Si no ves la barras de navegación puedes ir al
inicio de andarines
¿quieres participar en nuestras excursiones y actividades?
cuadernos para andarines
¿los conoces?

Cantabria>>

Vista desde El Potro

GR-71
Sendero de la Reserva de Saja

©José-Andrés Miralles (texto y fotos)
jose.miralles@phsotey.fi

Cuando en 2003 hicimos la Senda de los Blendios (ver en www.andarines.com), al pasar por Bárcena Pie de Concha vimos que otro GR, el 71, salía desde este punto hacia el oeste, serpenteando por el collado de Obios en dirección a los Picos de Europa. Se trataba del Sendero de la Reserva de Saja. Tentados estuvimos entonces de seguirlo, pero teníamos que continuar hacia el norte y dejamos aquella senda para otra ocasión. La primavera de 2009 pudimos cumplir nuestro deseo.

1 de mayo. Tren Madrid-Reinosa

Tomamos el tren en Madrid a las 17.35 y nos apeamos en Reinosa a las 21.26. Nos hospedamos en el Hostal Tajahierro (tel 942753524) de aquella localidad.

2 de mayo. Bárcena Pie de Concha-Bárcena Mayor.
20km, 900m de subida y 700 m de bajada.

...
 
Bajando de Obios
 
 
Alimoches

Tras un magnífico desayuno en el bar-restaurante-pastelería Vejo, donde nos prepararon también unos sabrosos bocadillos para llevarnos (abren a las 8h), tomamos un taxi hacia Bárcena Pie de Concha. No pudimos resistir la tentación de pedirle al taxista que nos acercara hasta el pueblecito de Pujayo, 3km más adelante y 100m más arriba, donde acaba la carretera. Allí, con un tiempo fantástico, nos embadurnamos de crema solar, desplegamos nuestros bastones y empezamos la suave ascensión siguiendo las señales del GR. Al llegar al collado de Obios (1025m) divisamos, al fondo, la cadena montañosa de Peña Sagra, aún llena de nieve. Este telón de fondo iba a dominar los paisajes que se nos irían abriendo delante durante las jornada siguientes. Un poco más adelante empezamos a encontrar, paciendo apaciblemente en los verdes prados que rodean al Pico de Obios, rebaños de vacas de raza Tudanca, de formidable cornamenta. También tuvimos la rara oportunidad de ver y fotografiar una pareja de alimoches en el momento que cazaban un pequeño roedor que se cruzó en nuestro camino.

Si bien, mientras seguimos la pista, el GR estaba perfectamente señalizado, poco después de desviarnos a la izquierda para iniciar el descenso hacia Bárcena Mayor las balizas quedaban semiocultas dentro de la maleza que cubre la falda del Monte Quemado. Con dificultades para irlas decubriendo, logramos llegar al collado de Los Praos Perdidos, al que debería cambiarse el nombre por el de ”Las Señales Perdías” pues, a partir de este punto, no se encontraba ninguna. Sólamente había un pilón indicando un cambio de sentido, pero estaba derribado en el suelo y su señal indicaba dirección hacia el cielo. Perdimos allí un buen rato intentando encontrar señales y, al final, sin conseguirlo, decidimos bajar por un torrente que se abre a la izquierda. Afortunadamente resultó ser el camino correcto, pues unos 200m más abajo, ¡a buena hora!, empezamos a reencontrar las señales, a la vez que entrábamos en un camino que nos llevó, ya sin más problemas, hasta la bella localidad de Bárcena Mayor. Allí nos hospedamos en la Posada “La Franca” (tel 942706067). Inaugurábamos entonces, para nuestra sorpresa y disfrute, una serie de alojamientos en distintas posadas, homologadas casi todas en la Asociación de Posadas de Cantabria, exquisitamente decoradas, limpias y acogedoras, con una oferta culinaria de alto nivel y una atención al público extremadamente bien educada. En esta posada, atendida por personal de origen moldavio, nos deleitaron con comida internacional auténticamente gourmet. ¡Y todo ello con una relación precio/calidad muy razonable!

