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DE CERBÈRE A ULLDECONA
(GR-92 DE PORTBOU A ULLDECONA) >>

 

Arriba: Cinclaus, en la llanura ampurdanesa, con el Pirineo Oriental nevado, como telón de fondo. Bajo estas lineas: La Platja de les Muscleres (mejilloneras), muy cerca del antiguo muelle griego, © Carles Danon

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QUINTA ETAPA:
EL CORTALET – L’ESCALA (3h50’ - 21,205 Km)

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Resumen etapa:

El Cortalet – Sant Pere Pescador (puente) 1h30’
St. Pere Pescador – Cinclaus 1h25’
Cinclaus – L’Escala (Cap de la Punta) 55’

TOTAL 3h50’ (21.205km)

 

Cambios según la web de la FEEC a noviembre de 2003

El acceso a Sant Martí d'Empúries se hace por la carretera procedente de l'Escala, evitando un tramo donde era dificil colocar señalización visible y que atravesaba un terreno privado.

Por todo el mundo podemos encontrar muestras de que al hombre le hace falta poco tiempo para cargarse lo que la naturaleza ha tardado milenios en construir. Cuando los griegos llegaron a Emporion (ahora St. Martí d’Empúries), hace unos 2.500 años, desembarcaron sobre un islote. La zona que hoy correspondería al llano ampurdanés, que ahora recorren las próximas etapas (y la anterior) del GR 92, no existía, estaba anegada por las aguas del Mediterráneo, que rodeaban también el macizo de Montgrí; las mismas que trajeron primero a los griegos, a los romanos después… A medida que ha ido aumentando la población (y por lo tanto, la dependencia de la agricultura), se ha hecho necesario, para los habitantes del Empordà, ganarle tierra a las aguas. A ello también ha contribuido los sedimentos traídos por la Muga, el Fluvià y el Ter.

La destrucción de los Aiguamolls se aceleró a partir de los años 60 del pasado siglo, con la construcción de las urbanizaciones Ampuriabrava y Santa Margarida, en Roses. A finales de los 70, parecía que había llegado la hora definitiva de los últimos humedales de la región, y de hecho empezó a urbanizarse la desembocadura del Fluvià. De no ser por una campaña iniciada en 1976, con el lema "Los últimos Aiguamolls del Empordà, en peligro", hoy veríamos chalets en vez de lagunas, puertos deportivos donde ahora hay dunas, antenas de telefonía donde ahora se alzan nidos de cigüeñas… En 1.983, el Parlament de Catalunya aprobó la Ley de declaración de parajes naturales y reservas integrales de los Aiguamolls del Empordà. Desde aquí, un modesto reconocimiento a quienes lo hicieron posible, porque gracias a aquella campaña y al nacimiento del Parque Natural, hoy podemos recorrer estas etapas del GR 92, y visitar el Centro de Información del Parque, situado en El Cortalet. Se trata de una visita imprescindible para comprender la riqueza del parque y de su entorno, así como de las amenazas que precisamente provocaron su creación .

El GR 92 se adentra en el itinerario principal del parque, que sigue el Rec de la Gallinera, y bordea las áreas de la Reserva Natural Integral de Les Llaunes (lagunas); éstas son los restos de las aguas que un día inundaron la zona, como los Estanys de Vilaüt, en la etapa anterior, recuerdan aquel inmenso Estany de Castelló, con sus tres islas, al igual que algún día existieron los Estanys de Vilacolum, Riumors, Bellcaire, Ullastret y Pals. Se trata de un sendero que pasa por en medio de las lagunas y campos empantanados (y por lo tanto puede estar muy enfangado), con vallas a ambos lados para recordar a los animales de dos piernas que no deben salir del mismo. Podría recorrerse aproximadamente en una media hora, a paso ligero, hasta la salida de la zona de Reserva Integral, pero ello sería poco menos que un crimen. Como en toda descripción de cualquier itinerario, en el cómputo del tiempo no incluyo las paradas, ya que cada uno es libre de hacer las que mejor le convengan. Sólo apuntar que tardé dos horas y media en recorrer la distancia entre el Cortalet y la playa: aproximadamente unos 4 km.; y me hubiera gustado disfrutarlo durante más tiempo pero me apresuraba el horario del autobús en Sant Pere.

