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Accidente provocado por un alce

 

Los alces
El peligro oculto

Lahti (Finlandia) octubre 2003

A las 8 de la tarde del sábado 27 del mes pasado ya había oscurecido Laponia. Un matrimonio mayor, rondando ambos los 60 años, regresaba a su casa de Rovaniemi. Conducían dentro del límite de velocidad de 80 km/h. El tiempo era bueno, la temperatura sobre cero y el piso de la carretera estaba seco. El tráfico era escaso a esas horas, cuando la mayoría de los finlandeses disfruta de su fin de semana relajándose en la sauna. Todo hacía pensar que su corto viaje iba a transcurrir sin problemas. El destino no lo quiso así: sin poder hacer nada para evitarlo, de repente, una inmensa mole oscura de 400 kg de peso se precipitó sobre su parabrisas aplastando el techo del coche contra sus cabezas. Murieron al instante.

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El alce, animal monumental

Finlandia es un país tranquilo, muy tranquilo. Las carreteras, incluso en invierno, suelen estar en muy buenas condiciones, la densidad circulatoria es muy baja en relación a otros países del sur y centroeuropa y los conductores acostumbran a respetar las normas de tráfico. Todo ello contribuye a dar al turista que viaja por aquí en coche una sensación de seguridad que puede resultar engañosa. Existe un peligro que puede esconderse tras cualquiera de los árboles que, en miles de kilómetros y formando tupidos bosques, bordean las carreteras en los tramos en que éstas no pasan junto a un lago: los alces. Estos voluminosos cuadrúpedos salvajes constituyen una de las peores amenazas que se ciernen sobre cualquier automovilista, por prudente y experimentado que éste sea.

Se calcula que en todo el país se encuentran actualmente entre 120.000 y 150.000 alces, con una densidad de 3-5 alces/1000 ha. Son animales herbívoros, que se alimentan, en verano, de las hojas de abedules, serbales, olmos, etc, pero que en invierno deben recurrir a las coníferas, de las que suelen comerse los plantones más tiernos. Esto causa grandes daños a la economía forestal, uno de los puntales en que se apoya el desarrollo del país. Las compensaciones que debe pagar el estado a los propietarios de bosques por estas pérdidas ascienden a varios millones de euros, aunque esto no es nada comparado con las compensaciones por los siniestros que estos animales ocasionan en el tráfico rodado. Durante el año pasado (2002) produjeron más de 5.000 accidentes, que acarrearon compensaciones económicas por 150 millones de euros.

Ningún dinero puede, sin embargo, devolver a la vida a cuantos este animal ha provocado la muerte. Aproximadamente una decena de personas mueren en accidentes de tráfico al año cuando un alce se cruza frente a su vehículo, sin contar todos aquellos que quedan gravemente lesionados para el resto de sus vidas.

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... es también bastante tozudo y, cuando ha decidido dirigirse a cierto lugar, nada va a hacerle cambiar de idea ...
   

A pesar de que el alce es un animal muy miedoso, que procura evitar el contacto con el hombre, es también bastante tozudo y, cuando ha decidido dirigirse a cierto lugar, nada va a hacerle cambiar de idea. Y si en su camino se interpone una carretera, los vehículos que por ella circulan no van a ser, en principio, impedimento para llegar a su destino. En este caso, el conductor va a tener muy pocas posibilidades o ninguna de evitar el accidente, que suele producirse al atardecer, en cuya penumbra estos animales gustan de desplazarse. Es ahora, en otoño, la peor época del año: por una parte, las horas de luz diurna van acortándose rápidamente, con lo cual la visibilidad suele ser bastante limitada. Por otra, entramos en plena época de apareamiento. Además, acaba de levantarse la veda de caza. Los alces machos persiguen ciegamente a las hembras en celo y, detrás, los cazadores los persiguen a todos.

Con todo esto se explica que apenas nada se puede hacer cuando, aún conduciendo con prudencia, una enorme mole marrón surje de la oscuridad y, desplazándose hasta a 40 km/h, se cruza frente a nosotros. Un alce macho puede tener hasta 3 metros de largo, más de 2 metros de alto y pesar hasta 600 kg. La mayor parte de este peso se encuentra en su tronco y cuello, siendo sus extremidades desproporcionadamente largas y delgadas. Esto hace que, en un encontronazo frontal, el morro del coche choca contra sus patas y toda la gran masa de su cuerpo va a caer directa y pesadamente sobre el habitáculo del vehículo, aplastando así a sus ocupantes. En situación aún más indefensa se encuentran los motoristas, para los cuales un accidente contra un alce suele tener casi siempre consecuencias fatales.

A parte del oso y del lobo, que debido a su relativamente escaso número no constituyen un factor limitador significativo para la población de alces, éstos no tienen enemigos naturales. Quedan, claro, los automovilistas, que cara pagan su factura,. y los cazadores.

A pesar de mis ideas en pro de la conservación del medio ambiente y en defensa del equilibrio ecológico, no puedo, tras ver en mi trabajo diario las dramáticas consecuencias de estos accidentes, dejar de aprobar los permisos de caza que cada año se conceden, único sistema efectivo de limitar la gran cantidad de alces y, con ello, los daños que ellos provocan. Este año se piensan abatir nada menos que 86.000 alces, lo que supone aproximadamente la mitad de su total. No hay peligro, sin embargo, de que se extingan: son muy prolíferos y en los próximos años su población va a crecer de nuevo, seguramente más deprisa que la de cazadores, cuya edad media está por encima de los 50 años, sin que parezca que las generaciones jóvenes estén demasiado interesadas en este deporte en plena naturaleza que, al revés que muchos otros tipos de caza, es tan útil para la sociedad y el ecosistema.

©José-Andrés Miralles
Médico anestesiólogo
Hospital Central de Lahti, Finlandia

jose.miralles@phsotey.fi

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