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Relatos publicados de Julián Olivera

ASCENSION AL PICO COTIELLA (2.912 mts.)

ASCENSION AL PICO POSETS (3.375 metros)

ASCENSION AL PIC DE NÉOUVIELLE (3.091 metros)

ASCENSIÓN AL PICO ALMANZOR
(2592 METROS)

HACIENDO MONTAÑA POR LAS SERRANÍAS MALAGUEÑAS: SIERRA DE LAS NIEVES

ASCENSION AL PIC DE SAINT ANDRÉ  (2.608 Metros)

SUBIDA AL COLLADO DEL LETRERO  (2.637 metros)

ASCENSION AL PICO SALVAGUARDIA  (2.738), CON EPILOGOS EN AIGUALLUTS Y BARBARUENS

ASCENSION AL MONTE PERDIDO  (3.355 metros)

SUBIDA A “LA SUCA” O PICO INFERIOR DE AÑISCLO
(2.790 m.)

PLANA CANAL – REFUGIO Y PICO DE SAN VICIENDA – CUELLO VICETO - SENDA DE FORADIELLO – FUEN BLANCA – CAÑON DE AÑISCLO – SAN URBEZ …

ASCENSIÓN AL MOVISON GRAN (2.600 m)

ASCENSIÓN A LA PUNTA SUELZA
(2.973 m.)

ASCENSION A LA PEÑA MONTAÑESA (2.301 metros) POR LA VERTIENTE MERIDIONAL DE SIERRA FERRERA.

Collado de Sahun-Lagos y brecha de Barbarisa

Ascensión al Pico Bachimala

Subida al pico Mondarruego
(2.848 metros)

Sierras del Sistema Central
Gredos, Guadarrama, Pedriza, Somosierra

 

En la Punta Suelza (2.973m)

JULIAN OLIVERA MARTIN

Septiembre de 2007

Nací en Madrid un 28 de mayo de 1923; tengo, pues, 84 años. Un madrileño que, como tantos otros, era hijo de padres no madrileños. Mi padre nació en Barbastro (Huesca) en 1891; y mi madre en Villavieja de Yeltes (Salamanca) en 1896.
Un altoaragonés y una salmantina fueron mis progenitores, y a veces pienso que estos genes de personas nacidas en tierras campesinas, abiertas a dilatados horizontes, han podido influir en el amor que desde niño y de manera ya muy determinada desde mi adolescencia, he sentido por la naturaleza, por los espacios anchurosos, no confinados; me he sentido incómodo en los lugares cerrados, en las calles bloqueadas por los edificios que se alinean a lo largo de muchos kilómetros. Esta incomodidad y la inevitable claustrofobia que padezco en las ciudades, se libera en cuánto me asomo al campo.

Sólo pude estudiar hasta los 13 años, los que tenía en aquel 1936 cuando se inició esa guerra incivil que, como todas, se convirtió en una espantosa carnicería. Para mí, todas las guerras son atrocidades injustificables. Mis estudios quedaron reducidos a la primera enseñanza y dos años de Bachillerato. Tuve, en el colegio público “Menéndez Pelayo” y en el Instituto de San Isidro, unos maestros republicanos cuya espléndida labor pedagógica me marcó para siempre… aun me emociona recordar la impagable deuda moral que tengo con ellos.

