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Pastores de Teixedo

Septiembre de 2004

Tercer día:
Montederramo - Celeiros

Al amanecer del tercer día desayunamos el consabido café con leche y madalenas en un bar frente al supermercado, esperando a que la Sra. Isabel viniera abrirlo para cobrar la pernocta y vendernos provisiones para aquella jornada, la más larga de toda la excursión.

A pesar de que aquel día iba a ser, como los demás, extremadamente caluroso, a aquella hora de la mañana, cuando aún no daba el sol en el fondo del valle, hacía sólo unos pocos grados sobre cero, cosa que nos obligó a enfundarnos los guantes. Sin embargo, al llegar a Mazaira, situada a un par de km de Montederramo, el sol vino a saludarnos con tanta fuerza que tuvimos que aligerarnos de ropa quedando, para el resto de la jornada, en pantalón corto y camiseta sin mangas. La carretera se acaba un poco más adelante, a la altura de Fontedoso. Desde allí seguimos una ancha pista en dirección sur, siempre sin desviarnos. Cruzamos una valla cinegética y, aproximadamente a unos 4 km de Fontedoso llegamos a una bonita zona de descanso, con cobertizo, fuente (seca), mesas y bancos de piedra. Tras descansar allí un rato reemprendimos la subida para llegar, al cabo de unos minutos, al cordal de aquella colina. Siguiéndolo y perpendicularmente a nuestra dirección, otra ancha pista cruzaba la nuestra. Nosotros la atravesamos y seguimos por la que veníamos, que en aquel punto tuerce pronunciadamente a la derecha y sigue, al principio, casi en la misma dirección que la que discurre por el cordal, pero a un nivel más bajo en la ladera. Nuestra pista fue dando la vuelta al Barranco de las Aguzadeiras, primero en dirección SO y luego NE. Al cabo de unos 4 km de suave descenso por un precioso bosque de abedules y serbales, a la altura de un ancho cortafuegos la pista gira en ángulo agudo a la derecha para reemprender una fuerte subida en dirección NO y alcanzar, al cabo de poco más de 1 km, la pista principal. Seguimos por esta cómoda pista a la izquierda, por dentro del frescor del bosque, hasta que al cabo de unos 3 km se acabaron, pista y bosque, ante las puertas de una doble cerca. Al otro lado de ésta, sin un solo árbol, el camino, muy pedregoso a partir de aquí, desciende primero hacia la izquierda, junto a la cerca. Al cabo de unos 200 m se separa de ésta y se dirige a la derecha hacia el valle del Arroyo de Torneiros. Bajamos por esta pista en mal estado, admirando ahora el majestuoso paisaje de montañas, libre aquí nuestra vista del bosque que antes nos lo había ocultado.

Al final de la bajada apareció, de repente, la casa de Teixedo. Al pasar junto a su ventana oimos voces en su interior. La puerta estaba abierta y entramos. Un perrito alertó nuestra presencia con sus alegres ladridos. Dentro de la casa, dos pastores que se estaban comiendo una magnífica tortilla de patatas nos conteplaron estupefactos. No comprendían como alguien se había podido perder por aquellos inhóspitos parajes. Les contamos nuestra historia y ellos la suya. Luego reemprendimos la marcha por el camino que rodea la casa por abajo, torciendo a la derecha. Pronto nos dimos cuenta de que íbamos equivocados y regresamos a la casa a pedir consejo. Antonio, uno de los pastores, aprovechando que tenía que ir a recoger unas vacas, se ofreció a acompañarnos un trecho. Tomó su bastón y arrancó sendero abajo, ahora sí, por el camino correcto que sigue recto la ladera de la montaña, por la parte de arriba de una cerca de alambre de púas y que se interna en el bosque. Yo iba tras él, con dificultades tanto para seguir su vivo paso sin doblarme el tobillo como para entender todo lo que me iba explicando en lengua gallega. Fue muy interesante oir de su vida y de sus problemas.

