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Este relato forma parte de una serie de más de 50 en los que Julián OLIVERA MARTIN recoge una parte de sus acctividades montañeras Ver relatos publicados y biografia >>

ASCENSION A LA PEÑA MONTAÑESA (2.301 metros) POR LA VERTIENTE MERIDIONAL DE SIERRA FERRERA.

Ascensión realizada el –DIA 2 DE JUNIO DE 1985, por JOSE LUIS ANZORANDIA (63 años), COSNTANTE GABAS (62 años), JULIAN OLIVERA (62 años) y ALVARO MUR (42 años).

 

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En la cima de la Peña Montañesa

La Peña Montañesa es como un símbolo para los montañeros aragoneses. Lo primero que en ella llama la atención es su propio nombre, creemos que el único que en nuestras montañas redunda sobre sí mismo, pues efectivamente es como decir “la montaña montañesa”. Y este curioso nombre, que suena a pedagogía, tiene detrás una realidad geológica verdaderamente singular, una impresionante morfología.

Pero hablar de la Peña Montañesa exige una aclaración previa, para no confundir –como ocurre con frecuencia- la parte con el todo: la “Peña” es sólo el espolón occidental de la Sierra Ferrera, ese enorme promontorio que la culmina asomándose a la cuenca del río Cinca. Su fisonomía es inconfundible y al levantarse en la parte más meridional del Pirineo, allí donde dilata abiertamente su valle el Cinca para recibir enseguida al Ara, es posible con buena visibilidad divisarla desde las tierras bajas oscenses, desde las regiones del Somontano y de los Monegros; se ha dicho que, los que llegan a su cumbre, pueden ver en días muy nítidos, Zaragoza, lo que significa que desde la capital de Aragón, la “Peña” también sería divisable en esas condiciones atmosféricas óptimas.

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..., la “Tuca”, es el arranque de un largo y ondulado espinazo en forma de “ese”, ..

La Sierra Ferrera constituye una formación realmente original, con características morfológicas sorprendentes que confieren a su despliegue geológico entre las cuencas de los ríos Cinca y Esera, una extraña, increíble unidad orgánica. En efecto, la Sierra Ferrera se extiende de Oeste a Este en declinación de altura, asomando su cota máxima – el cabezón de la “Peña”- al río Cinca a la altura de Laspuña y Escalona, y plegándose con su cota mínima sobre la Horadada del Toscar, por encima del río Esera, entre Campo y Murillo de Liena. Todo aquel que la haya contemplado desde los numerosos puntos en que es posible hacerlo, estará de acuerdo con nosotros en que la Sierra Ferrera posee una asombrosa unidad estructural, que la asemeja a un gigantesco animal antediluviano, una especie de fósil de proporciones fantásticas. El promontorio occidental –lo que se llama Peña Montañesa- parece una descomunal cabeza de león cuyas enormes patas se posan sobre el Cinca; una segunda cima de parecida altitud a la “Peña” y separada de ésta por un áspero cuello de abruptos picachos, la “Tuca”, es el arranque de un largo y ondulado espinazo en forma de “ese”, inmenso “lomo” con las vértebras bien dibujadas, que termina replegándose como la cola de un diplodocus sobre el minúsculo caserío de la Horadada del Toscar, por encima de la otra cuenca, la del Esera, que, por oriente, pone límite a la Sierra Ferrera; nombre que, casi siempre, queda adsorbido por el de una de sus partes, la Peña Montañesa, cuya gran popularidad ha eclipsado la denominación de la serranía a la que pertenece; un caso típico en que la parte se come al todo.

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..., las separa un hirsuto cuello de erizados peñascos, la Colladina....

Las dos cotas cimeras, como decíamos, están casi emparejadas en altitud, pues diez metros es diferencia inapreciable que en la distancia se desvanece por completo; al ser, además, muy parecida su morfología, se nos ofrecen como dos cimas gemelas. La Peña Montañesa tiene 2.301 metros y la Tuca 2.291 metros; las separa un hirsuto cuello de erizados peñascos, la Colladina, con una altitud de 2170 metros. La más occidental de estas cumbres, la que se mira en el río Cinca, es la que se denomina “Peña Montañesa” y es en ella en la que se ha colocado el monolito con la placa que la señala como vértice geodésico. Desde la otra cima, las llamada “Tuca”, a Poniente y un poco al Sur de la “Peña”, arranca, como hemos dicho, el espinazo pétreo de vértebras descomunales que semeja un animal gigantesco tumbado perezosamente. No se precisa mucha imaginación para verlo así.

