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Ibón de Respomuso

SEMANA PIRI-2008

Travesía entre Canfranc
y Pineta

Cumplido un año desde mi travesía del GR 11, con la finalidad de calmar “el mono” que el Pirineo deja en los que lo amamos, y de mostrar a otros Andarines de montaña lo que se pierden con no intentarlo, programé en abril una Semana Piri-2008 (por llamarla de alguna manera), que incluiría una travesía de cinco días por lo más agreste y hermoso del GR 11.

Con la adhesión incondicional de mi compañero y maestro de la sierra madrileña, Jose Luis Mora, hice el programa que figura en el archivo 1 adjunto y lo circulé a los Andarines que mostraron algún interés. Enseguida se apuntaron los que serían los otros dos componentes del cuarteto que finalmente emprendería la aventura, Gabriel y Begoña.

La travesía, aunque de sólo cinco días, no suponía un esfuerzo baladí. Los casi 100 km a recorrer incluían casi 6000 metros de desnivel acumulado, por una de las orografías más exigentes de la península, aderezados con una buena cantidad de nieve y el caudal aumentado por el deshielo estacional de cientos de cursos de agua, no siempre fáciles de franquear. Así pues, la buena forma física de los participantes debía ser complementada para el esfuerzo previsto, para lo que desarrollé el plan de entrenamiento que figura en el archivo 2 adjunto, que nos sirvió de referencia a todos, aunque ninguno lo siguiera al pié de la letra.

En mayo hicimos las reservas en los albergues y refugios previstos. Esta medida no es imprescindible, excepto en el caso de Góriz, donde siempre hay una ocupación del 100%. Debe ser el magnetismo del Monte Perdido, por que el refugio deja mucho que desear, a pesar del esfuerzo de su personal (dos duchas de agua fría para más de 80 personas. Espero que las obras en curso mejoren esta penosa situación.

El equipo a utilizar fue una preocupación constante para todos, hasta el último minuto. Mi recomendación fue la que figura en el archivo 3 adjunto. En relación con este punto, dos días antes de emprender la marcha llamé al refugio de Bujaruelo para consultar sobre el estado de la nieve en el collado de Tebarray, el techo de nuestra travesía. La noticia buena fue que la nieve estaba blanda, lo que nos eximiría de añadir a nuestras cargadas mochilas el peso de crampones y piolets. La mala, fue la gran cantidad de nieve que había todavía y que me llevó a buscar una alternativa ante la posibilidad de que no pudiéramos pasar por Tebarray y los Infiernos hacia Baños de Panticosa. Unas cuantas llamadas telefónicas me permitieron prever una alternativa que, a la postre, nos permitiría continuar con la travesía.

El viaje en AVE a Zaragoza pasó en un suspiro. Tuvimos el tiempo justo de comer en el Lizarrán de la estación y sacar los billetes para el “canfranero”. El viaje en este regional, que yo recordaba con asientos de madera, no defraudó nuestras expectativas, aunque el aire acondicionado le jugó una mala pasada a José Luis. El albergue Pepito Grillo, a pesar del nombre, no está mal, y la cena en Canfranc Estación estuvo de cine.

 
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Bajando hacia Formigal,desde el Anayet
 

La primera jornada, de Canfranc a Sallent de Gállego, tiene cuatro fases bien diferenciadas. La subida por la Canal Roya es larga, sin grandes pendientes y muy reconfortante por el bello paisaje. El paso de los ibones de Anayet es espectacular, con más nieve que el año pasado, y muy concurrido, al ser domingo. La bajada hasta la estación de esquí de Anayet es entretenida y agradable. Desde aquí hasta Formigal, aburrida y peligrosa por carretera, recompensada por la parada y fonda en la estación de servicio, donde disfrutamos de un relajado almuerzo en una soleada y fresca terraza, regado con abundante y fría cerveza (¡que lujo!). Desde aquí, una rápida bajada por una pista, demasiado “descuidada” por las vacas locales, hasta llegar al precioso pueblo de Sallent. Aquí nos alojamos en el Albergue Foratata, y nos reunimos con Elvira y Jack Lord, una encantadora pareja de amigos escoceses que conocí el año pasado, haciendo el GR 11. Con ellos cenamos en el Casino, viendo como España/Casillas eliminaba a Italia (¡ya está bien!).

Segunda jornada: Etapa reina y gran duda sobre la nieve (extensión, estado). Los Lord se vinieron con nosotros (el año pasado no la hicieron y tienen la espinita clavada). La subida hasta Bujaruelo es preciosa. La vista, al pasar la presa del ibón es sobrecogedora. Parada en el magnífico refugio, con almuerzo incluido. Salimos del refugio ya pasado el medio día, y comenzamos la subida hacia Tebarray, vadeando con dificultades un par de veces el arroyo que baja del ibón de Llena Cantal. Al llegar a la nieve, mucho más abajo que el año pasado, no había huellas que seguir, así que comenzamos la subida abriendo senda. La nieve estaba blanda, pero había mucha más de la esperada. A las 15.30 estábamos todavía 400 metros por debajo del collado. Un rápido cálculo (al menos dos horas para subir y no menos de cinco para bajar hasta Baños de Panticosa) y unos negros y amenazantes cúmulos nos convencieron para abandonar la ascensión y regresar a Sallent para ir por carretera hasta el final de etapa. Fue una rápida bajada hasta el embalse de la Sarra, donde nos despedimos de los Lord y nos recogió Bogdan, un taxista-biólogo rumano afincado en Sallent, para llevarnos hasta la casa de Piedra, el bonito refugio de la Federación en Baños de Panticosa. Aquí continúan las obras y parece que el resultado final puede ser digno de gastarse una paga extra en el lugar.

