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Picos de Europa 2004

Bulnes - Naranjo de Bulnes

.. El Naranjo, visto desde Bulnes
 

Aquel día, sin embargo, comprobamos la buena forma en que esos jubilados se encontraban. A buena hora de la mañana emprendimos, mi esposa y yo, la subida hacia el refugio del Naranjo, de nombre Vega de Urrielo (tel 985 925 200). Los valencianos salieron unos veinte minutos más tarde. En la Canal de Balcosín, a pesar de que les llevábamos más de un km de ventaja, sus voces resonaban cada vez más cerca. Poco a poco fueron acortando distancias hasta que nos adelantaron en lo alto del barranco del Camburero. Para más guasa, iban cantando fragmentos de zarzuelas y, al pasar por mi lado, entonaron el Virolai.

Con la impresionante mole del Pico Urrielo (Naranjo de Bulnes) enfrente de nosotros, proseguimos la ascensión siguiendo el sendero que va por la ladera derecha del Jou Lluengo y que va subiendo por una gran pedrera. Allí fue donde nos equivocamos, pues hubiésemos tenido que ir por la senda que baja al fondo del Jou y va subiendo por su centro. Nosotros, tras pasar unos neveros, nos encontramos de repente con un profundo barranco que nos cerraba el paso y que vadeamos con problemas. Más adelante nos encontramos aún con dos más. El primero lo pasamos también pero la pared de subida del tercero era tan alta y empinada que desistimos enseguida de que mi esposa intentara treparla. Yo lo conseguí a duras penas y seguí hasta el refugio en busca de ayuda. Allí, al llegar, expliqué a Tomás, el guarda, cuál era la situación. Él, lacónicamente, sólo me respondió: -¡Vamos!", y así, tal como iba, con zapatillas y las manos en los bolsillos, salió sendero abajo. Yo, a pesar de haber dejado en el refugio mi mochila y de ir con botas y bastones, tenía dificultades en seguir su vivo paso. Intenté preguntarle por qué no cogía, al menos, cuerdas, pero no me hizo ningún caso. Llegamos en pocos minutos al borde del barranco, en cuyo fondo estaba mi esposa. Tomás, a pesar de su corpulencia, bajó la pared sin problemas y en un santiamén estaba a su lado. Yo me quedé arriba por si acaso necesitaban que fuera a buscar más ayuda. Al menos esa fue la justificación que me dí. Entonces Tomás se cargó la mochila de mi esposa y, en lugar de intentar trepar por la pared sobre la que yo estaba, la condujo bajando lentamente por el fondo del barranco para, poco a poco y dando una vuelta, llegar al sendero que hubiésemos tenido que tomar en un principio.

Poco a poco, durante aquel atardecer, fueron llegando al refugio los escaladores que durante el día habían estado colgados en las paredes del Naranjo. A la vez, fueron subiendo del valle negras nubes que, en poco tiempo, con fuerte aparato eléctrico, empezaron a descargar una gran tormenta. Afortunadamente estábamos bien acogidos en el comedor del refugio y, mientras esperábamos la cena, nos entretuvimos explicando el juego del Mus a la espabilada pareja de jóvenes norteamericanos. Fue laborioso, pero pronto lo aprendieron y aún tuvimos tiempo de echar unas manos antes de acostarnos.

Tomás, ayudando a mi esposa

 

©José-Andrés Miralles (texto y fotos)
jose.miralles@phsotey.fi

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