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Via Verde Madrid-Almorox

Aquel tren de carbonilla

Ahora que se están realizando negociaciones para el acondicionamiento, como Via Verde, del trazado de ferrocarril entre Móstoles y Villamanta, Rodolfo Serrano nos evoca el tren de su infancia

 
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Estación de Villamanta. Fotografía cedida por Gustavo Vieites y también publicada en su web sobre esta antigua linea de ferrocarril

Todas las tardes, casi todas las tardes, íbamos de niños a ver pasar el "tren del Alberche". No había televisión en Villamanta y en aquellas tardes largas y tranquilas corríamos los muchachos a La Estación a
ver pasar los trenes. Niños todos de la estación, penélopes de posguerra. Sentíamos el acre olor a carbonilla, escuchábamos el soplido cansado de la vieja máquina de vapor y soñábamos, tal vez, con abandonar, un día, aquel pueblo en ese mismo tren tan cercano y tan ajeno.

Había allí un depósito de agua, alto redondo, con su manga de la que siempre goteaba un agua cristalina. Asombrados, veíamos como el maquinista tiraba de una cadena para situar la manga sobre la máquina. Y luego, de un tirón, hacía caer el chorro de agua, potente y fresco.

Era una sueño aquel tren de carbonilla. Lento y paciente. Con sus asientos de lustrosos listones de madera. Y la pareja de la Guardia Civil, serios y circunspectos, sentados, silenciosos, en un rincón del vagón.

Los domingos el tren salía de la vieja estación de Goya, en Madrid,donde arrancaba el paseo de Extremadura, cargado de excursionistas que iban a pasar el día al río Alberche. La línea iba de Madrid a Almorox, con paradas en Navalcarnero, Villamanta, Río Alberche, El Alamín, Almorox... Familias enteras, en alegre bullicio, compartían la tortilla y los filetes empanados y las dos horas de viaje hasta la playa
luminosa de El Alberche.

Por la tarde, regresaban, más silenciosos, con la piel enrojecida, somnolientos. Yo los veía pasar cada tarde de domingo desde la estación. Llevábamos alcotanes que habíamos cogido en las tapias de la Iglesia y a los que habíamos amaestrado para que permaneciesen quietos en nuestro hombro. Algunos veraneantes querían
comprarnos los pájaros. Y nosotros, orgullosos y fieros, siempre nos negábamos a vender. Luego cuando el tren arrancaba con su resuello
asmático, corríamos los muchachos unos metros diciendo adiós, gritando como locos. Iba el tren muy despacio. Tanto que algunos viajeros se bajaban del vagón y en la huerta del tío Machaca cogían pepinos y tomates ante los gritos del viejo. Corrían los veraneantes y volvían a subir riendo y satisfechos por el escaso botín conseguido, antes de que el tren, remontada la cuestecilla, cogiera velocidad.

El tren luego fue de gasoil. Pero ya no era lo mismo. Es verdad que redujo la distancia de 40 kilómetros entre Villamanta y Madrid a tan solo una hora. Siempre supimos que era el tren más rápido del mundo. Yo oía
comentar aquella locura de velocidad a las personas mayores. Los más entendidos, aseguraban, muy serios, que había un límite físico que haría imposible aumentarla. Y decían que, aunque el tren podía ir mucho más deprisa, era preferible, por el bien de los viajeros, mantenerse en los 40 kilómetros por hora. Límte que a todos, nos parecía más que suficiente.

Un día quitaron el tren. Nadie supo por qué. Y quedó la cicatriz vieja de las vías que terminaron también arrancando. Hubo unos momentos de gloria. Fue cuando aprovecharon los railes aún instalados para rodar películas del Oeste. Fue la estación de Villamanta un pueblo mexicano, fronterizo y sucio, y los muchachos nos convertimos en manitos desharrapados y pobres. Ambas cosas ya lo éramos. Ahora, sólo queda el recuerdo.

© Rodolfo Serrano (periodista, nacido en Villamanta) julio 2002

 


 

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