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LOS CAÑONES
DE LOS RÍOS PIRÓN Y VIEJO

Sobre estas líneas: La Torca (foto de Ismael Jimenez Calvo)

A la izquierda: En la cueva de la Vaquera

Abajo: el grupo en un claro del bosque


LOS CAÑONES
DE LOS RÍOS PIRÓN Y VIEJO

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Guillermo Amores

 
 

La niebla cubre totalmente el puerto de Cotos y el agua que cae nos deja empapados según nos bajamos del coche. Está claro que esta vez no podremos hacer la travesía que teníamos planeada. Propongo bajar a La Pedriza, mi rincón predilecto, y cuando ya casi lo teníamos decidido, alguien dijo: ¿y por qué no nos vamos a las hoces de los ríos Pirón y Viejo?. Yo nunca había oído hablar de tales rutas y dije ¿Y eso qué es lo que es?. La contestación no se hizo esperar y aunque me guardo para mí esa respuesta, hice caso a mi interlocutor y siguiendo sus consejos descubrí un mundo de color, belleza y soledad que se quedó grabado en mí para siempre.

Quería repetir el recorrido en un momento especial y aunque es verdad que la teníamos reservada, especialmente, para la recuperación de nuestra amiga Maribel, se han unido algunas circunstancias que han hecho que hoy haya disfrutado aún mas de esta preciosa ruta; Ha venido también Ismael, ya casi en plena forma, nuestro querido Pedro, con el que hacia algunos meses que no coincidíamos y otra personita muy especial para mi, mi hija María, con la que al final he podido compartir, después de algunos años, una ruta de montaña.

Los valles del Pirón y del río Viejo constituyen, sin duda, un espacio natural de un atractivo excepcional; tanto por su singularidad respecto a los páramos que los rodean y de entre los cuales surgen, formando dos bellos cañones en los que contrastan las tonalidades amarillentas de las calizas con el verde intenso de sabinas y encinares, como de la riqueza de sus recursos vegetales y faunísticos.

Verdad y mentira; mito, leyenda y realidad se mezclan en la historia de Fernando Delgado Sanz, nombre real del temido y uno de los más conocidos bandoleros del siglo XIX y conocido con el sobrenombre del “Tuerto de Pirón”. Escurridizo “El Tuerto” que según nos cuenta Isabel Jimeno, en un trabajo publicado en la página web de nortecastilla.es, campaba a sus anchas por las tierras junto al río Pirón. Un espíritu libre, como algunos afirman, que le impulsó a adentrarse en la sierra de Guadarrama, entregando su vida al asalto de carruajes y diligencias que cruzaban el puerto y el desvalijo de iglesias, junto a sus secuaces. Aunque el temor que infundía le permitía frecuentar bares y tabernas sin ser delatado, cayó preso de la justicia en más de una ocasión, evadiéndose varias veces. Finalmente fue capturado de nuevo y condenado a cadena perpetúa. La vitalidad que siempre le caracterizó poco a poco se fue agotando. La claustrofobia y la amargura acabaron en 1914 con la vida de Fernando Delgado, pero no con el mito y la leyenda de “El Tuerto de Pirón”y su muerte ha servido de inspiración a libros y grabados. Como ejemplo acompañamos un fragmento de la narración de Tomás Calleja en Romances de El Tuerto de Pirón”:

Era Fernando Delgado/ un arriscante mancebo,/ al que una nube en el ojo/ le valío el mote de “El Tuerto”./Segar y arar le mataba/ Le aburría el pastoreo ,y mientras otros el callo/ daban, domando su cuerpo,/ él estaba en las solanas/ como un pajón de centeno./era doctor en caminos/ en rondas y devaneos,/amigo de las lechuzas,/ de las sombras y los perros,/ farruco como el que más/ y largísimo de dedos.

Para empezar la ruta hemos de llegar a un pueblín de Segovia llamado Peñarrubias de Pirón (896m) (el algunos sitios Peñasrrubias, en plural). Hay que ir a Segovia capital, seguir en dirección a Valladolid, y unos pocos kilómetros después tomar el desvío a Turégano. Pasando Cantimpalos, hay una desviación a mano derecha que nos deja en el pueblo por una carretera muy estrecha.

Iniciamos la ruta en la misma entrada del pueblo, dejando los coches cerca de unos carteles informativos sobre los senderos del Pirón. Subimos por la primera calle que nos encontramos a mano derecha. Enseguida se alcanza la parte más alta del pueblo donde podemos observar el contraste de la parte antigua del mismo, que queda a nuestra izquierda, con una parte bastante más nueva con estupendos chalets que quedan a la derecha. Casi sin darnos cuenta nos salimos del pueblo atravesando hacia el suroeste, por el camino de Cabañas de Polendos. Dejamos a nuestra izquierda un camino que baja hacia una granja y continuamos de frente por un terreno bastante llano introduciéndonos en una zona donde abundan las encinas. Alcanzamos una bifurcación que tomamos a la izquierda abandonando el camino de Cabañas de Polendos.

