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Este relato forma parte de una serie de más de 50 en los que Julián OLIVERA MARTIN recoge una parte de sus acctividades montañeras Ver relatos publicados y biografia >>

PLANA CANAL – REFUGIO Y PICO DE SAN VICIENDA – CUELLO VICETO - SENDA DE FORADIELLO – FUEN BLANCA – CAÑON DE AÑISCLO – SAN URBEZ …

UNA LARGA Y FANTÁSTICA “CALCETINADA”! – JOSÉ LUIS ANZORANDIA, JOSÉ RAMÓN MONCLUS Y JULIÁN OLIVERA – DÍA 3 DE SEPTIEMBRE DE 1994

 

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... Manolo Bielsa nos invita a que subamos a su “todo terreno”. Se lo agradecemos pero preferimos hacer andando los cinco kilómetros que separan Plana Canal del Refugio de San Vicienda.
En el vehículo “todo terreno” de José Ramón Monclús, éste y Julián Olivera salen temprano de Boltaña, y después de recoger en Aínsa a José Luis Anzorandía, suben hacia Puértolas. Rebasado este pueblo, dejan a la izquierda la carretera que se dirige a Bestué y toman la pista que trepa hacia los altiplanos. Cuando apenas nos hemos alejado de Puértolas unos cientos de metros, un pastor nos detiene con el ruego de que le llevemos a Plana Canal; sube al coche y nos dice su nombre, Amado Puértolas, a pesar de cuyo apellido es de Bestúe. Es hombre “charrador” y su imprevista compañía nos ameniza la subida por esta muy larga pista que “culebrea” para remontar el enorme circo que se abre entre el Castillo Mayor y Los Sestrales. Llegamos arriba, a los altiplanos, por un lugar denominado Plana Canal; aquí encontramos a otro pastor que está esperando al que viene con nosotros, y también nos dice su nombre y el de su pueblo: Manolo Bielsa, de Escalona. Como nosotros no podemos pasar con el vehículo de Plana Canal, por que lo impide una cadena cuya llave tienen los pastores, Manolo Bielsa nos invita a que subamos a su “todo terreno”. Se lo agradecemos pero preferimos hacer andando los cinco kilómetros que separan Plana Canal del Refugio de San Vicienda. Nos despedimos de Manolo y Amado, que en el vehículo del primero salen para San Vicienda.

Cuando son las ocho y media de la mañana, Anzorandía, Monclús y Olivera, con sus mochilas a la espalda, comienzan a caminar por estos altiplanos que forman la terraza oriental del Cañón de Añísclo y lo hacen siguiendo una pista que se desliza llameando o con leves ondulaciones. Algunas barranqueras que vienen de los tozales que se levantan a la derecha de nuestra marcha, atraviesan la terraza para desembocar  abruptamente en el Cañón. Cruzamos la barranquera más importante, conocida con el nombre de Barranco de Mallo Sasé, que origina una depresión en el terreno por el que circula la pista, obligando a ésta a dar un fuerte rodeo; nosotros la abandonamos para alcorzar recortando espacios entre sus “lazos”, y después de varios centenares de metros, recuperamos la pista. Frente a nosotros, que avanzamos de Sur a Norte, aparecen las imponentes siluetas de las Tres Sopores. Minutos antes de cumplirse la hora desde que salimos de Plana Canal, llegamos al Refugio de San Vicienda. Este sólido refugio para el servicio de los pastores, se levanta en la parte baja de un tozal y sobre la ribera derecha de un barranco: tozal y barranco que dieron su nombre al refugio, pues uno y otro llevan el nombre de San Vicienda. La altitud del refugio es de unos 1.800 m y la del tozal la fija el plano en 2.092 m.

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... un río que desgarra todo el Valle de Escuaín escondido en profundas y sinuosas gargantas que le llevan hasta el Hospital de Tella, donde sus aguas turbulentas se remansan ...