Ya en el mismo inicio de la etapa se anuncia una constante en el recorrido: los Estanys (en este caso, el del Cortalet) están semiescondidos entre la vegetación, y la mejor forma de contemplarlos es desde alguno de los aguaits que les rodean. Éstos son pequeñas cabañas elevadas, con ventanales que sirven de disimulado observatorio sobre la muy variada fauna que habita en la zona (o que está de paso hacia otras latitudes). Por ello, los mejores momentos para recorrer el itinerario o visitar el parque son las primeras horas de la mañana y los atardeceres, especialmente en época de migraciones, de marzo a mayo y de septiembre a octubre (en pleno verano no aprovecharemos la visita como se merece). Otro consejo a nivel práctico, es mejor llevar la cámara y los prismáticos a mano, sin guardarlos, ya que lo más posible es que estén constantemente en funcionamiento. Las sorpresas durante el camino del Rec de la Gallinera van a ser constantes. No suele ser difícil poder ver alguna cigüeña o algún gamo (especies que están siendo reintroducidas en el parque) o cualquier otro animal, únicamente recordar que el silencio, además de norma básica de respeto para no estorbar la vida de los habitantes, va a ser nuestro mejor aliado, ya que todo el rato vamos a estar acompañados por un curioso e improvisado concierto de los más variados ruidos y graznidos (al asomarme a las ventanas de los aguaits, me quedé con la impresión de que los patos se estaban cachondeando de mí, con un cuá-cuá-cuá más que sarcástico…).

 
 
Es posible llegar a observar los gamos de cerca; pero es más posible, en este caso, que salgan corriendo. © Carles Danon
 
 
Lagunas, montañas, el mar y algún que otro horrendo edificio; todo se divisa desde lo alto del Observatori Senillosa. © Carles Danon
 
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El Observatori Senillosa, un antiguo secadero de arroz, junto a los arrozales del Estany Matà © Carles Danon

A la salida del Cortalet hay unos campos a mano derecha con varios nidos de cigüeña, y en seguida aparece el Centro de Recuperación de Animales, tras el cual, a lado y lado del camino, hay varios aguaits, el primero el de les Gantes, sobre la orilla sur del Estany del Cortalet; después el observatorio de las Daines (= de los gamos, si es que se dejan ver), y el de Pallejà, sobre la parte interior de la Llacuna Llarga. El camino tuerce entonces a la derecha y seguidamente a la izquierda, aunque un desvío enfrente lleva al Mas de les Mates, a unos 300 m. Aquí merece la pena subir al observatorio Senillosa, el más alto del parque (aunque estéticamente deja mucho que desear), ya que está instalado sobre un antiguo secadero de arroz. Aquí contemplaremos, a la misma altura de los pájaros, los Aiguamolls, sus lagunas y canales, el mar, el Empordà, el Pirineo más oriental, los macizos del Cap de Creus y del Montgrí... A la vuelta al camino principal, empiezan a aparecer los arrozales, inundados a partir de abril. A la derecha hay dos aguaits más, el del Gall Marí y el del Bruel, a mitad de la Llacuna Llarga. Al pasar estos, el itinerario principal del parque se acerca a su fin; una valla en el sendero indica la salida de la Reserva Integral (35’).

