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Este relato forma parte de una serie de más de 50 en los que Julián OLIVERA MARTIN recoge una parte de sus acctividades montañeras Ver relatos publicados y biografia >>

ASCENSION AL PICO SALVAGUARDIA  (2.738), CON EPILOGOS EN AIGUALLUTS Y BARBARUENS.

JULIO FERRERES, ALVARO MUR, FRANCISCO GUARDIA, ANGEL GRECIANO, JOSE RAMON MONCLUS, MANUEL LOPEZ DUESO, JAVIER FERRERES Y JULIAN OLIVERA.-
DIA 12 DE AGOSTO DE 1990.


 

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...,la ausencia de Constante añade un motivo más de indecisión al que nos causa la inseguridad climatológica

Después de realizar una dura travesía que iniciaron en San Nicolás de Bujaruelo y les ha llevado, durante varios días, por lugares y picos cuyos nombres forman parte del mejor historial pirenaico  -Gavarnie, Brecha de Roland, Casco de Marboré,  “espalda” de Marboré hasta el Cilindro y Monte Perdido, Ángel Greciano y Paco Guardia llegaron a través de fantástico Cañón de Añísclo, a San Urbez.  Allí, en medio de una gran tormenta, les esperaba el matrimonio Olivera para llevarles a Boltaña en busca del merecido descanso.  Pero un grupo de amigos altoaragoneses prepara una jornada para celebrar con Paco y Ángel el final de esa espléndida travesía y pasar juntos un día en el hermoso entorno pirenaico.  Así, pues, después de una semana durmiendo a la intemperie, en esta primera noche en que pueden hacerlo a cubierto, Ángel y Paco tampoco van a dormir  “a pierna suelta”, ya que a las cinco de la madrugada nos levantamos todos para ver qué podemos hacer:  la interrogante se debe a que el tiempo es inestable y no sabemos hacia dónde dirigirnos.  Habíamos pensado en subir a Punta Suelza contando con la presencia de un gran amigo del grupo, Constante Gabás, pues a dicha Punta se accede por el Valle dónde él vive, el de Gistaín.  Pero la ausencia de Constante añade un motivo más de indecisión al que nos causa la inseguridad climatológica.

Siete de los ocho que vamos partimos de Boltaña en los coches de Julio Ferreres y José Ramón Monclús, para recoger poco después, en Aínsa, a Álvaro Mur.  Antes de salir de Aínsa, dudamos en tomar la carretera de Bielsa hacia los Valles de Pineta o Gistaín, y al fin decidimos hacerlo hacia el Valle de Benasque, pero sin un objetivo determinado; el Valle de Benasque se abre a numerosas y sugestivas posibilidades, pues además de Macizo ANETO-MALADETA que es como el  “buque insignia” de la Cordillera Pirenaica, están los Valles o Barrancos de Estós, Vallibierna, Cregüeña, Literola, Remuñe…  Cuándo paramos en el pueblo de Benasque, nos bajamos de los coches para cambiar opiniones sobre el lugar al que dirigirnos; el tiempo, al llegar las primeras claridades del día, parece estabilizarse y nos ofrece  “buena cara”.  Por fin, decidimos seguir hasta el Plan de Están y subir al Pico Salvaguardia.

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..., hombres con voluntad de aventura y el suficiente coraje, atravesando ásperas brechas e inhóspitos barrancos, pisaron las más altas cumbres pirenaicas

Al llegar al Plan de Están encontramos el lugar lleno de coches, lo que se explica porque aquí termina la carretera y, sobre todo, por ser punto de partida para muchas y excelentes ascensiones y travesías.  El Plan de Está se encuentra por debajo y muy próximo del Refugio de La Renclusa;  al Sur se levanta la impresionante muralla de los Montes Malditos; y al Norte, un cordal mucho menos arrogante, el que forma la divisoria de España con Francia  por este Valle del río Esera, entre el Pico de Sacroux y el Puerto de la Picada, dónde se levantan dos cotas casi gemelas, los Picos de Salvaguardia y de la Mina, bajo los cuales se abre la desgarradura del Portillón de Benasque, testigo  -con su impávido silencio mineral-  del frecuente paso de la figuras más relevantes del pirineísmo del siglo XIX, época en la que podemos decir  -utilizando una imagen aplicada a Ramond de Carbonnières-  que  “se inventaron los Pirineos”.  Y es que, en efecto, hasta ese Siglo de cordillera se limitó a ser un muro de separación entre la Península Ibérica y el resto de Europa, y fue entonces cuando hombres con voluntad de aventura y el suficiente coraje, atravesando ásperas brechas e inhóspitos barrancos, pisaron las más altas cumbres pirenaicas, encendiendo esa afición pirineísta que no ha hecho más que crecer y crecer sin descanso hasta nuestros días.

