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Este relato forma parte de una serie de más de 50 en los que Julián OLIVERA MARTIN recoge una parte de sus acctividades montañeras Ver relatos publicados y biografia >>

ASCENSIÓN A LA PUNTA SUELZA
(2.973 m.)

18 DE JULIO DE 1982
CONSTANTE GABAS, ANGEL GRECIANO Y JULIÁN OLIVERA


 

 
 
En el ibón de El Cao
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En punta Suelza
A finales de  julio de 1979, el grupo formado en torno a Constante Gabás, pretendimos alcanzar la cumbre de Punta Suelza, pero un mal planteamiento de la forma de realizar la ascensión, malogró el intento y tuvimos que conformarnos con pasar la jornada junto a los ibones de Barreto y sobre el ibón de el Cao; jornada, por otra parte, muy agradable, como es innecesario decir, porque la montaña nos compensa siempre con creces, tanto si cumplimos lo proyectado como si nos quedamos a medias; como a medias nos quedamos entonces. En aquella fecha, hace ya tres años, llegamos en el Land Rover de Gabás a la pleta Pardina, zona de pastos al sur y bajo el Pico de Verdemené; iniciamos la marcha hacia el oeste, paralelos al enorme barranco que, a nuestra izquierda, se despeña sobre el Cinca, en las proximidades de Bielsa; lo que nos encontramos después de superar la larga cresta que desciende al sur desde la Punta Suelza, fue un inclinado pliegue tributario del citado barranco; al ver el agua que desembocaba en este subvalle por una angosta garganta, decidimos superar ésta, y, al hacerlo, apareció el más bajo de los ibones de Barreto; es de forma circular y resultaba impresionante contemplarlo desde el nivel de sus aguas profundas, claras y estáticas, encerrado en su cubeta sombría; se trata de uno de esos rincones escondidos en los que la montaña, con absoluta pureza, nos ofrece su mágica combinación de belleza y misterio. Bordeamos el ibón para remontar la cubeta por el lado opuesto al de su desagüe, y al remontarla, aparecieron unos prados espléndidos y unas vistas extraordinarias: al este, la cima alargada de Punta Suelza, y al norte, la esbelta silueta de la Punta Fulsa, cuya afilada cumbre semeja un altivo escudo de piedra gris azulada. Nos asomamos a contemplar, unos 400  m. bajo nosotros, el ibón de El Cao, fuimos después hacia el Ibón superior de Barreto, y cuando quisimos darnos cuenta, se nos había echado ya el calor del mediodía y no nos atrevimos a superar los aproximadamente 400 m. de desnivel que nos faltaban para alcanzar la cumbre de Punta Suelza, a cuyo costado oeste nos encontrábamos. Si al llegar a la cresta que separa la pleta Pardina del repliegue por el que desaguan los ibones de Barreto, no descendemos hacia este repliegue y nos encaminamos cresta arriba, hubiéramos coronado Suelza. Así fue, resumidamente, aquella jornada de 1979, sin cumbre, pero no por ello menos gratificante; la montaña es algo serio: promete y cumple.

En la ocasión que aquí y ahora vamos a relatar, fechada el 18 de julio de 1982, Constante Gabás, Alvaro Mur, Angel Greciano y Julián Olivera, tenían proyectada la marcha Plano Tripals-Góriz-Brecha de Roland-Puerto de Gavarnie-Bujaruelo; pero al tener Alvaro Mur que participar en una prueba ciclista por la comarca L’Aínsa-Bielsa, la citada marcha quedó aplazada para el siguiente domingo, 25 de julio, con el fin de que pudieran realizarla los cuatro por tratarse de un recorrido inédito para ellos, aunque en algunas de sus partes todos lo conocían. Gabás, Greciano y Olivera, al saber que Mur había coronado más de una vez la Punta Suelza que ellos no habían pisado, decidieron ganar esa cumbre.