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..., asta un punto llamado “Herrera” con sus 1.827 metros, desde donde se desploma unos 600 metros para plegarse mansamente como un enorme rabo.

Las cotas de esta arista de Sierra Ferrera, descienden desde los 2.301 metros de la “Peña” a los 1.909 metros de la Peña Madrid, pasando por una serie de cotas intermedias entorno a los 2.000 metros. En esta Peña Madrid, la orientación Oeste-Este-Sur de la arista se modifica y toma una definida orientación Oeste-Este hasta el Collado El Santo, con las cotas subiendo hasta los 2.142 metros del Canal de la Forquiella, y descendiendo de nuevo por la Estiva (1.997 metros) hasta la cota mínima de todo el espinazo, los 1.796 metros del citado Cuello de El Santo; desde este collado, la arista se orienta resueltamente hacia el Sureste, conservando las cotas una altitud por encima o por debajo de los 1.800 metros hasta un punto llamado “Herrera” con sus 1.827 metros, desde donde se desploma unos 600 metros para plegarse mansamente como un enorme rabo.

Un mirador, sin duda ideal, desde el Nordeste, es el Pico Cotiella (2.912 metros), que al levarse 600 metros por encima de la Peña Montañesa, permite la contemplación óptima de ésta y de buena parte de la Sierra Ferrera; esta visión de conjunto y casi aérea, corrobora plenamente la tan repetida semejanza de esta formación mineral con la morfología zoológica.

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..., el espectáculo que ofrecen esos torreones de roca contemplados desde Labuerda o Aínsa, es absolutamente deslumbrante

La visión más conocida de la “Peña” es la que se ofrece desde la ribera del Cinca, entre Escalona y Aínsa. Torreones amurallados de 400 metros descienden verticalmente desde las altas repisas sobre las que se erigen sus rotundas y peladas cabezotas las dos cimas gemelas, hasta la parte superior de las inclinadas laderas cubiertas de arbolado que mueren, las del Oeste, sobre Laspuña; las del Norte, en el Collado de la Peña Solana, y las del Sur, por encima de los pequeños caseríos de San Lorién, Araguás, Torrelisa y Oncín. Estas impresionantes paredes, de tonos grises, ocres, rosados, cambian de color según las horas y la intensidad de la luz; con el sol de la tarde reflejándose en ellos, el espectáculo que ofrecen esos torreones de roca contemplados desde Labuerda o Aínsa, es absolutamente deslumbrante, mezclándose la plata fría del gris con los cálidos fulgores cárdenos; cobran entonces los murallones un rutilante belleza, con irisaciones nacaradas.

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..., una de las “gleras” o pedreras más duras e inclinadas de todo el Pirineo...

La subida más frecuente a la peña Montañesa es la que se efectúa por el Norte, partiendo del Collado que la une con la Peña Solana. Desde este collado, cuya altitud es de unos 1.500 metros, hay que rebasar una zona de pinos para enfrentarse enseguida con una de las “gleras” o pedreras más duras e inclinadas de todo el Pirineo; salvándose, hasta la cumbre, unos 800 metros de desnivel. La otra ruta, menos frecuentada, aunque últimamente se va animando más gente a subir por ella, es la que parte del viejo Monasterio de San Victorián. Esta es la que hoy, nosotros cuatro, hemos elegido. José Luis Anzorandía, Constante Gabás, Julián Olivera y Alvaro  Mur, decidimos encontrarnos en Escalona.

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...,pasamos por San Lorién, en cuyo sucinto caserío destaca la antigua y muy bella iglesia románica...

