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Picos de Europa 2004

Lagos de Covadonga - Refugio
de Vega

Mirador de Ordiales

El martes 15 de junio, D. Roberto nos llevó en coche hasta los lagos de Covadonga. Antes, naturalmente, paramos en Cangas de Onís para admirar el puente romano y en Covadonga para visitar su basílica y la cueva en donde estuvo enterrado el Rey Pelayo.

Llegando al refugio de Vega Redonda

A media mañana y disfrutando del espléndido tiempo que nos iba a acompañar hasta el último día, nos despedimos de D. Roberto al borde del lago Enol y emprendimos la marcha por el fácil sendero de Vega la Piedra hacia el refugio de Vega Redonda (tel 958 922 952), a donde llegamos sin problemas a primera hora de la tarde. No habían más huéspedes y dejamos nuestros sacos en las literas de uno de los dos dormitorios. Como aún quedaban algunas horas de sol por delante, decidimos subir hasta el Mirador de Ordiales: valió la pena. La vista que se ofrecía desde allí sobre el Valle de Augón era impresionante. También rendimos homenaje a Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa, humildemente enterrado en aquel espléndido mirador, que fue el primero en escalar, en 1904 y acompañado por su guía Gregorio Pérez, el Naranjo de Bulnes.

De regreso al refugio habían llegado cinco personas más: una pareja de belgas y tres madrileños. Vimos con espanto que estos últimos habían puesto sus sacos en la misma sala que nosotros: los dos hombres, bastante corpulentos, despertaban fundadas sospechas de ser expertos roncadores. Como los belgas eran más bien filiformes, recogimos sigilosamente nuestros sacos y los trasladamos al otro dormitorio, en el que se habían instalado éstos.

La cena fue sana y suficiente y durante la misma, como suele suceder en estos ambientes, establecimos una cordial conversación con nuestros compañeros de hospedaje. Nos contaron los madrileños, que venían haciendo la travesía en sentido contrario al nuestro, que habían tenido mucha niebla y que apenas habían podido ver nada. Lástima, porque al día siguiente ya regresaban a la capital. Los belgas, sin embargo, llevaban el mismo curso que nosotros.

La noche pasó sin sobresaltos y dormimos profundamente. Al día siguiente, en la intimidad del desayuno, les confesamos a los belgas la razón por la que nos habíamos cambiado de dormitorio la noche anterior, felices de haber tenido tan buena idea. Un poco perplejo me quedé, sin embargo, cuando ellos también, con igual sinceridad, me dijeron que "gracias" a mis ronquidos, ellos no habían podido descansar demasiado bien...

©José-Andrés Miralles (texto y fotos)
jose.miralles@phsotey.fi

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