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Este relato forma parte de una serie de más de 50 en los que Julián OLIVERA MARTIN recoge una parte de sus acctividades montañeras Ver relatos publicados y biografia >>

ASCENSION AL MONTE PERDIDO  (3.355 metros)

LOLA CASTILLO, MANUEL LOPEZ OTAL, ALVARO MUR, ANTONIO MELENDO, FRANCISCO SARRABLO, JOSE RAMON MONCLUS, MANUEL LOPEZ DUESO Y JULIAN OLIVERA.- DIA 15 DE AGOSTO DE 1987.

En la cima de Monte Perdido
 

De los ocho que hoy vamos a subir al Perdido, cinco no han pisado todavía su cumbre:  el matrimonio Lola Castillo-Paco Sarrablo, Antonio Melendo, José Ramón Monclús y Manolo López Dueso; este último es un zagal de 15 años, hijo del otro Manolo del grupo, Manuel López Otal.  Los otros tres, Alvaro Mur, Manuel López Otal y Julián Olivera subieron ya al Perdido, los dos últimos varias veces.

Para hacerlo en una sola jornada sin dormir en Góriz, queremos comenzar la marcha en Tripals, un altiplano de dos mil metros de altitud al que conduce una pista que parte de Nerín, pequeño pueblo del Valle de Vió.  Pero esta pista, desde hace un año, la han cerrado con una cadena y sólo tienen acceso los ganaderos del Valle y el personal de ICONA.  Nos dicen que en Fanlo, el cartero, Horacio Palacios, o su hijo de igual nombre que es Vigilante de ICONA, nos podrían subir en un  “todo terreno”  al citado Plano Tripals.  Llamamos por teléfono a Fanlo y Horacio Palacio, el hijo, se compromete a llevarnos el sábado, día 15; quedamos con él en subir a Fanlo con nuestros coches para salir de allí hacia el Plano Tripals a las 6 de la madrugada.

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Duerme el pequeño pueblo y no vemos a Horacio Palacios, hijo ...

A esa hora, aún de noche, llegamos los ocho en dos turismos a Fanlo del Valle de Vió, que así es como figura en los planos cartográficos oficiales este pueblo, el más alto del citado Valle, que tuvo en el pasado una importante riqueza ganadera; todavía quedan huellas del viejo esplendor en el sólido caserío, con fachadas artísticamente trabajadas e incluso blasonadas.  A pesar de que otro pueblo del Valle lleva el nombre del mismo, Vió, fue sin duda Fanlo la cabeza histórica  -quizá por ser cabecera geográfica-  de esta alta comarca.  Duerme el pequeño pueblo y no vemos a Horacio Palacios, hijo, aunque esperamos que no tardará en aparecer; pero no es así y comenzamos a impacientarnos cuando hace más de quince minutos que hemos llegado y no vemos a nadie.  Por fin aparece Horacio Palacios, padre, y nos dice que será él quien nos lleve porque su hijo ha estado en la fiesta del vecino pueblo de Nerín  acaba de acostarse.

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...crean un determinado personaje, éste, el personaje, termina apoderándose de la persona que hay debajo de él y la suplanta, obligando a la persona a no salirse ya nunca de los esquemas del personaje ...

Horacio va cubierto por una boina roja, como un viejo carlistón del siglo XIX, y da la impresión de que no se la quita ni para comer… y quien sabe si no dormirá también con la boina, hasta tal punto se identifica y forma unidad con ella su cabeza, de rasgos lineales, rígidos, acartonados.  Horacio es un personaje famoso en estos Valles del Ara y del Cinca y se cuentan de él numerosas anécdotas; tiene prontos el  “taco” y el exabrupto, que larga a veces con justificación  y otras sin ella, y siempre con el gesto imperturbable.  Paco Lanao, de Labuerda, que le conoce bien, nos ha contado, entre otras, esta sabrosa anécdota de Horacio:  cuando suben el ganado al Plato Tripals, se reúnen allá arriba los ganaderos, comen juntos y un mosén celebra Misa; el pasado año el cura se retrasaba y Horacio le apremiaba para que oficiase la Misa; como a pesar de estos apremios, la Misa no empezaba, Horacio, impaciente, se  “despacho” así:  “Venga, rápido, mosén, una Misa echando hostias.”  !Pintoresco personaje este Horacio, cartero de Fanlo!  Y como suele ocurrir con estas personas cuyos peculiares comportamientos crean un determinado personaje, éste, el personaje, termina apoderándose de la persona que hay debajo de él y la suplanta, obligando a la persona a no salirse ya nunca de los esquemas del personaje; a lo que contribuyen los otros, todos aquellos que le rodean, que al aceptarlo, corearlo y ratificarlo,  “construyen”  inconscientemente el escenario social dónde ese  “pequeño mito” que es todo personaje tiene su  “campo de juego”.  Horacio Palacios es un ejemplo perfecto de esta teoría social.