Sin apenas detenernos, porque la hora que hemos invertido desde Plana Canal ha sido un paseo, comenzamos a remontar estos trescientos metros de desnivel que nos separan de la cima del Tozal de San Vicienda. Cuarenta y cinco minutos tardamos en alcanzar esta cima, que nos ofrece una visión despejada, con interesantes horizontes: muy próximas y bien dibujadas, las familiares siluetas de las Tres Marías y las Tres Sopores, con esos tremendos promontorios que las rematan, a las primeras por el Oeste, a las segundas por el Este, llamadas La Suca y la Punta de las Olas; en el mundo orográfico, confirman lo que se decía de los tres mosqueteros, esto es, que son cuatro. La Suca o Pico Inferior de Añisclo y la Punta de las Olas se contemplan hurañas por encima del Collado de Aiísclo. ¡Qué bien nos encontramos sobre esta cima ancha y suave, cuya modesta altitud permite que su piso esté tapizado por una hierba corta y fina! Movernos por este suelo amable es como andar sobre una alfombra natural. Muy cerca, al Sur, se levanta otro tozal poco más alto que este que pisamos, el Tozal del Basón, al que el plano asigna una altitud de 2.130 m. Entre estos dos tozales, el del Basón y el de San Vicienda, se abre un importante collado, el que enlaza el Valle de Escuaín con San Vicienda y Añisclo: Cuello Viceto. Al Oeste, casi bajo nuestros pies, tenemos un espacio y una fuente que se cuentan entre los lugares más emblemáticos de la geografía pirenaica: el espacio es la cabecera del Cañón de Añisclo, y la fuente, la famosa Fuen Blanca. Al Este, vemos parcialmente laderas, barrancos y precipicios como los de Gurrundué y Angores, que forman el sistema tributario del río Yaga, un río que desgarra todo el Valle de Escuaín escondido en profundas y sinuosas gargantas que le llevan hasta el Hospital de Tella, donde sus aguas turbulentas se remansan para entregarse al Cinca.

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... la decisión es bajar al refugio por el barranco que se abre entre ambos tozales

Dudamos entre bajar directamente al refugio, por donde subimos, o seguir la suave “cuerda” que conduce a Cuello Viceto y, continuando por el cordal alcanzar el Tozal del Basón. Decidimos descender hacia Cuello Viceto y en pocos minutos llegamos a este bonito collado, que nos asoma a la vertiente de Escuaín.  Son las once de la mañana y nos demoramos unos minutos más en este collado tan conocido por los pastores de Puértolas. Bestúe y Escuaín; aún se conserva un minúsculo refugio que sin duda habrá prestado servicios en situaciones de emergencia. Aunque la subida desde aquí al Basón es corta, como se nos van a añadir horizontes a los que hemos disfrutado en San Vicienda, la decisión es bajar al refugio por el barranco que se abre entre ambos tozales. Antes de mediodía ya estamos en el refugio, por lo que todavía tenemos muchas horas por delante para seguir conociendo esta interesante región. Monclús habla con uno de los pastores para saber si es posible el descenso al Cañón de Añísclo; el pastor le dice que sólo se puede descender por un sitio llamado la “Senda de Foradiello” y le indica donde se encuentra este “paso”.

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... ¡qué pena tener que abandonar la magia de este sendero, ...

A las doce salimos del refugio los tres y caminamos hacia el Norte, sobre la terraza del Cañón; se asoma Monclús un par de veces a la cornisa sin ver el “paso”, y cuando hemos andado aproximadamente un kilómetro, lo encontramos. Monclús se pone delante y le siguen Anzorandía y Olivera. Éstos dos últimos sienten cierta prevención ante lo que puedan encontrar en un descenso muy serio, con unos doscientos metros de desnivel, cuya verticalidad podría esconder algún problema. Algo ha debido de advertirle el pastor a Monclús, porque éste no se despega de sus dos compañeros, con muchos más años que él, y les arropa en algunas encrucijadas vertiginosas y escurridizas. Los tres descendemos como fascinados por este fantástico sendero (pocas veces tan acertado como aquí el empleo del adjetivo “fantástico”); el sendero se enreda en vueltas y más vueltas, como si nos hubiésemos metido en un tubo que penetrase en una profunda cueva. Bajamos en penumbra, envueltos en verdinosas transparencias; y es que el “tubo”, claro está, ni es liso ni metálico, es un cilindro tapizado de trepadoras, arbustos, líquenes que con su lujosa exhuberancia vegetal propiciada por la humedad del ambiente, suavizan y adornan piedras y roquedos. Un sendero realmente fascinante, fabuloso, mágico, en el que los ojos, la atención y la sensibilidad quedan férreamente atrapados. Los zig-zag que nuestros cuerpos describen prisioneros en el magnetismo de esta senda alucinante, son innumerables. Al ser la vez primera que vivimos esta maravillosa experiencia, ignoramos si es poco o mucho lo que queda para llegar abajo, al barranco. A la media hora de estar encerrados en esta “prisión encantada”, llegamos al barranco.... ¡qué pena tener que abandonar la magia de este sendero, que se ha grabado para siempre en nuestra memoria y en nuestro espíritu!.