 
 
Puente de Covatillas

Poco después nos topamos con el ancho camino de Adrada, que nosotros simplemente atravesaremos de lado a lado manteniendo el sentido de la marcha, para seguir por una vereda bien marcada que desciende por el bosque. Nos introducimos en la frondosa floresta donde predominan los Álamos Negros o Pobos y después de pasar un tramo por donde el camino culebrea entre el bosque, llegamos a una zona más plana en la que nos topamos con el Pirón. Al otro margen del río se encuentra el antiguo Molino de Covatillas del siglo XIX, hoy se encuentra abandonado y en ruinas. Continuamos nuestro recorrido dejando el cauce fluvial a nuestra izquierda y atravesando tramos de especial belleza en la que predominan las sabinas, los fresnos, las encinas y los quejigos. Casi sin darnos cuenta aparece a nuestra izquierda el Puente de Covatillas; 905m (21 min. desde el inicio de la ruta), arqueado puente de piedra caliza del siglo XVI y cuya construcción está relacionada con el antiguo “ Camino Real” que unía Turégano con la ciudad de Segovia.

Pasado el puente, sin cruzarlo, encontramos una bifurcación que tomamos a la izquierda siguiendo la orilla del río. En poco tiempo llegamos cauce de la fuente del río Pirón, en el que, unos metros a la derecha, podemos distinguir las cabezas de leones esculpidas en el azut y el escudo nobiliario de los marqueses de Covatillas. Merece la pena subir hacia el manadero de dicha fuente, siguiendo el cauce a la izquierda por un bonito paseo entre nogales, álamos y fresnos, y acercarnos hasta la pared rocosa donde, desde sus mismas entrañas, brota el agua de la fuente, lugar que nos inspira una plácida sensación de paz, soledad y melancolía.

Volvemos sobre nuestros pasos para cruzar por el puentecillo donde estaban esculpidas las cabezas de león, a la otra orilla del manadero. Avanzamos sobre el curso del Pirón aunque algo alejados de su orilla, manteniendo una valla de piedras a nuestra izquierda cruzando, campo a través, una espléndida pradera. Poco después nos introducimos en una zona de arbolado donde en principio destacan las encinas dando paso a una nueva pradera cubierta de hierba. Nos acercamos cada vez más a orilla del río y en nuestro paso podemos disfrutar además de todo arbolado de ribera, de los famosos “tocones”, troncos carcomidos, cubiertos de hiedra y de formas imposibles que predominan el valle del Pirón.

 
 
Ermita de Santiaguillo

El terreno se empieza abrir y empiezan a asomar las paredes calcáreas que delimitan el valle. Ante nuestro paso encontramos una alambrada que permite salvarla ligeramente a nuestra izquierda, muy cerca de la orilla del río. Tras atravesar una nueva explanada encontramos un amplio camino que viene desde las Casas de Covatillas y que intuimos que llega hasta Losana del Pirón. Lo caminamos de frente, manteniendo la misma dirección que traemos hasta superar prácticamente una nueva zona plana exenta de arbolado. Justo en el punto donde empiezan de nuevo a aparecer los árboles, lo abandonaremos hacia la derecha para seguir por un pequeño sendero que nos acerca al farallón rocoso donde se encuentra nuestro siguiente objetivo (otro punto de referencia es que a nuestra izquierda se abre el Valle del río Viejo). El sendero por el que vamos sube sin demasiada pendiente y sin pérdida posible hacia una gran solapa de piedra, cerrada por un tosco muro de piedra que delimita la Ermita de Santiaguito; 950 m (39 min. desde el puente de Covatillas). La ermita se remonta en su origen a repoblación medieval de estas tierras, la austeridad y la sencillez remarcan la fuerza espiritual del lugar.

Por el mismo itinerario de subida nos acercamos de nuevo hasta el punto donde habíamos abandonado el camino ancho para tomar el senderillo que subía a la ermita. Enseguida vadeamos el río por unas piedras para continuar por un terreno bastante amplio por donde se abre el valle. Justo enfrente de la ermita en la que hemos estado, pero en la parte baja de los farallones rocosos que tenemos a nuestra izquierda, intuimos escondida entre la vegetación la entrada a la sima a la que nos dirigimos ahora. Subimos un pequeño talud y enseguida a nuestra izquierda, escondida tras un saúco de buen tamaño, encontramos la entrada a la Cueva de la Vaquera; 920m (9 min. desde la ermita de Santiaguillo).

