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Circular al Banderillas por el Aguasmulas y el Borosa
 

Arriba: Flanco Norte de las Banderillas.
A la dercha: algunos de los expediccionarios.

© José A. Pastor

 

Circular al Banderillas por el Aguasmulas y el Borosa

Verano del 2003

Uno de los veranos más cálidos que recuerdan los ancianos de estas tierras es el ambiente que nos envuelve cuando comenzamos nuestro periplo, camino de la Fresnedilla. Entre los pinos de Alepo, las encinas y los madroños apenas se vislumbra horizonte alguno y sólo la perspectiva del carril por el que avanzamos desahoga nuestras miradas. Las fuentes se suceden una tras otra vertiendo ladera abajo los últimos recuerdos de las nevadas de invierno y las copiosas lluvias de primavera. El fragor del Aguasmulas se escucha amortiguado por la exuberancia del sotobosque y, a ratos, cuando podemos contemplarlo desde alguna curva, parece encantarnos con sus piruetas y el verdor de sus vaeras.

Muy pronto llegamos a la altura de las juntas que hacen el arroyo de la Campana y el Aguasmulas. Cuando las maderas se conducían por el agua, esta encrucijada venía a ser algo así como un depósito y en el lugar llegaron a vivir familias enteras de ajorraores y gancheros. Todavía pueden encontrarse restos de las casas que levantaron y las terrazas en las que sembraban.

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En los paredones calizos trepan algunos pinos blancos cuyo tamaño nos sirve para estimar la escala del conjunto ...
   

La pista de macadán comienza a ascender suavemente para ganarle altura al Castellón de los Toros, lugar enriscado, complejo, donde la necesidad llevó a algunos a sembrar en sus cimas. Pronto la pista hace una curva cerrada y contemplamos el Recó del Aguasmulas -- quizás signifique rincón por lo encajonado de su situación. Buscamos con la vista el cortijo de la Fresnedilla pero sólo se nos muestra imponente la naturaleza vertical del flanco Norte de las Banderillas. En los paredones calizos trepan algunos pinos blancos cuyo tamaño nos sirve para estimar la escala del conjunto y cifrar la altura de la muralla en más de 700 metros.

Cuando la pista termina, una senda nos lleva hacia el cortijo de la Fresnedilla. Como tenemos idea de dormir por aquí vamos ya buscando un lugar cómodo donde vivaquear; unas nogueras nos acogen bajo sus ramas y nos dedicamos a sestear y a charlar. Vemos varios fresnos de gran porte y curioseamos por el cortijo, que está muy abandonado. Es terrible comprobar cómo en muy pocos años el tiempo lo engulle todo y se lleva por delante el trabajo paciente y sufrido de varias generaciones. Hace poco más de diez años en estos campos se sembraba cereal y en las cercanías del arroyo prosperaban en verano las huertas.

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... le encerraron en una de las casas de la propia finca a más de 250 ovejas con orden expresa de que no salieran a pastar ...
   

La Fresnedilla es un símbolo de la resistencia serrana a las inercias del tiempo y a los caprichos de los señores de la Administración. Uno de sus últimos dueños, Máximo Fernández Cruz, relata con orgullo que el cortijo del Recó y la Fresnedilla la mercó mi bisabuelo en 1780 con sus más de 250.000 pinos y 80 nogueras. Añade indignado también que, a mediados de los años 70, un ingeniero me ofreció en la Torre del Vinagre 210.000 pesetas por todo, pero yo digo que no vendo y que me tendrán que sacar de aquí con los pies para adelante. Máximo es uno de los pocos serranos que soportó la presión administrativa que obligó a muchos de sus conocidos a malvender sus tierras para ser realojados en Coto Ríos. Otra anécdota que refleja el infame cerco de los gestores hacia los habitantes autóctonos de la Sierra es que, negándole el derecho a sus propiedades, le encerraron en una de las casas de la propia finca a más de 250 ovejas con orden expresa de que no salieran a pastar. Unos días después, su misma hermana dio careo a las bestias pero ya habían muerto más de cuarenta.

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... Un rato después sólo se escucha el rumor del arroyuelo ...
   

La tarde se va cerrando y las luces se reflejan en la caliza blanca de las Banderillas. Cenamos antes de que la luz se nos escape del todo y buscamos la protección de los sacos para evitar los mosquitos. Un rato después sólo se escucha el rumor del arroyuelo tributario del Aguasmulas que tenemos a escasos metros. Pasan las horas y la luna menguante aparece de madrugada tras los paredones que contienen a los Campos para que no se desparramen. Mañana estaremos por allí arriba, en los Campos.

Con las primeras luces recogemos y tiramos para arriba, por una traza bastante vieja que comunica con la Hoya de la Albardía. Vemos señales muy nuevas de un GR que une Pontones con Coto Ríos y alcanzamos --no sin sudores-- un paraje conocido como las Horcajillas. A partir de ahora, abandonamos la tranquilidad de la senda para encaramarnos sobre el último escalón que nos separa de los Campos de Hernán Perea. Sorteamos varios poyos que se precipitan sobre la cuenca del Aguasmulas y le arañamos cada vez más metros a esta enorme montaña. Tras un angosto portillo de roca asoman ya los perfiles caóticos y sobrecogedores de los Campos bañados por un sol de justicia. Y sólo son las diez de la mañana pienso para mis adentros mientras sorteamos un lapiaz complejo y traidor.

