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Circular a la Sierra del Agua
(Sierra del Segura)
 

El Espino

Circular a la Sierra del Agua
(Sierra del Segura)

José A. Pastor
Mayo de 2004

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Los "Dientes de la Vieja", abruptas agujas que se descuelgan desde el Puntal de la Misa hacia
el valle del Segura.

En la primavera más húmeda de las últimas décadas nos vamos a aventurar en el centro de la Sierra del Segura, justamente donde las montañas reciben el expresivo nombre de Sierra del Agua. La zona en cuestión pertenece a la provincia de Jaén y está delimitada al Norte por el nacimiento del Tus, al W por el río Madera, al S por el río Segura y al E por la linde que separa las provincias de Albacete y Jaén. Además de la exuberante naturaleza, de las escarpadas cimas y cambiantes nubes, otro de los alicientes para venir a la Sierra en este fin de semana es escapar de la vorágine mediática de la boda del Príncipe, y eso que los meteorólogos no auguran nada bueno y que el cielo plomizo y las nubes bajas nos acompañan desde que salimos de Murcia.

Para ahorrar kilómetros de coche nos hemos introducido en la Sierra por Nerpio y hemos tomado una pequeña carretera que baja a Góntar y Las Juntas. Tras muchas curvas y estrecheces empezamos a vislumbrar entre las brumas las montañas que pretendemos ascender: el Puntal de la Misa se descuelga imponente hasta el embalse de Anchuricas mientras las nubes se mantienen colgadas de los escarpes más finos; el Majalón del calar de las Pilillas actúa como una barrera que remansa los vientos de Poniente. El cielo está cambiante, húmedo y muy activo, pero no llueve y de vez en cuando avistamos algún trocito de azul que nos da esperanzas para meternos en la boca del lobo.

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Una abeja sobrevuela una peonia

Dejamos los vehículos en los Anchos, pequeño núcleo serrano que permanece ajeno al paso de los años y a los avances y retrocesos de nuestro mundo habitual. Los tendidos eléctricos están muy nuevos y le han echado una capa de asfalto al carril que asciende desde el río Madera y en el que sólo cabe un coche. Por los márgenes del camino se descuelgan alegres regatos, múltiples hilillos de agua que me remiten a otras montañas más septentrionales y expuestas al Atlántico. Me alegra comprobar que el milagro de la lluvia también es patrimonio de estas cordilleras béticas y me pregunto cuántas aguas recogerán estas montañas que dan de sí para que nazcan los dos ríos más importantes del sur peninsular.

Desde los Anchos, le tiramos hacia el N por un carril bastante amplio entre pinos de repoblación que están muy crecidos y que nos proporcionan abrigo y protección frente al viento y los chubascos. Estamos un poco mosqueados con el tiempo porque éste va empeorando cada vez más y el cielo se va poniendo negro, como nuestras expectativas. En un momento dado, el carril que llevamos vadea un arroyuelo que con las lluvias baja muy crecido. No hay piedras ni troncos, así que vamos a tener que mojarnos; este momento de incertidumbre coincide con una arremetida del temporal que nos castiga con granizo y lluvia. Nos miramos como diciendo: nos vamos a casa. Afortunadamente, el aguacero dura poco y nos descalzamos para cruzar. Una vez que estamos en el otro lado sabemos que no hay vuelta atrás: ya no queremos volver a mojarnos los pies en la fría corriente.

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Grandes hongos

A partir del vado comienza una cuesta arriba en dirección hacia un collado que separa el Calar de los Caracoles del Calar de Peñarrubia, pareja de cumbres gemelas en altura que queremos ascender. Empezamos a negociar con las pendientes y aparece un rayo de sol; grandes claros azules se aprecian a Poniente lo cual nos anima a seguir apretando hasta llegar a un pequeño grupo de casas que están arreglando y en el que encontramos algunas familias. Comemos junto al arroyo mientras el sol seca las ropas y tras reponer fuerzas dejamos las mochilas en el collado junto a unos hongos de tamaño descomunal para subir nuestras dos primeras montañas. El cielo se ha abierto definitivamente y disfrutamos las dos ascensiones: sencillas, con poca pendiente y muchos quejigos.

Se nos hace media tarde cuando volvemos a las mochilas y empezamos el descenso hacia el NE. Vamos a buscar el nacimiento del Río Madera donde queremos dormir esta noche. Sin más incidentes meteorológicos disfrutamos de una primavera exuberante de flores, verdor y agua mientras caminamos por un estrecho carril salpicado de charcos. La luz se inclina mansamente y se refleja en las blancas calizas de las alturas y en las hojas nuevas de los chopos. En un prado abierto montamos las tiendas y cenamos mientras la noche va ganando terreno. La imagen que tengo ante mis ojos justo antes de empaquetarme en la funda de vivac es el cielo limpio y las estrellas titilantes. Dormiré divino.