 
 
Desde la desembocadura del Fluvià, el Montgrí aparece, detrás de l'Escala, como el destino más próximo. © Carles Danon

Hay que seguir una pista a la izquierda, hacia el mar, junto a la valla de un inmenso camping; al cruzar una acequia, el camino se estrecha primero y luego se separa de la valla, rodeando por un lado los restos de otro camping que al parecer no llegó a existir, y por otro la última llauna del parque, la Massona, para ir a desembocar en la playa de Can Comes. A la izquierda, el paso está prohibido de abril a junio, época de nidificación. Hay que continuar por la arena a la derecha hasta el final del camping, donde un puente levadizo permite cruzar el Rec Sirvent, junto a la desembocadura del Fluvià. (50’). Esta zona fue una de las que se salvó de la especulación por los pelos; por suerte, no hay que lamentar ninguna destrucción importante, salvo casi en la gola (desembocadura) del río, unos canales artificiales al más puro estilo Ampuriabrava. Al cruzar el puente, unos metros más allá, debe seguirse un vial sin asfaltar (supongo que proyectado para la urbanización que afortunadamente no vio la luz), que rodea estos canales siguiendo unos metros por el margen izquierdo del Rec y frente al camping, que queda al otro lado. Luego tuerce a la izquierda y pasa frente al esqueleto de lo que no llegó a ser un edificio (y que, puestos a hacer, ya podría haber sido dinamitado), rodeado por los canales, frente al Fluvià, a punto para salir al mar.

 
 
La Reserva Integral de la Illa de Caramany, en el tramo final del Fluvià: © Carles Danon

Encontramos ahí una pista, procedente de Sant Pere, que sigue unos metros el Fluvià, pero se va separando hacia la derecha. La seguimos entre campos unos diez minutos, hasta que en el siguiente cruce (1h05’) nos desviamos por un camino a la izquierda, que parece dar la vuelta y se dirige a una caseta que habíamos dejado atrás. De ahí sale un sendero no muy visible y bastante enfangado, entremedio del campo, que se dirige otra vez al río, bordeando su margen derecho en medio de un bosque de ribera. Este sendero viene a salir a un área recreativa (1h20’), donde un cartel de la Fundació Territori i Païsatge, que ha rehabilitado esta zona, nos da una breve explicación: el caminito que hemos seguido es el Camí de les Llúdrigues (nutrias) dentro de la Reserva del mig de dos rius, frente a la Isla de Caramany (reserva integral), en el Fluvià.

 
 
Sant Pere Pescador, última población situada a orillas del Fluvià, antes de su salida al Mediterráneo, © Carles Danon

Desde aquí hay que seguir la pista, entrando ya en Sant Pere Pescador; se sigue la primera calle a la izquierda (Camí Joncar), y en seguida un sendero a la izquierda, siempre siguiendo el río, evita el paso por el centro de la población. Cruzamos el Fluvià por el puente (1h30’), y nada más pasar la rotonda, a la derecha, bajando unos escalones un vial asfaltado se dirige hacia el club náutico, pasando en medio de una urbanización, en paralelo a la carretera de l’Armentera que pasa por la izquierda de los chalets. Al dejar éstos atrás, también a la derecha, nos encontramos otra vez con el río de frente, entrando de nuevo en zona de Parque Natural; el GR sigue ahora el margen izquierdo por una pista, entrando en un Parque Forestal (1h40’), donde la pista se bifurca en dos brazos que al poco vuelven a juntarse. Nada más cruzar la "puerta de salida" del parque (por llamarlo de alguna manera: se trata de una entrada abierta en un antiguo muro), dejamos el río Fluvià por otra pista a la izquierda hacia l’Armentera, donde llegamos en seguida (1h55’).

