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Este relato forma parte de una serie de más de 50 en los que Julián OLIVERA MARTIN recoge una parte de sus acctividades montañeras Ver relatos publicados y biografia >>

SUBIDA AL COLLADO DEL LETRERO  (2.637 metros)

DESDE EL BALNEARIO DE PANTICOSA.-  JULIO FERRERES, ALVARO MUR, JOSE RAMON MONCLUS, GUILLERMO FERRER, JAVIER FERRERES, ELENA PEREZ NASARRE y JULIAN OLIVERA.
DIA 21 DE AGOSTO DE 1993


 

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... ambos  “Bachimañas” están muy próximos, separados por escaso desnivel.

Salimos de Boltaña, en dos coches, a las 6 de la madrugada y son exactamente las 8 cuando iniciamos la marcha en el Balneario de Panticosa.  El Balneario está metido en un alto y cerrado Circo al que se asoman montañas que en algunos casos superan los tres mil metros.  Por ello, empezar aquí a caminar equivale desde el principio a remontar broncos desniveles.  Nos encontramos enseguida dentro de la angosta garganta del río Caldarés, bella  “canal” granítica por la que se despeñan las aguas, unas aguas que combinan la turbulencia de la caída con la transparencia de los remansos que cavidades de rocas alisadas propician de vez en cuando.  Por encima de esta garganta existen numerosos e interesantes estímulos   -cotas  “tres miles”, collados fronterizos, grandes y pequeños lagos, circos- y ello hace que sea un paso muy frecuentado.  El cómodo y hábil trazado de la senda por la que subimos aprovecha cornisas, pasillos y suelos rocosos, lo que permite remontar sin problemas la bronca inclinación de esta garganta del Caldarés.  Y llegamos al altiplano de la Cascada  del Fraile, un  “rellano” de moderada desnivelación  (en la alta montaña, en mayor o menor medida, todo son desniveles:  de ahí esa extraña expresión  -“falso llano”- que se viene utilizando últimamente).  Atravesamos el altiplano, y dejando a nuestra derecha la Cascada del Fraile, que no vemos porque se descuelga muy escondida, ascendemos por un sendero que, dibujando amplias lazadas, nos lleva al Pequeño Bachimaña, un ibón represado.  Enseguida alcanzamos la presa de Gran Bachimaña, el alto, porque ambos  “Bachimañas” están muy próximos, separados por escaso desnivel.

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... la excepcional ubicación del Circo de Bachimaña, al que tributan tres importantes cuencas lacustres ...

Nos encontramos ya en el gran Circo de Bachimaña, verdadero eje central del importante Macizo de Panticosa:  de aquí parte hacia el Oeste la espléndida travesía que, por los ibones Azules y el collado del Infierno, conduce al Circo de Piedrafita; hacia el Norte, el Puerto de Marcadau –próximo a un serio  “tres mil”, la  “Grand Fache”-  nos coloca en el cordal fronterizo hispano-francés; y hacia el Este, la ruta a los grandes lagos de Bramatuero, cuyo Circo superior se asoma al tremendo barranco dónde nace el río Ara, bajo el Vignemale.  Esta última ruta es la que hemos elegido nosotros para la jornada de hoy.  Aunque sucinta, la enumeración anterior pone de relieve la excepcional ubicación del Circo de Bachimaña, al que tributan tres importantes cuencas lacustres: la de los lagos Azules o del Infierno; la de los ibones de Pezico; y la de los Bramatuero.  Todos estos lagos o ibones fueron hace años represados.

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... vadeamos el torrente que baja de los ibones azules para buscar la senda que discurre por el ribazo septentrional del lago; la encontramos después de remontarnos varios metros sobre las aguas

Estamos ahora sobre la presa del Alto Bachimaña y hemos de rebordear el extenso perímetro de este lago.  Nos decidimos por la senda que circula sobre la derecha hidrográfica del lago, que corresponde a la izquierda de nuestra marcha; y ello porque aunque la otra orilla nos llevaría más directamente hacia los Bramatuero, hemos leído que algunos tramos son incómodos por lo escarpado del ribazo.  Caminamos por la senda elegida con rapidez, siguiendo su trazado en tobogán que unas veces nos acerca y otras nos aleja del nivel de las aguas.  Cuando casi agotamos este reborde lacustre, que es el occidental, nos detenemos para descansar y comer alguna fruta.  Son las 9:50 de la mañana, por lo que llevamos casi dos horas de marcha.  A las 10:15 horas abandonamos las grandes piedras sobre las que hemos pasado 25 minutos, y desde ellas vamos descendiendo en diagonal hacia el agua; cuando llegamos a su nivel, vadeamos el torrente que baja de los ibones azules para buscar la senda que discurre por el ribazo septentrional del lago; la encontramos después de remontarnos varios metros sobre las aguas.  Rebasada la rivera Norte del Gran Bachimaña, subimos hacia el más bajo de los Bramatuero, a cuya presa llegamos a las 11:15 horas.

