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La Ribera Sacra

Septiembre de 2004

Segundo día
Parada do Sil - Montederramo

Durante el frugal desayuno en el bar a base de café con leche y madalenas, les propuse a mis compañeros seguir adelante en dirección este, manteniéndonos en la orilla del Sil y siguiendo la dirección del GR hasta Bouzas, pero olvidándonos del trazado del sendero y siguiendo por aquella solitaria carretera. Enseguida estuvieron de acuerdo conmigo. Compramos en el mismo supermercado "Pepe" queso, tomates, fruta y agua y, tras proveernos de pan recién hecho en un auténtico horno de leña que se encuentra a la salida del pueblo, emprendimos camino por la carretera vecinal hacia Bouzas.

Resultó ser una decisión acertadísima. El paisaje que se nos abrió sobre aquella parte del embalse de San Esteban y que nos hubiera quedado vedado a la vista de haber seguido las bienintencionadas recomendaciones del dueño de "Casa Pepe" nos hizo enmudecer de admiración. En la inmóvil superficie del agua del embalse, a 400 m a nuestros pies, brillaba el sol recién salido en una mañana fresca y límpida, prometiéndonos otra jornada de tiempo espléndido.

A pesar de la baja temperatura, de que andábamos a la sombra y de que la carretera, en su mayor parte, descendía suavemente, los más de 6 km/h que comprobamos llevar de marcha nos hacían sudar copiosamente. Al cabo de casi dos horas de andar y a sabiendas de que aquella larga jornada iba a ser de casi 30 km, empezamos a estar preocupados en cuanto a nuestras provisiones de agua y comida, máxime cuando los lugareños de Posada do Sil nos habían advertido que hasta Montederramo no íbamos a encontrar bar alguno. En éstas estábamos cuando, inesperadamente apareció ante nosotros una-tienda-de-las-de-antes, con sus dos partes, una en que se vendían desde pan a azadones, pasando por toda clase de comestibles y utensilios caseros y otra, que era el bar de la localidad. Una amable anciana atendía ambas partes a la vez. Naturalmente, vimos abrírsenos el cielo. Allí mismo nos preparamos unos sabrosísimos bocadillos de sardina de lata. ˇYa ni me acordaba de lo buenísimo que puede ser un bocadillo de sardina! Unas frescas bebidas nos rehidrataron y, previendo la calurosa jornada que nos esperaba, antes de seguir carretera abajo, nos abastecimos de más agua.

La hermosa vista de la Ribera Sacra nos siguió acompañando a nuestra izquierda hasta Bouzas. Allí, y de nuevo gracias a las indicaciones de los paisanos, tomamos un sendero que, en el centro del pueblo, deja la carretera para ascender en fuerte subida hacia San Lorenzo. Una vez más también, las indicaciones del GR eran inexistentes en aquel desvío y sólo se encontraban un par de ellas unos metros más arriba. Luego, cuando el sendero empezaba a desaparecer invadido por la maleza, las señales hacían también lo mismo. Sudando copiosamente cuesta arriba, perdiendo y reencontrando la senda, andando y desandando el camino, fuimos acercándonos a San Lorenzo. Pasamos, de oeste a este, por debajo de un tubo de caída de agua y, al poco, llegamos a aquel pequeño poblado, agrupado alrededor del santuario. Recurrimos de nuevo a la ayuda de un lugareño, anciano como todos los que por aquellos pueblos encontrábamos, que nos dio, con encomiable precisión, una descripción detallada del sendero a seguir hasta lo alto de la montaña, en donde se divisaba la caseta origen del tubo de aguas. A la salida del pueblo por su lado más alto, otra señal del GR.

Subiendo en dirección suroeste cruzamos de nuevo el tubo de caída de aguas, pero esta vez por encima de él, por un puente en que había señal de GR. Seguimos en la misma dirección y, tras pasar por el pie de una torre de conducción eléctrica, el sendero, fácil ahora, hacía unos zig-zags izquierda-derecha para llegar, sin más dificultades, a la cima. Estábamos a 800m. Al lado de la caseta de aguas, una magnífica mesa de piedra nos sirvió de banco para descansar y, mientras nos despedíamos de la Ribera Sacra, nos comimos unas dulces naranjas que calmaron un poco nuestra sed.