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..., por fin aparece el Aneto, cuya fina y a la vez majestuosa silueta se destaca al Sureste.

A las siete de la mañana y con un tiempo espléndido, comenzamos a subir.  Dos del grupo, Mur y Olivera, han pisado ya el Salvaguardia, aunque lo hicieron partiendo desde el Hospital de Benasque, unos dos kilómetros al Oeste del lugar del que ahora partimos; y son ellos los que van en cabeza para buscar la senda que sube serpenteando, en grandes lazadas, hasta el Portillón de Benasque primero y después a la misma cumbre.  Superados los primeros repechos que nos  “sacan” del Plan de Están, encontramos la senda y el grupo se dispersa, poniéndose en cabeza Manolo López Dueso y Javier Ferreres, dos zagales zanquilargos parejos en su talle descollante y en su espléndida capacidad física para este mundo de la montaña.  A medida que vamos recorriendo los lazos que describe la senda para vencer el desnivel de estas anchas laderas, comienzan a divisarse los Montes Malditos, primero el Pico de Alba y la Maladeta, en vertical con nuestra perspectiva, y por fin aparece el Aneto, cuya fina y a la vez majestuosa silueta se destaca al Sureste.  Pero hemos de seguir subiendo y dejarnos de contemplaciones  (aquí, esta última expresión se emplea  “sin segundas”, en su significado más directo y puro);  ya tendremos tiempo de recrearnos en todos estos horizontes que se nos van ofreciendo poco a poco, cuando lleguemos a la cima.

Una hora y media llevamos subiendo  -son las 8:30 y alcanzamos el Portillón de Benasque, una angosta brecha abierta en el cordal divisorio franco-español a 2.444 metros de altitud.  Este abrupto balcón nos asoma al territorio francés y lo primero que vemos, no a su través sino en la pared derecha del propio Portillón según nos acercamos al mismo, es un papel de color brillante que resulta ser… ¡el menú de un restaurante!  En efecto, se enumeran una serie de  “platos” que sirven en un restaurante instalado a orillas de uno de los ibones que se escalonan debajo de esta brecha, llamados  “Boums du Port”, en la vertiente del Valle de Luchon.  ¡Quién les iba a decir a las grandes figuras del pirineísmo del siglo XIX, que en ese Portillón altivo cuya ascética soledad cruzaban para ir descubriendo el gran Macizo Aneto-Maladeta, se encontrarían hoy con un prosaico anuncio de publicidad gastronómica!.

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Son las 9:15 horas y somos, sin duda, los primeros que hoy llegamos a un Pico que, en los veranos, suele estar concurrido.

Después de varios minutos en el Portillón de Benasque, reemprendemos la marcha para remontar los trescientos metros de desnivel que nos separan de la cumbre del Salvaguardia.  Es desde aquí, entre el Portillón al Este y el Port Viell bajo el Pico de la Montañeta, al Oeste, desde dónde levanta su gallarda silueta el Salvaguardia, una silueta que parece, en la lejanía, atrevida y problemática para remontarla, pero que luego, metidos en su física proximidad, se convierte en un ascenso cómodo, en el que no falta la senda, como decíamos, hasta la misma cima.  Senda que circula por la cara Sureste del Pico  -vertiente española- pues al Norte y al Oeste presentan serios desplomes.  Nuestro ritmo de subida es bueno, ya que hemos superado, en hora y media, los 600 metros que existen entre el Plan de Están y el Portillón, y entre éste y la cima de Salvaguardia a la que estamos llegando, vamos a tardar unos tres cuartos de hora.  Cuando llega a escasos metros de la cumbre  Julián Olivera –el más viejo, con diferencia, del grupo-, encuentra sentados sobre unas piedras a los benjamines, Manolo López Dueso y Javier Ferreres, que han tenido la gentileza de esperarle para que sea aquél el que la pise primero…  ¡un bello y delicado gesto de los dos jóvenes!  En pocos minutos nos encontramos reunidos en la pequeña y afilada cima del Pico Salvaguardia, las ocho personas que formamos el grupo.  Son las 9:15 horas y somos, sin duda, los primeros que hoy llegamos a un Pico que, en los veranos, suele estar concurrido.