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...hay que trepar sobre algunas piedras muy desniveladas, lo que exige atención y cuidado

Este lago inferior de Bramatuero tiene una configuración alargada de Este a Oeste, paralela a la cadena pirenaica; la presa está en el lado occidental de la cubeta y por la oriental recibe las aguas que bajan atropelladas desde el Alto Bramatuero.  Por debajo de la pequeña presa, unos tablones de madera nos permiten salvar el desagüe de este ibón inferior de Bramatuero, ya que la senda circula por su largo ribera meridional.  Rebasada esta ribera y por consiguiente el lago, encontramos en su cola un minúsculo ibón; lo rebasamos también y vemos que el torrente que se despeña desde el Bramatuero Superior no nos va a ser fácil de vadear y habríamos de hacerlo porque la senda va por la derecha hidrográfica.  El agua, muy fría, y las piedras, deslizantes, provocan el temor de algunos a una peligrosa caída, por lo que se resisten a cruzar el torrente.  Dada la disposición de la senda debiera tener unos tablones –inútilmente los buscamos para ser vadeado sin problemas.  José Ramón, Guillermo y Javier, quitándose las botas o saltando sobre piedras, vadean el torrente.  Julio y Álvaro no lo hacen para poder  “arropar”  a Elena y Julián, que no han querido vadearlo; estos cuatro van a tener que subir por la parte más inclinada de la garganta que enlaza ambos Bramatueros, que es hidrográficamente la izquierda, pero que corresponde a nuestra derecha según subimos.  Los tres que vadearon el torrente suben con rapidez, sin aprovechar la comodidad de la senda para no demorarse en sus innumerables  “Bucles” acortan la subida atajando por peñascales debajo del trazado de la senda.  Superan el fuerte desnivel, doscientos metros, que hay entre los dos Bramatueros, y ya están José Ramón, Guillermo y Javier bajo la presa del Superior, junto al fragoroso desagüe que lanza las aguas en torbellino; aquí esperan a sus cuatro compañeros que, por la más escarpada de las dos laderas, suben con más lentitud que ellos.  Lo hacen en dos parejas, Julio  “arropando” a Elena, y Álvaro haciendo lo mismo con Julián, porque hay que trepar sobre algunas piedras muy desniveladas, lo que exige atención y cuidado.  En una de estas piedras, Julián, al no apoyar bien un pie, resbala y hubiera sufrido una caída de consecuencias posiblemente graves, de no sujetarle Álvaro, que subía junto a él  “arropándole” perfectamente.  Llegan por fin al desagüe dónde los esperan sus tres compañeros; lo atraviesan y en pocos metros se encuentran todo sobre la prensa.

Reunidos los siete,  descansan unos minutos y contemplan el nuevo paisaje que les brinda la cota que acaban de alcanzar:  el Bramatuero Superior, el más grande, extiende ante ellos su lámina serena y transparente, estirándose de Norte a Sur, rodeado de montañas.  Buscan en el perfil de este circo montañoso, el Collado del letrero, pero no lo ven; como el plano lo sitúa en el rincón nor-oriental del circo, ello les obligará a rebordear totalmente el lago.  La una de la tarde:  casi dos horas desde que salieron de la presa de Bramatuero Inferior, empleadas en recorrer primero su extenso ribazo, perdiendo tiempo después en busca de un inexistente vado, y remontando por último la garganta.

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... la generosa y bella perspectiva se esfuma como si bajasen un telón, en cuanto reanudamos la marcha y nos metemos de nuevo en el circo