La cueva consta de tres niveles, los dos superiores están secos en la actualidad y por el más inferior todavía corre agua. Conocida desde siempre por los habitantes de los pueblos del entorno, las primeras referencias sobre el carácter arqueológico de la Cueva de la Vaquera o de la Fuentedura, como también se ha sido denominada, fueron las deparadas por Celestino Grande, natural de Torreiglesias, que recogió un conjunto de materiales de superficie y los depositó en el Museo Arqueológico de Segovia. Sin embargo, encontramos la primera noticia escrita sobre la cavidad en un estudio realizado por C. Lemus Chavarri y J. Álvarez Redondo, donde los autores documentaron buena parte del arte parietal de la cueva, así como los numerosos enterramientos que se disponían a lo largo de la galería superior. Los donde los huesos humanos aparecían mezclados con fragmentos cerámicos y restos óseos de diversos animales salvajes y domésticos. Por las características de los primeros materiales cerámicos, Lemus y Álvarez otorgan al yacimiento una cronología situada entre el 3.000 y el 1.500 a. C. Estos datos han sido extraídos de un amplísimo estudio sobre la cueva publicado en la Web de torreiglesias.com.

(Antes de continuar con la descripción de la ruta, me gustaría aclarar que en esta ocasión hemos podido vadear el río sin problemas. Cuando esto no fuera posible o si simplemente se prefiere (así lo hicimos nosotros en la primera ocasión que recorrimos el Pirón), se puede descender desde la ermita hasta las cercanías del río y sin cruzarlo seguir cercanos a su orilla (sureste) hasta que realiza un marcado meandro hacia nuestra izquierda y luego otro a la derecha, muy cerca de allí encontraremos un puente de madera por el que podemos cruzar a la otra orilla y seguir en dirección contraria (noroeste) a la que traíamos hasta encontrar la cueva. El track para GPS que acompaña esta descripción marca esta alternativa)

Desde la misma cueva nos dirigimos ahora hacia el norte en busca del cercano Río Viejo. Avanzamos unos 200 metros y enseguida encontramos un puente de madera que cruza el cauce del río que andábamos buscando. Nos quedamos sorprendidos porque la última vez que estuvimos aquí tuvimos que vadearlo un poco más arriba. Así pues, aprovechamos esta oportunidad y cruzamos a la otra orilla del cauce. Desde el mismo puente sale una senda que rápidamente se divide en dos; la de izquierda (que tomaremos a la vuelta, se dirige hacia las Casas de Covatilla y la de la derecha, por la que seguimos culebrea por agradable terreno paralela al Río Viejo en dirección nordeste.

 
 
Ahisa encuentra la entrada a la Cueva de la Mora
 
 
Crhis y Maria saliendo de la cueva de la Mora
 
 
Sepulcro del infante moro

Se llega a un punto donde el río forma un marcado meandro hacia nuestra derecha dando vista a un hermoso cañón de la más pura y desnuda caliza que forman los contrafuertes de La Peña de la Tierna a nuestra izquierda con los de El Castejón a nuestra derecha. En estos últimos, muy cerca de la otra orilla del río, asoma una enorme cavidad que se me antoja intuir, por su ubicación, tiene alguna posible comunicación con la Cueva Vaquera. Seguimos por el valle unos 800 metros y tras pasar junto a un murete de piedras, nos acercamos hacia donde termina el espolón rocoso y el valle parece realizar un leve giro hacia el norte. En este lugar brota una fuentecilla de agua fresca y cristalina. Mientas saciamos nuestra sed, nos fijamos en las rocas que tenemos metros más arriba y observamos una pequeña oquedad en la pared, precioso balcón por donde muy pronto nos vamos a asomar y para ello debemos de trepar (sin ninguna complicación) unos metros a su derecha buscando una especie de ancho canalizo escalonado donde, una vez superado, encontramos la pequeña abertura que da paso a la Cueva de la Mora; 940m. (25 min. desde la cueva de la Vaquera). En la cueva se dice que hay la sepultura de un niño moro. Ciertamente, parece que hay un hueco antropomorfo y también parece que la cueva fue habitada hace muchos años.