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“Sin, Señes y Serveto pleitean con Saravillo; ganan el pleito aquellos tres caseríos y Saravillo les paga con nueces vofas y crabas sarnosas”

El sábado 17, Greciano y Olivera fueron a Servato para dormir allí; Gabás lo haría en su casa de Saravillo, y como hay que partir de Serveto, les iría a buscar con su vehículo a las 5 de la mañana. Greciano y Olivera duermen en la casa propiedad de Alvaro Mur, uno a cada lado del hogar, sobre los bancos de las cadieras. A las 5, puntualmente, el coche de Gabás rompe el silencio de la madrugada; ya estaban despiertos sus compañeros, y comienzan a preparar las cosas, comida y ropas, cargándolas en el vehículo. Exactamente a las 5,30 h., con noche cerrada, parten de Servato, pasando enseguida por el abandonado caserío de Señes, que forma con Sin y Servato una Comuna; estos tres caseríos están tendidos sobre una alta ladera que se levanta por encima de la orilla occidental del Barranco de Sin, que desemboca en el río Cinqueta, en las proximidades del desfiladero de La Inclusa. Cuenta Gabás, con su habitual desenfado y su memoria prodigiosa, heredada sin duda de su madre, un irónico relato que enfrenta a su pueblo,  Saravillo,,, con la citada Comuna: “Sin, Señes y Serveto pleitean con Saravillo; ganan el pleito aquellos tres caseríos y Saravillo les paga con nueces vofas y crabas sarnosas”.

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Aunque la pista, en estos años últimos, se ha prolongado hasta la Pleta Pardina, colgada en las estribaciones de Verdemené, dejamos el vehículo en el Collado

Superada esta ladera, en la que están situados los doblamientos de La Comuna, aparece una extensa zona de pastos llamada Feneplan. El viejo “1.500”, de Gabás (que hoy sustituye al entrañable Land Rover, compañero de tantas jornadas inolvidables), sube trabajosamente hacia el Collado de la Cruz de Guardia por una dura y larga pista que gana altura bordeando una inmensa vallonada. Las primeras luces del amanecer nos ofrecen la brava silueta, en el somero apunte orográfico que permite la todavía indecisa claridad de los Picos de Eriste, tras de los que se ocultan los Posets. Una hora después de nuestra salida, alcanzamos el Collado de la Cruz de Guardia (2.126 m. de altitud); son las 6,30 h. de la mañana en este espléndido Cuello que comunica los Valles del Cinca y del Cinqueta, por el que pasa la senda que une Bielsa con Gistaín; está tendido entre el Pico de Maristá (2.422 m.) al suroeste, y el Pico de Verdemené (2.522 m.) al norte. Gabás, que es dela región y ha estado muchas veces aquí, y Olivera, que lo hace por tercera vez, identifican los horizontes que se divisan a su compañero Greciano, que pisa por primera vez este singular Collado. Aunque la pista, en estos años últimos, se ha prolongado hasta la Pleta Pardina, colgada en las estribaciones de Verdemené, dejamos el vehículo en el Collado, e iniciamos desde éste la marcha, cuando eran las 6,45 h.

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Durante unos minutos permanecimos en este cuello contemplando las alfombras verdes que se despliegan serenamente por la luminosa vallonada

En principio, decidimos caminar por la pista que va a la Pleta Pardina, pista cuyo recorrido es uno de unos 3 km. A los 2 km aproximadamente, cuando la pista vira bruscamente a la derecha y se divisa la citada Pleta (palabra altoaragonesa cuyo equivalente en castellano es majada), abandonamos la pista para ir ganando altura; lo que vamos consiguiendo poco a poco, paralelamente a la pista que queda a nuestra izquierda, bajo nosotros, aumentando el desnivel con lentitud porque en esta primera hora de marcha nuestros cuerpos están entumecidos por el frío de la madrugada, y desentrenados. Aunque la zona, como hemos dicho, es conocida para dos de los que componemos el grupo, la ruta que hoy seguimos desde que nos desviamos de la pista, es inédita. Nos sorprende por ello encontrar, no mucho tiempo después de iniciada la marcha, un suave y anchuroso cuello que nos descubre una hermosa y verdecida vallonada descendente hacia el Cinqueta; por el plano vemos que este cuello se denomina Collada de las Lienas y su altitud es de 2.263 m.; el nombre de la zona sobre la que desciende la vallonada es El Grado, en la ribera del Cinqueta, inmediatamente al sur del Pico de Verdemené, y del Barranco de Viciele, que se despeña desde la vertiente oriental de este Pico sobre la misma zona del Cinqueta. Durante unos minutos permanecimos en este cuello contemplando las alfombras verdes que se despliegan serenamente por la luminosa vallonada.

