hacer gracias al móvil desde el mismo autobús, localicé el número de la empresa del catamarán (988 215 100), me contestaron de ésta que ya no quedaban pasajes para el primer viaje del día siguiente.

Así pues, a media mañana y disfrutando de un clima estival que nos iba a acompañar durante toda esa última semana de septiembre, nos cargamos las mochilas a la espalda y, ayudados con nuestros inseparable bastones de marcha, iniciamos el camino por la carretera asfaltada que, siguiendo la margen izquierda del río Sil, va ascendiendo hacia el este en suave pendiente. A la media hora de andar pasamos por los acantilados en donde practican los miembros de la Escuela de Escalada del Sil. Cuarenta y cinco minutos más tarde encontramos, en una cerrada curva a la izquierda, la salida del sendero que serpentea, monte arriba y en pronunciada subida, hacia San Esteban de Sil. Este tramo, que discurre entre castaños centenarios, es de los más bellos del Transourensán, y conviene disfrutarlo con calma. Poco a poco van apareciendo ante nosotros y entre manzanos semiabandonados los rojos tejados del monasterio. Un poco más adelante éstos se pierden de vista y, cuando nos preguntamos dónde los hemos dejado, de repente se abre el bosque y la gran mole del magnífico monasterio restaurado y convertido desde hace unos meses en Parador Nacional se descubre a nuestros pies.

Tras visitar su impresionante y perfectamente conservado claustro y las pocas dependencias a las que se autoriza el paso del público en general, nos dirigimos al lujoso comedor del Parador para almorzar. Los formales camareros, al vernos llegar en camiseta y shorts, sudados, con botas, bastones y mochilas, en fuerte contraste con la elegante rigidez del resto de los comensales, pusieron cara de circunstancias y nos pidieron que dejáramos las mochilas discretamente en un rincón. No sé muy bien si comprendieron nuestras razones cuando, instalados en una mesa de ricos manteles y fina cubertería, nos limitamos a ordenar una minúscula –aunque sabrosa- ensalada de bacalao y, para beber, agua mineral. Con 20 km que aún teníamos por delante y el sol de plomo que caía afuera, no era cuestión de pedir caldo gallego con vino tinto.

Repuestas nuestras fuerzas con tan frugal comida y refrigeradas nuestras pieles con el aire acondicionado del local, reemprendimos la caminata, esta vez de nuevo por el caliente asfalto de la carretera. Tras una pronunciada subida de medio km y una cerrada curva a la derecha, la carretera se bifurca. Tomamos el ramal izquierdo y seguimos por él poco más de un km hasta encontrar una pista que salía a la izquierda con la indicación de un campo de fútbol. También había allí uno de los carteles del Club Manzaneda que nos iba a conducir a la primera trampa de las muchas que después íbamos a encontrar. Siguiendo las señales, dejamos con gusto el asfalto y nos adentramos en el sendero que, al poco, deja a su derecha un refugio en estado ruinoso.

No tardamos en echar de menos la carretera, arañados ya por los zarzales que nos cerraban el paso. Afortunadamente, tras una inútil vuelta de un par de km durante los cuales la atención que debíamos poner para abrirnos camino nos impidieron disfrutar de la belleza de paisaje, reencontramos la carretera, que seguimos hasta Loureiro. Allí, con la esperanza aún de que aquel primer mal paso fuera el único, tomamos el desvío de la izquierda que, justo a la entrada del pueblo, nos indicaba el sendero. Un par de km más adelante llegamos a Villar, en cuyo bar, lleno de parroquianos jugando con fuerte griterío al dominó y al tute en aquella tarde de domingo, resacimos nuestra sed con fríos refrescos y nuestro hambre con los bocadillos que nos habían preparado en la Chocolatería Cándido de Ourense.

Regresamos de nuevo a nuestro sendero, que los paisanos denominaban "la Senda Real" y que, mucho mejor cuidado ahora, estaba vigilado, de trecho en trecho, por aburridos cazadores de jabalí.