Llegados a la altura de unos prados en el fondo del valle, se quedó con sus vacas y nos indicó la continuación de nuestro itinerario por un camino entre frondosos bosques de tejos. Lo seguimos unos 3-4 km hasta llegar a las casas de Ferrería, lugar en que confluyen el Arroyo de Torneiros con el río Queixa. Es éste un rincón idílico, punto final de la pista una coches. Como era de esperar, aquí, gran profusión de señales del GR, esta vez pintadas en una gran roca a la izquierda del camino, que a partir de este punto cambiaba la dirección SE que llevaba para dirigirse hacia el norte, siguiendo siempre la margen izquierda del río Queixa por una pista llana que nos iba descubriendo paisajes de suaves contornos, muy parecidos a los de la Laponia finlandesa. El alegre borboteo de las aguas del río nos ayudaba a soportar el fuerte calor de mediodía que reinaba en aquel cerrado y hermoso valle.

A cuestión de 2-3 km de Ferrería, unas recién pintadas señales del GR nos invitaban a dejar la pista, cruzar el río y enfilarnos hacia Taboazas, pero siguiendo los sabios consejos de Oscar y de Antonio continuamos recto por la pista. Un poco más adelante encontramos un solitario y bien cuidado merendero. Echamos en sus depósitos de basura la que llevábamos en las mochilas y seguimos adelante. Al cabo de poco la pista sube hasta una curva en la que se nos ofrece la última vista de aquel bucólico valle. Luego la pista vuelve a bajar y cruza el río por un puente, convirtiéndose a partir de aquí en carretera asfaltada que, sinuosamente, va bordeando, en una vuelta de 22 km, el embalse de Chandreja. Como Celeiros, nuestro destino para aquel día, estaba justamente en la orilla opuesta, nos quedaban aún 11 km hasta allí.

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Baño en Villar

Al principio la carretera va planeando a media altura, pero al acercarse a Vilar emprende una pronunciada subida. Al llegar a ese caserío, agotados y sudorosos, preguntamos a un paisano si había algún bar en el lugar. Con sorna gallega nos mostró una fuente diciendo: "-¡Ese es nuestro bar! Hasta Celeiros, nada". Pues hala, a sacarse el sombrero y las gafas y a meter la cabeza bajo la fría agua. ¡Qué maravilla! Él también metió a su perro dentro de las aguas del fregadero, hecho que el animal, sintiéndose seguro con sus patas delanteras agarradas por las manos de su amo, agradecía con dulce mirada.

Reanimados, seguimos adelante. Al llegar a Espasa teníamos Celeiros casi a tocar de mano, más o menos a 1 km,... pero al otro lado del embalse. Nos quedaban aún cinco largos km de rodeo por su orilla oriental. Antes de llegar tuvimos que hacer aún otra parada para beber y reponer nuestros depósitos salinos con frutos secos salados.

Por fin, cuando los discordantes altavoces del campanario de la iglesia (¡ay!,¿por qué ya nadie toca las campanas?) daban las siete de la tarde, entramos en Celeiros. Aquel día, con paradas muy breves, habíamos estado más de diez horas en marcha. Calculamos haber hecho, al menos, 35 km. Nos dirigimos entonces al Restaurante Monecao (988 334 044) en donde la guapa y simpática Maribel nos estaba ya esperando. Tras las consabidas y bien merecidas jarras de cerveza fría, nos acompañó a las nuevas, limpias y acogedoras habitaciones que, en casitas independientes del edificio del restaurante y con amplias vistas al embalse nos tenía reservadas (42€ la habitación doble y 21€ la sencilla). Ducha, ropa limpia y otra vez al restaurante en donde Maribel nos estaba preparando ya la cena. De primer plato, una espléndida tortilla de patata y cebolla con la que habíamos estado soñando desde la que vimos comer a los pastores de Texeido y, de segundo, un magnífico chuletón de 800 g que nos partimos entre los tres. Tras darle las buenas noches a Maribel y a la luna llena que se reflejaba en el agua del embalse, nos retiramos a dormir.

©José Miralles (texto y fotos)
jose.miralles@phks.fi

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