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Greciano y Julián en un descanso durante la ascensión

Reanudamos la marcha hacia el oeste para bordear por su cara meridional, el Pico de Verdemené, unos 300 m. pro debajo de su cima y 200 por encima de la Pleta Pardina, cuya caseta para los pastores del ganado vacuno que pasta en la misma, nos ofrece su diminuto perímetro allá en lo hondo. Enseguida variamos nuestra dirección, y en lugar de hacia el oeste, caminamos hacia el norte, al costado occidental de Verdemené, e cuya cima nos separa un leve desnivel que quizás no llegue a los 30 m. Esta cresta separa dos circos: el que acabamos de mencionar, con un ibón que desagua hacia la Pleta Pardina, tributario por lo tanto del enorme barranco de Viciele, osea, que la nieve o la lluvia que recibe vierten finalmente en el río Cinqueta, a la altura del llamado Plan de las Fonticielles. Al norte,  y algo al oeste de esta cresta, el objetivo de nuestra marcha: la Punta Suelza. Hemos de resolver por dónde abordamos el acceso a la cumbre: si por las murallas orientales, que vistas desde aquí parecen practicables, o trepando por una arista que se dirige perpendicularmente a la que, desde Suelza, baja hacia el sur; esta segunda posibilidad es sin duda más cómoda, pero nos ofrece la duda de si no habrá entre ambas más aristas, algún abismo o cortada. A pesar de esta duda y cuando son las 8,30 h., iniciamos la subida de esta empinada arista formada por esquistos de pizarra; el que sea roca firme y no piedra descompuesta o glera, como dicen en esta región, facilita el remonte de este desnivel, el más duro evidentemente de los que hemos de superar en la jornada.

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Caminamos un cuarto de hora más por una cresta suave que nos sitúa en la misma base meridional de Punta Suelza...

Cuando pisamos los últimos esquistos pizarrosos, con su violento y cálido color morado, como nazarenos minerales, vamos con alegría que ninguna tajadura se interpone ante nosotros; poco después nos  encontramos sobre la cresta que desciende de la Punta Suelza hacia el sur y el horizonte se enriquece súbitamente: al oeste, próxima, una afilada aguja de piedra, la Punta Fulsa (2.867 m.), y abajo los ibones de Barleto. Hemos tardado, desde la cresta al norte de Verdemené, una hora, son las 9,30 h de la mañana, y el sol empieza a calentar. Caminamos un cuarto de hora más por una cresta suave que nos sitúa en la misma base meridional de Punta Suelza, a unos 2.800 m. Son las 9,45 h. y decidimos almorzar antes de emprender la etapa que nos llevará a la cumbre. Nos sentamos en la cresta, algo escorados hacia el este para disfrutar de los rayos solares; comemos y bebemos los tres con apetito y buen humor; fotografiamos Punta Fulsa y los ibones de Barleto.

A las 10,15 h. reanudamos la marcha, trepando hacia la cumbre por unos duros repechos de piedras calcinadas de regular tamaño. Ascendemos lentamente por este orden: Greciano, Gabás y Olivera. Cuando faltan pocos metros para la cima, los dos primeros, Greciano y Gabás, ceden el paso a Olivera, y aunque éste se opone en principio, la gentileza de sus compañeros le obliga a pasar delante, y pisa la cumbre en primer lugar: ha sido un gesto generoso de quienes, muy superiores en fortaleza y resistencia, quieren infundir moral al más flojo del grupo. Son exactamente las 10,50 h. cuando coronamos la Punta Suelza y lo hacemos, como ya es costumbre en nosotros, fundiéndonos los tres en un cordial abrazo. En la cima han colocado recientemente un pequeño monolito de cemento, los topógrafos del Instituto Geográfico; el monolito se alza sobre una base cuadrada en la que se incrusta la típica placa de cobre, ovalada, indicando que se trata de un vértice geodésico. Estas nuevas señales geodésicas se vienen instalando últimamente por medio de un helicóptero, en aquellas cumbres pirenaicas que permiten su aterrizaje.