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... unas aguas que tienen un bellísimo y singular nacimiento pues se deslizan por el promontorio más avanzado de dicha Punta en una cascada tan fina que parece un encaje.

Salimos los tres de este “tubo mágico” al barranco de Añisclo, que en este lugar donde desemboca la Senda de Foradiello no es angosto, al contrario, es ancho y despejado. Hemos de subir ahora por el barranco hacia la Fuén Blanca; son unos dos kilómetros de paseo delicioso por la ribera del Bellos, nombre del río que nace en dicha Fuente y en las dos altas cabeceras del Cañón, los importantes Collados de Arrablo y de Añisclo. Aquí estamos ya los tres en uno de los rincones más bellos e interesantes de nuestro Pirineo: la Fuen Blanca. El lugar al que esta Fuente da nombre, constituye un escenario que concilia la grandiosidad con la delicadeza, lo desmesurado y bronco con lo medido y apacible. Dos barrancos que se despeñan con fuertes inclinaciones desde los Collados de Arrablo y de Añisclo, confluyen bajo las tremendas murallas de la Punta de la Olas y reúnen sus aguas con las de Fuen Blanca, unas aguas que tienen un bellísimo y singular nacimiento pues se deslizan por el promontorio más avanzado de dicha Punta en una cascada tan fina que parece un encaje. Inmediata y por debajo de la transparente filigrana que el agua dibuja sobre el cantil, está la cabaña de los pastores, y José Luis, José Ramón y Julián, para verla, han de subir unos cuantos metros por encima del nivel inferior del valle. Descienden enseguida en busca de un lugar donde comer y descansar.

Encuentran con facilidad el lugar que buscaban, porque esta zona abunda en agua y en gratos y apacibles rincones, que la hacen merecedora del nombre amable del “valle” frente al áspero de “barranco” o “cañón”; la fonética y la ortografía de las palabras son un espejo de sus propios contenidos significativos; significantes y significaciones se identifican. Nos sentamos en unas piedras lisas sobre un pequeño estanque de agua cristalina, que la recibe con un lírico murmullo desde otro recipiente levemente más alto y la desagua en un peldaño inferior. Estas claras aguas germinales del Bellos regatean entre piedras redondeadas y salvan mínimos desniveles descolgándose de grada en grada, de una en otro oquedad, con la sola compañía de su mismo y poético rumor; y parece como si sabiendo lo que el largo y accidentado “Cañón” las prepara más abajo, -angosturas, turbulencias, despeñamientos -, quisieran demorarse todo lo posible, sin prisas, serenamente, en estos graderíos, en estas oquedades.

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... hemos permanecido una hora y media en esta escenografía incomparable, bajo imponentes murallas y junto a deliciosos y amenos parajes

El día es espléndido, limpísimo, con una delicadeza ambiental que lo hace más otoñal que veraniego; lo que “redondea” el bienestar, la sensación armoniosa de felicidad, de estar viviendo un “tiempo privilegiado”. Así lo sienten JOSE LUIS ANZORANDIA, JOSE RAMON MONCLUS, JULIAN OLIVERA, como si estuvieran “habitados” por unas vivencias de singular plenitud e intensidad. Llegamos a esta maravillosa encrucijada que señorea la Fuén Blanca, a las trece horas y quince minutos. Y hemos permanecido una hora y media en esta escenografía incomparable, bajo imponentes murallas y junto a deliciosos y amenos parajes. Antes de emprender el regreso, José Luis Anzorandía, sorprendiendo a sus dos compañeros, hace una inesperada propuesta: que él y Julián Olivera, en lugar de regresar a San Vicienda, realicen el descenso del Cañón de Añisclo hasta San Urbez; para lo cual, José Ramón Monclús dice “sí” inmediatamente, pensando en la alegría que ello va a significar para sus dos veteranos compañeros. José Luis y Julián, que completarían  con este descenso una jornada realmente extraordinaria. La rápida y más que generosa aceptación por parte de José Ramón Monclús de una ocurrencia sin duda muy sugestiva pero evidentemente complicada para él, recibe la emocionada gratitud de José Luis y de Julián.... ¡un millón de gracias al joven y querido amigo y compañero, JOSE RAMON MONCLÚS!