3 de mayo. Bárcena Mayor-Saja. 14km.
250 m de subida y 300 m de bajada.

El día amaneció también con cielo azul. Iba a ser la jornada más corta y más fácil. Además, a 10km de Bárcena Mayor, teníamos el pueblo de Los Tojos, donde podíamos parar a comer. Fue pues un día de caminar tranquilo y relajado y la única dificultad que encontramos fue, al principio, dentro ya del extenso hayedo, el barro mezclado con excrementos del ganado que, en gran cantidad, circula libre por la misma senda del GR. En el Mesón ”La Montañesa” de Los Tojos nos tomamos unas cervezas y comimos unas magníficas ensaladas mientras contemplábamos el camino que el día anterior habíamos hecho desde el collado de Obios. Continuamos después por Colsa y, más adelante, paramos en un mirador desde donde se divisa la Peña de Colsa. Esta gran roca preside, como un palco, el valle de Saja, al que luego descendimos por la cuesta de Carlos V, que recibe este nombre porque era el camino que utilizaba ese rey para desplazarse de Castilla a Cantabria. A media bajada encontramos el ”humilladero” del Santuco que, en caso de lluvia, puede ofrecer un poco de techo para guarecerse. Nosotros lo aprovechamos para que nos diera un poco de sombra y aliviarnos del fuerte calor reinante. Poco después llegamos a Saja, pequeña población atravesada por el río al que le da el nombre. Allí nos alojamos en la Casa Rural “Los Sejos” (tels. 942741223 y 610592552). Se trata de un apartamento muy bien equipado y limpio, donde, siguiendo la tónica de toda la región, nos recibieron con educación y simpatía. No daban comidas, pero pudimos cenar, y muy bien por cierto, el bar-tienda situado en la carretera, a unos 100m de distancia.

4 de mayo. Saja-Tudanca.
17 km, 650 m de subida y 650 m de bajada.

Aquel fue el día gafe, pero ya se sabe que ”si no pasa nada, nada se puede contar”. Para empezar, estaba muy nublado. Tras desayunar en la misma casa rural, salimos cerrando la puerta y dejando la llave puesta por su lado interior. No podíamos imaginar que se trataba de una puerta que no se podía abrir sin llave y que ésta no se podía introducir en la cerradura por la parte de fuera si había otra por la parte de dentro. Nos supo muy mal e intentamos disculparnos. Menos mal que habíamos dejado una ventana abierta y pudieron entrar por allí.

Tras comprar unos bocadillos en el mismo bar de la carretera donde habíamos cenado la noche anterior, emprendimos el camino carretera arriba en dirección al puerto de Palombera. Un par de kilómetros más adelante encontramos un centro de información turística –cerrado- y, poco después, una pista que salía a la derecha con un cartel que nos confundió un poco, pues indicaba a Tudanca, por Carreceo, 8km, y, según nuestro plano, nos faltaban aún unos 15km. Llegamos a la conclusión de que el cartel indicaba la distancia sólo hasta Carraceo, a medio camino. Empezamos entonces la larga y suave subida por la pista a través del impresionante hayedo y arropados por la niebla que se iba haciendo cada vez más espesa. Tras unos 5km de subida salimos del hayedo. La pista moría entonces en un edificio abandonado, probablemente el refugio de Bucierca. A la derecha, pasando cerca de un abrevadero, seguían las señales del GR, esta vez convertido en un sendero entrecruzado por infinidad de otras veredas abiertas por el ganado. Bajo un roble solitario nos pusimos los impermeables para protegernos del calabobos que nos iba empapando la ropa y enfriando los huesos.