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Julián y Gabas en Punta Suelza

Junto al monolito, los tres amigos, con el sentimiento feliz, siempre renovado, de pisar una cumbre, quieren recordar a una joven que estuvo con ellos el pasado verano, por el Aneto y por los Picos de Eriste; una joven que meses después, en febrero de ese mismo año, 1982, moría inesperadamente, víctima de una voraz y traidora leucemia: Lucía Barrero iba a cumplir 34 años y había nacido en un pueblo de la provincia de Madrid, Griñón, dentro de una familia campesina. Era una criatura entrañable, de trato sencillo, transparente y noble, enormemente generosa, virtud ésta, la generosidad, sin duda la más importante de la humana condición. Era Lucía una de esas personas que dejan huella imborrable en aquellos que tuvieron la suerte de tratarla e incluso, dada la transparencia de su carácter, en quienes simplemente la conocieron. ¡Cómo podíamos pensar que aquella joven que trepaba por los Pirineos con agilidad y entusiasmo en julio de 1981, iba a desaparecer sólo siete meses después! Constante Gabás, Angel Greciano y Julián Olivera rezan una oración por el alma de LUCIA BARRERO, de cuyo imprevisto y tan doloroso fallecimiento se cumplen cinco meses. Era una joven realmente extraordinaria, un espíritu limpio y abierto que convocaba, entre tanto desaliento, a seguir confiando en la humanidad. Mientras rezan, una profunda emoción atenaza a los tres amigos, y el recuerdo, tan vivo y sincero, termina en lágrimas. Aquí, en esta atmósfera de cristal, a 3.000 m. de altura, se mezclan hoy en nosotros la tristeza y la felicidad.

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... se accede por este puerto a uno de esos valles enormes, profundos, hermoso, que engalanan el Pirineo: el valle de Riemajou, que se despliega ante nosotros perdiéndose hacia el de Sant Lary.

La cima de Punta Suelza es muy larga, unos 200 m. en dirección SE-NO, y con una anchura entre 4 y 6 m; tan alargada superficie está matizada por suaves desniveles, encontrándose las cotas más altas en el extremo SE, que es donde acaba de instalarse el monolito como señal de un vértice geodésico. Constituye esta cumbre un mirador realmente excepcional: situada sobre la misma frontera franco-española, exenta, con la única escolta, al oeste, de la afilada Punta Fulsa, sus casi tres mil metros la convierten en un balcón prodigioso, en el que parece detenido el tiempo, paralizado de asombro ante los innumerables y fabulosos estímulos visuales que se ofrecen en planos próximos, medios, lejanos. Al norte, bajo nuestras plantas, el gran lago de Urdiceto, el Paso de los Caballos y el Puerto de Plan, uno de los más frecuentados en épocas pasadas por los oscenses de esta región para comerciar y relacionarse con las gentes del Pirineo Francés; se accede por este puerto a uno de esos valles enormes, profundos, hermoso, que engalanan el Pirineo: el valle de Riemajou, que se despliega ante nosotros perdiéndose hacia el de Sant Lary. En cuanto al Paso de los Caballos, es un anchuroso cuello que bordea el lago de Urdiceto, enlazando los valles españoles del Barrosa y del Cinqueta. Al Este, el impresionante Macizo de los Posets y los Eriste; y al Oeste, los no menos impresionantes  Macizos del Perdido y la  Munia. Bajo nosotros, al Este, los ibones de Barleto, porque el de El Cao, empotrado en una cubeta angosta que cierran las murallas de Punta Fulsa, no se divisa a pesar de su proximidad. Al Sur se dibuja nítidamente el Macizo de Cotiella, que, desde nuestra perspectiva, se alinea de izquierda a derecha así: Peña de las Once, Picollosa, larga cresta de Armeña, Coronas, Raymond D’Espouy, Cotiella, y después de las dos crestas superpuestas en la imagen que encierran el inmenso Circo de las Brujas, el Entremón; más a la derecha, solapadas, Punta Llerga y Peña Montañesa.

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... la suave vallonada con el regato se desploman bruscamente por un barranco abrupto de bronca inclinación que, a su vez, se precipita sobre el Cinca en las cercanías de Bielsa.

