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El Camorro
Domingo 10-11-02

© Carmen Rosa



El segundo domingo de octubre, hicimos una buena marcha. Salimos temprano de Antequera y nos dirigimos caminando hacia el Puerto de La Escaleruela (popularmente llamado “Las Carihuelas”).
A buen ritmo llegamos a “Piedra Rodal”, junto a Cañada Pesquera, donde se inicia la subida al Puerto,. Hicimos una pequeña parada para beber y estirar los músculos y ... continuamos.
La subida es intensa pero no demasiado larga. Va siguiendo una antigua vereda que, según parece, se remonta (como mínimo) a los siglos de la Reconquista, en la época de Isabel y Fernando, de la que Antequera conserva grandes historias.
Este puerto era el acceso hacia Málaga desde la cuidad y salvaba la frontera natural que constituye el Calizo Central.
La Escaleruela forma una especie de V donde se puede apreciar, a la izquierda, la Sierra del Torcal y, a la derecha, la Sierra de La Chimenea, con su pico El Camorro.
En esta vereda se pueden ver en las rocas que la constituyen unos orificios provocados por la barrena. Se ve que para mejorar el acceso tuvieron que romper la piedra a base de explosivos.
Durante el desayuno, surgió la idea de subir al Camorro. Hubo poca aceptación, sólo tres estábamos dispuestos. Javier insistió y Julio se decidió sin reparos. Yo también estaba decidida, había intentado animar al grupo durante el desayuno pero no tuve éxito. De manera que nos dividimos, ellos se fueron en dirección a La vereda del Oso, hacia El Lloradero y nosotros tres hacia el Camorro.
La subida la hicimos por la cornisa, desde el puerto donde estábamos.
Javier dijo:
-“Son cinco “chepas” de roca”.
-“Pues, ¡a por ellas, que son pocas y cobardes!”
La primera fue fácil. La segunda, buena. La tercera empezó a hacerme respirar hondo. La cuarta, más difícil, más dura. Le dije a Julio:
“-No te vayas demasiado lejos” -tres metros me parecían muchos...
Íbamos prácticamente escalando y el compañero se me perdía por delante. Ahora no estaba Rocío, mi colega de fatigas... Por un instante, experimenté un ligero escalofrío... De pronto me quedaba sola...
Julio Maqueda tiene mucha paciencia y ayuda muy bien en los sitios complicados. Me sentí más segura cerca de él.
La subida me recordaba a aquella que hicimos a la Peña de los Enamorados. Rocas verticales de difícil acceso pero llenas de grietas y vericuetos donde resulta fácil agarrarse para ascender, como por unas escaleras de peldaños locos y desiguales.
Al cabo, me acordé del resto del grupo y detuve mi rápido ascenso. Miré hacia atrás. Eran tan bellas las vistas que me quedé un instante petrificada, allí quieta, como una roca más.
Contemplando...
Respirando...
Con un movimiento rápido de la cabeza salí de mi ensueño. Fijé la mirada allí abajo, como un ave rapaz, buscando. Buscando hormiguitas de colores, o un pequeño resquicio de movimiento en aquellos confines pedregosos del Torcal. Pero... ¡nada! ¡Imposible! ¡Lástima! Como ave no me ganaría la vida...
Lamenté su ausencia, pues, hubieran disfrutado tanto como yo. Y continué sin más demora.
La última “chepa” de roca la hizo Javier solo. Julio dijo:
-“Vayamos por esta vereda que da un pequeño rodeo, para evitarnos las rocas”.
Las aristas tenían perfectamente diferenciadas las dos caras: la Norte y la Sur.
La cara norte estaba fría, azotada por un fuerte viento y muy húmeda. Tanto que resbalabas fácilmente, en ocasiones incluso con pequeños charcos de agua.
Las nubes habían estado toda la mañana visitando la cima del Camorro y habían dejado su clara presencia. Ahora se las veía despedirse de ella a gran velocidad, disipándose por momentos, quién sabe si huyendo del fuerte calor que se presentía..., quién sabe si con la ilusión de alcanzar las cercanas olas del mar de Málaga para refrescar su bochorno...
La arista sur de la roca estaba, por el contrario, seca y caliente.
A veces, ponías un pie en la parte norte, en la humedad resbaladiza, insegura y fría..., y, el otro, en el sur, en la parte seca y resguardada del viento. (...) ¡Cómo se agradecía la calma! ¡Qué buena recachita!
Entonces, después de una última escalada, por la roca... salimos a un pradito verde, pequeño, de varios pisos, como en bancada, ¡hermosísimo!
Fue ahí donde me quedé extasiada, donde pude llenar mi corazón de gozo de placer, de vida...
Las fuerzas físicas me estaban avisando, ya, del cansancio próximo.
La respiración jadeante me daba un toque de atención...
Me paré unos minutos y miré hacia arriba.
El cielo estaba completamente azul. El Sol brillaba calentando aquel frío viento. El sudor se confundía pegado al cuerpo sintiendo ahora frío, ahora calor.
Miré hacia arriba y tuve vértigo: restos de nubes pasaban por encima de mi cabeza y a través de mi cuerpo con la velocidad del rayo. Se veían venir hacia nosotros y sobrepasarnos. Con un abrazo suave querían llevarnos con ellas, pero, se disipaban alegres como las risas de los niños.
Abrí los brazos intentando asir toda aquella ternura, intentando recoger con mi cuerpo y mi alma, la gran fuerza que allí se derrochaba.
¡Fue un momento mágico! ¡Divino! ¡Intenso! Y, también, ¡corto! Me hubiera quedado en aquel pequeño prado mucho, mucho rato...
De nuevo los tres, giramos y a la vuelta de unas rocas, semiescondido, estaba el punto geodésico.
Todo en rededor eran montes y llanos, espacios interminables de naturaleza y cielo.
Hice un giro completo para observar las inmensas vistas y pude, al fin, relajar la tensión de los músculos.
Subí al punto más alto. Me abracé a la columna de cemento y gocé, de nuevo, de una sensación hermosa: un abismo se abría ante mi. El viento intenso me empujaba con fuerza. Yo miraba hacia el Norte para encararlo. Agarrada, allí, para no salir volando me imaginé viajar en un barco inmenso, en un trasatlántico invencible. Todo altura, todo viento, todo espacio en rededor. Entonces me dieron ganas de abrir los brazos y sentir esa sensación de navegar, de navegar por mar abierta de abrazarme a la vida, de vivir, de amar sin límites, como aquellas nubes, ¡escapar!, ¡como aquella roca!, ¡como aquel Titanic de piedra! que este día me invitó a subir, sin darme opción a negarme...
Y yo, supe agradecer ese descomunal regalo, que hoy, aún, al recordarlo me enciende el alma por dentro.
¡Cuanta gratitud!
¡Un obsequio, imposible de rechazar!

© Carmen Rosa octubre 2002


 

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