Continuamos por el sendero con grandes dificultades para encontrar las marcas rojiblancas. La visibilidad era de apenas unos cinco metros y era imposible divisar desde lejos la señal siguiente, pero íbamos siguiendo la dirección NW que nos indicaba el plano. Los caballos que por allí pastaban, asustados al oír nuestras voces y no podernos ver a causa de la niebla, corrían galopando y relinchando de un lado a otro, muy cerca de nosotros, intentando huir de un peligro que no lograban localizar. Esto aumentaba nuestra propia sensación de incertidumbre y preocupación. Poco antes del collado de Branaluenga había otro abrevadero y en él una señal. Por el plano sabíamos que teníamos que desviarnos al NE pero no encontramos la señal siguiente. Las sendas que partían del abrevadero parecían, al principio, muy prometedoras, pero al cabo de unos cientos de metros quedaban difuminadas en la braña. Frustrados, regresábamos al abrevadero y probábamos una dirección distinta, pero el resultado era siempre igualmente desalentador. Aquel día me prometí que no volvería a salir de excursión sin un buen GPS, pues la brújula que llevaba, con tan poca visibilidad, no me servía de nada. Finalmente, cuando ya habíamos decidido que no podíamos hacer otra cosa que desandar los 8 km hasta Saja para, desde allí, lugar donde habíamos visto al último ser humano, tratar de encontrar algún medio de transporte que nos llevara a Tudanca, nos pareció oír voces. Al principio creímos que era una ilusión de nuestros sentidos pues no podíamos imaginar que en aquellos parajes solitarios hubiese alguien más que nosotros, pero queriendo apurar cualquier posibilidad de ayuda grité, como en el conocido chiste de Eugenio: ”¿Hay alguieeen?”. Increíblemente, ese alguien me contestó. Seguí entonces gritándole a esa voz auxiliadora que nos hallábamos perdidos y pidiéndole ayuda. Guiado por mis voces, aquel ángel salvador –porque sigo estando convencido de que era un ángel salvador- fue acercándose a nosotros y, de repente, apareció entre los girones de niebla, bastón en mano y seguido de dos fieles perros. Aquel buen hombre nos indicó con precisión la dirección a seguir. No pudimos por menos que preguntarle qué hacía, con aquel mal tiempo en tan inhóspito lugar, a lo que nos contestó, sencillamente, que había salido a dar una vuelta con los perros. Naturalmente, no le creímos. Incluso, cuando se alejaba envuelto de nuevo en la niebla, nos pareció adivinar a su espalda, bajo su tenue chaqueta roja, el bulto de dos alas y un aura alrededor de su cabeza.

A partir de allí ya no tuvimos dificultades para ir encontrando las señales. Pasamos por el alto de Carraceo (1086m), donde empezaba de nuevo una buena pista que descendía hacia el valle del Nansa. En aquel punto, cuando ya creímos vencidas las dificultades de aquel día, a una de las chicas se le desprendió la parte delantera de la suela de la bota. Como pudimos, con un trozo de cordel, se la sujetamos de nuevo, pero veíamos muy mal sus posibilidades de poder continuar la travesía pues ya nos imaginábamos que ni en Tudanca ni en sus alrededores íbamos a poder comprar nuevo calzado.

Finalmente, cansados, mojados y con frío, llegamos, a media tarde, a Tudanca, punto culminante de nuestra travesía en el aspecto literario. En efecto, cuando meses antes de nuestro viaje me enteré de que en esta localidad José Mª de Pereda había ambientado su novela ”Peñas Arriba”, volví a leer esta obra, en la que su protagonista, Marcelo, hace un recorrido parecido al nuestro desde Reinosa hasta Tablanca (nombre imaginario de Tudanca) para instalarse en la casa solariega de su tío Don Celso. Aconsejo a cualquiera que quiera hacer esta travesía que lea también primero la novela. Luego, aparte de ir recorriendo en persona aquellos parajes por los que antes nos ha conducido Pereda con su pluma, podrá visitar, al final, la casona-museo de Tudanca en la que, gracias a una interesantísima visita guiada, le parecerá que se sumerge en el ambiente novecentista de aquel valle remoto de Cantabria.