Tras algunas dolinas encontramos un carril que viene de la pista del Pinar Negro. Lo tomamos para subir al punto más alto de la sierra y agradecemos las exiguas sombras de los pocos pinos salgareños que aquí sobreviven. Ladera abajo, refleja el sol la techumbre metálica de una vieja tiná que se apoya sobre la Casa del Pinar Negro. Pese a la luz aplastante y dura que se desparrama por las llanuras, podemos apreciar que estamos en un lugar casi mágico, sobrenatural, solitario, extremo... No hay serrano que mente a los Campos con indiferencia; más bien, siempre se refieren a ellos con un respeto transmitido de padres a hijos, nacido de las experiencias de varias generaciones que han visto morir atrapados en las nieves a pastores extraviados por la niebla y el viento.

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... Nos asomamos a Poniente para contemplar el espectáculo dramático y estrepitoso de la muralla de las Banderillas desprendiéndose desde los casi 2000 metros de los Campos hasta la vega del Guadalquivir ...
   

Ensimismados en estos pensamientos llegamos a la cumbre de las Banderillas, pequeño resalte en la cordillera en el que la Administración ha colocado unas garitas de vigilancia con la misma arquitectura que los refugios de pastores de los Campos. Nos asomamos a Poniente para contemplar el espectáculo dramático y estrepitoso de la muralla de las Banderillas desprendiéndose desde los casi 2000 metros de los Campos hasta la vega del Guadalquivir, a menos de 700. El retén forestal se nos acerca con deseos de conversar y nos describe la arquitectura de esta catedral que se erige áspera y solitaria, junto a los Campos. A nuestros pies está el cinto de Viñuela, que es un conjunto de poyos circulares cuya naturaleza calcárea los presenta deslumbrantes e inconfundibles al sol de la mañana. Entre dos de esos poyos, nos señala la Soga, pues era necesario ayudarse de ella para transitar por tan abrupto desfiladero; también nos habla de la pasá el Durillo, ya que era preciso agarrarse a la planta para llegar a buen puerto...

Seguimos avanzando ahora ya sin camino, por lo alto de la cuerda y aprovechamos para disfrutar de un paisaje enorme, solitario y sobrecogedor. Nos llama la atención una aguja de roca que en la forma me recuerda al Naranjo y que aquí lo denominan el Fraile. La cresta es muy cómoda, limpia y siempre descendente por lo que pronto alcanzamos el flanco sur y la vereda que desciende hacia el collado de Roblehondo por el Tranco del Perro. En las curvas más expuestas observamos enormes piedras rectangulares que sostienen el camino, aunque en la zona de mayores pendientes éste ha sufrido desprendimientos y el acoso de los pinos. Una vez más abajo, observaremos desde la distancia la dificultad de introducir esta senda por un lugar tan complejo y la necesidad que tuvieron de dinamitar la roca para hacerla transitable a las bestias.

El collado de Roblehondo separa las cuencas del Borosa y del Aguasmulas. Nosotros salimos ayer de esta última y hoy la dejamos a la espalda enfilando hacia el Sur por la vereda que traemos desde los Campos. No muy lejos reconozco la inconfundible silueta del picón del Haza con su espectacular pared Oeste y donde también se ven las tuberías de la central eléctrica del Borosa. Tras un kilómetro de bajada tomamos la siempre arriesgada decisión de abandonar la senda para ir monte a través hacia un ramillete de cortijos que salpican el royo de la tinaíca. Éstos presentan un aspecto habitado aunque sólo nos reciben algunos animales poco amistosos. Los habitantes han cercado la zona central del valle --que es donde siembran-- y nos supone un fastidio buscar un paso por los laterales. Tras un trozo bastante malo en el que nos tenemos que descolgar por un barranco, llegamos a una senda con marcas recientes de herradura que es una magnífica señal para nuestros cansados cuerpos.

Enseguida escuchamos entre las encinas el rumor del Borosa atrayéndonos hacia el fondo del valle. Aceleramos nuestros pasos y lo cruzamos por Huelga Nidillo para entrar en la autopista del Borosa. El día se ha ido cerrando y nubes medias oscurecen el cielo, aunque no parece que vayan a descargar. La gente que está paseando o que se dirige hacia el Salto de los Órganos mira nuestro aspecto desarrapado y algunos se sorprenden al adivinar colgada de mi mochila la cuerna de ciervo que he encontrado en el Tranco del Perro. Disfrutamos de este último tramo y de la cerrada de Elías y terminamos nuestro recorrido en la Torre del Vinagre, donde el día anterior fuimos previsores y dejamos un coche para ahorrarnos el alpargatazo hasta los llanos de Arance.

© José A. Pastor

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