¿quieres participar en nuestras excursiones y actividades?

Guillermo Amores

 

..
En el Naranjo de Bulnes  

Nací el 10 de agosto de 1956, en Madrid. Creo que mi afición a la montaña viene de aquellos campamentos de verano, a los que mis padres me llevaban cuando era pequeño. Ya, en el colegio, me uní a un grupo de montaña para, enseguida, escapar con un grupo de amigos a recorrer solos la sierra de Guadarrama.

Un día, en un paseo por La Pedriza, llegamos hasta la base del risco del Pájaro. Allí había dos avezados escaladores que se disponían a subir la vía de la cara sur. Sentí, por primera vez en mi vida, que la escalada me atraía con enorme fuerza; así que les pregunté si me dejaban subir con ellos. Me miraron, pienso yo, con cierta incredulidad, pero les debió hacer gracia que un chaval de doce años les pidiera, de forma tan firme, que le dieran esa posibilidad y decidieron que iba a ser que sí. Me ataron entre ambos y me subieron hasta la cima del Pájaro.

A partir de aquí, se sucedieron, una y otra vez, las diferentes escaladas. El día de mi catorce cumpleaños, logré llegar por primera vez a la cima del Naranjo de Bulnes. Fue una escalada de dos días (hoy en día se hace en una sola jornada) por la cara oeste del pico siguiendo la vía de Rabadá y Navarro.

Los Pirineos, horas y horas de tren para la primera experiencia de alta montaña de un grupo de adolescentes donde también se encontraban, entre otros, Miguel Ángel Vidal, excelente alpinista y actual guarda del refugio del Circo de Gredos, y el mítico Juan Lupión, autor del la guía de escalada de los Galayos y mi compañero de cordada durante muchos años. El objetivo era una travesía invernal por el bloque central de pirineos con nuestras primeras tablas de esquí. Arrancó en Panticosa y, durante seis días, nos llevó hasta Vignemale y su clásica cara norte, el valle de Ara y Bujaruelo, el circo de Gavarnie, y por fin, la Brecha Rolando, Góriz y los característicos paisajes del valle de Ordesa, fin del trayecto. Una iniciática experiencia que tuvo también algunas bajas.

Se sucedieron diferentes escaladas y ascensiones por la Pedriza, Gredos, Picos de Europa, Pirineos, Riglos, Contreras y Alpes; en muchas ocasiones, abrimos nuestras propias vías, siempre siguiendo los sabios consejos de mi amigo Juan.

Toda esta actividad me llevo a formar parte, como miembro más joven, de la expedición Laponia-76, donde conseguimos cuatro cumbres. Entre ellas, el célebre Kebbnekaise, que es la cima mas alta de Laponia y una primera escalada internacional al couloir del Viarramvare.

Las secuelas de un disparo que me realizó un "energúmeno" rompieron mi trayectoria de escalada. Después de recuperarme de las heridas producidas sabía que ya nunca podría volver a escalar o, al menos, no debía. Pensé que la montaña se había acabado para siempre.

Conocí a María Jesús y dos años después de casarnos, nació Maria. Es verdad que, mientras María fue pequeña, no salí casi a la montaña. Era un placer compartir los pocos momentos libres con ella, me encantaba jugar juntos, hacerla reír y hacer un poco el payaso en sus fiestas de cumpleaños. Pero llegó un día en que en una fiesta, se juntaron chicos y chicas del colegio, yo cómo siempre intenté participar de la misma pero, antes de que llegara al salón, vino mi hija corriendo y me dijo "papá quédate en la cocina y no salgas". En ese momento me di cuenta que ya María no era tan niña y que aunque me seguía necesitando, ahora no tan de cerca.

Al mismo tiempo, mi hija se había apuntado al grupo de montaña de su colegio y yo quise saber como funcionaba. El caso es que, al final, acabe siendo monitor del mismo durante más de 10 años. Este fue el inicio de mi reencuentro con la montaña y si estoy agradecido a esta etapa de la vida es por que fue la que me permitió conocer una montaña diferente, donde la senda no solo era el medio para llegar a una vía de escalada si no el fin para poder disfrutar la montaña de una manera más fascinante e intensa y que, quizás, los muros de las paredes no me habían dejado ver hasta entonces.

El tiempo pasa y llegó un momento donde me percaté que los chavales de los que yo había sido monitor ahora ya no eran tan niños y, ellos mismos, eran monitores. Sentí que había llegado el momento de abandonar el grupo y que las nuevas generaciones siguieran con su trabajo.

Ahora, salgo mucho a la montaña, lo suelo hacer acompañado de Aisha mi fiel perrita y también de un grupo de amigos con los que disfruto de cada marcha al máximo. Aún, sigo descubriendo muchas sendas que no conocía, continúo disfrutando de momentos fantásticos y paisajes increíbles. Pero para mi, lo más importante es que sigo amando la montaña con más intensidad e ilusión que cuando era solo un chaval.

Guillermo Amores

En el Fish River Canyon (Namibia)