Casi una hora permanecemos sobre esta cumbre, desplazándonos por su largo pasillo para mirar y remirar los dilatados maravillosos horizontes. Iniciamos el descenso a las 11,40 h., exactamente cincuenta minutos después de haber coronado, y lo hacemos por el lado contrario: subimos desde el Sur, algo al Este, y descendemos ahora por el Noroeste, deslizándonos por una ladera abrupta de roca partida y quemada. En unos cincuenta minutos nos encontramos encima del ibón de El Cao, cuyas aguas reposan 400 m. por debajo de nosotros; ¡Qué impresionante este ibón desde la cornisa sobre la que reposamos, con la absorta lámina del agua casi medio kilómetro en vertical bajo nosotros! Desagua El Cao a través de un regato que serpentea por el centro de un espacioso y suave declive semejante a una gran sábana verde y ocre colgada de las rocas grises que trepan por los flancos; a un kilómetro aproximadamente del ibón, la suave vallonada con el regato se desploman bruscamente por un barranco abrupto de bronca inclinación que, a su vez, se precipita sobre el Cinca en las cercanías de Bielsa. Al fondo y abajo, vemos el arranque de uno de los valles pirenáicos más grandiosos y bellos, el de Pineta. Permanecemos en esta zona media hora, entre las 12,30 y las 13 h.

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Gabás se da cuenta enseguida de que la tormenta se nos echa encima con esa celeridad con que se producen estos fenómenos en la montaña.

Gabás y Olivera le dicen a Greciano que comerán en los alrededores del ibón superior de Barleto, en el lugar donde ya lo hicieron los dos primeros hace tres años. Allí se dirigen los tres, y en media hora alcanzan una ladera escarpada de lajas pizarrosas, donde brota un manantial cuyas aguas abrillantan y enrojecen las pizarras por las que se deslizan. Acunado en el costado suroeste de Punta Suelza, el ibón superior de Barleto parece un gran saurio dormido. Comenzamos a sacar los alimentos de las mochilas, después de habernos quitado las pesadas botas de montaña, para que descansasen los pies. Cuando empezamos a comer, se oye, todavía lejano, algún trueno. La mañana había estado despejada, sin una nube, pero en los minutos que llevamos a orillas del ibón, vemos como se carga la atmósfera y las nubes se aglomeran sobre la cumbre. Gabás se da cuenta enseguida de que la tormenta se nos echa encima con esa celeridad con que se producen estos fenómenos en la montaña. Recogemos velozmente las cosas, nos calzamos y salimos disparados, son las 13,45 h., en dirección al ibón inferior de Barleto; el más joven y fuerte, Greciano, quedó atrás, confiado en su potencia física; Gahás delante, y detrás de él Olivera, corren hacia la cresta que prolonga de Este a Oeste la que desde la cima de Suelza desciende de Norte a Sur; enseguida se encuentran sobre el ibón inferior de Barleto, unos 50 m por debajo de ellos; Gabás duda unos segundos pensando en descender al nivel del agua para, en ese caso, salir del circo de estos ibones por la angosta brecha que le sirve de desagüe, aquella justamente por la que accedieron en 1979; pero Gabás desiste de esta primera intención y “tira” de Olivera hacia la pequeña cresta que antes citábamos; antes de alcanzarla, han de descender al pequeño cauce por el que se trasvasan las aguas del ibón Superior al Inferior, y rebasado este cauce, remontan la cresta y bajan a la parte Sur de la misma. Viran hacia al Este, siempre corriendo, azuzados por la tormenta que ya tienen encima, rebajan otra cresta, prolongación de la Norte-Sur que parte de la cumbre, y dan vista a la depresión en la que está situada la Pleta Pardina. Gabás, con Olivera pocos metros detrás, y Greciano enjugando velozmente el retraso con que ha partido, busca con su conocimiento de la naturaleza y su instinto de hombre que vive en la montaña, un sitio donde cobijarse; lo encuentra muy pronto, una breve hendidura, metro y medio de boca por unos sesenta centímetros de profundidad, una sucinta oquedad en la inclinada ladera propia para las grandes aves rapaces; arriba y abajo, como visera y suelo, lajas de pizarra. Sólo Gabás era capaz de divisar un huevo tan reducido y camuflado, inadvertible, sin duda para la mayoría de los que pasean por sus alrededores. Inmediatamente detrás de Gabás y Olivera, llega Greciano; apenas caben los tres, por lo que Greciano prefiere permanecer fuera a pesar de que , aunque  no con intensidad, continúa lloviendo con truenos y relámpagos y en ocasiones granizo. La tormenta no es espectacular, ni en el aparato eléctrico ni en la precipitación, pero en cambio  se prolonga. La carrera, pues corriendo hemos venido desde el ibón Superior de Barleto, a este refugio natural, ha durado media hora (Greciano con su espléndida potencia física y su coraje la ha hecho en veinte minutos). Son las 14,15 h. Vemos que las nubes se “agarran” a las cumbres de Suelza y Verdemené, mientras divisamos al Sur la silueta, despejada, del Macizo de Cotiella.

