Si no ves la barras de navegación puedes ir al
inicio de andarines
¿quieres participar en nuestras excursiones y actividades?
cuadernos para andarines
¿los conoces?

<< Aragón

Este relato forma parte de una serie de más de 50 en los que Julián OLIVERA MARTIN recoge una parte de sus acctividades montañeras
Ver relatos publicados y biografía
>>
 
Foto de Teodoro, cerca de la cima, Álvaro, Constante y Julián
 


ASCENSION AL PICO COTIELLA
(2.912 mts.)

REALIZADA EL DIA 2 DE AG0STO DE 1978 POR: TEODORO ABADIA OLIVERA, CONSTANTINO GABAS, JULIAN OLIVERA Y ALVARO MUR

 

..
 
Teo y Julián Olivera en la cima del Cotiella

Abadía, Mur y Olivera partimos de Aínsa en coche a las 5 de la mañana. Sobre las 5,45 llegamos a Saravillo, donde nos reunimos con Gabás. A las 6 salimos los cuatro de Saravillo en el "todo terreno" de Gabás, que nos lleva a una altura aproximada de 1700 mts., en un lugar situado entre la Ribereta de la Vasa de la Mora y la Ribereta Ciega.

Dejamos el vehículo y comenzamos a caminar a las 7 de la mañana en dirección a la Ribereta Ciega, que cruzamos por su parte baja poco tiempo después, dejándola a nuestra izquierda; sobre esta Ribereta Ciega se alza la esbelta y bien dibujada pirámide de la Aguja de Lavasar (2.618 mts.); Gabás llama a este Pico, Punta Litás.

Nada más perder de vista la espléndida panorámica de la Ribereta Ciega, seguimos un camino en leve ascensión hacia el barranco Gallinés; al iniciar este camino salieron tres sarrios (rebecos) que sin duda habían bajado a beber a un regato, y enseguida treparon ágilmente hasta alcanzar cotas muy por encima de nosotros.

Llegamos al barranco de Gallinés, que va quedando a nuestra derecha mientras el camino se hace por momentos más empinado. El barranco es una escalofriante quebradura geológica, que parece cortada por una inmensa cuchilla; grietas frecuentes en el Pirineo aragonés. Paramos a beber en una fuente que mana del alero del mismo precipicio.

La marcha se endurece por momentos y divisamos un alto collado cuando ya el camino ha dejado de serlo y el desnivel es realmente áspero; a veces nos apoyamos para subir en abetos que ofrecen una posición inverosímil.

...
Este collado es un mirador excepcional: divide el barranco Gallinés de la Ribereta Ciega
   

Alcanzamos por fin el collado y allí descansamos y reponemos fuerza, comiendo y bebiendo. Durante este descanso, Gabás, señalando las paredes verticales del barranco Gallinés, en la margen contraria a la que nos encontramos, dice que el regreso -para atajar- podemos hacerlo a través de dichas paredes. Ignora que Julián Olivera padece vértigo, y al decírselo, se desiste de ello. Este collado es un mirador excepcional: divide el barranco Gallinés de la Ribereta Ciega. A través de ésta. Abajo al fondo, se vé Serveto; cerca, al otro lado del barranco Gallinés y escoltado por el Monte Fornos, vemos el Movison Gran (2600 mts.), cuya maciza e impresionante figura contrasta con la Aguja de Lavassar, que eleva su estilizado cono en el centro de la Ribereta. En frente, tenemos una serie de picos, algunos en forma de coronas, más altos que el Movison Gran, y cuyo color es ocre, casi oro viejo; esta serie de picos separan, por una parte, la Ribereta Ciega de la Ribereta del ibón de la Vasa de la Mora, y por otra, constituyen la vertiente contraria, por el norte, del Circo de Armeña.

Se trata de una zona que se cierra en un circo agudo, cuyo vértice corresponde aproximadamente a la espalda del Raymond d'Espouy; y que abriéndose hacia la derecha desemboca en la Ribereta Ciega, y prolongándose hacia la izquierda, en el barranco Gallinés. Las cumbres y paredes que dan a la Ribereta Ciega, tienen tonalidades ocres, cobrizas; las paredes que caen sobre el barranco y el fondo de circo de esa parte, son grises de diversos tonos. ¿Cómo se llama este circo?. Estos maravillosos colores, de tan ricos contrastes, nos hacen recordar a Raymond d'Espouy, que tanto los admiraba y parecen presagiarnos Cotiella, que todavía no hemos podido divisar. En alguna ocasión preguntamos por la cumbre y Gabás -gran conocedor de la región e intrépido capitán del pequeño grupo- nos dice que aún no se vé, que tengamos paciencia.