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... se despliega bajo nosotros el gran Valle de Luchon ...

Sentados sobre las rocas de pizarra o recorriendo una vez y otra el minúsculo espacio cimero, comiendo algo, haciendo  “fotos” y, sobre todo, contemplando el fantástico panorama circular que nos ofrece este Pico –uno de los mejores observatorios pirenaicos-  ninguno de nosotros tiene ganas de iniciar el descenso.  Para contemplar los Montes Malditos, con la siluetas de Aneto y Maladeta aupadas sobre el blanco collar de sus glaciares, el Salvaguardia está reconocido unánimemente como un mirador de excepción.  Y no sólo vemos los Malditos, sino otros Macizos y numerosos Picos:  los Besiberri y el Montardo de Arán, al Este, ya en Lérida, y al Oeste, los Posets, Perdiguero, Crabioules, Gourgs Blancs, Clarabide…  Y si miramos hacia el Norte, a Francia, se despliega bajo nosotros el gran Valle de Luchon, con la población balnearia de Bagneres en el centro de la hermosa panorámica.

Una hora justa llevamos en la cumbre del Salvaguardia, y cuando son las 10:15 iniciamos el descenso.  Bajamos deprisa y pronto dejamos atrás el Portillón, y desde aquí al Plan de Están aceleramos aún más el descenso, tomando a veces los atajos entre las grandes  “lazadas” de la senda.  A las 11:45 de la mañana llegamos al Valle, del que habíamos salido 4,45 horas antes.  O sea que, sumados ascenso y descenso del Salvaguardia, excluyendo la permanencia en cima, hemos invertido exactamente tres horas y cuarenta y cinco minutos.

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... días limpios, diáfanos, con horizontes despejados y nítidos, que merecen del altoaragonés la espléndida expresión de  “días sanos”…

El encontrarnos tan pronto de regreso en el Plan de Están y el hecho de que algunos del grupo desconocen aiguallut, nos anima a ir hacia allí.  Como se trata de un grato paseo valle arriba, en suave subida de poco más de media hora, dejamos en los coches mochilas y botas, y con un calzado cómodo, nos ponemos en marcha.  En aiguallut se produce un fenómeno que siempre sorprende, incluso a quiénes ya lo conocen: ver cómo el Esera recién nacido desaparece ante nuestros propios ojos, para reaparecer, pero eso ya no lo vemos aquí, en otros  “ojos”, pues el lugar en el que las aguas vuelven a salir a la superficie se conoce con el nombre de  “Güells del Joeu”, o sea,  “Los ojos del judío” en castellano; topónimo que corresponde a la región aranesa de la Artiga de Lin.  Un Esera-niño que desde sus mismos inicios tiene un buen caudal por ser colector del glaciar del Aneto y de los Valles de la Escaleta y Barrans; pero al que le dura bien poco tan prometedor principio:  la  “trampa” de Aiguallut le aguara traicionera para  “secuestrar” sus aguas y hacerlas cambiar espectacularmente de destino.  Un caudal que, en buena  “lógica hidrográfica”, iría al Mediterráneo, tras su aventura subterránea, vierte con el Garona en el Atlántico.  Poco más arriba del  “agujero” de Aiguallut, vemos y oímos la turbulencia de una bella cascada que se descuelga desde la cabecera del Valle.  Una cabecera en forma de gran altiplano circular conocido como el Plan de Aiguallut, atravesado por las aguas primerizas del Esera, junto a las cuales nos sentamos.  El día es veraniego, espléndido, y suponemos que en los valles bajos de la región será caluroso; aquí, un poco por encima de los 2.000 metros de altitud, no sentimos calor, envueltos en un ambiente  “sano”, bella palabra que los altoaragoneses aplican con certera expresividad a la climatología:  frente a los vías veraniegos  “pesados”, con calimas, bochornosos –que aquí se conocen con una palabra bronca pero muy gráfica,  “gallinazo”-, están estos otros días limpios, diáfanos, con horizontes despejados y nítidos, que merecen del altoaragonés la espléndida expresión de  “días sanos”… ¡que maravillosa facultad la de los pueblos para utilizar el lenguaje sin retórica, con sobriedad y precisión!  Monclús, a pesar de que las aguas están muy frías, se baña, y todos los demás, unos más que otros, también se meten en el río, con excepción de Olivera.  Después de secarse, Monclús se da un segundo baño.  Regresamos al Plan de Están y lo primero que hacemos es sacar la comida de los coches para, sobre unos prados, comer y comentar detalles de una jornada que hemos pretendido reflejar, con mayor o menor fortuna, en las líneas precedentes.

