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LOS ESPEJISMOS DEL BURREN
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Los engaños del desierto

¿Qué es realmente un desiero? ¿los puede haber en un país tan lluvioso como Irlanda? Esas y otras similares eran las preguntas que nos haciamos bien avanzada la noche del sábado, y después de recorrer los seis pubs que aquel fin de semana ofrecían actuaciones en directo en la pequeña aldea de Corofin.

Aunque no tan pronto como hubiera querido, el domingo me levanté a buena hora, cogí mi plano, alquilé una bicicleta, y sin preguntar por aquellos que hacia pocas horas, muy pocas, se habían mostrado dispuestos a compartir la excursión, me dirigí a la comarca más árida que podía imaginar en la verde isla.

Al bajar un repecho, apareció un lago, y a sus orillas, entre nieblas matinales, una mujer joven, pelirroja, con aros en los lóbulos de las orejas, y ... muy guapa, enjaezaba el caballo, que luego enganchó a un colorido carromato.

Había ocurrido tan temprano que muy bien se podía achacar a un duermevela matutino. Pero a lo largo de la jornada, y ya por los caminos que cruzaban secos pedregales, continué encontrandome otras mujeres, otros caballos, y otros carromatos, igualmente llamativos y sugerentes. Hombres ninguno en las veredas de aquella soleada mañana. Tan sólo los vi cuando me acerqué a alguna de las cabañas para indagar por el rumbo más conveniente; y en esas viviendas no vi más que hombres; unos hombres que en nada se parecían a las acicaladas y hemosas mujeres con las que a cada poco me había estado topando.

Cuando, terminada la excursión, tras la cena y una cerveza en uno de los pubs de la noche anterior, me metí en la cama, pese al cansancio, apenas dormí; dediqué la mayor parte de la noche a urdir hipotésis sobre la actividad de aquellas mujeres sin encontrar ninguna que me resultara satisfactoria. Al amanecer conseguí darme una explicación medianamente consistente: se trataba de prostitutas a domicilio, que para evitar el posible desaseo en la morada de sus clientes vagaban con la cama a cuestas, para añadir al sexo, el confort y lujo de sus carromatos. Al poco, la desdeñe por prosaica.

A las 11 p.m. del lunes comenzé mi clase de conversación inglesa, y como era habitual nuestra profesora nos preguntó por nuestras actividades durante el fin de semana. Cuando mis compañeros, terminaron de narrar sus domingueras, resacosas e insulsas historías, tomé aire, e inicié un relato en el que las mujeres más hermosas surgian tanto de la niebla como de los secos pedregales, con sus briosos, caballos y misteriosos carromatos cargados de voluptuosas promesas.

Mi entusiasmo fue interrunpido muy pronto por la profesora: " !Ah! !si¡. A las turistas inglesas les gustan esos carromatos y sentirse gitanas. Se pueden alquilar en ..."

Terminada la clase comí, y me tumbé una siesta, en la que nada sobresaltó mi sueño.

 

© Manuel López marzo 2001

 
 
 
 
 

 

 

 
En esta sección publicaremos los relatos que nos hagan llegar los viajeros, sea sobre grandes aventuras, o pequeñas excursiones. Los autores darán a sus textos el sesgo que estimen oportuno: literario, político, moral, práctico, anecdótico, sentimental, etc. y en ellos tendrá cabida la subjetividad y la opinión, que no tiene por que ser compartida por andarines.

 
 
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