Las dos horas y cuarenta y cinco minutos de la tarde: Anzorandía, Monclús y Olivera, con la lentitud de quien siente pena por abandonar un lugar con tan plurales y excepcionales atractivos, inician el descenso desde la Fuén Blanca. Lo hacen por la ribera izquierda del río – la misma por la que subieron – y enseguida llegan al encuentro con la Senda de Foradiello, también conocida como “senda de los contrabandistas”. Aquí se despiden José Luis y Julián de José Ramón, pues los dos primeros continuarán el descenso hacia San Urbez, y José Ramón tendrá que remontar el asombroso y vertical sendero para ganar los altiplanos de San Vicienda, caminando luego hasta Plana Canal en busca de su coche.

José Luis Anzorandía y Julián Olivera siguen, ya sin José Ramón Monclús, “cañón” abajo, caminando todavía por la ribera izquierda. Enfrente, por la ribera derecha, la occidental, ven como desemboca en Añisclo uno de los grandes barrancos que se descuelgan desde los altiplanos del Oeste: el Barranco de Capradiza. Poco después, cuando desde la Fuén Blanca han descendido unos tres kilómetros, cruzan por un puente a la ribera derecha. Hasta aquí, en estos primeros kilómetros de la parte superior del Cañón de Añíisclo, la anchura del cauce del río hace que sus riberas sean, no sólo practicables, sino cómodas. Pero cuando llevan poco tiempo caminando por la ribera derecha, el “cañón” se angosta seriamente y la sucinta senda que lo recorre se ve obligada a auparse por encima del cauce, “culebreando” en la inclinada ladera y “volando” a veces muchos metros más alta – cien o más – que las aguas del río. Las laderas de enfrente, las de la ribera izquierda, se han convertido en paredes que se desploman con vertical insolencia, y por supuesto, son inaccesibles. El “cañón” cobra ahora su más salvaje y huraña grandiosidad. También por donde nosotros descendemos, encima y debajo del sendero, aparecen escarpaduras y roquedos. Pero nunca falta, a pesar de este mundo angosto, vertical, la vegetación abriéndose paso como puede entre y sobre las rocas, decorándolas y asomándose con ellas al abismo: árboles, arbustos, matorrales, hierba, líquenes... una rica presencia vegetal favorecida por la permanente humedad.

José Luis y Julián, teniendo en cuenta los muchos kilómetros del Cañón de Añisclo, no se pueden detener tanto como quisieran, pero no obstante, hacen algunas paradas de breves momentos para contemplar el grandioso, impresionante escenario por el que se mueven, recreándose en sus numerosos estímulos y haciendo algunos comentarios.... La Naturaleza es la creadora de la más hermosa y sublime Arquitectura; la diseñadora de una Estética de colores, formas y volúmenes de incomparable armonía y elegancia, sin parangón posible.

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... atentos a ciertos “pasos” problemáticos, que superan agarrándose a los arbustos y raíces que encuentras más a mano.

La senda, o los someros indicios que a veces hacen de tal para guiar a quienes por aquí circulamos “encañonados”, sube y baja, llegando a veces a descender a las honduras ribereñas para auparse enseguida muy por encima del río Bellos, cuya proximidad se nos denuncia por el sonido de sus aguas, aunque esta gradación sonora se ve influída también por la mayor o menor turbulencia con que se precipitan; la sonoridad va desde el fragor intenso al leve murmullo, y n muchos momentos, el silencio se adueña del espacio. Hemos dejado atrás el otro gran barranco que por esta ribera derecha desemboca en el Cañón de Añisclo: el Barranco de la Pardina. Siguen descendiendo José Luís y Julián, y en algunos puntos la senda se pierde – o más bien, no existe – y como la ladera, por su bronca inclinación y la humedad del suelo, se pone escurridiza, han de caminar con mucha precaución, atentos a ciertos “pasos” problemáticos, que superan agarrándose a los arbustos y raíces que encuentras más a mano. Llevamos ya muchos kilómetros bajando y el “Cañón” sigue ofreciendo una hosca y fiera grandeza. Debemos de encontrarnos bajo los tremendos farallones del Mondoto, porque frente a nosotros, en la ribera izquierda, se levantan otros farallones no menos impresionantes: los de Sestrales.