...
... nos encontramos sobre una gran plataforma de piedra gris torturada por infinitas verrugas y hendiduras
   

La salida de este collado en dirección al citado circo, no es fácil: hemos de contornear un picacho con serias inclinaciones que caen sobre la Ribereta Ciega. Previamente, Gabás ha hecho un despegue en solitario para ver la mejor forma de salir. Lo hacemos con dificultades y nos encontramos sobre una gran plataforma de piedra gris torturada por infinitas verrugas y hendiduras; algunas de estas hendiduras son pozos muy profundos en los que el agua no se ve pero se oye cuando arrojamos piedras. Caminamos sobre esta piel inclemente (¡pobre Álvaro Mur, con sus pies recubiertos tan sólo por unas botas de fieltro!) hacia el fondo del circo.

Si nos situamos en la posición del circo, de su parte izquierda arranca una muy alta collada que se dirige al Movison Gran. Tenemos, pues, el horizonte bloqueado. Gabás busca salida y resuelve que hemos de contonear el circo, atravesar una amplia glera (fajas inclinadas de piedra troceada) y finalmente, un poco por las bravas, dada su fuerte inclinación y carencia de sendas y apoyos, alcanzar la altísima collada. Este sería sin duda el paso más difícil y respiramos muy hondo cuando llegamos arriba.

Mur no lleva mochila y en el alto collado sobre el que hemos comido por primera vez, carga con la de Abadía. Lo mismo hace Gabás con la de Olivera, aunque gabás ya levaba la suya, lo que quiere decir que marcha con dos mochilas: este hombre tiene una fortaleza increíble y un ánimo fenomenal.

Desde que se inició la marcha, el grupo se ha dividido en dos: en cabeza, Gabás y Mur; siempre detrás - a veces a distancia considerable de aquellos; que les impide verse - Abadía y Olivera.

Al coronar este duro y elevado cuello, divisamos, ¡por fin!, Cotiella, objetivo y sueño de esta modesta pero hermosa aventura. La collada, según nuestros cálculos, viene a unir los Picos Raymond d'Espouy y las Coronas (cuyas vertientes forman parte del Circo de Armeña) con el Movison Gran.

Iniciamos el descenso desde esta collada, descenso fuerte pero sin secos desniveles del otro lado. Nos reagrupamos los cuatro y hacemos un descanso en la ladera. El tiempo se pone feo y las nubes nos ocultan Cotiella, aunque son nubes caminantes, alternativamente se nubla y se despeja. Desde esta vertiente, y bajo Cotiella, que queda a nuestra izquierda, vemos un amplísimo circo bifurcado en dos porque lo divide un tremendo lomo pétreo que desciende de la cumbre. Este circo, al oeste de Cotiella, tiene tres puntos de referencia: a la derecha, el Movison Gran; de frente Punta Llerga; y a la izquierda; la Peña Montañesa; más distante los dos últimos que el primero.

Dos del grupo; Abadía y Olivera, se sienten al principio desorientados y creen que Barbaruens se encuentra en la dirección de la Peña Montañesa; Gabás les deshace el equívoco y les señala algo que clarifica inmediatamente la situación: el famoso collado que constituye el acceso clásico a Cotiella; collado que desde el circo al que estamos ascendiendo, tenemos a la derecha; y quienes ascienden -como es lo normal- por el circo de Armeña, encuentran a su izquierda. Nos hemos venido acercando a Cotiella desde el norte, pero este inmenso circo al que descendemos se encuentra ya claramente al oeste del solitario macizo.