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Detiene Horacio el  “todo terreno” y al decirnos que tenemos que bajar, creemos haber llegado; pero no,...

Horacio que, como decíamos, ha aparecido quince o veinte minutos después de la hora acordada con su hijo, prepara con mucha calma el  “todo terreno” en el que ha de subirnos a Tripals, lo que nos impacienta aún más pues el tiempo es muy caluroso y este retraso nos va a impedir aprovechar como queríamos las horas frescor.  Son las siete menos cuarto cuándo, por fin, partimos de Fanlo, descendiendo primero Valle abajo hasta el desvío de Nerín, desde cuyo desvío ya todo será subida hasta Tripals.  En Nerín termina el asfalto y se inicia la pista; unos centenares  de metros más arriba nos cierran el paso una cadena y baja Horacio, calmosamente, para franquearnos el obstáculo; cuando el vehículo salva la barrera, vuelve a descender Horacio con idéntica parsimonia para bloquear con llave la cadena.  Por estas pistas la marcha de los vehículos ha de ser lenta pero Horacio extrema la lentitud.  Penetramos en el Plano Tripals por el Cuello Arenas y Horacio toma la pista que conduce a Torla y que discurre por la ladera occidental del Mondicieto, un tozal que se eleva sobre estos altiplanos con sus 2.382 metros.  Detiene Horacio el  “todo terreno” y al decirnos que tenemos que bajar, creemos haber llegado; pero no, quiere hacer una maniobra brusca con el vehículo vacío, maniobra que consiste en virar a la derecha abandonando la pista de Torla; una vez realizada, subimos los ocho y el  “todo terreno”, justificando su nombre, se mete  “campo a través” unos centenares de metros hacia la cornisa meridional del cañón de Ordesa.  Hemos llegado y Horacio nos despide diciendo que nos esperará por la tarde, sobre las seis, no aquí, sino en las proximidades del refugio forestal que hay en el Plano Tripals.

Nuestros planes se han retrasado; pensábamos comenzar a caminar sobre las siete y lo hacemos a las 8:15 horas.  Durante varios centenares de metros caminamos por la vertiente septentrional del Mondicieto que se  “asoma” al cañón de Ordesa, y vemos, encajonado, el Valle, seiscientos metros debajo de nosotros.  Enseguida llegamos a Cuello Gordo, gran balconada sobre el citado cañón entre el Mondicieto y Sierra Custodia a dónde llega la alargada hoya de tres o cuatro kilómetros que se despliega desde Cuello Arenas.  A partir de Cuello Gordo caminamos por la ladera occidental de la Sierra Custodia y lo hacemos rápidamente pues llaneamos entre leves ondulaciones.  Muy cerca de la vertical del Collado de Arrablo, nos detenemos junto a un manantial para comer algo y llenar las cantimploras de agua pues el día, como suponíamos, se presenta con mucho calor.  Sin perder tiempo proseguimos la marcha y bordeamos el Circo de Soaso para dirigirnos al barranco de Góriz, buscando fajas más altas que la que conduce al Refugio porque la penetración en dicho barranco se realiza por una cota muy superior a los 2.160 metros del mismo.  El grupo se divide y marcha por tres fajas distintas, reagrupándonos en las proximidades del barranco, muy por debajo todavía de la “portilla” de penetración en el mismo.  Aquí comienza propiamente la ascensión al Perdido, ya que hasta ahora la marcha ha sido un paseo sin apenas desniveles, aunque, eso si, largo, unos siete kilómetros.