Cambiamos entonces el rumbo este que durante dos días habíamos llevado por rumbo sur y emprendimos camino por una solitaria carretera. En su inicio y pintadas en el asfalto dos señales rojo y blanca en cruz nos indicaban que no era el itinerario correcto, pero por más que buscamos otras alternativas no encontramos ninguna otra salida de sendero, por no hablar de señales. Así pues, seguimos por la carretera. El paisaje, ahora mesetario, se ve ultrajado por vertederos incontrolados de basura que bordean la carretera. Yo procuraba, avergonzado y sin conseguirlo, distraer la atención de mis compañeros finlandeses, que no se explicaban la irresponsabilidad de quienes mancillan con restos de neveras, somnieres y otros residuos tan hermosos parajes.

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Víbora

Al cabo de un par de km llegamos a Forcas, en donde una nueva señal del GR nos desvía para admirar la iglesia. En su fresco interior tres jóvenes profesionales se concentraban en restaurar su multicolor retablo bajo la luz de potentes focos. Sorprendidos por nuestra llegada, suspendieron su trabajo y charlamos un rato. Eran de Pontevedra. Las dos chicas participaron el año pasado en la recogida del chapapote. Las felicité, admirado por la proeza que entre todos entonces hicieron. Luego nos acompañaron hasta el pueblo pues ellos iban a comer y descansar un rato. Nosotros seguimos por la carretera hacia Praducelos. Parece ser que el sendero, antes de llegar a ese pueblo, baja al valle y cruza el río Malo por el puente romano de Couceliñas, pero de nuevo, las gentes del lugar nos quitaron la idea de la cabeza diciéndonos que tanto el puente como el sendero están en pésimas condiciones. A cuestión de medio km tras ese desvío hacia el puente, la carretera se bifurca. Tomamos el ramal izquierdo que nos llevaría, en suave bajada, hasta una central eléctrica. Desde allí, y ahora en fatigante subida, nos encaminamos a Praducelos. Antes de llegar allí, íbamos a tener una experiencia sorprendente: dos víboras se cruzaron en la carretera ante nuestros pies. Cansados, al llegar a la curva de donde sale el desvío a Praducelos, quisimos descansar a la sombra. En broma, antes de descargar las mochilas al suelo hicimos como si espantáramos serpientes y, ˇhorror!, justo de allí, a nuestros pies, salió reptando una víbora aún mayor que las dos vistas antes. Naturalmente, a pesar del calor y del cansancio, allí no paramos.

Pronto llegamos a Castineira, en donde unos vecinos a quienes pedimos agua nos recomendaron, una vez más, seguir por la carretera. Así lo hicimos, cogiendo ahora un tramo de la carretera nacional 120 hasta Graña, en donde volvimos a tomar una comarcal a la izquierda hacia Folgoso. Sin embargo, a 2 km de aquel cruce y viendo claramente que a la derecha salía el sendero con el cual podíamos acortar nuestro camino, cometimos el error de adentrarnos por él. A pesar de que al poco encontramos una desleída señal del GR, el sendero desapareció enseguida en prados que tuvimos que atravesar cruzando repetidas veces cercados de peligrosas alambradas de púas.

Por fin recuperamos la carretera que no hubiésemos debido abandonar. Si hubiésemos seguido por ella, tras dejar Folgoso a nuestra izquierda, hubiésemos llegado a un cruce donde hubiéramos debido girar a la derecha (SO) para, al cabo de 1 km, llegar a otro en donde girar a la izquierda (SE) y seguir, ya sin dejar esta carretera, hasta llegar, a unos 3 km, a Montederramo.

Cuando entramos en esta población eran las siete de la tarde. Habíamos andado unas diez horas y calculamos haber hecho bastante más de 30 km. Al preguntar por alojamiento nos mandaron al Supermercado de Tino. Su propietaria, la Sra. Isabel, nos enseñó un piso con dos habitaciones y tres camas, limpio y bien ordenado. Acordamos el precio en 20€ por cama.

Al inquerir información acerca de nuestra siguiente jornada nos recomendaron acudir al restaurante Casa Elvira, situado en la plaza de la iglesia. Según nos dijeron, su propietario, alcalde del pueblo, era entendido en materia de senderos. Cuando allí fuimos, él no estaba, pero su hijo Óscar, mientras cenábamos, nos hizo un croquis del itinerario sobre el mantel de papel de la mesa que, al día siguiente, nos iba a resultar de más utilidad que los mapas que llevábamos.

©José Miralles (texto y fotos)
jose.miralles@phks.fi

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