A las ocho menos cuarto, Anzorandía, Olivera y Mur, en el coche del primero, llegan a Escalona, donde ya les espera Gabás, que viene con su “Land Rover”, de Saravillo. Suben los cuatro en el “todo terreno” y salen sin más dilaciones hacia San Victorián. La carretera, a través de Lespuña,  llega hasta Ceresa; desde aquí, hay que meterse por una pista que va rodeando, entre los 900 y los 1.000 metros de altitud, la grandiosa base semicircular sobre la que se sustenta la “Peña”. Cuando hemos rebasado este gigantesco semicírculo y nos encontramos bajo los farallones meridionales, pasamos por San Lorién, en cuyo sucinto caserío destaca la antigua y muy bella iglesia románica; por debajo de San Lorién,  divisamos Araguás. Un cuarto de hora después dejamos a nuestra derecha Torrelisa, en un ameno valle, y nos acercamos a Los Molinos, desde donde la pista trepa ásperamente hasta Oncín, pues entre estos dos puntos se salva un desnivel de 200 metros. La pista es ahora casi llana entre Oncín y San Victorián, cuya altitud es prácticamente la misma, en torno a los 1.000 metros. Una hora justa hemos tardado desde Escalona a San Victorián. Junto al Monasterio, a la sombra de un frondoso árbol, dejamos el “Land Rover”, y nos preparamos para arrancar cuanto antes.

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..., se lo toma muy en serio y manifiesta incluso cierta inquietud porque, al no haber hecho esta ruta más que una vez ...

De los cuatro, tres han pisado la cima anteriormente; Olivera en dos ocasiones,  y Mur en una, pero en las tres ocasiones por la “glera” del Norte; Gabás todavía no ha subido a la “Peña”. Anzorandía es el único que conoce la ruta que ahora iniciamos, pues hace justamente un mes, el 1 de mayo, subió por aquí con un grupo de Aínsa. Por ello, Anzorandía será el guía del grupo, el responsable de conducirnos hasta la cima. Bromeamos sobre el tema, designándole con buen humos “guía diplomado”, pero él, José Luis Anzorandía, que es una persona sumamente consciente, con alto sentido de la responsabilidad, se lo toma muy en serio y manifiesta incluso cierta inquietud porque, al no haber hecho esta ruta más que una vez, teme poder incurrir en algún despiste que pudiera complicar la jornada. Le animamos los tres restantes, depositando en él nuestra confianza, pero José Luis, por su exceso de celo, no puede evitar alguna preocupación.

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..., los farallones que, a nuestra izquierda, caen verticalmente sobre el valle...

Exactamente a la 8,50 de la mañana iniciamos la ascensión y durante un buen rato caminamos por el borde de una antigua acequia construida hace siglos por los monjes para llevar el agua, desde las estribaciones de Sierra Ferrera, al viejo Monasterio. Causa asombro esta audaz obra hidráulica. Dejamos la acequia a nuestra derecha y tomamos una senda que trepa entre bojes, aliagas y otros arbustos. Delante va José Luis como guía, seguido por Alvaro, y algo más atrás, Constante y Julián. Vamos ganando altura y nos estimula ver, cada vez más abajo, Oncín y San Victorián. El ascenso lo efectuamos por una ancha repisa que desciende como un gran plano inclinado entre los farallones que, a nuestra izquierda, caen verticalmente sobre el valle, y los que, a nuestra derecha, forman la espina dorsal de Sierra Ferrera; esta ancha repisa no ya no se ve sino que tan siquiera se adivina, desde Aínsa, porque queda absorbida al solaparse en perspectiva las murallas inferior y superior.

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..., Nos detenemos unos momentos en una fuente abrevadero, indicio de que subían por aquí el ganado...