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En el Barranco de Goriz

Después de unos minutos trepando por un bronco repecho, alcanzamos el barranco de Góriz, que se descuelga desde uno de los circos más altos del Pirineo, el que se forma entre la tremenda muralla oriental del Cilindro y la pared del grandioso cuello de roca que da acceso a la plataforma septentrional del Macizo, sobre la que repisa el glaciar del Perdido; en este pequeño circo, a 3.000 metros de altitud, se aloja el ibón del Cilindro.  Esta es la cabecera del impresionante barranco de Góriz, que se desploma flanqueado por dos  “lomos”: Al Este, el que baja del Perdido, y al Oeste, el que lo hace del Cilindro.  Comenzamos a remontar el barranco casi pegados al “lomo” oriental y el grupo se disgrega.  A medida que subimos la ruta se desplaza hacia el centro del barranco, aunque siempre discurre más próxima al “lomo” oriental que al occidental. 
El día, como era fácil de prever, es muy caluroso, con la atmósfera turbia por la calima, y este bochorno hace aún más dura la  “trepada”.  Aproximadamente a mitad del barranco, nos encontramos con una especie de peldaño enorme soportando piedras gigantescas que forman un fabuloso escenario mineral, en el que nuestras figuras humanas semejan hormigas moviéndose en un  “caos geológico”.

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..., l que cae en la misma hacia la “escupidera”, un sumidero que se abre en el flanco meridional del “lomo” de roca por el que hemos de subir.

Entre las 11:15 y las 11:45 horas llegamos los ocho al ibón del Cilindro, dónde nos  reagrupamos y descansamos.  Al llegar aquí todos hemos apreciado un refrescamiento térmico, cosa que nos confirma un joven que acaba de bajar de la cumbre; nos dice que hemos tenido suerte porque compañeros suyos que subieron ayer no encontraron en esta etapa final entre el ibón y la cima, el alivio que hoy vamos a disfrutar nosotros.  Decidimos dejar las mochilas a orillas del ibón para remontar mejor los 355 metros de desnivel que nos restan por superar, un centenar de los cuales corresponden a una endemoniada  “canal” que en el Refugio de Góriz está señalada como  “zona de accidentes”; accidentes que ocurren cuando en invierno y primavera e incluso a principios de verano, el hielo convierte la inclinadísima  “canal” en una escurridiza trampa, que desliza mortalmente al que cae en la misma hacia la “escupidera”, un sumidero que se abre en el flanco meridional del “lomo” de roca por el que hemos de subir.

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..., aquél que resbala en ésta es despedido hacia la vertiente contraria, la del flanco meridional, cayendo sin ninguna posibilidad de salvación ....

A las doce horas reiniciamos la ascensión los ocho juntos, si bien el grupo queda inmediatamente disgregado.  Por el barranco subíamos de Sur a Norte, y ahora lo hacemos de Oeste a Este a través del citado  “lomo” de roca que separa dos laderas hundidas, irguiéndose entre las mismas y facilitando así la subida hasta el arranque de la muy áspera  “canal”.  Se agota el  “lomo” o cresta rocosa, y unos primero, otros después, nos encontramos con la  “canal” y comprendemos que, con meteorología invernal, se produzcan aquí todos los años accidentes mortales; porque además, al desaparecer el  “lomo” o cresta de roca justamente dónde se inicia la  “canal”, aquél que resbala en ésta es despedido hacia la vertiente contraria, la del flanco meridional, cayendo sin ninguna posibilidad de salvación en el sumidero conocido como  “la escupidera”; mientras que si el cuerpo que resbala fuese despedido hacia la propia vertical de la  “canal”, esto es, hacia el flanco septentrional, el accidente no sería inevitablemente mortal.

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..., invita al hijo a que sea el primero del grupo en pisar la cumbre.

Salvada la  “canal”, accedemos a una pequeña meseta al Norte de la cima, de la que sólo nos separa una breve y sencilla ladera, blanqueada por la nieve.  Una demostración de la aspereza del estiaje, del largo e inclemente verano, es que sólo ahora, al lado ya del Pico, vamos a pisar nieve.  Para superar esta loma hemos de cambiar nuevamente de rumbo: La subiremos de Norte a Sur.  Los primeros del grupo que alcanzan la cumbre del MONTE PERDIDO, cuando son las 13:00 horas, una de la tarde, son Manolo López Otal y su hijo, Manolo López Dueso: el padre, en un  “beau geste” que dirían los franceses  -nosotros lo traduciríamos por el gesto bello, noble o gentil- invita al hijo a que sea el primero del grupo en pisar la cumbre.  Así, pues, MANOLO LOPEZ DUESO pisa en primer lugar la cúpula del PERDIDO, de 3.355 metros.  Merecido premio para este zanquilargo adolescente de 15 años, que desde el inicio de la marcha viene demostrando sus excepcionales facultades físicas para la montaña… ¡de tal palo tal astilla!  En efecto, el zagal es un digno émulo de su padre, Manuel López Otal, un montañero extraordinario como podemos testimoniar quiénes somos compañeros suyos por estos altivos escenarios del Pirineo aragonés.