Comenzamos a rebordear el Bramatuero Superior; hay que empezar por remontar desde  la prensa unos cuantos metros que nos colocan muy por encima del agua.  Y cuando llevamos algunos minutos caminando por esta enorme cubeta rocosa, que nos obliga, con sus broncos desniveles, a subir y bajar constantemente, se ensancha de pronto  -a través de una despejada terraza-  el paisaje del circo en el que nos encontramos:  el súbito ensanchamiento rasga el horizonte y aparece el rotundo perfil de un imponente Macizo.  Y no menos imponente es el despiste que sufre Julián al identificarlo como el Vignemale; Julio y Javier Ferreres le sacan de su error… ¡son los Picos del Infierno, que se encuentran al Oeste, en la orientación diametralmente contraria al Vignemale, que aunque no lo vemos, lo tenemos al Este!  Otro aliciente paisajístico de esta terraza son unos pequeños ibones a pocos centenares de metros de dónde nosotros estamos.  La generosa y bella perspectiva se esfuma como si bajasen un telón, en cuanto reanudamos la marcha y nos metemos de nuevo en el circo.  Rebasado el largo ribazo occidental del lago, llegamos a la parte más meridional de la cubeta, y Elena y Javier deciden quedarse aquí:  esperarán a sus cinco compañeros que siguen pensando en el Collado del Letrero.  Un collado que no puede estar lejos, pero la verdad es que llevamos varias horas de dura marcha y el cansancio se hace notar.  Metidos en el ribazo oriental del Bramatuero Superior, empezamos enseguida a alejarnos del lago para remontar los 130 metros de desnivel que lo separan del collado.

Álvaro y José Ramón se han adelantado y alcanzan el cuello a las 14:15 horas, y quince minutos más tarde, a las 14:30, lo hacen Julio, Guillermo y Julián.  Los cinco celebran la llegada a este alto Collado del Letrero, que con sus 2.637 metros abre una brecha en la muralla que separa el Circo de Bramatuero del Barranco del río Ara.

EL COLLADO DEL LETRERO era hoy nuestro objetivo:  acabamos de conseguir esa meta tras una marcha de seis horas y media, remontando mil metros.  Y al llegar aquí –antes de mirar a su través para ver qué hay al otro lado- un viento frío que se cuela por el ventanal desploma bruscamente la excelente temperatura que veníamos disfrutando desde que salimos del Balneario; ha sido sorprendente e intempestiva la recepción que nos preparaba el collado, obligándonos a sacar de las mochilas ropa de abrigo.  Al asomarnos a la brecha,  “se nos echa encima” la tremenda mole del Vignemale, cuyas grises murallas se levantan en la vertiente contraría a la que nosotros pisamos sobre el umbral del Collado del Letrero:  sólo nos separa el gran barranco del Ara, río que nace a nuestros mismos pies, ya que este cuello  -abierto entre el Pico de las Neveras y la Cresta de los Buitres-  constituye la cabecera de dicho barranco.  Aunque la perspectiva que ofrece el collado queda casi bloqueada por los impresionantes lienzos graníticos del Vignamale, si evitamos su abrumadora presencia y sesgamos nuestra mirada hacia el Este-Sur aparecen al fondo el Taillon y el Gabietous.

Con el fin de descansar y comer algo, hemos de buscar un sitio resguardado del frío viento que parece enviarnos el Vignemale; lo encontramos ascendiendo varios metros y cobijándonos en unos bloques de piedra arrimados al flanco de la Cresta de los Buitres.  Evitado el viento, no sentimos frío:  se cumple el viejo aforismo de pastores  y campesinos  “si no hay viento”, no hay mal tiempo”.  Sólo una joven pareja hemos encontrado hoy aquí –ya les habíamos visto en la presa del Bramatuero Superior-, y eso, en un día festivo de agosto, con buen tiempo, es señal de la escasa frecuentación de este lugar; hablamos con la pareja  -un chico y una chica nada novatos, que conocen la montaña- y nos dicen que resulta duro y largo llegar al Letrero desde el balneario, mucho más sin duda de lo que manifiesta el folleto de la Editorial Alpina.

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... ¿qué significa la palabra LETRERO, tan vinculada a la cultura de los hombres, en un lugar como éste, dónde la única escritura es el grito enfurecido del viento golpeando en el silencio impávido ...

El Collado del Letrero, con un solitario ibón que lleva su mismo nombre –la cubeta está a unos 500 metros-, son las notas singulares de una plataforma que se alza inhóspita, desolada y pedregosa sobre el extremo Nor-oriental del gran Circo de Bramatuero, en el ángulo formado por el fronterizo Pico de Arratille, al Norte, y el Pico de las Neveras, al Este.  El escondido recodo dónde la brecha del Letrero ha dibujado su desgarrada caligrafía, es uno de esos rincones en los que el gran Macizo Pirenaico nos enseña el rostro auténtico de la alta montaña, con su sombría y dramática desnudez mineral:  escenario soberbio y miserioso que se graba indeleble en quiénes lo contemplan.  Mirando el terrible boquete que acuchilla el muro de granito, nos preguntamos por el origen del extraño topónimo que lo bautiza… ¿qué significa la palabra LETRERO, tan vinculada a la cultura de los hombres, en un lugar como éste, dónde la única escritura es el grito enfurecido del viento golpeando en el silencio impávido de las piedras?

