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Travesía de los Campos de Hernán Perea y ascensión al Empanadas
 

Valle del río Castril desde la cumbre del Empanadas

Travesía de los Campos de Hernán Perea y ascensión al Empanadas

26-27 de Octubre de 199

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En las orillas de de los cauces aparecen los caducifolios

Todavía no ha entrado el otoño con plena fuerza en esta elevada comarca de la Sierra de Segura. Los caducifolios aguantan el peso de las hojas y le confieren al paisaje un tono cálido y tranquilo. Una leve brisa arranca con suavidad las hojas de los chopos y las deposita en la carretera vecinal que une Santiago con las poblaciones de su vega: la Matea, los Teatinos, el Cerezo, el Patronato y Don Domingo. Estoy disfrutando muchísimo de esta tarde y avanzo resuelto con la bicicleta hacia donde el sol se pone. Quiero dormir dentro de los Campos y lejos de los núcleos habitados.

A partir de Don Domingo la carretera de asfalto deja paso a una pista ancha y bien perfilada que desciende para vadear la Rambla de los Cuartos, corriente semicontinua que luego alcanza mayor rango para convertirse en el Zumeta, uno de los afluentes más bonitos del Segura. Se está haciendo tarde y voy pensando ya donde hacer el vivac esta noche. Sólo llevo unos 20 kilómetros de bicicleta pero es que he salido de Santiago pasadas las cuatro de la tarde.

En el valle que conforma el arroyo de la Juan Fría me fijo en los enormes laricios que sujetan las laderas. La majestuosidad de estos ejemplares me hace reflexionar sobre la sobreexplotación maderera que se cebó en estas sierras; depredación muy acusada en los Campos y que es la principal causa del aspecto actual que presenta la zona.

Con la vista busco el famoso Pino Galapán pero no lo vislumbro por ningún sitio. Estoy subiendo una cuesta bastante empinada y noto mucho el peso de las alforjas y de la comida. En un claro a la derecha del camino, junto a una chopera y el curso del arroyo, me decido a hacer noche. Me aparto de la zona más baja para evitar la humedad y posibles visitantes nocturnos. Con el hornillo preparo una sopa y me abrigo; hace ya tiempo que el sol se ocultó y se nota ya fresco. El cielo está limpísimo y se adivinan los primeros luceros vespertinos. En el oeste se va apagando el último recuerdo del día mientras que la luna creciente comienza a ganar protagonismo y veo mi sombra proyectada en el tapiz verde del suelo. La luz del frontal se amplifica escandalosamente en los reflectores de la bici.

La noche pasa rápida y tranquila; como hace bastante frío me envuelvo completamente en el saco y la funda de vivac. Esto tiene una ventaja: no se oye ningún ruido pues la fibra del saco lo amortigua y así no me asusta ningún bicho. En un momento dado, saco la cabeza para ver cómo está el terreno y la luz mortecina de la luna me permite comprobar que no hay incidente alguno. Unas horas más tarde volveré a hacer la misma comprobación y la veré ponerse tras un enorme laricio.

Antes del amanecer ya estoy despierto y salgo del saco; hace bastante frío y me preparo una leche con café y galletas. Cuando arranco con la bici maldigo la cuesta que tengo que empezar a subir en frío. Ni siquiera con el molinillo puedo evitar sentir que me crujan todas las articulaciones. No obstante, la pendiente tiende a equilibrarse y, tras los cortijos de la Pinadilla, se presenta llana y cómoda.

El refugio de Cañada Mergosa es el primero de los muchos con la misma arquitectura que me encontraré en esta y en sucesivas excursiones por estos lares. Me acerco para curiosear y, con sorpresa, encuentro que la puerta está abierta. Dentro hay casi de todo para sobrevivir unos días: agua, madera, velas, sal, latas, arroz, pasta, aceite y un par de camastros con mantas. Todo está limpio y bien cuidado: se nota que es usado a menudo por los muchos pastores que guían a sus rebaños para que se nutran de los excelentes pastos de los Campos. Con sigilo cierro otra vez la puerta y sigo pista adelante. Intento adivinar en el horizonte cuál es el pico Empanadas, cumbre de 2107 metros que me he propuesto ascender desde esta elevada vertiente.

Tras algunos kilómetros llego a un nuevo refugio y veo a los primeros pastores con sus Land-Rover. Hablo un rato con ellos y no les veo demasiado sorprendidos, por lo que deduzco que posiblemente están muy acostumbrados a ver pasar turistas por la zona. Sigo haciendo camino hasta llegar al refugio forestal de Rambla Seca y me paro a consultar el mapa. Efectivamente, éste es el punto exacto donde comienza la ruta que he trazado hasta la cumbre del Empanadas.