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... ¡increíble tiempo para tan áspera y larga remontada!

La senda desciende ahora resueltamente hacia el cauce del río y el “Cañón” se abre y pierde “fiereza”. Debemos de estar a un par de kilómetros del Puente de San Urbez, cuando José Luís y Julián ven aparecer a José Ramón, que sube a su encuentro. Después de varias horas sin verse, celebran los tres el reencuentro con alegría. José Ramón Monclús relata a sus dos compañeros como le han ido las cosas desde que se despidieron al pie de la Senda de Foradiello. Su juventud y sus espléndidas condiciones físicas, le permitieron remontar dicha Senda en sólo diez minutos ¡increíble tiempo para tan áspera y larga remontada!; sin duda, y así lo testimonia él mismo, tuvo que subir corriendo. Llegó al refugio de San Vicienda,  y uno de los pastores le acercó con su vehículo a Plana Canal; aquí estaba el “todo terreno” de José Ramón, con el que descendió al valle, para por Puyarruego entrar en el desfiladero y llegar al aparcamiento que existe por encima del Puente de San Urbez. Deja el vehículo en este aparcamiento, y atravesando el citado Puente, empieza a subir por el “Cañón” en busca de sus dos compañeros.

Reunidos de nuevo los tres amigos, y una vez que también los dos veteranos han relatado al joven su descenso por el fascinante “Cañón”, bajan con rapidez hacia el Puente de San Urbez. Después de varias horas caminando por la ribera derecha, regresan a la ribera izquierda por la que iniciaron el descenso en la cabecera del “Cañón”. El sendero vuelve a levantarse muy por encima del río, para llegar al a cueva que habitó el ermitaño San Urbez, una  oquedad que se abre en la falda más meridional de la larga Loma de Los Sestrales. Esta oquedad se ha convertido en una pequeña capilla que nos recuerda al rudo eremita medieval.

Desde la elevada cornisa por la que circula la senda al finalizar su largo recorrido, nos asomamos a la confluencia de los ríos Bellos y Aso; este último, tributario de las aguas del Valle de Vió, desemboca en el Bellos en el soberbio paraje que tenemos bajo nosotros. Rápidamente descendemos hacia le río, que habremos de cruzar por un lugar que vuelve a recordarnos a Urbez, el famoso anacoreta que quiso vivir solitariamente en estas indómitas asperezas; hubo una época de la larga Edad Media en la que algunos hombres creyeron que la forma idónea de vivir la auténtica religiosidad, era perdiéndose en soledad por los lugares más ásperos y remotos.

Al cruzar el río por una “plancha” impersonal de reciente instalación, asombra y emociona ver pocos metros por debajo, la vieja y bella estructura medieval del Puente Románico que desde hace siglos salva ágilmente un vano tan vertiginoso. Al otro lado de este Puente de San Urbez, nos espera el “todo terreno” de José Ramón Monclús.

Son las siete horas y cinco minutos de la tarde. Como salieron de la Fuén Blanca a las dos horas y cuarenta y cinco minutos,  el descenso de este fantástico CAÑÓN DEL AÑISCLO lo han realizado JOSE LUIS ANZORANDIA Y JULIÁN OLIVERA en cuatro horas y veinte minutos;  el ritmo de bajado ha sido bueno, por lo que descontando las pocas y no largas detenciones, podemos calcular la longitud del “Cañón” en unos quince kilómetros.

Refiriéndose a la totalidad de la jornada, comenzamos a caminar en Plana Canal a las ocho horas y treinta minutos de la mañana, y salvo las cerca de cuatro horas durante las que los tres estuvimos separados (José Luís y Julián por una parte, y José Ramón por otra), juntos terminamos la excursión casi once horas después de haberla iniciado. ¡Una excursión muy larga, que recordaremos entre las más gratificantes que puede ofrecer el mundo pirenaico! JOSE LUIS ANZORANDIA y JULIÁN OLIVERA reiteran a JOSE RAMON MONCLÚS el agradecimiento por haberla hecho posible con su generosa actitud. Los tres nos sentimos felices por haber vivido y compartido esta experiencia absolutamente imborrable.

Julián OLIVERA MARTIN