A las tres de la tarde iniciamos el regreso, dejando al Collado en su inclemente esquinazo, que parece rechazarnos por haber violado un territorio que no necesita nuestros códigos estéticos porque el suyo es el más lacónico de los lenguajes:  la desolación absoluta.  Descendemos los 130 metros hasta la cubeta del Bramatuero Superior y cuando vamos a iniciar el rebordeo del lago por la ribera izquierda, José Ramón decide irse sólo por la contraria –la derecha hidrográfica-, que supone un notable acortamiento hasta la presa pero cuyo aspecto es muy escarpado; confían los compañeros en sus excepcionales condiciones físicas, y ellos  -Julio, Álvaro, Guillermo y Julián-  vuelven por dónde vinieron.  En el ribazo más meridional de la cubeta, encuentran a Javier y Elena, que esperaban junto a una balsa o lagunilla, en la que Julio decide darse un baño; el clima, en cuanto abandonamos el Collado, volvió a ser agradable y luce un sol veraniego que habrá templado esas aguas poco profundas, pero no hay que olvidar que estamos a 2.500 metros de altitud  han de estar frías:  un aplauso para Julio y una foto para que recuerde el chapuzón.  Hora y media después de haber salido del Collado llegamos a la presa del Bramatuero Superior, dónde ya nos estaba esperando José Ramón; ha tenido que salvar la áspera ladera española del Pico francés de la Badète d`Arratille, y aunque él no le da importancia, podemos afirmar por los planos y por la propia visión próxima de esa encrespada ribera del lago, que sin duda José Ramón ha superado alguna dificultad y desde luego ha tenido que remontarse por encima de los farallones que en alguna parte de esa orilla caen a pico sobre el agua.

 

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... para cruzar el último de esos brazos tienen que quitarse botas y medias, meter los pies en un agua muy fría y andar sobre un lecho escurridizo.

La garganta entre el Alto y el Bajo Bramatuero, la subimos esta mañana en dos grupos: cuatro por la ladera izquierda y tres por la derecha, sin que ninguno aprovechase la senda.  Ahora descendemos los siete juntos por los innumerables y mareantes rizos de este sendero que salva los 200 metros de desnivel entre los dos lagos.  Cuando llegamos abajo, en las proximidades del Bramatuero Inferior tenemos que hacer todos lo que no hicimos cuatro del grupo esta mañana: vadear, descalzos, el torrente, con un agua muy fría que nos llega a las rodillas.  Pasamos así a la ribera hidrográfica izquierda, y caminando de Este a Oeste, recorremos el largo y sinuoso reborde meridional del Bajo Bramatuero.  Estamos junto a su presa:  hemos tardado, de la presa del Alto a la del Bajo, una hora.  Y son ya las cinco de la tarde.  Sin mucha claridad sobre lo que hacíamos, no cruzamos los tablones del aliviadero por debajo de esta presa como en sentido contrario sí lo hicimos esta mañana.  Bajamos, pues, hacia el Gran Bachimaña con el torrente a nuestra derecha, lo que significa que nos aproximamos al lago por su ribera izquierda, y parte del grupo decide regresar a la presa por esta ribera, que aunque es el camino más corto lo eludimos esta mañana porque podría esconder algún problema.  Julio, Álvaro y Javier son los tres que han resuelto atajar, mientras que Elena, Guillermo y Julián no quieren correr riesgos y bordearán el Gran Bachimaña por la misma ribera por la que todos vinimos esta mañana; José Ramón acompañará a estos tres últimos por si  -al tener que vadear el torrente – precisaran ayuda.  Los tres primeros, a través de la, en algunos momentos, escarpada e incómoda ribera izquierda  -la oriental- llegan pronto a la presa.  Elena, José Ramón, Guillermo y Julián se encuentran enseguida con un obstáculo:  vadear el torrente.  Bajan por su ribazo izquierdo pero no encuentran ningún lugar propicio para cruzarlo y descienden tanto que llegan cerca de su desembocadura en el lago, allí dónde acaban de juntarse las aguas de los Bramatuero con las que vienen de Marcadau y los ibones de Pezico.  Afortunadamente, el aumento del caudal queda compensado con la fragmentación del torrente en tres brazos, lo que disemina las aguas y sosiega su turbulencia:  los dos primeros cauces pueden vadearlos sin descalzarse, saltando sobre piedras;  para cruzar el último de esos brazos tienen que quitarse botas y medias, meter los pies en un agua muy fría y andar sobre un lecho escurridizo.   La ayuda de José Ramón en este último   “vadeo”, sobre todo para Julián, ha sido importante.  Respiran por fin contentos y relajados después de algunos minutos de nerviosismo buscando un lugar para vadear el torrente, y una vez encontrado, temiendo el riesgo de una caída.  Caminan ahora los cuatro con rapidez, cubriendo la ribera septentrional del lago; cruzan por un pequeño puente el agua que baja de los Lagos Azules para cambiar de orientación y tomar la ribera occidental que les lleve hacia el Sur… ¡interminable se les hace esta ribera, cuando son las siete de la tarde y los cuerpos sienten el castigo de la dura jornada!  Llegan a la presa y no ven a sus tres compañeros; suponiendo que habrán descendido a la otra presa, a la del Bachimaña Bajo, continúan hasta esta última y aquí, cansados de esperar, están Julio, Álvaro y Javier.