Noche sin ruidos ni visitas de animales, al menos no a mi saco. La luz del amanecer tarda bastante en superar el Calar del Espino que nos protege al E, por lo que hasta las ocho y pico permanecemos empapelados. Finalmente recogemos el campamento y ascendemos por un carril estrecho hacia el flanco S del Espino que es una montaña de laderas abruptas y cima llana y extensa. El camino nos lleva bastante arriba y cuando vemos que los contrafuertes de la montaña presentan alguna debilidad le hincamos el diente por una pequeña traza de ganado. Luego la traza se convierte en senda y comprobamos que es el camino natural de acceso para los rebaños que pastan en estas alturas. Tras llegar a la parte alta del calar, caminamos hacia el N porque la cima se encuentra en el extremo septentrional de la montaña. Las vistas son de ensueño y se dominan prácticamente todas las montañas de la zona: desde las Almenaras de Alcaraz hasta la Sagra de la Puebla.

Justo al S tenemos vistas de las últimas dos montañas que queremos hacer en esta travesía: el Cerro de Góntar y el Puntal de la Misa. Ambas están ubicadas en lo más alto del Calar del Cobo, separadas por una distancia de cinco kilómetros a lo largo de una extensa plataforma cuya altitud media es de unos 1700 metros. Desde las alturas, también apreciamos que están creciendo nubes de evolución y empezamos a ver claro que nos vamos a mojar de nuevo.

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Quejigo en la cumbre

Descender el Espino y remontar hacia el Calar del Cobo es relativamente sencillo pues un cómodo carril comunica ambas montañas. Así, llegamos al collado de Góntar donde ganamos vistas a la aldea de Peguera del Madroño. El lugar es impresionante: unos monolitos de roca con más de treinta metros de altura se yerguen orgullosos como si fueran los contrafuertes de una catedral -- el Calar -- y puestos ahí para que ésta no se desparrame. Desde luego que por aquí no vamos a subir, así que descendemos por un carril hacia el SW hasta encontrar una ladera practicable que nos ponga arriba.

Tras unas pendientes bastante empinadas nos encaramamos en lo alto de la plataforma del calar. El cerro de Góntar es una modesta prominencia coronada por un puñado de piedras. Desde sus 1699 metros miramos al S para anticipar el mejor recorrido que nos lleve hacia la cima del calar: el Puntal de la Misa que está situado en el otro extremo. El asunto no es trivial porque aunque en el mapa aparecen pocas curvas de nivel, la realidad es bien distinta y la superficie presenta numerosas dolinas que nos van a complicar bastante la vida. Si a ello le añadimos que empiezan a caer gotas y a meterse nubes desde el valle, podréis comprender que más de la mitad de nuestro grupo decida regresar al carril y bajar a los coches.

Los que todavía tenemos más ganas de marcha nos enfundamos el anorak y agachamos la cabeza para que el viento no se lleve la capucha. Las nubes están entrando por Levante en contraste con las de ayer, que eran de Poniente. Sorteamos algunas dolinas y acabamos empantanados en un lapiaz dañino que con la lluvia se pone todavía más traicionero. Finalmente, llegamos a la pista que asciende hasta la garita forestal de la cima, con lo que estamos en el buen camino.

Ya sólo nos queda superar el repecho final envueltos en un mar de nubes bajas que nos cercan desde el valle. El refugio forestal se ve cercano y, de improviso, ganamos vistas hacia el río Segura que se ve muy pequeñito y remansado en el embalse de Anchuricas. Sin lugar a dudas, estamos situados en uno de los mejores miradores de la Bética y estamos disfrutando pese al mal tiempo y a los truenos que ya comenzamos a escuchar. Por este motivo no nos demoramos demasiado y damos la vuelta para bajar por la pista a toda prisa y meternos en la zona de bosque. Necesitamos protegernos de la tormenta -- de los rayos -- y cuanto antes abandonemos las aristas y la altura mejor.

Felizmente, llegamos bien a la zona del bosque y al cortijo de la Cañada del Saucar. Hasta los coches sólo nos queda una pista cómoda bajo pinos maduros de más de 20 metros que nos protegen de la fina lluvia. Incluso más tarde, cuando ya estamos muy cerca del fin, la tormenta cesa en su empuje y disfrutamos de un sol tibio que embellece los resaltes mojados y los poyos de la sierra. Es entonces cuando me inunda una sensación de paz y claridad que, por fortuna, me resulta bastante familiar al regresar de la montaña. Levanto la vista hacia el cielo y escucho el crujir de las nubes en la lejanía, la tormenta parece haberse desplazado hacia el SW y ahora estará cayendo sobre los Campos... la luz de esta extraordinaria primavera quedará grabada para siempre en mi retina.

© José A. Pastor

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