Gabás observa la lejanía para fijar la ruta de acceso, y decide hacerlo atravesando un gran nevero que se extiende a los pies del collado, y alcanzar éste por allí para luego subir a la cumbre; naturalmente, antes hay que atravesar el circo. Abadía, que es el más experimentado montañero del grupo, destaca el problema de estos descensos que nos hacen perder altura, y no sólo por el hecho de que esta pérdida, inevitablemente, hemos de recuperarla con duplicado esfuerzo, sino además porque al regreso, con el gran cansancio, las bajadas se convertirán en durísimas subidas. Pero la verdad es que, dada la configuración del terreno, no resulta posible evitar este grave inconveniente.

Ya estamos abajo y Cotiella nos ofrece, sin nubes, su imponente mole. El piso es de nuevo como el que antes describíamos: plataformas pétreas a las que las erosión ha castigado cruelmente; estas piedras, de gris muy claro, casi blanco, ofrecen un fenómeno curioso. Miles de pequeños pegotes, con apariencia de barro de color ocre rojizo, se agarran a ellas como lapas.

...
... el que vemos a nuestra izquierda es angosto y áspero, de fuertes desplomes
   

Desde aquí abajo, podemos comprobar que el circo que forma Cotiella por esta espalda de su cara oeste, tiene dos entrantes muy diversos: el que vemos a nuestra izquierda es angosto y áspero, de fuertes desplomes, y se observan varias cuevas en sus paredes altas. El otro, hacia el que caminamos para dirigirnos al collado de acceso, es menos pronunciado, abierto y con gleras practicables. Una nueva parada y reagrupamiento permite a Gabás reconsiderar la ruta y como consecuencia de la nueva perspectiva que ahora disfrutamos, rectifica la que antes habíamos trazado a través del nevero para alcanzar el collado. Como jefe de ruta que en todo momento ha venido marcando los itinerarios, Gabás nos dice que es preferible abandonar el anterior proyecto para seguir este otro mas conveniente: subir hasta espaciosa glera, atravesarla aprovechando una leve senda que la cruza y alcanzar así una chimenea, que nos permitirá rebasar apreciablemente la cota del collado para -sin pasar por éste- llegar al lomo que lo une con la cima. Quizás en este caso concreto, podamos cumplir el criterio de Abadía, conservando altura y economizando esfuerzo.

Se trata de emprender la fase final de la ascensión por la ruta que acaba de rectificar Gabás. Este último nos dice que dejemos las mochilas, con el fin de afrontar más ligeros las duras rampas que hemos de vencer para coronar Cotiella. Dejamos, en efecto, las mochilas, y reiniciamos la marcha, despegándose enseguida Gabás y Mur, a los que, después de superar serios desniveles, se les ve deslizarse por la senda que parte en dos la extensa glera, siguen algo después Abadí y Olivera. Los cuatro remontan la casi vertical "chimenea" y continúan subiendo desniveles fuertes, que son la antesala de la cumbre. A pesar de ir desprovistos de carga (sólo llevan las máquinas fotográficas y unos prismáticos), suben muy lentamente, con gran dificultad; a la dureza de estos últimos repechos hay que añadir las casi ocho horas de esfuerzo (deben de ser cerca de las tres de la tarde). Los cuatro se reúnen sobre el enorme lomo de piedra, con cierto abatimiento, como si la cumbre huyese de ellos, cuando es lo cierto que la tienen muy cerca; flota sobre el grupo como un desaliento. Hay que romper esta inercia fatal, y es Gabás, con su espíritu recio, infatigable, el que se levanta bruscamente para trepar los últimos metros; al momento, los otros tres, que suben dificultosamente, le oyen gritar jubiloso; ¡ha llegado a la cima!; con este estímulo, inmediatamente la alcanza también Mur, Olivera y Abadía, dándose entre sí emocionantes abrazos.

Sobre una peana de piedras de color cobrizo, se alza una airosa y sencilla cruz de hierro. La peana tiene una placa en la que el Grupo de Montañeros de Barbastro rinde homenaje al gran pireneísta francés, enamorado de Cotiella, Raymond d'Espouy. Detrás de la peana, en un casillero, hay un libro de la Federación de Montaña, en el que firmamos, diciendo que venimos desde Saravillo y haciendo figurar nuestras edades: Abadía, 65 años; Gabás, 56; Olivera, 55; y Mur, 35. Abadía, el mayor del grupo, escribe en el libro la siguiente frase: "Estoy hasta los cojones con mis 65 años... pero contento".