Por ella seguimos cómodamente un par de km más hasta Cerreda, en donde el vecino del que hablaba al principio nos aconsejó continuar por la carretera hacia Vilouxe. Tras pasar el hito kilométrico 29, a la izquierda de una curva sale un corto sendero que conduce al llamado "Mirador do Sil", desde donde se tiene una impresionante vista del valle. Otra vez en la carretera, a la altura del punto kilométrico 30, tomamos una pista a la derecha que lleva a Coutino. Allí, justo en una encrucijada en medio del caserío y como ya empezaba a ser habitual en todo el recorrido, desaparecían de nuevo las señales. ¿Cuándo aprenderán, quienes las ponen, que es precisamente en las encrucijadas en donde deben ponerse, y no veinticinco metros más adelante, cuando para encontrarlas hemos tenido que explorar, inútilmente, los demás ramales?

Menos mal que, una vez más, los amables ancianos de aquellas casas nos indicaron que era el camino izquierdo, que bajaba hacia Couto. Otra vez, al llegar a ese poblado, tuvo que ser una buena mujer que tendía ropa quien nos aconsejara dejar el itinerario que seguíamos para tomar una senda a la derecha y, por ella, desembocar al cabo de unos pocos metros a la carretera asfaltada que, recta, nos condujo y casi por sorpresa a Teimende, sin pasar por Requian. Allí tomamos la carretera a la izquierda, en dirección a Parada do Sil, distante ya sólo 2 km.

A la salida de Teimende el sendero GR que no nos habíamos atrevido a tomar anteriormente desemboca a la carretera por su lado izquierdo. Seguimos por la carretera y un km más abajo, otra indicación del Club Manzaneda nos invitaba a dejarla y bajar al valle para pasar por Sardelo, pero como debíamos pernoctar en Parada do Sil, seguimos adelante por el asfalto. Tras otro km y nueve horas de excursión, llegamos a nuestro destino de aquel día. Nos dirigimos entonces al Supermercado-bar-restaurante "Pepe" en donde teníamos alojamiento reservado (tel 988 208 016). Tras saludar a su simpático propietario y arrojar las mochilas en un rincón, apaciguamos nuestra sed con tres cervezas bien frías mientras, sentados en la terraza del bar, contemplábamos la luna, casi llena, saliendo de detrás de las montañas de Sacardebois, por las que debíamos pasar al día siguiente. Aquel primer día calculamos haber andado más de 25 km.

Tras recuperarnos un poco, el dueño nos acompañó a la casita que nos tenía reservada. Era ésta de una planta, moderna y limpia, con dos habitaciones y dos baños, muy completa y acogedora (42€ la habitación doble y 30€ la sencilla). Después de ducharnos y ponernos ropa limpia, acudimos de nuevo a "Casa Pepe" en donde el dueño, ayudado por su joven hijo, nos preparó una opípara cena a base de embutidos, ensalada y filetes a la plancha, todo ello regado con un magnífico Ribera Sacra y, con el postre, una botella de suave coñac Eminencia que, según nos dijo, hacía 20 años que conservaba en su bodega. Tuvo aún el buen detalle de dejarnos la botella sobre la mesa, que acababa de descorchar para nosotros.

Aprovechamos la sobremesa para conversar con él y exponerle nuestro plan para el día siguiente de continuar por el sendero hacia Montederramo. Nos lo quiso sacar enseguida de la cabeza. Nos dijo que el GR estaba muy mal, cosa que nosotros no le discutimos en absoluto. Nos contó que hacía poco un grupo había querido continuar por el sendero y, perdidos, tuvieron que llamarlo a él para que los fuera a recoger. Nos aconsejó que lo mejor era ir directamente a Montederramo por la carretera hacia el sur, deshaciendo primero el camino hasta Teimende y luego continuar por ella hasta Vilariño Frío, torcer por la Nacional 120 a la izquierda hasta Lamboreiro y otra vez la comarcal a la derecha hasta Montederramo. En total, otros veintipico de km por asfalto y por carreteras, ahora sí, con bastante tráfico.

Contrariados por estas noticias que empañaban la ilusión con que habíamos emprendido nuestro proyecto, nos acostamos pronto sumergiéndonos en un profundo sueño reparador. Sin embargo, durante aquella noche mi subconsciente debió seguir trabajando porque, al despertar al día siguiente, tenía muy claro que, a pesar de todo, debíamos continuar con nuestro plan inicial.

©José Miralles (texto y fotos)
jose.miralles@phks.fi

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