Los hijos de familias humildes teníamos que empezar a trabajar muy pronto, para ayudar a nuestros padres. Yo lo hice nada más terminar la guerra, en 1939, con 16 años. Me colocaron de “botones” y un empleado de la Empresa se asombró al verme leer un libro… ¡de filosofía!, me dijo que el texto que yo leía era de difícil comprensión para mis años, y me recomendó a un autor español que, según él, escribía de esos mismos temas pero con prosa muy clara y entendible: Ortega y Gasset. Oía por primera vez un nombre que se convirtió en “mi Universidad”. Sus obras fueron el alimento ideal que necesitaba mi voracidad de autodidacta. La huella fértil que dejaron en mí aquellos inolvidables maestros y las muchas horas dedicadas a la lectura de las obras de Ortega y de otras grandes figuras de la cultura española: Unamuno, Valle Inclán, Pérez de Ayala, Azorín, Pérez Galdós, Antonio Machado, Baroja, Gabriel Miró….., me permitieron en pocos años completar una formación cultural de autodidacta. Después ensanché esa formación leyendo figuras relevantes (grandes novelistas y filósofos) de la cultura europea: franceses, alemanes, rusos, ingleses. Desde 1945 hasta 1977 he sido redactor de una publicación mensual de temas agrarios, la revista “Siembra”; abrí en ella una página literaria en la que publiqué varios artículos. Colaboré durante una temporada en las “paginas literarias” de un diario barcelonés, “El Noticiero Universal”. Y algo que en esta actividad literaria me gratificó de manera muy especial, fue que la prestigiosa “Revista de Occidente” me publicara, en su número de enero de 1966, un artículo sobre Miguel Hernández.

Al llevarme mi padre desde niño a Barbastro –dónde tenía y sigo teniendo muchos familiares y amigos-, me fui acercando al Pirineo oscense, el escenario orográfico que más “he pateado”. Mis experiencias montañeras tienen también otros escenarios peninsulares: las cercanas Guadarrama y Somosierra, y el Ocejón, las Buitreras, los Picos de Urbión, las sierras de Gredos, Béjar, Neila, los Picos de Europa, la serranía de las Nieves en Ronda….Quiero añadir una región muy interesante del Pirineo leridano, con numerosos ibones (es el espacio más rico en lagos de montaña o ibones de la orografía española): la comprendida entre los ríos Noguera-Ribagorzana y Noguera-Pallaresa. Un pariente mío de Barbastro, Luis Paúl, fundó en 1949 el Club “Montañeros de Aragón”; era 18 años mayor que yo y empezó a “patear” Pirineos en los años veinte. Cuando murió en 1979 heredé su archivo fotográfico, una historia en imágenes del Club somontano (Somontano se llama la comarca cuya capital es Barbastro). En 1998 hice donación de esos centenares de fotos al Club que entonces presidía, y sigue presidiendo, José Mª Masgrau. Un año después, en 1999, Masgrau tuvo la gentileza de invitarnos a mi mujer y a mí a los actos de celebración del cincuentenario del Club (1949-1999), que tuvieron lugar en El Pueyo, una colina –allí se llama tozal- emblemática en Barbastro, coronada por un Monasterio benedictino. A los pocos veteranos supervivientes (Pepe Broto, Enrique Padrós y Luis Calvo) y a mí como donante del archivo fotográfico del fundador del Club, Luis Paúl, nos entregaron un diploma. Asistieron a los actos centenares de barbastrenses miembros del Club, que bajo la presidencia eficaz y dinámica de José Mª Masgrau ha conseguido en estos últimos años una gran pujanza social; ejemplo bien claro de ello ha sido el gran éxito organizativo de la XXXIII Marcha Nacional de Montañeros Veteranos que tuvo lugar el pasado año 2006 en el soberbio Barranco del Vero, el río de Barbastro.

Estos datos y referencias –siempre esquemáticos-, porque la complejidad de cualquier vida se niega a la etiqueta- quiero cerrarlos con lo que, por lo antedicho, queda claro que han sido las dos aficiones, vocaciones, pasiones que me han regalado más momentos de felicidad: la montaña y los libros.
Hay que subrayar que la felicidad no tiene nada que ver con el placer; subir a las cumbres exige esfuerzo y, a veces, sufrimiento; y las buenas lecturas requieren concentración y reflexión. En un mundo pragmático y materialista, que tiene como valores absorbentes las utilidades, mi larga vida se ha movido entre dos palmarias inutilidades: la filosofía y la montaña. Pero ¿qué sería hoy la Humanidad si no hubiera perseguido y valorado lo inútil?

Julián Olivera

 

 

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