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... la jornada montañera ha tenido una duración de 10 horas 25 minutos

En la misma ladera donde nos encontramos, bastante más abajo, hay un refugio de piedra para pastores. A las 15 h. Gabás se cansa de estar en un espacio tan reducido, y a pesar de que sigue lloviendo, se lanza ladera abajo hacia dicho refugio; aunque la inclinación es grande y las rocas, por el agua, están escurridizas, Gabás se descuelga a toda velocidad y en pocos minutos se encuentra en el refugio, en el que encuentra leña y enciende fuego;  desde arriba, Greciano y Olivera observan cómo sale el humo del hogar que acaba de encender Gabás, que al calor del fuego se ha echado a dormir sobre un poyo de piedra. Greciano y Olivera todavía permanencen una hora más, desde que se fue Gabás, sobre el “nido de buitres”; a las 16 h, al observar que llueve menos, Angel y Julián deciden bajar en busca de su compañero. Greciano, generosamente, se empeña en ceder a Olivera su chubasquero, y los dos se deslizan por la empinada pendiente con precaución, y en pocos minutos están en el refugio: una reducida caseta levantada con piedras, en una de las cuales está grabado el año de su construcción, 1954; se compone de un hogar y una plataforma enfrente para no más de tres personas. Lo malo de la chimenea es que “no tira” bien, y el humo se queda dentro de tan sobrio reducto, y lo hace irrespirable, a pesar de lo cual Constante ha dormido una pequeña siesta. Charlan y bromean los tres durante unos minutos, y a las 16,30 h, cuando ya apenas llueve, salen hacia la Pleta Pardina ladera abajo, para tomar allí la pista que se dirige al Collado de la Cruz de Guardia, de donde partieron a las 6,45 h. de la madrugada. En cuarenta minutos están en el Collado; son exactamente las 17,10 h de la tarde, la jornada montañera ha tenido una duración de 10 horas 25 minutos.

Junto al viejo “1.500” de Gabás, descansan unos minutos los tres y se refrescan con unas botellas que allí dejaron. Ya no llueve y el sol, aún queda mucho en estos días largos, inacabables del verano, hace rebrillar, con la humedad reciente, las laderas de Maristá y Verdemené, éstas últimas animadas por centenares de vacas que pastan sobre ellas; los dos pastores descansan junto al ganado, al que, antes de que se acerque la noche, conducirán hacia la Pleta Pardina.

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... los tres amigos añaden al archivo de sus recuerdos perdurables, un nombre más ...

A las 17,20 h abandonamos el Collado de la Cruz de Guardia, y el coche, el vetusto y entrañable “1.500”, desciende lentamente, una curva tras otra, hacia Servato, adonde llegamos a las 18,25 h; en poco más de una hora hemos descendido cerca de 1.000 m. En este bello pueblo pirenaico de Servato, nombre que  nos evoca a uno de esos españoles geniales víctimas de la intolerancia, Miguel Server, bajo la Peña de Hartéis, sobre el embalse de Plan de Escún, termina la jornada de montaña que aquí mismo iniciaron, de madrugada, Constante Gabás, Angel Greciano y Julían Olivera. Mientras la tarde de julio declina serenamente, los tres amigos añaden al archivo de sus recuerdos perdurables, un nombre más: el de PUNTA SUELZA.

Julián OLIVERA MARTIN