Cruzamos la carretera de Sant Pere por la izquierda y seguimos recta la C/ del Mar, hasta la salida de la población. Tras cruzar una acequia (Riu Vell), la señalización desaparece; pero a mano izquierda se presentan dos alternativas: el GR sigue el camino asfaltado y el curso del Riu Vell durante unos 10’, hasta que se desvía a la derecha al llegar a una caseta, por una pista ya sin asfaltar. Por otro lado, la pista que sigue la misma dirección sur que veníamos siguiendo, es un poco más larga (unos 15 minutos) pero permite evitar ese tramo asfaltado; al llegar a una hilera de enormes cipreses, otra pista a la izquierda va a encontrarse de nuevo con el GR, junto a una torre eléctrica y unos 200m. por delante de aquella caseta. Las balizas del GR desaparecen durante largo rato, pero tampoco hay ningún soporte donde puedan ir colocadas, y por suerte, no hay posibilidad de pérdida. En el único desvío que encuentro, junto a otra pared de cipreses (2h20’), ayudado por el mapa, sigo por la pista principal hacia la derecha, alejándome ya del Riu Vell; la pista que seguía de frente va a parar, por lo que veo, a la Platja de les Dunes. Desde aquí, el paisaje y el recorrido son muy similares a la etapa anterior, y se pueden resumir en pocas palabras: campos totalmente llanos, con el macizo del Montgrí delante, cada vez más cerca, y detrás el Cap de Creus y el Pirineo, igualmente cada vez más lejos. Los pájaros, siempre presentes, no dejan de amenizar el camino, y me resulta curioso ver sus esfuerzos por superar el fuerte viento que baja del norte, y que de hecho, lleva ya rato empujándome, facilitando aun más la marcha.

 
 
La ermita de Santa Reparada (S.XI), en Cinclaus, nombre que responde a las cinco llaves de sus cinco importantes masos o masías. © Carles Danon

Por la izquierda, la monotonía de los campos se ve rota por la presencia de unas pocas casas a lo lejos, rodeando Sant Martí, alrededor de un montículo que esconde las ruinas de Empúries, aun lejanas. La pista se va acercando a Cinclaus (2h55’), pequeño pero antiguo poblado, con enormes masos. Descansando ante la pequeña ermita de Santa Reparada (del s.X, reconstruida en el XVII), una marca roja y blanca, situada donde no debía estarlo, me hizo dudar sobre la dirección a seguir: tres caminos salían de esa plazoleta, y los tres estaban señalizados como GR. Mal asunto. El primero, hacia el norte, por el que había llegado; el segundo, por el sur, hacia donde creía que continuaba mi camino; y ese, con la señal escondida en una esquina de un mas, que parecía apuntar al oeste… No me costó recordar que precisamente hace unos tres meses busqué información sobre el estado y recorrido del Sendero Histórico, el GR 1, con salida (o llegada) en Sant Martí d’Empúries hacia (o desde) Camallera, Besalú, Puente de Montañana y Cabo Fisterra… En la otra punta, nada más y nada menos… Por lo visto, todavía está en fase de realización. Seguramente por ello ninguna señalización, aparte de las marcas, advierte sobre este desvío. Los dos senderos compartirán recorrido unos kilómetros, hasta Empúries, inicio y final del GR 1.

A la salida de Cinclaus por la pista, aparece un corto tramo de asfalto, que se dirige a la derecha tras cruzar un puentecillo. Los GR siguen por otra pista a la izquierda, ésta sin asfaltar, y siguen la misma dirección en el siguiente desvío, a unos doscientos metros. La colina tras la que se asientan las ruinas está justo delante, y a ella parece dirigirse la pista… El itinerario más fácil sería dirigirse a la carretera y seguirla a la izquierda por un arcén pavimentado hasta la entrada en Sant Martí. Pero justo antes de llegar a élla, los GR siguen otra pista (por cierto sin señalizar) a la izquierda, por la parte de atrás de un centro hípico; giran después a la derecha, vuelven a torcer a la izquierda, también antes de la carretera, siguiendo una hilera de cipreses, para girar de nuevo a la derecha, en un camino con chalets a ambos lados, y desembocan finalmente en la carretera, muy cerca de Sant Martí. Pese a que la filosofía de los Senderos de Gran Recorrido pasa por evitar en lo posible el asfalto, cosa que me parece muy lógica, a veces podría sacrificarse este principio en beneficio de la seguridad, la lógica y la sencillez del itinerario, ya que en este caso, el rodeo es bastante rebuscado, total para evitar unos 400 metros de carretera…

 
 
La entrada a la antigua villa condal de Sant Martí d'Empúries, donde siglos atrás se asentaron los griegos por primera vez en la Península. © Carles Danon