Cuando llevamos una hora de marcha, vemos frente a nosotros, todavía a cierta distancia, una pared perpendicular a las dos antes citadas, que parece cerrarnos el paso, rompiendo la continuidad de la repisa. Al aproximarnos, vemos que es fácilmente rebasable por ambos extremos. José Luis nos dirige hacia la izquierda, y antes de desviarnos, nos señala una gruta en la que se refugiaron de la lluvia durante la anterior ascensión. El frente de roquedo se doblega varios metros antes del abismo que va quedando a la izquierda, y lo rebasamos pronto. Desaparecen bruscamente los arbustos que han flanqueado nuestra marcha, y ahora, el inmenso rellano se ha cubierto de praderío, y nos encontramos con  un fuerte desnivel no en el sentido de la marcha –pues el desnivel en este sentido es lógico que venimos superando desde que la iniciamos- sino transversalmente. Caminamos por la parte más baja de estas verdes e inclinadas alfombras que se descuelgan desde la base misma de la muralla dorsal hasta los picachos cimeros de los torreones que se desploman cada vez desde mayor altura sobre el valle. Nos detenemos unos momentos en una fuente abrevadero, indicio de que subían por aquí el ganado –no sabemos si lo siguen haciendo- de los pequeños pueblos del valle para pastar durante el verano. Sobre un prado más alto, que dejamos en nuestra marcha a la derecha, divisamos un gran pluviómetro.

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..., se dirige en suave progresión hacia una ancha ladera con pinos, en la misma base meridional de la “Peña”..

Reanudamos la ascensión después de una breve parada en la fuente-abrevadero, y al rebasar unas duras pendientes herbosas, cambia el horizonte de la marcha: tenemos ya ante nosotros, muy por encima todavía pero próximas, las dos cimas, una de las cuales, la más alejada, a poniente y algo al norte de la otra, es la Peña Montañesa. Seguimos andando por unos prados llanos y no tardamos en asomarnos al abismo: estamos en la terraza superior de los torreones que caen en vertical sobre San Lorién y Araguás. Sobre nosotros, la segunda cumbre de Sierra Ferrera, la Tuca, ofrece una hermosa imagen. Esta terraza, por debajo de la Colladina, el escarpado cuello que separa ambas cimas, se resuelve en un circo alto y ancho que une las dos series de impresionantes torreones por su parte más elevada; circo que se angosta y abarranca a medida que desciende hacia la base de las murallas. Buscamos, caminando por la terraza, la mejor forma de salvar el circo, pues la base de la Peña Montañesa por la que hemos de acceder a la cumbre, está justamente en la parte opuesta a la que nos encontramos. Avanzando unos minutos hacia el norte y alejándonos del abismo, penetraos en la cornisa superior del circo sin problemas; a través de rocas firmes con peldaños seguros descendemos algunos metros para, enseguida tomar una cómoda senda que circunvalando una buena parte del semicírculo, se dirige en suave progresión hacia una ancha ladera con pinos, en la misma base meridional de la “Peña”. Alcanzamos estos pinos cuando son las doce horas, estamos bajo la cumbre de la “Peña”, de la que nos separa un bronco repechón de unos 200 metros de desnivel, formado por una mezcla de roca firme y piedra suelta. Decidimos comer en este ameno lugar al regreso de la cima; tomamos ahora algún alimento energético para afrontar la última etapa, y dejamos aquí, colgadas de un pino, las mochilas, y enterrada, la bota de vino de Constante para que se conserve fresco.

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..., ha venido anunciando a sus compañeros que este repechón final es terriblemente duro

José Luis, guía del pequeño grupo, se encuentra satisfecho por habernos conducido sin problemas, y en un tiempo muy aceptable, poco más de tres horas, al pie mismo de la cumbre. Disipada por completo su preocupación sobre posible pérdida de alguna senda o “paso”, comunica a los demás su optimismo. Sus tres compañeros, contentos también de la ruta que han hecho y que desconocían, felicitan alegremente a Anzorandía por su comportamiento como jefe de marcha. La ascensión  está prácticamente salvada, pues tenemos la cumbre a la vista, y puede cada cual remontar por donde quiera, la muy ancha y pedregosa pendiente que resta para alcanzarla. José Luis, desde el inicio de la marcha, y ahora insiste de nuevo, ha venido anunciando a sus compañeros que este repechón final es terriblemente duro.

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..., junto al vértice geodésico, se abrazan jubilosos los cuatro.....