Desde aquí no vamos a bajar al valle. Continuamos subiendo un poco por la zona cercana a la cueva hasta dar vista a un ancho barranco que queda a nuestra derecha y se abre hacia el norte. Lo seguimos por la parte de arriba y enseguida encontramos un buen sitio para bajar al fondo del mismo, atravesarlo y subir de nuevo a las lomas que tenemos enfrente. Avanzamos hacia el Este unos 250 metros, mientras podemos disfrutar del contraste del páramo por encima de las hoces con el verdor del valle. Nos mantenemos muy cerca de la zona donde la meseta pierde altura, estando muy atentos porque embriagados por el olor a tomillo y lavanda no nos podemos dar cuenta que ante nuestros pies, ligeramente caída hacia el valle, se abre una ventana a la profundidad de la Tierra, es La Torca del Río Viejo; 965m . (8 min. desde la cueva de La Mora). Apenas unas hojas de higuera y un saúco dan una nota de color a la profundidad del fondo rocoso.

 
 
La cueva-vivienda de Máximo Segovia

Situados en la parte más alta de la torca, nuestro itinerario continúa por la planicie siempre hacia el Este. Muy pronto observamos los restos de las edificaciones de nuestro siguiente objetivo y parece que enseguida vamos a llegar a ellos. Nuestras ilusiones se ven rotas cuando advertimos que nos separa un profundo barranco. Nos armamos de paciencia y descendemos hacia la amplísima hondonada, para enseguida volver a ganar altura. El desnivel a superar no es excesivo aunque la pendiente es fuerte. Cuando creemos que hemos hemos subido lo suficiente, realizamos una amplia diagonal hacia la derecha de la loma que nos lleva hasta la parte más alta de lo que en su día fue el Corral de Máximo; 990m (14 min. desde la Torca). Aunque las construcciones de la parte superior, ya totalmente destruidas no dicen nada, al descender unos metros, podemos encontrar la entrada de la que fue la cueva-vivienda, de Máximo Segovia, trabajador del almendro por los años 50. No podemos evitar introducirnos en la galería donde podemos percibir, con cierta claridad, como vivía y aprovechaba las posibilidades que se le ofrecían en estos parajes de soledad, luz, color y silencio.

Descendemos hacia el valle dejando a nuestra izquierda las terrazas donde se cultivaba el almendro. La pendiente es fuerte y debemos poner atención para no acabar con el trasero en el suelo, evitando en lo posible pisar las piedras sueltas que nos acompañan en el recorrido

Alcanzado el río viejo lo seguimos hacia el Oeste dejando su orilla siempre a nuestra izquierda en el sentido de la marcha. El terreno por el que vamos es bastante llano y nuestro caminar se convierte en un agradable paseo, introducidos en un amplio vergel que forma el arbolado de ribera. Llegamos a un lugar donde encontramos un letrero que nos indica cómo subir desde el valle hasta la Torca y poco después el lugar por donde subimos a la Cueva de la Mora. Desandamos el camino realizado por el río Viejo y llegamos hasta las cercanías del puente de madera por el que lo habíamos cruzado después de visitar la Cueva de la Vaquera. En este punto nos acercamos al contrafuerte rocoso que queda a nuestra derecha, donde enseguida, encontramos el Camino de las Casas de Covatillas; 910m ( 41 min. desde el Corral de Máximo).

El camino gira al noroeste y nos aproxima hasta una cerca de alambre que se pasa por el lado derecho junto a la pared de rocas y poco después otra con un paso bastante estrecho, aunque siempre se puede saltar sin mayores problemas. Ahora vemos que el río Pirón queda a nuestra izquierda y siguiendo siempre el amplísimo camino por el que vamos descubrimos, rodeado de encinas, el lugar donde se ubican los viejos muros de lo que fue el Caserío de Covatillas. Los marqueses de Covatillas fueron una importante familia en el siglo XVIII, hoy sólo quedan los restos de varias edificaciones entre las que destaca un gran edificio de la casa solariega que se eleva sobre la ladera y al otro lado del camino se conserva también el palomar. Desde la soledad de este paraje en el que el silencio se quiebra por el ruido del viento y el canto de las aves, se contempla de forma excepcional el cañón del río Pirón. Descendemos unos metros para cruzar el Pirón por el Puente de Covatillas; 910m (15 min desde que tomamos el camino de las Casa de Covatillas).

Desde la otra orilla del río, ya sólo nos queda volver por el mismo camino que habíamos utilizado al inicio de nuestra ruta para llegar hasta Peñarrubias de Pirón; 896m ( 21 min. desde el puente de Covatillas; 3 h. 13 min. desde el inicio de la ruta)

Los tiempos indicados en esta descripción son netos de andar, a ellos habrá que sumar los que se gasten en descansar, hacer fotografías, comer o simplemente descubrir cada rincón. A modo indicativo para realizar esta ruta de algo más de 15 Km. de distancia, con un desnivel positivo acumulado de 314 m y otros tantos negativos, se requiere entre 4h. 45 min. y 5h 15 min. para realizar el recorrido sin agobios.

© Guillermo Amores

 

 

 

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