Entre las 13:00 y las 13:45 horas van llegando a la cumbre del PERDIDO los restantes componentes del grupo.  Abrazos, fotografías y contemplación de horizontes, aunque éstos se ven disminuidos y empañados por las calimas.  Pero a pesar de estas limitaciones visuales, hay algo que ni calimas, ni nieblas, ni cansancios, pueden quitar al que pisa una cumbre: una sensación de plenitud espiritual, un intenso e inefable sentimiento de felicidad.  Antes de iniciar el descenso, pedimos a Paco Sarrablo y Antonio Melendo que canten una jota, pues todos sabemos que forman un dúo cuyas voces se complementan perfectamente.  Entrelazan sus brazos por los hombros y rodeados en apretada  “piña” por los seis restantes, Melendo y Sarrablo lanzan al aire las notas vibrantes de una hermosa jota, aún más hermosa al interpretarla dos voces que armonizan felizmente en  “color” y en volumen.  Nuestros corazones alto-aragonés escuchan emocionadamente la jota, que pocas veces se habrá cantado en un escenario tal altivo y abierto, en un lugar de tan sobrecogedora grandeza.  Queremos fijar aquí para el recuerdo, la letra de la jota que acaban de cantar Sarrablo y Melendo, o Melendo y Sarrablo,  “que tanto monta, monta tanto”.

                  “No hay que cantarla entre rejas;
                  la jota para ser brava
                  pide campo y libertad
                  por algo es aragonesa”.

Una letra absolutamente idónea para esta circunstancia geográfica, sobre un Pico que viene a ser el centro mismo del Pirineo de Aragón, equidistante de los límites occidentales con Navarra  de los orientales con Lérida.  “Pide campo y libertad”…” ¿dónde mejor la sensación de libertad que en este  “techo” de 3.355 metros,  “flotando” entre horizontes inabarcables?.

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“Del Everest, NO, de Jerez”.  Sin duda, la parcial sordera de Julián y la pronunciación andaluza han hecho posible el cómico malentendido...

A las dos de la tarde, -una hora después de haber pisado la cumbre Manolo López Dueso- empezamos a descender hacía el ibón del Cilindro, a dónde llegamos media hora después.  Aquí encontramos nuestras mochilas y cada uno va sacando de la suya lo que ha traído para comer.  Nos sentamos entre el ibón y una piedra enorme que se yergue a dos o tres metros de la orilla, quitándonos las botas y metiendo los pies en las frías aguas del pequeño lago, para que se recuperen del cansancio. Comemos, bebemos y al mismo tiempo charlamos de incidencias y anécdotas; una de estas últimas tuvo como protagonistas a un joven andaluz que está aquí con nosotros y a Julián; se encontraron subiendo por el barrando de Góriz y Julián le preguntó que de donde venía, extrañándose de la siguiente respuesta: “Del Everest”; “¿Del Everest?” se asombra Julián, y el andaluz y Álvaro que estaba junto a él se echan a reír con todas sus ganas, repitiendo el joven andaluz la respuesta que Julián le había malentendido:  “Del Everest, NO, de Jerez”.  Sin duda, la parcial sordera de Julián y la pronunciación andaluza han hecho posible el cómico malentendido.  Permanecemos junto al ibón del Cilindro una hora, y cuando son las tres y media de la tarde, emprendemos el descenso del barranco de Góriz.

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..., sentir sed sin saber si podremos satisfacerla en un plazo prudente, añade a la carencia meramente física una desazón psicológica que puede ...

El grupo queda enseguida dividido.  Se adelantan López Otal, López Dueso, Mur y Monclus.  Detrás bajan Lola Castillo, Sarrablo, Melendo y Olivera.  El calor, nada más abandonar la cubeta del ibón, vuelve a ser intenso; solamente entre esta cubeta y la cumbre, tanto al subir como al bajar, hemos disfrutado de una temperatura agradable.  Ahora estamos en las horas más calurosas del día, con ese bochorno o  “gallinazo”  como aquí se dice, enturbiando la atmósfera; y lo malo es que hemos agotado el agua de las cantimploras y la sed empieza a castigarnos.  Una hora aproximadamente nos ha costado rebasar el barranco de Góriz y vemos, allá abajo, el Refugio.  Todos pensamos en el manantial dónde nos detuvimos a primera hora de la mañana, y espoleados por la creciente sed, que se intensifica por minutos, aceleramos la marcha en esa dirección.  El grupo de los cuatro primeros camina velozmente por una faja inferior a la que seguimos esta mañana, y los otros cuatro lo hacen por la misma.  El manantial se encuentra algo más allá de la vertical del Collado de Arrablo y pensamos en él como sueñan con un oasis los que van por el desierto.  Por fin llegamos un grupo detrás del otro al lugar del manantial y todos bebemos con ansiedad esta agua fresca y deliciosa, que nos recupera enseguida y no sólo fisiológicamente, ya que sentir sed sin saber si podremos satisfacerla en un plazo prudente, añade a la carencia meramente física una desazón psicológica que puede, si se prolonga, convertirse en verdadera angustia.