Una vez más reunidos los siete, deciden seguir bajando hasta una fuente que, al subir por la mañana, vieron junto a la senda.  Se sientan todos en torno al manantial y ahora sí comen alimentos nutritivos, pues sólo habían tomado fruta; el agua, además, es deliciosa.  Descansan y comentan anécdotas de la jornada, como la confusión de Guillermo cuando subíamos entre el Bachimaña y el Bramatuero, que al ver sobre una piedra un animal peludo, creyó que era un osezno:  se trataba de una marmota.  Son casi las ocho; las sombras de la tarde han puesto nuevas luces  contrastes en estos fantásticos escenarios.  Comida, descanso, relajamiento, y la apacibilidad de un atardecer veraniego en un lugar tan bello, nos recuperan a todos, y reanudamos la marcha para cubrir la última etapa.  Descendemos al altiplano de la Cascada del Fraile y lo atravesamos  para entrar en la garganta del Caldarés.  A medida que bajamos, la oscuridad se va haciendo notar.  Aparecen allá abajo los primeros edificios del Balneario …¡con luz eléctrica! Se ha echado encima la noche  Son las nueve cuando llegamos al aparcamiento dónde esta mañana dejamos los dos coches.  ¡Ha terminado una larguísima jornada de 13 horas!.

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... cada uno de los que han vivido la hermosa y dura experiencia, la recuerde con su acento personal, con su propia emoción, coloreada por la paleta de su espíritu

No contábamos ni con tanta dureza ni, por supuesto, con tan larga duración.  El desnivel entre el Balneario y el collado del Letrero es de 1.000 metros, pero, siendo un serio desnivel, no es ésa la justificación principal de las citadas  “dureza” y “duración”.  Ha tenido mucho mayor peso para justificar ambos conceptos, el hecho de tener que rebordear cuatro espacios lacustres, los dos Bachimañas y los dos Bramatueros, tres de ellos extensos y empotrados en ásperas cubetas rocosas con desnivelados e irregulares perímetros que nada tienen que ver con las apacibles y líricas riberas de los lagos de llanura.  Las cubetas de alta montaña tienen conformados sus márgenes a manera de tremendos toboganes pétreos y si la longitud de los mismos, como ha sido el caso, es grande, constituyen un auténtico rompe-piernas.  Rodear la orilla septentrional del Bachimaña Bajo, la occidental y la septentrional del Gran Bachimaña; la meridional del Bramatuero Inferior; y la occidental, la meridional y parte de la oriental del Bramatuero Superior, es una muy dura  “calcetinada”, cuyos tramos, sumados y multiplicados por dos –la ida y el regreso- rondarán los 16 kilómetros.  Si añadimos esos 16 kilómetros a los  “pateados” fuera de los espacios lacustres, calculamos haber recorrido un total de 28 kilómetros.  Estas son las cifras escuetas de la jornada:  -kilómetros, 28; desnivel, 1.000 metros; duración, 13 horas.  Siempre hemos dicho que las jornadas de montaña no se pueden encerrar en unos números fríos; pero, reconociendo su insuficiencia para una valoración, son datos significativos que han de tenerse en cuenta.  Pero lo esencial en un relato de este tipo, y eso ha pretendido el texto que aquí termina, es reflejar los escenarios, los recorridos, los esfuerzos, las dificultades y problemas, las inevitables anécdotas… Nos daremos por satisfechos si este relato ha conseguido su propósito con discreta fidelidad.  Y que después, cada uno de los que han vivido la hermosa y dura experiencia, la recuerde con su acento personal, con su propia emoción, coloreada por la paleta de su espíritu.  Porque no hay una realidad; hay tantas realidades como seres humanos.  Eso que llamamos  “la” realidad es un complejo cañamazo sobre el que cada individuo proyecta su intraducible filigrana.

Julián OLIVERA MARTIN