Son las doce y diez cuando empezamos los cuatro a trepar por la tremenda pedrera. Jose Luis se va por la izquierda en busca de la arista del enorme espolón que desciende hacia el Oeste, con el fin de suavizar, aún alargándola, la subida. Alvaro, eligiendo la ruta más dura, trepa en vertical, mientras Constante y Julián lo hacen hacia la derecha. No tarda Alvaro, dada la verticalidad y la fuerza con que sube, en alcanzar la arista, y obligado por los desplomes de la vertiente Norte del espolón, ha de virar a la derecha; pronto se une con Constante, que se ha ido separando de Julián. José Luis, por una cota más baja que la alcanzada por Alvaro, viene aproximándose a sus compañeros y no tarda en unirse a Julián. Alvaro y Constante, subiendo con mucha potencia, alcanzan la cumbre a las 12,45 horas. José Luis y Julián, que para suavizar la ascensión se han escorado excesivamente a la derecha, dejando a su izquierda la cima, la enfilan por fin y la coronan pocos minutos después que sus compañeros. Aquí arriba, a 2301 metros, junto al vértice geodésico, se abrazan jubilosos los cuatro. Unos metros al oeste del monolito geodésico, se yergue una silueta humana contraída con cable metálico.

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..., mientras éstos rezan la oración, no puede aquél reprimir la fuerte emoción que le embarga.

Reunidos los cuatro sobre la base que soporta el pequeño monolito, Constante Gabás convoca a rezar una oración por el padre de Julián Olivera, fallecido hace quince días, y que había nacido en la provincia de Huesca, exactamente en Barbastro, en 1891. Agradece Julián el bello gesto a sus compañeros y mientras éstos rezan la oración, no puede aquél reprimir la fuerte emoción que le embarga.

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José Luis escribe en la agenda nuestros cuatro nombres

José Luis nos señala una piedra con una señal roja; levanta una piedra y saca una agenda envuelta en una bolsa de plástico, agenda que sustituye al “libro de cumbre”, que como en las mayorías de las cimas, ha desaparecido. Vemos unas firmas con fecha de hoy mismo, bajo unas palabras en francés; sin duda son aquellas siluetas que veíamos aquí en la cima cuando nosotros subíamos, y que, por cierto, no respondieron a nuestros gritos y gestos de saludo. José Luis escribe en la agenda nuestros cuatro nombres, y vuelve a sepultarla bajo la piedra.

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..., hemos superado hasta la cima que ahora pisamos, unos 1.300 metros...

Relajados los cuatro compañeros sobre esta hermosa cumbre de la Peña Montañesa, pasean su mirada por los dilatados horizontes que esta cota privilegiada ofrece. Se trata de una altitud respetable para la zona baja de la que arranca esta formación montañosa; estamos a 2.301 metros y tenemos debajo mismo de nosotros la ribera del Cinca por Estepona a sólo 600 metros, esto es 1.700 metros de desnivel. Aínsa, al Sur y no muy lejos de la base de la formación, tiene poco más de 500 metros. Y los pequeños caseríos de San Lorién, Araguás, Torrelisa, Los Molinos y Oncín, que se despliegan muy próximos a la base meridional de Sierra Ferrera, entre la “Peña” y el Monasterio de San Victorián, se encuentran entre los 700 y los 1.000 metros, hemos superado hasta la cima que ahora pisamos, unos 1.300 metros, desnivel superior al que se remonta desde el refugio de Góriz a la cumbre del Perdido.

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... el que sube no tiene más perspectiva que las grises piedras movedizas de la inclinada “glera” .

Comentamos las características de la subida que acabamos de realizar, y se contrastan con la vía Norte, conviniendo todos en que esta ruta del Sur es más estimulante y amena, por sus anchos horizontes que se contemplan según se va subiendo desde la inmensa hoya de La Fueva hasta los embalses de Mediano y El Grado y toda la región del Sobrarbe. En cambio la ruta Norte, desde el Collado de la Peña Solana –mucho más corta y con 500 metros menos de desnivel-, resulta monótona y durísima pues el que sube no tiene más perspectiva que las grises piedras movedizas de la inclinada “glera” por la que trepa penosamente.

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Este panorama nos tiene literalmente cautivados...