Aunque el mapa me pone sólo una senda que se adentra hacia el Sur buscando las primeras pendientes de la sierra, en realidad lo que tengo ante mí es un carril bien marcado y con huellas recientes de 4x4, por lo que me ahorro un poco más de aproximación y entro con la bici hasta el Cortijo y la casa forestal de la Cabrilla.

Tras unos rosales silvestres apaño la bici y me cambio de calzado: fuera las zapatillas de los pedales automáticos y vamos con las botas de treking. Estudio un poquito más el mapa y lo cotejo con el terreno que se me presenta. Como voy caliente y me sobran fuerzas, opto por salvar los doscientos y pico metros de desnivel hasta la arista cimera a lo bruto y en perpendicular a las curvas de nivel. Tras unos veinte minutos gano vistas al valle del Castril y alucino con la visión de la Sagra tras Sierra Seca; gruesas gotas de sudor me mojan las gafas y al quitarme la camiseta mi cuerpo humea como un leño viejo.

Veo con claridad la cima y sólo me queda seguir esta arista que separa el parque natural de Segura y Cazorla con el parque de Castril. Tras un cuarto de hora estoy en la cumbre del Empanadas disfrutando de una panorámica espléndida: al Este se desprende atormentado el valle del Castril, se yergue enhiesta la Sierra Seca con el Tornajuelos y al fondo emerge la Sagra. Al Sur, los relieves abruptos y orgullosos de la sierra de la Cabrilla. A poniente tengo la laberíntica Cazorla con sus valles profundos y sus gargantas y también la elevada Sierra del Pozo. Finalmente, y al Norte, la enorme mesa de los Campos se extiende inabarcable y culmina en las Banderillas que, junto al Yelmo, cierran el horizonte.

El descenso lo hago diferente siguiendo el curso de la Rambla Seca. Tengo que saltarme un cercado cinegético un par de veces y maldigo a los que ponen alambradas en las montañas. En este valle cerrado y orientado al norte, descubro árboles típicos de la España atlántica como robles, serbales y arces; la policromía de estos ejemplares es bien recibida en unas laderas en las que el tono dominante es el verde profundo de los laricios.

Al llegar de nuevo a la bici descubro junto a la casa forestal de la Cabrilla una mula blanca que lleva atadas las patas anteriores. La pobre me mira con mucha pena pero comprendo que su dueño quiere tenerla atada y bien atada y le permite, al menos, desplazarse con lentitud y torpeza para buscar la hierba más exquisita. En compañía de esta mula triste me siento y me zampo casi toda la comida que me queda; le doy la corteza de las naranjas y de los plátanos y si no quito la mano a tiempo igual hasta me la devora.

A las doce del mediodía vuelvo a estar sobre la bici desandando el camino, aunque voy a regresar a Santiago siguiendo una ruta diferente: quiero pasar por el nacimiento del río Segura y por Pontones. Para ello, a los pocos kilómetros me desvío por un carril secundario que se dirige al Norte hacia el Calar de Cañá Rincón. En terreno ascendente, paso por un nuevo refugio con el mismo nombre que el Calar. Me noto algo torrado pero el paisaje es abrumador e impresionante y eso me ayuda a superar las dificultades.

Tras un collado, gano vistas al Pinar Negro y al reborde norte de las Banderillas; me prometo volver pronto para subir por este sitio aunque ahora me olvido de ello y desciendo hacia el Campo del Espino. Paso el refugio del mismo nombre y recupero agua en el pozo de la Turma. Ya me duele el trasero del sillín y las muñecas de sujetar el manillar y las piedras. Desciendo por la Cañada de la Cruz hasta Fuente Segura. En unas mesas de madera me tomo el resto de comida y observo el juego de los chopos mecidos por el viento. El carril hasta Pontones bajo la alameda es de ensueño y el sol vespertino y otoñal todavía le da más encanto.

Se me olvida añadir que el camino es cuesta abajo y por eso uno puede ponerse poético… porque al llegar a Pontones y tomar la carretera hacia Santiago la cruda realidad se impone: un par de revueltas estilo Tourmalet me dan la puntilla y subo ya medio ciego las últimas cuestas hasta Cañada Hermosa, bajo el cerro del Almorchón.

Por fin, llega terreno descendente y me dejo llevar hasta Santiago disfrutando los últimos kilómetros y sin poder dar una pedalada más. Cuando entro en la calle principal la chiquillería que me ayudó a montar la bici el día anterior se me acerca para curiosear y me ayudan de nuevo. Creo que me han salido unos 100 kilómetros de bici y una ascensión a pie de 500 metros de desnivel. Nos hemos ganado la cena, ¿verdad?

© José A. Pastor

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