Pero vamos a prolongar este relato más allá de los límites de la jornada montañera, porque queremos recoger algo no previsto que vino después.

Cuando terminamos de comer en los prados del Plan de Están e íbamos a iniciar el regreso hacia Boltaña, Ángel Greciano propone a los conductores de los dos vehículos hacer un alto en el regreso y subir hasta Barbaruens con el fin de saludar a la entrañable familia CALLAU-NERIN, que tan hospitalariamente acogió a Greciano, Olivera  un zaragozano hoy ausente, Rafael Tormo, durante unas jornadas que, en 1982, pasaron en el Macizo de Cotiella.  Aceptan Ferreres y Monclús, y al llegar a Seira, nos desviamos hacia Barbaruens, dónde somos recibidos con la gran cordialidad de siempre.  El matrimonio formado por Antonio Callau y Nieves Nerín, con sus hijos Toño y Quina, nos hacen tomar asiento en el comedor familiar, que dado nuestro número, llenamos por completo.  Mariano Nerín, hermano de Nieves, nos dicen que está descansando; quiénes le conocemos, sabemos que es tímido y parco en palabras, y se encontrará abrumado por el numeroso grupo que hemos invadido la casa  (en efecto, mucho después aparece para saludarnos, lo hace según su estilo sobrio y vuelve a desaparecer).

         Invitados por la familia Callau, tomamos café, y lo que pensábamos que sería una visita breve, se convierte en una larga tertulia.  Porque Álvaro Mur, que se encuentra evidentemente inspirado, toma la palabra y no hay quien se la quite.  Haciendo gala de una excelente memoria y de un sentido del humor absolutamente personal, Álvaro nos tiene a todos, como suele decirse,  “con la boca abierta”, provocando con gran frecuencia la risa y hasta la carcajada.  Álvaro es, habitualmente, un hombre serio y estamos asombrados con esta nueva faceta de su personalidad, derrochando desparpajo y buen humor, con un torrente inagotable de anécdotas, de pequeñas historias, de cosas que fueron y de otras que pudieron ser:  casamenterías, noviazgos, combinando hábilmente realidades y deseos…  La tertulia, casi  desde el principio, dejó de serlo para convertirse en un fenomenal monólogo de Álvaro Mur, cuyo simpático, divertido, pintoresco, incontebible discurso tiene encandilados a los once oyentes, sus siete compañeros y los cuatro miembros de la familia Callau –Antonio, Nieves, Toño y Quina-.  Especialmente Quina se lo está pasando  “en grande”, pues la observamos y se ríe constantemente sin perder detalle de las muchas cosas divertidas que cuenta sin parar Álvaro; el gesto a la vez atento y complacido de Quina es revelador de lo bien que se lo está pasando con el inesperado número.  ¡Dos horas sin parar de hablar, despertando la atención y la diversión de tantas personas, hacen a Álvaro merecedor de un diez! ¡Lástima no haber dispuesto de un magnetófono, o mejor aún de un vídeo, para dejar grabado el largo y estupendo monólogo de ÁLVARO MUR!.

Julián OLIVERA MARTIN