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Andarines con alas

Las alas desplegadas, pero todavía en tierra...

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El vuelo de Matti Vainikka
por los Pirineos

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Hinchazón del tobillo izquierdo,
 

Mientras contemplaba, echado de espaldas sobre la carpa de su parapente, la progresiva hinchazón de su tobillo izquierdo, Matti Vainikka recordaba lo que acababa de pasar y meditaba, preocupado, cómo iba a poder salir de allí. Todo había sucedido en un abrir y cerrar de ojos: cuando estaba planeando suavemente sobre la falda SE del Puigmal, un vacío repentino de aire debajo suyo lo precipitó sobre un prado, sin que él, debido a la poca altura en que se encontraba, unos 5 m sobre el nivel del suelo, pudiese hacer nada por evitar el choque contra el suelo. En otra ocasión tal vez no hubiese sucedido nada, pero aquella vez tuvo la mala suerte de apoyar su pie sobre un montículo, doblándose el tobillo, lesionándoselo. Tantas travesías y vuelos que había hecho, mucho más peligrosos que éste, y nunca le había pasado nada y ahora se encontraba, en esta cota de 2.300 m de la Collada de Fontalba, solo, sin poder andar ni comunicarse con nadie, y con una lesión en el pie que, imaginó, muy bien podía tratarse de una fractura de hueso.

El sol se ocultaba ya tras la mole del Puigmal y la temperatura, en aquellas primeras noches del mes de mayo, bajaba rápidamente. Matti, que durante aquel día había estado sobrevolando la zona sin ver otros seres vivos que las cabras pirenaicas, sabía muy bien que no iba a encontrar socorro. Tampoco su móvil le era util: corría el año 1995 y en aquel tiempo el sistema GSM imperante en los países nórdicos aún no había sido implantado en España.

Saltando sobre su pie sano, sacó de su mochila la tienda de campaña y empezó a montar su campamento. Tras prepararse la cena, se metió en su tienda y, arropado dentro del saco de dormir, tras tomar unos analgésicos que llevaba consigo, intentó conciliar el sueño. El dolor, cada vez más fuerte, lo mantuvo, sin embargo, despierto durante muchas horas. En la oscuridad y soledad de aquella noche de alta montaña sus inquietudes fueron adquiriendo cada vez mayores proporciones. En los cursillos que había hecho de primeros auxilios, había aprendido que a veces puede producirse una fractura-luxación del tobillo que debe reducirse lo más rápidamente posible, ya que si no, puede quedar gravemente comprometida la circulación en aquella extremidad. De vez en cuando se miraba el pie con la luz de su linterna y le parecía que iba adquiriendo una coloración cada vez más amoratada.

Para intentar distraerse de estos negros pensamientos, hizo un esfuerzo para concentrarse en recordar cómo había transcurrido aquel viaje que, desde Finlandia, lo había traído a aquel precioso rincón del Pirineo Oriental.

Matti Vainikka, que en aquel entonces contaba 37 años, fotógrafo de profesión, llevaba practicando el montañismo y la escalada desde hacía años. Aprovechando todas las ocasiones que se le habían presentado de viajar, había hecho travesías, entre otros sitios, en los Alpes y en el Kilimanjaro. En el año 1992 se aficionó también al parapente y descubrió que no se excluía con el montañismo, sino que al contrario, la asociación de ambos deportes abría otra visión del paisaje de la cual no podemos disfrutar quienes nos movemos solamente a nivel del suelo. Empezó entonces a hacer nuevas travesías, normalmente solo -es difícil encontrar compañeros dispuestos a la dureza de las jornadas- combinando tramos a pie con otros volando.

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Ascendiendo al Puigmal.
 
 
El campamento

En esta ocasión, disponiendo de una semana de vacaciones, había decidido aprovecharla recorriendo aquella zona de Cataluña. Mediante una combinación de medios de transporte asombrosamente bien engarzados, había viajado, en un mismo día, desde su ciudad de Lahti en Finlandia, a una alta cota del Puigmal en España: primero en autobús desde Lahti a Helsinki, luego, en avión a Barcelona, a donde llegó a las 11 de la mañana; siguió inmediatamente en tren hasta Ribes de Freser, en donde debía tomar el cremallera. Allí, sin embargo, acabó la sincronización: el siguiente convoy no iba a salir hasta al cabo de dos horas. ¡Demasiado! Las montañas, levantándose majestuosas enfrente suyo, con sus cimas nevadas aún, ejercían sobre él un atractivo irresistible y, sin pensárselo más, se y cargó la mochila grande a la espalda y la pequeña en el pecho y emprendió la subida a pie, primero por la ladera este del Valle del Nuria, cruzando luego a la otra ladera, un poco más arriba de Queralbs. Fatigosamente siguió ascendiendo por la Costa de Montarell hasta llegar a los 2100 m de altura del Pla dels Evangelis. Allí descargó los 20 kg de equipo que llevaba en sus espaldas, en el que trasportaba el parapente, de unos 6 kg, el paracaídas auxiliar, de 2 kg, la tienda de campaña, de 1 kg, saco de dormir, casco, agua potable, comida para cuatro días, fogoncillo con combustible, saco de dormir, ropa y, aparte de otros utensilios, dos cámaras con las que poder fotografiar aquellos espléndidos paisajes.

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Con Nuria a sus pies.