Los cuatro estábamos emocionados. Cotiella es una cima solitaria y misteriosa, que tiene una extraña fascinación para todos los que amamos el Pirineo aragonés. ¡La habíamos conquistado! La alegre emoción evapora por unos minutos nuestro terrible cansancio. Casi no podíamos dar crédito al hecho maravilloso de encontrarnos allí arriba, sobre la cumbre gentil de Cotiella, en aquella hermosa soledad de piedra, por encima de tantas vanidades y estupideces humanas.

¿Cuánto tiempo estuvimos en la cima de Cotiella? Debimos de estar unos veinte minutos, como máximo media hora. ¡Lástima que las nubes nos impidieran disfrutar de tan privilegiado mirador! Hicimos varias fotografías, todas de primeros planos: la cruz, la lápida y nosotros. Porque las lejanías, desgraciadamente, no se dejaron ver. Un rayo de sol iluminó por breves momentos, parte del circo de Armeña con la Cotielleta (primer pico a la derecha de Cotiella) y conseguimos recoger en una foto esta limitada aunque interesante panorámica.

Había que emprender el regreso. Abadía y Mur iniciaron el descenso dirigiéndose hacia el lomo por el que subimos, al sur de la cima; Gabás y Olivera se demoraron un poco para recorrer unas decenas de metros hacia el norte, deteniéndose ante una roca alargada, de un par de metros de altura, en la que figuraba una inscripción con el nombre de un joven de Saravillo y una fecha. Volvieron hacia la zona de descenso, y al pasar junto a la pequeña cruz, se despidieron de ella con un beso. Se unieron pronto con Abadía y Mur, para formar enseguida lo que habían sido serían las dos parejas de la dura y emotiva jornada: en cabeza, Gabás y Mur; detrás, Abadía y Olivera. Penetramos pronto en la "chimenea" que nos permitió al subir atajar hacia la cumbre sin pasar por el collado, y atravesando la enorme glera, llegamos al lugar donde quedaron las mochilas. Tomamos algo de alimento y agotamos el poco líquido -agua y vino- que allí quedaba.

A partir de este momento, al enorme cansancio hubo que añadir la sed, una sed que se acrecentaba al pensar que no íbamos a poder satisfacerla en varias horas, hasta la fuente que mana sobre el filo mismo de la garganta de Gallinés. Algún que otro nevero les permitió ponerse hielo en la boca y aliviar un poco esta angustiosa sensación.

...
... Desde este collado, todo es ya, por fin, bajada ...
   

La alta collada que divide ese circo oeste de Cotiella del orientado hacia el barranco de Gallinés, nos resultó durísima de rebasar. El extraño itinerario, que a la ida nos desconcertó con bajadas insólitas, pasaba ahora sus penosas facturas, cuando nuestros cuerpos -los de algunos muy especialmente- se encontraban al límite de su resistencia. También fue difícil el descenso desde este poderoso cuello al otro circo, por sus serios desniveles carentes de apoyo. Una vez abajo, hubo que contornear un amplio perímetro, en busca del otro equivalente al que acabábamos de citar en inclinación y dificultades: el que se descuelga sobre la parte superior de la Ribereta Ciega. Después de este paso, alcanzamos por fin el inminente collado que constituyó nuestro primer descanso y reparación de fuerzas cuando subíamos por la mañana. Desde este collado, todo es ya, por fin, bajada; en principio lo hacemos dejando a nuestra izquierda el barranco Gallinés, cuyas cortadas espantosas se ofrecen a veces con inquietante proximidad, sobre todo a Olivera, con su vértigo

Todos sedientos, y algunos agotados, llegamos a la fuente en la que, por la mañana, habíamos dejado a refrescar vino, tomates y alguna fruta. La sed era tan intensa que hubo que advertir a alguno la conveniencia de satisfacerla lentamente y con moderación, para evitar consecuencias desagradables. Se comía y se bebía con verdadero deleite, pero hubo algo especialmente apetitoso: ¡una fenomenal sandía!. Esto y el descanso, nos recuperaron mientras la tarde declinaba.