La tercera jornada se inicia con una dura y larga subida hacia el cuello de Brazato. El año pasado, esta fue la parte más dura de la etapa, pero este, lo duro estaba por llegar. Los ibones de Brazato, que el año pasado a penas guardaban algún vestigio de nieve, presentaban este año un paisaje precioso, polar. Algunos ibones todavía estaban helados y el inicio de la travesía por el borde sureste de los mismos, por donde discurre el GR, se vio inmediatamente contestada por lo blando de la nieve, por lo que optamos por abrir vía por el noroeste, un camino más largo, pero aparentemente más seguro. Fue duro, pero hermoso, como dura y hermosa sería la bajada por la nieve hasta el final de los ibones de Batans, hasta el río Ara, que pasamos por un puente de hielo. El resto de la jornada fue un largo paseo, Ara abajo, con varios vadeos de sus afluentes por la izquierda, más o menos fáciles, incluido otro puente de hielo, animados por los gritos de las marmotas, temporalmente dueñas de los prados todavía no ocupados por las vacas. La llegada a San Nicolás de Buxaruelo, a través de su puente medieval, es un digno final de una etapa, cuyo esfuerzo queda recompensado por la belleza del lugar, la calidad del albergue, la amabilidad de su personal y el reconfortante frescor del río, en cuya playa me dí un par de rápidos y gélidos chapuzones.

La cuarta jornada es la típica etapa pirenaica que engaña. En principio parece un paseo campestre, pero, la subida a la cornisa que nos lleva hasta el puente de los Navarros y la trepada a coger el camino de Torla a Ordesa, son algo más que un calentamiento, seguido de una subida suave, pero continua hasta la Cola de Caballo, entretenidos por la diversidad de paseantes que hacen este tramo. Pero lo bueno viene tras este largo paseo, cuando después de más de seis horas de subida ininterrumpida, hay que empezar a subir el rincón de Suaso para salvar los más de 400 metros de desnivel que nos separan del refugio de Góriz, que nunca acaba de aparecer ante nuestra vista. Por fin el equipo se reúne en el refugio, con una reparadora cerveza en la mano, para afrontar el último gran reto del día, la ducha de agua helada en un inhóspito contenedor.

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Vista del valle de Ordesa, subiendo hacia Goriz

En Góriz me sucede una de esas cosas que te convencen de que el mundo es un pañuelo. El año pasado, precisamente en la subida a Tebarray, coincidí con un grupo de montañeros de Castellón, con los que hice el descenso, intercambiando fotografías y recuerdos después del verano. Bien, pues ese mismo grupo, al completo, estaba en Góriz preparándose para subir al Maldito al día siguiente. Tengo la seguridad de que esta no va a ser nuestra última coincidencia. Buena gente de la segunda provincia más montañosa de España, algo que muchos andarines desgraciadamente desconocen.

Durante la cena, con una simpática pareja francesa, discutimos la conveniencia de hacer la etapa prevista para el día siguiente, por el collado de Añisclo, hasta Pineta. El guarda del refugio me confirma que hay más de 200 metros de desnivel con nieve hasta el collado. Esto no es problema, pero sí los 300 metros de desnivel con nieve desde el collado hacia Pineta. Cualquiera que haya hecho este descenso, con seguridad el más duro y peligroso del GR 11, se puede imaginar el riesgo que supone hacerlo con nieve, sobre todo ante la posibilidad de que haya algún tramo helado o de que se pierdan las señales que marcan la vía de bajada. Me cuesta poco convencer al resto para volver al día siguiente hacia Torla.

Por fin un día tranquilo, de suave bajada, con posibilidad de tomar buenas fotos, con parada y cerveza en el bar del aparcamiento de Ordesa. Llegamos a Torla tras seis horas de marcha, con tiempo justo para comer y coger el autobús (único del día) que nos llevará hasta Sabiñánigo. Aquí nos hospedamos en un hostal junto a la estación y salimos a dar una vuelta por el pueblo, y a buscar un sitio para cenar y ver cómo España se clasifica para la final, en medio de una buena tormenta, consecuencia del tremendo calor sufrido durante el día.

Al día siguiente, con las botas en la mochila, caladas por la tormenta de la noche anterior, tomamos el autobús que nos deja en la estación del Ave en Zaragoza. Mochilas a consigna, taxi al centro, paseo por Independencia, tapita en El Calamar Bravo, decepción por la desaparición de La Nicanora, visita al Tubo, el Pilar y comida en el Coso Bajo. Regresamos andando (para que no se diga) a la estación de Delicias y todavía tenemos tiempo de dar un paseo hasta la Expo. Todavía trabajando en los accesos. Espero que los pabellones estén terminados. Un poco decepcionante.

El AVE llega a la hora y nos despedimos en Atocha, felicitándonos por el buen tiempo pasado y lo hermoso de la experiencia, y emplazándonos para hacer el año que viene las dos etapas que no pudimos completar. Buscaré las fechas de manera que haya menos posibilidades de nieve (¡ya hemos tenido bastante este año!).

Para Begoña, Gabriel y José Luis, desde aquí, mi gratitud por su compañía y paciencia. Valga esta síntesis como reconocimiento “oficial” de sus aptitudes como “andarines de alta montaña”.

Hasta siempre.

José Antonio Pérez González


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