Por otra parte, la sierra Ferrera, coronada por esta Peña Montañesa cuyo techo es ahora nuestro suelo, constituye la más meridional de las formaciones pirenaicas entre las cuencas de los ríos Cinca y Esera, en los orígenes de cuyas cuencas y entre ambas, se yerguen los macizos más elevados de toda la cadena. Al Sur de Sierra Ferrera las altitudes son muy modestas y la depresión se acelera hacia las tierras bajas del Somontano y de los Monegros. La consecuencia de este emplazamiento es un doble privilegio como mirador: la vista se pierde por el Sur en un horizonte dilatadísimo; y si miramos al Norte, la panorámica es fantástica porque, al estar alejada esta cumbre de la cadena principal, el ángulo de visión es muy abierto y generoso. Este panorama nos tiene literalmente cautivados y queremos dejar aquí constancia de los Picos y Macizos más importantes que se contemplan, embellecidos por la nieve que, a las puertas ya del verano, es tan abundante como en pleno invierno. De Este a Oeste: Pico Cotiella, Picos Eriste, Macizo del Posets, Macizo de Bachimala,, Puntas Suelza y Fulsa, Macizo de la Munia, macizo del Perdido y, por último, la Brecha de Roland entre el Casco de Marboré y el Taillón.

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..., alto y recogido como un nido de águilas, el caserío de Tella, ...

Pero nuestros ojos, aunque llevamos muchos minutos en la cumbre, no se cansan de pasear sus asombradas retinas por las proximidades y por las lejanías, por el Norte y el Sur, por el Este y el Oeste. Al Norte y al Este, muy próximas, la Peña Solana y Punta Llerga, la Collata de Santa Isabel (bajo la cual, en la vertiente contraria, se encuentra Saravillo, el pueblo de Constante), Punta Calva y el Estremón, y los demás picachos y crestas que bordean el ancho Circo de las Brujas, al Oeste de Cotiella. Mismamente bajo nosotros, los barrancos de Irués y de la Garona confluyen en un profundo agujero, enmarañado y fosco, que se ve a los pies de la Collata de  Santa Isabel y de la Punta Llerga, entre esta última y la Peña Solana, las aguas de ambos barrancos se encajonan en un angosto y sombrío desfiladero que pocos han pisado, para desembocar enseguida en el Cinca por Badaín. Al Este vemos el Collado de Gulliver (¿qué hace aquí este nombre de cuento infantil en un lugar tan remoto e inhóspito?), un cuello de 1.464 metros de altitud, situado estratégicamente como cabecera de dos barrancos que dividen sus aguas; el Garona hacia el Cinca, y el de Víu hacia Esera; y dónde muere otro, el de Los Neis, un tremendo barranco que se descuelga abruptamente desde la vertiente meridional del Pico Cotiella. Al Oeste, esa enorme plataforma inclinada del Castillo Mayor, con Puértolas a sus plantas, y un poco al Norte, alto y recogido como un nido de águilas, el caserío de Tella, donde por voluntad propia, para estar ya siempre en su amado Pirineo, reposa el cuerpo de LUIS PAUL RAMIZ, uno de los mejores montañeros altoaragoneses.

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...,nadie puede, desde abajo, imaginar tan amplios espacios inclinados ...

Llevamos cerca de una hora en la cumbre; la alcanzamos a las 12,45 y son las 13,40. Iniciamos el descenso, y en veinte minutos, a las 14 horas, estamos ya preparando la comida bajo el pino en el que dejamos las mochilas. Comemos tranquilamente y no tarda en agotarse el vino de la bota de Constante, por lo que hay que rellenarla con una botella que tría José Luis. El clima es ideal, y después de comer, unos descansan e incluso duermen un poco, y otros caminan por los alrededores. Son muy extensas estas altas laderas, cubiertas en parte por pedreras grises y en parte por pinos oscuros. Colgadas sobre los murallones, se despliegan entre los 1.900 y los 2.000 metros de altitud, y nadie puede, desde abajo, imaginar tan amplios espacios inclinados; porque la perspectiva del que contempla desde la ribera del Cinca las dos cimas –la “Peña” y la “Tuca”- quedan absorbidas visualmente estas anchas laderas y parece que las referidas cotas emergen desde las cornisas rocosas. Aquí, encima de la realidad física, asombra la gran distancia existente entre dichas cornisas y las bases de las dos cumbres.