Emprendimos la última y ya totalmente cómoda, fase de la "operación Cotiella". En suave descenso caminamos hacia el "Land Rover" de Gabás. Dejamos a nuestra derecha, por su parte superior, la Ribereta Ciega, que volvía a ofrecernos -con otros tonos cromáticos por la distinta hora- su bellísima panorámica: a nuestra izquierda, según miramos desde abajo, la bien dibujada, casi geométrica, pirámide gris del Pico Lavassar (Punta Litás), y mas arriba, al fondo, rematando la perspectiva, una serie de picos de color ocre, algunos en forma de coronas; varias gleras completan este conjunto que es, sin duda, uno de los más hermosos del Pirineo.

Poco después llegamos al punto de partida, cuando llevamos unos quince minutos caminando por pista y bajo abetos, que han acelerado la caída de la tarde. Alcanzamos el "Land Rover" que abandonamos a las 7 de la mañana, cuando ya está encima la noche: son aproximadamente las 9; hemos invertido, desde las 7 de la mañana a las nueve de la noche, 14 horas. El "todo terreno" nos deja en Saravillo cerca de las10 y allí despedimos al bravo Constante Gabás. Los otros tres -Abadía, Olivera y Mur- salimos hacia Aínsa -de donde partimos a las 5 de la mañana- en el turismo del primero, y llegamos sobre las 11 de la noche.

xxxxxxxxxxx0000xxxxxxxxxxx

Cotiella es la cima más alta de la llamada "barrera meridional". Esta situación, al sur y despegada de la cadena principal, la destaca netamente y ha hecho de su silueta un punto de referencia familiar e inevitable para los habitantes del Alto Aragón, especialmente para los del Somontano y las comarcas extendidas sobre las cuencas del Cinca y el Esera. Desde estas zonas, la silueta del Pico Cotiella se nos ofrece como una fina pirámide, que preside con sus casi tres mil metros el macizo más solitario del Pirineo. Esta soledad y sus mágicos colores le otorgan un encanto fascinante. Lo que desde la lejanía es un pico piramidal, es allí arriba una pequeña meseta rectangular, cuya parte más alargada tiene dirección norte-sur, unos ochenta metros, y la más estrecha, este-oeste, debe tener veinte metros aproximadamente.

Cotiella alberga una contradicción: mientras, como decíamos, es un nombre familiar y cercano para los altoaragoneses -¡cuántas veces lo habrán pronunciado nuestros abuelos!-, su realidad física es casi desconocida, son muy pocos los que pisan aquellos parajes dramáticos y desolados, llenos de melancolía y de misterio. Y esto último, el misterio, ha sido siempre consustancial con la montaña. Por eso, los que amamos a la montaña, los que sentimos por ella una emoción honda -quizás porque la hemos trasferido nuestros sentimientos más profundos-, hemos de felicitarnos por el hecho de que Cotiella y su macizo conserven este romántico aislamiento, esa soledad mineral, ese remoto y ascético aroma de misterio

Julián OLIVERA MARTIN

APÉNDICE ESCRITO EN OCTUBRE DE 2008

En el segundo párrafo de la página 6 se dice: "Abadía y Mur iniciaron el descenso dirigiéndose hacia el lomo por el que subimos a la cima, al Sur de la cima; Gabás y Olivera se demoraron un poco para recorrer unas decenas de metros hacia el Norte, deteniéndose ante una roca alargada, de un par de metros de altura, en la que figuraba una inscripción con el nombre de un joven de Saravillo y una fecha"
No recuerdo la razón que CONSTANTE me debió de dar para demorarnos en busca de esa piedra; pero no podría ser otra que la de buscar esa inscripción, pues él, sin ninguna duda, no sólo conocía a su joven paisano sino que tenía que saber que había estado en la cumbre unos años antes y que había grabado en ella su nombre. A mí, que tantas notas he tomado siempre en las montañas, se me olvidó hacerlo en esta ocasión; de haberlo hecho, la habría reflejado en el relato.
Treinta años después, ROSALIA MUR, de la "Casa TURMO" de SARAVILLO, me dice que ese joven era su hermano, ALBANO MUR BIELSA, que había pisado la coma 8 años antes que nosotros, en Agosto de 1970, la inscripción, según ROSALIA, dice así: "SOY ALBANO MUR BIELSA Y TENGO 23 AÑOS".