La llegada a Sant Martí d’Empúries (3h20’) inicia un recorrido por veinticinco siglos de historia: desde el primer establecimiento griego, la invasión-colonización romana, el posterior abandono de la ciudad y el nacimiento de una nueva población medieval. Aunque el orden en que vamos encontrando estos vestigios del pasado no es el que corresponde cronológicamente: en primer lugar, donde siglos atrás se había situado la primera colonia griega (la Palaia Polis o ciudad antigua, en una isla actualmente unida a la costa) entramos en Sant Martí, nacida hacia el S. IV d.C. y que luego se convirtió en la sede de la casa condal de Empúries

Desde el punto de vista de los senderos que venimos siguiendo, el GR 1 nace o muere por aquí cerca; no encuentro ninguna indicación, por lo tanto no sé si es en Sant Martí, en la playa o en las ruinas. Tras visitar la ciudad medieval, sigo el recorrido del GR 92, que pasa entre medio de un bosquecillo de pinos para desembocar al momento frente a la playa, en el Camí de Ronda de Empúries. Todavía me pregunto si a la persona que se le ocurrió asfaltar un camino, no se le ocurrió pensar que con ello, dejaba de ser un camino. Muy cómodo quizá para los cortos paseos desde el cercano aparcamiento, o para ir de una playa a otra, pero en cierta manera, diría que pierde todo su significado. Siguiendo el mar, otra vez hacia el sur, ya tenemos el puerto de l’Escala a la vista, El "camino", por así llamarlo, está separado de la playa por un pequeño bosquecillo, asentado sobre las dunas. Al parecer, éstas nacieron de los sedimentos traídos por la Muga y el Fluvià; entre otras causas, la fuerza de la tramuntana las fue desplazando a lo largo de la costa, de manera que hoy en día llegan hasta los pies del Castillo de Montgrí; ante el peligro que podían representar para las poblaciones, fueron fijadas artificialmente con estos bosques.

En medio de dunas y bosques, los restos del Moll Grec, el muelle que utilizaron los primitivos colonos para abrir al mundo griego los ricos mercados de la Península Ibérica desde la Neapolis de Emporion ( = mercado), situada ya en tierra firme. En el mismo lugar, hacia el año 218 a.C., desembarcaron otros navegantes procedentes de Roma, con motivo de la segunda Guerra Púnica, y decidieron también echar raíces en este lugar. Muchos siglos después, el fuego sagrado de la antigua Grecia inició aquí también la última parte de su viaje hacia el Estadio Olímpico de Barcelona.

 
 
Imágenes de las ruinas de la ciudad romana de Emporiae, donde veinticinco siglos de historia todavía esperan, en parte, a ser descubiertos.
© Carles Danon
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Pero el plato fuerte aun no ha llegado: la Neapolis (ciudad nueva) griega de Emporion aparece en seguida en primer plano, y más al fondo, sobre la colina, la Emporiae romana, casi fuera de la vista. Su visita detallada requiere quizá más tiempo que una etapa entera del GR 92. La entrada del recinto está a un centenar de metros, a la derecha. Aunque ya visité las ruinas hace más de tres años, la tentación de volver a entrar es muy fuerte, pero por desgracia el autobús no me va a esperar, así que me resigno y sigo el "Camí de Ronda", en dirección, ahora sí, a l’Escala, tras dejar de lado las playas de Muscleres, del Portitxol y del Rec del Molí Al pasar esta última, a la entrada de la población, entiendo cómo se han extendido esas dunas hasta el Montgrí: la arena de la playa, empujada por una tramuntana que se ha convertido en infernal, me acribilla la cara y las manos; el asfalto del "camino" está ahora recubierto de ella. Un puentecillo cruza el Rec, y el GR sigue al lado del mar, esta vez por la carretera que entra en l’Escala; en menos de diez minutos descansaré en el Cap de la Punta (2h15’), contemplando el Golfo de Roses, el Canigó nevado, la sierra de Rodes y el Cap de Norfeu, que esconde Cadaqués y el Cap de Creus detrás.

© texto y fotografías Carles Danon mayo 2003

 

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