Antes de visitar la Casona, sin embargo, nos dirigimos a nuestro alojamiento de aquel día: la Posada “La Cotera” (tels. 942729069 y 650419893), donde sus jóvenes propietarios nos acogieron con familiar hospitalidad, ofreciéndonos enseguida unos humeantes cafés con leche que nos reanimaron. Después nos condujeron a las habitaciones, limpísimas y de colores cálidos, donde, tras unas buenas duchas, pudimos descansar un poco. Además, nos proporcionaron pegamento y cinta adhesiva con los que, tras haber secado la bota rota al calor de la chimenea, adherimos su suela tan firmemente que quedó como nueva. Luego visitamos la casa-museo, que había sido propiedad del experto taurino José Mª de Cossío.

Cenamos en el único restaurante abierto del pueblo y un par de botellas de buen vino tinto nos hicieron olvidar las penalidades de aquel día y recordar tan sólo los buenos momentos vividos. Aquella noche soñé que, creyéndome Chisco, el montañés de ”Peñas arriba”, como él hacía con Marcelo, yo conducía a mis compañeros de travesía por aquellos riscos y desfiladeros plagados de osos y otros peligros.

5 de mayo. Tudanca-Pejanda.
16km, 700m de subida y 300m de bajada.

Tras las nieblas de la jornada anterior, ese día amaneció espléndido. Delante de nuestra ventana se extendía, primero, el pueblo de Tudanca. Un poco más allá, al otro lado del río Nansa, la pequeña y bien cuidada población de Lastra y, serpenteando a partir de ella, la pista que nos llevaría luego al collado de Abellán (998m). Asomaba, detrás de éste, Peña Sagra, cubierta de nieve y recortándose, limpísima, sobre un cielo inmaculadamente azul. Al llegar al collado abandonamos la pista siguiendo las señales del GR, malpintadas en unas viejas estacas de una antigua alambrada. Enfilando a la izquierda por la falda de la montaña, llegamos al viejo camino que, en dirección SE, abandona el valle de Nansa. Dejábamos, 500 m más abajo, Tudanca y La Lastra y, en la ladera opuesta, el extensísimo prado comunal del Concejo de Tudanca, por el que habíamos descendido el día anterior sin poder verlo entonces a causa de la niebla.

Llegados al mirador del Potro (1100m), nos sentamos a descansar y comer los bocadillos que nos habían preparado en La Cotera. Delante de nosotros se abría ahora el valle de Polaciones, con el embalse de la Cohilla a nuestros pies y, como telón de fondo, la nevada cadena montañosa de Peña Labra. Después, descendiendo suavemente por este nuevo valle, llegamos, 8km más adelante, a la minúscula población de Pejanda. Habíamos reservado alojamiento en la Posada “Casa Molleda” (tel 942729008).

De nuevo, nos esperaba una agradable vivencia: los propietarios de la posada, amabilísimos, se han dedicado a lo largo de los años a conservar y reavivar la cultura de aquel valle y, como muestra de ello, sobre la barra del bar se encuentran colgados toda clase de zuecos, bandurrias y otros objetos propios del folklore de la región. Otra vez, habitaciones acogedoras e inmaculadamente limpias y, para cenar, un magnífico guisado del que nos acordaremos toda la vida. Cuando al día siguiente nos despedimos del lugar lo hicimos con el firme propósito de regresar.

6 de mayo. Pejanda-Cahecho.
20 km, 800m de subida y 800m de bajada.

De nuevo con cielo azul y calor ya de buena mañana, arrancamos carretera arriba hacia el pueblecito de San Mamés, distante 2km. Nos esperaba la etapa más larga de toda la travesía, alcanzando, además, su punto más alto. En previsión, cogimos abundantes provisiones de comida, pero cometimos el imperdonable error de no coger bastante agua.