Cumplido el objetivo de subir al PERDIDO y cuando la jornada está a punto de acabar, creemos que merece destacarse el comportamiento de la única mujer del grupo, como antes lo hemos hecho con el de nuestro benjamín, Manolo López Dueso.  LOLA CASTILLO, una joven altoaragonesa, madre de dos hijos, ha puesto de relieve sus excelentes condiciones para enfrentarse al áspero mundo de la alta montaña, demostrando que no le arredran los más elevados Picos pirenaicos.  Podemos testimoniar que se ha sentido muy feliz en la cumbre del PERDIDO.  LOLA CASTILLO fue compañera de este mismo grupo en la inolvidable subida a Cotiella hace ya seis años, el 19 de julio de 1981, recién casada entonces con Paco Sarrablo.  Curiosamente, el grupo de aquella fecha era igual en número al de hoy y seis de sus componentes aquí estamos, siendo también LOLA la única mujer que nos acompaña.

Hemos permanecido junto al manantial media hora, y a las cinco y media de la tarde reiniciamos la marcha.  Encabezan el grupo Manolo López Otal y su hijo, Manolo López Dueso, marcando un ritmo realmente endiablado.  Los Manolos son muy altos, tendrán un metro ochenta y muchos centímetros… !largas piernas las de estos dos Manolos que  “arrastran” a los demás tras sus enormes zancadas¡ Padre e hijo  “tiran” del grupo como si nos llevasen  “en volandas” y les bautizamos cariñosamente  “Manolos piernas largas”.  Atrás queda con rapidez Sierra Custodia y llegamos a Cuello Gordo; aquí viramos hacia el Este y caminando bajo la ladera oriental del Mondicieto nos dirigimos a Cuello Arenas, aunque no hemos de llegar a este Collado porque Horacio nos espera más acá del refugio forestal.  A las seis y media de la tarde alcanzamos el Plano Tripals y no se ve el  “todo terreno” de Horacio; miramos, por un lado, hacia Cuello Arenas, y por otro, hacia el refugio forestal, y no lo vemos.  Al cabo de varios minutos, cuando ya comenzábamos a impacientarnos, divisamos el vehículo más allá del refugio; como hemos venido muy rápidos y pegados al Mondicieto, lo habíamos dejado a nuestra izquierda, rebasándolo en cerca de un kilómetro.

Aquí tenemos ya con nosotros a Horacio Palacios, con su boina roja bien calada como siempre, bajándose impasible y parsimonioso de su vehículo.  Ni siquiera nos pregunta por cómo nos fue la jornada desde que nos despedimos de él hace diez horas y media; lo que para nosotros constituye un día denso de vivencias que no se borrará de nuestra memoria, para Horacio es una fecha más en sus trajines cotidianos.  Eso sí, nos invita a longaniza y comienza a charlar de sus temas habituales sin ninguna prisa, como si nosotros regresáramos de un pequeño paseo o de recoger setas.  Así es siempre la vida humana:  no hay una realidad inmutable, hay mil realidades cambiantes según el sujeto que las vive o que las contempla, según la óptica y el estado de ánimo de quien las interpreta, según una suma compleja de circunstancias.  “Todo es según el color del cristal con que se mira”.  Cada uno llevamos dentro un prisma, cada uno somos una perspectiva abierta a lo que nos rodea, que interpreta a su manera desde lo más humilde e inmediato hasta el enigma insondable del Universo.  Porque no sólo es que para Horacio la realidad que nosotros ocho hemos vivido hoy, sea desde su prisma absolutamente distinta de la nuestra, sino que, aunque con diferencias mucho menores, también ha sido distinta esta realidad para cada uno de los que acabamos de bajar del Perdido.  Una vivencia humana es siempre y en última instancia, como el documento de identidad:  personal a intransferible.