Tras una noche de sueño tranquilo y reparador, amaneció otro día espléndido, como serían todos los que iba a pasar en aquellas montañas. Después de un buen desayuno, de recoger el campamento y de cargarse las mochilas a la espalda, Matti se puso el casco, se fijó a la cintura el paracaídas de emergencia, extendió el parapente sobre el prado, al borde del acantilado formado cerca del Roc del Dui y, tras correr unos pocos pasos, sintió cómo la brisa que a aquellas horas de la mañana empieza a subir del valle le hinchaba la carpa y una mano misteriosa lo elevaba suavemente sobre el suelo. Le invadió entonces una sensación de libertad total, dificil de imaginar para quienes no han practicado este deporte. Se había transformado en un Ícaro de la edad moderna, que cargando todas sus pertenencias consigo, podía, como las águilas, saltar de un pico a otro vadeando valles sin esfuerzo. Buscando corrientes térmicas ascendentes fue remontando la ladera del Puigmal hasta llegar a la Collada del Embut, en donde aterrizó, para seguir a pie hasta el vecino Turó de l´Ortiga. Desde allí, y ya con el Monasterio de Nuria abriéndose a sus pies, volvió a desplegar sus alas para, tras entretenerse dando unas vueltas sobre el valle sacando fotos desde perspectivas inéditas, descender en el prado situado frente al hotel.

Visitó aquel importante santuario, de tanta raigambre en Cataluña, cuyos orígenes se remontan al siglo XII, y pasó la noche acampado en el camping vecino. Al día siguiente y tras aprovisionarse de agua, inició la ascensión a pie al Puigmal siguiendo el sendero de la Coma del Embut. A media mañana coronó los 2.913 m de su cima. Desde allí, punto culminante de los picos de aquella zona, pudo contemplar un paisaje sólo comparable al que disfrutaba en sus vuelos.

Sin saber entonces que su travesía se iba a ver truncada al cabo de poco, abrió su parapente y se lanzó al vacío por la ladera sur del Puigmal.

Hasta ahí pudo recordar mientras intentaba dormirse durante aquella noche de insomnio tras el accidente. Entró entonces en un profundo sopor en el que se vio a sí mismo volando sobre las montañas, dando vueltas y revueltas, ascendiendo y descendiendo a voluntad, hasta que, de repente, se encontró tumbado en el suelo, con un fuerte dolor en su pie izquierdo.

Quizá fue este mismo dolor el que lo despertó de su sueño cuando el día empezaba ya a clarear tras aquella noche de maldormir. Sacó el pie del saco y contempló, con preocupación, cómo se le había seguido hinchando durante la noche. No podía mover la articulación del tobillo y, desde luego, le era imposible poder introducirlo en la bota. ¿Qué hacer? Sólo le quedaba una solución, la más sencilla: volar.

Con lo que encontró a mano se preparó una férula para el pie. Medio arrastrándose por el suelo recogió el campamento, se lo cargó todo a la espalda, desplegó el parapente y, aprovechando un momento en que entró una corriente de aire favorable, saltando sobre el pie sano, logró, tras un par de intentos fallidos, elevarse sobre el suelo. Fue entonces, a pesar del contratiempo que había supuesto su accidente, uno de los mejores momentos de toda la excursión: podía desplazarse a su voluntad mientras sentía cómo se le aliviaba la tensión en su pie lesionado al pender libre bajo él, acariciado por la fresca brisa de la mañana.

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Volando: Enmarcado en gris, en la parte inferior de la imagen. se puede ver la sombra del parapente y la del "andarín alado". En la imagen de bajo estas líneas ofrecemos una ampliación del detalle.
 

Suavemente fue planeando, pasando por encima de Queralbs y luego a lo largo del Valle del Nuria, deshaciendo por el aire el camino que cuatro días antes había hecho en penosa subida a pie, hasta que divisó un pequeño prado al lado de la vía del cremallera, en la entrada de Ribes de Freser, apropiado para el aterrizaje. Se dirigió allí, en donde tomó tierra con bastantes dificultades, apoyándose solamente sobre el pie derecho. La sorpresa, sin embargo, fue para un buen hombre que, de espaldas a él, había llevado a pastar a sus vacas. Es facil imaginar que cuando lo vio detrás suyo, cargado con todo su bagaje y replegando el parapente, debió decirle algo parecido a: "-Cony, d´on heu sortit vos?"

Tras el susto, se ofreció amablemente a acompañarlo, ayudándolo a llevar parte de su equipo. Concluía así aquella travesía por el Pirineo catalán durante la cual había recorrido unos 40 km, la mitad de ellos volando.

Afortunadamente, la lesión resultó ser una rotura de ligamentos, de la que Matti se recuperó bien, pudiendo, al cabo de pocos meses, llevar a cabo su siguiente travesía a pie y volando, aquella vez un poco más lejos: hizo la ascensión al Pico Rupal, en Pakistán. Para llegar a este pico de 5.300 m invirtió 2 días de marcha por el valle de Nanga Parbat, y luego descendió en parapente al campamento de partida situado a 3.700 m. en 15 minutos!

Durante los últimos años y por el mismo sistema de marcha y vuelo, ha hecho, entre otros picos de menor importancia, el Montblanc en los Alpes y el Aconcagua en los Andes. Ha estado estudiando también español con ahínco, llegándolo a dominar bastante bien para, algún día, cuando ya no tenga coraje para vencer tan altas cumbres, recorrer de punta a punta y por este mismo medio, la geografía de España.

©Jose Miralles texto jose.miralles@phks.fi
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© Matti Vainikka fotos