Pasado San Mamés seguimos subiendo por amplias pistas, siempre vigilados, a la derecha, por el impresionante cuernón de Peña Sagra (2042m). Al llegar a los 1400m empezamos a encontrar nieve. A medida que seguíamos ascendiendo iba aumentando su espesor hasta alcanzar probablemente más de un metro, ya que las estacas que señalaban nuestro camino habían quedado totalmente ocultas y podíamos hundir nuestros bastones hasta sus empuñaduras. Afortunadamente seguía el día sin una nube y podíamos orientarnos bastante bien con el mapa. Sin embargo, llegamos a un punto en que nos quedamos sin saber exactamente hacia dónde continuar. Y, otra vez, igual como nos había sucedido un par de días antes en el Collado de Carraceo, apareció nuestro ángel salvador, en este caso en forma de guardia forestal que, en su todoterreno, había venido ”casualmente” a darse una vuelta por aquel remoto lugar. Muy amablemente nos indicó por dónde seguía nuestra senda. Así, sin más dificultades, llegamos al Collado de Invernaíllas (1569m), donde paramos a comer. Iniciamos después la bajada, apurando ya las últimas provisiones de agua, pues en la dura subida habíamos sudado bastante y el lomo de los bocadillos no había hecho más que exacerbar nuestra sed. Enfrente de nosotros se iba abriendo un panorama inolvidable: las múltiples tonalidades de verde del valle de Liébana, las blancas y altas estribaciones orientales de los Picos de Europa y, cubriéndolo todo, un cielo intensamente azul. Era, probablemente, el mejor paisaje que habíamos contemplado en toda la travesía. Más hubiésemos disfrutado de aquella visión si no hubiese sido por la acuciante sed que íbamos sintiendo y la preocupación de pensar que nos quedaban aún casi 10km hasta Cahecho. Sin embargo, para nuestra sorpresa y alegría, al llegar, unos 3 km más adelante, al Santuario de la Luz, la Santuca que allí se alberga nos bendijo con una fuente de agua fresquísima y abundante que colmó nuestra sed y de la que pudimos tomar abundante provisión.

Siguiendo bajo un sol de justicia, continuamos la fuerte bajada hacia Luriezo, ya sin mayores problemas y gozando del bello paisaje que nos ofrecían los Picos frente a nosotros. Cansados, sudados y sedientos de nuevo, llegamos a media tarde a la Posada “La Torcaz” (tels. 942730501 y 649116941), en Cahecho. De nuevo, la habitación, exquisitamente decorada y con un magnífico balcón que se abría hacia el atardecer sobre los Picos, era probablemente la más romántica de en cuantas nos habíamos hospedado en aquel viaje. Una buena ducha y unas frescas cervezas contemplando la puesta de sol nos devolvieron la vida. Luego, una buena cena y ¡a disfrutar de la cama!

7 de mayo. Cahecho-Potes.
8km, 600m de bajada.

...
 
Picos de Europa. En la niebla Potes

Si bien el GR71 finaliza en Sotres, ya en Asturias, nosotros habíamos decidido acabar nuestra travesía una etapa antes, en Potes. La razón principal era porque desde Potes existe transporte público directo a Santander, cosa que no hubiera sido posible desde Sotres. Así pues, salimos de Cahecho al amanecer, con los Picos enfrente, esta vez iluminados de rojo por el sol que iba despuntando a nuestras espaldas. El valle, sin embargo, estaba totalmente tapado por un mar de nubes en las que, en nuestro constante descenso, nos fuimos sumergiendo. En poco menos de dos horas cubrimos los 8km que nos separaban de Potes y entramos en esa población con tiempo justo para coger el bus de las 10h a Santander. Allí hubiésemos podido alcanzar aún el tren de las 14.05 a Madrid, pero lo dejamos para el día siguiente: no queríamos desperdiciar la ocasión de pasar una noche en la capital cántabra disfrutando de su señorial encanto y poniendo así broche final a una de las mejores travesías que jamás hemos hecho.

 

©José-Andrés Miralles (texto y fotos)
jose.miralles@phsotey.fi

Ver más artículos y reportajes del mismo autor>>