Son las 15,30 horas cuando decidimos emprender la marcha y ya, sin detenernos, llegamos a San Victorián a las 17, 45: dos horas y cuarto desde la base de la “Peña”, más otros veinte minutos desde la cumbre a dicha base, el descenso nos ha costado unas dos horas y media.

La familia Lanao, que vive en una casa del Monasterio, nos atiende hospitalariamente, ofreciéndonos vino y mostrándonos las espaciosas estancias dónde habitan. Bajamos a una bodega horadada en la roca viva, cuidando de no lastimarnos la cabeza con la angostísima escalera, y comprendemos, al ver la cuba metida en tan lóbrega cueva, el frescor del vino que acabamos de beber (aunque, según dijeron luego los buenos catadores del grupo, el vino es demasiado flojo, sólo le salva su frescor).

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..., capaces de levantar fábricas de arte y de grandeza en lugares tan escondidos

Visitamos las ruinas del Monasterio, que sin duda tuvo hace siglos un gran esplendor, a juzgar por los grandes muros rotos, los espléndidos arcos mutilados, los restos escultóricos de algunas imágenes y tumbas… Hoy, sin techumbres, estos suelos por los que tantos monjes habrán caminando orando y meditando, han sido invadidos por la maleza. Nos imaginamos este conjunto en su mejor época, con los techos y los artesonados, con los arcos tan bellos cumpliendo a la vez una función y una estética, con los nobles muros guarnecidos de pinturas y esculturas, con retablos…¡qué gran melancolía se siente al contrastar la inevitable evocación del pasado con estas ruinas que ahora nos rodean!  otro sentimiento es el del asombro que causa ver cómo los hombres eran capaces de levantar fábricas de arte y de grandeza en lugares tan escondidos.

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..., la jornada ha sido maravillosa, realmente inolvidable.

Llevamos una hora y cuarto en San Victorián; son las siete de la tarde y hay que emprender el regreso hacia nuestras residencias. Nos despedimos de los Lanao, y conducido por Constante, el “Land Rover” pasa enseguida por Oncín, desciende a Los Molinos, y enfila ya hacia Torrelisa y San Lorién. Los cuatro vamos muy contentos  y satisfechos, proclamando unánimes y sin la menor reserva, que la jornada ha sido maravillosa, realmente inolvidable. Constante el único que no había subido a la “Peña”, confiesa que, a fuerza de pasar miles de veces por sus alrededores, la había minusvalorado, y ahora reconoce, lealmente, que se trata de una montaña de incuestionable importancia.

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Circo que se resuelve hacia su base en abruptas barranqueras.

Van quedando a nuestra derecha las murallas por encima de las cuales caminábamos hace pocas horas; descienden en vertical sobre su ancha y muy inclinada ladera profusamente arbolada; por la parte inferior de esta oscura falda, serpentea el trazado de la pista. Estamos ahora justo bajo el alto Circo que una las dos series de grandiosos torreones –y que hemos recorrido dos veces, al subir y al descender-, Circo que se resuelve hacia su base en abruptas barranqueras.

Después de pasar San Lorién; advierte José Luis la proximidad de  una antigua ermita, bajo la advocación de la Virgen de la Fuensanta, y a su vera, una fuente con agua estupenda; hay que desviarse de la pista y descender un centenar de metros, y así lo hace Constante. Un acierto la parada porque la ermita está en un lugar delicioso y el agua es tan buena que además de beber todos, llenamos las cantimploras. Al ver conducciones de bajada, dice José Luis que de esta agua se suministran Laspuña y Araguás.

Reanudada  la marcha, el “Land Rover” va bordeando la base del gigantesco morro de la “Peña”, para dejar pronto Ceresa a la derecha, cruzar Laspuña y llegar a Escalona a las ocho y cuarto de la tarde, doce horas y media después de nuestra partida de este mismo lugar. Bebemos unos refrescos y nos despedimos: Constante sale para Saravillo, y José Luis, Alvaro y Julián para Aínsa.

Una nueva y gratificante jornada de montaña, ha terminado felizmente. La hermosa y entrañable silueta de la Peña Montañesa, tan familiar para el montañismo aragonés, está desde hoy, si cabe, todavía más cerca de nuestros corazones.

Julián OLIVERA MARTIN