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..., de subida hubo pocos y breves descansos...

En cambio, los datos son los que son, objetivos, asépticos, neutrales.  He aquí la jornada de este 15 de agosto de 1987 en cifras:  de las proximidades de Cuello Gordo a la cumbre del PERDIDO, 4 horas 45 minutos.  De la cumbre al Plano Tripals, 4 horas 30 minutos.  En el horario de subida hubo pocos y breves descansos, mientras que en el de descenso hay que restar 1hora treinta minutos, entre la comida a orillas del ibón del Cilindro y la permanencia junto al manantial de Sierra Custodia.  El horario total de la jornada ha sido de 10 horas y 15 minutos, en cuyo tiempo hemos recorrido unos 25 kilómetros a muy distinto ritmo:  lento en el ascenso y muy vivo en el descenso.  Los primeros en pisar la cumbre han permanecido en ella una hora.

Pero  ¿pueden estos datos, fríos y escuetos, explicar la jornada que acabamos de vivir –cada uno desde sus propias claves personales-  los ocho que hoy hemos pisado la cima del más alto de los Macizos calcáreos de Europa? ¡En absoluto! Ni esos datos ni cualesquiera otros que pudiéramos añadir.  En cuanto a los folios anteriores, con sus descripciones, sus anécdotas y hasta sus licencias literarias, se acercan, sin duda, a la realidad mucho más que los simples datos, pero tampoco la agotan.  ¿Cómo van a agotarla?  Toda realidad humana es, por esencia, inagotable.

Si sólo manejásemos datos y números seríamos  “robots” y podríamos ser  “programados” como estos artefactos cibernéticos, y entonces seríamos, como ellos, perfectos.  Pero los humanos, afortunadamente, somos imperfectos: mezclamos los números y los datos con unas pocas materias primordiales e inflamables que irradian de lo más individual de cada espíritu y por eso no puede ser ni codificadas, ni controladas, ni verificadas:  estas materias son las pasiones, los sueños, las ilusiones, los deseos.  Por eso los comportamientos humanos son, tantas veces, imprevisibles y desconcertantes.  Un genio como Shakespeare conocía bien la condición humana:  dijo que estamos hechos de la materia misma de los sueños.  Las cifras pueden alcanzar la perfección:  ahí está su aburrida servidumbre.  Los sentimientos navegan siempre por ese mar incierto dónde las realidades parecen soñadas y los sueños pueden convertirse en realidades:  aquí radica la grandeza humana.

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..., el historial biográfico de cada individuo condiciona y modula el complejísimo funcionamiento cerebral… 

Lola Castillo, Manolo López Dueso, José Ramón Monclús, Álvaro Mur, Antonio Melendo, Francisco Sarrablo, Manuel López Otal y Julián Olivera se llevan en sus corazones, lo que para cada uno de ellos ha sido esta jornada:  sus vivencias íntimas y, en definitiva, incomunicables.  La biografía humana está constituida por miles de vivencias de las que sólo algunas pasan a enriquecer esa pirámide de los recuerdos que forman nuestra memoria.  El cerebro tiene que seleccionar entre la masa de vivencias, incapacitado para asumirlas todas, pero  ¿qué fórmula se sigue para esa selección, sin duda distinta en cada individuo?  Porque hay recuerdos cuya perduración se justifica por sí misma.  ¿Cómo se justifica, en cambio, que cosas que en su momento parecieron relevantes, desaparezcan, y sobrenaden otras que se consideraron triviales?  Evidentemente, el historial biográfico de cada individuo condiciona y modula el complejísimo funcionamiento cerebral…  ¡uno de tantos misterios indescifrables!

Las vivencias salvadas del olvido se traducen en una clave biográfica que singulariza al individuo de todos los demás, se van decantando poco a poco en un último y definitivo secreto, único compañero de nuestra solitaria singladura final.  Nadie lo expresó ni mejor ni más sobriamente que uno de los más grandes poetas de todos los tiempos y todas las lenguas, el español Antonio Machado:  “Morir es irse cada cual con su secreto”.

Palabras puras y bellas como el diamante para finalizar este relato sobre el MONTE PERDIDO,  “la primera de las montañas calcáreas”, como la denominó Louis Ramond de Carbonnières, aquel aristócrata francés que vivió  “a caballo” entre los siglos XVIII y XIX obsesionado por un Pico que entonces parecía inaccesible y cuya leyenda aún perdura en su poético nombre.  

 

 

 

 

Julián OLIVERA MARTIN