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EL CHAMIZO
Domingo 10-11-02

La Cresta © Carmen Rosa


Otoño seco y caluroso, aprovechamos para hacer el Chamizo, en Villa Nueva del Rosario, provincia de Málaga.
Llegamos al pueblo muy temprano. Una vez allí, salimos en dirección a la Ermita de la Virgen. De ésta, parte un carril en buen estado que lleva hasta un joven pinar. En este pinar, dejamos los coches y nos encaramos al Monte. Hay que conocer el camino porque la vereda es casi inexistente.

No es una subida demasiado fuerte. Se hace bien y se tarda menos de una hora para llegar al primer llano de arriba. En él se divisará la cara Sur y toda la costa. Entre medias, está el pantano de La Viñuela, en dirección hacia Vélez-Málaga. También, se puede ver La Maroma de Sierra Tejeda y otras muchas sierras.
Esta vez, el mar lejano, se mostraba espléndidamente reservado. Se había confabulado con el Sol, que lanzaba un destello brillante sobre el manto de niebla marino, haciendo trizas la mirada.
Conforme subíamos por la ladera Norte, las sombras del Chamizo cubrían la mitad de los campos.
Último resquicio de humedad nocturna. Manchas de oscuridad caduca.
Manchas de frescura en un noviembre cálido y seco.

Y, de pronto, “¡pac!, ¡pac!, ¡pac!, retumbando en los confines de las paredes de piedra, abajo, en lo hondo, caminan los cazadores, despertadores artificiales de un mundo semidormido.

Allí lo veo. Alto, señorial, retorcido... El Chamizo.
Árboles de sombra abrazan al caminante. Retamas ariscas te atrapan los brazos para que les cuentes, quieren saber curiosas quién interrumpe sus risas, quién perturba su morada tan solitaria siempre, hoy, transitada.
Las aves cotorrean, también, entre sí.
“-¡Caminantes!, ¡humanos imparables!”

La pendiente se hace fuerte. La inclinación nos obliga a andar muy cerca del suelo. Usamos piernas y brazos para salvar tanto desnivel sin perder el equilibrio. Espartos amables nos ceden sus finas manos por montones para asirnos a ellas. Hay muchas piedras grandes y una alambrada caída. Aprovechamos esta torrentera natural para acortar la ascensión. La cual es tan inclinada que se podría pisar la cabeza del que viene detrás. Enseguida llegamos a la hendidura en la roca, aún en la cara Norte, muy cerca ya de la cima, donde alguna vez desayunamos. En ella, la hierba me invita a sentarme y el esparto nueve, ahora, sus manos para salir simpático en la foto. Me coloco bajo la gran mole de piedra y me siento agradecida, protegida por esta fuerza brutal.

Salgo de allí y subo. Subo ya, con impaciencia porque se ha despejado el camino y comienza una llanura pedregosa que nos anuncia la cercanía a la cresta final.

..
 
El balcón © Carmen Rosa

Por un momento, siento curiosidad y me acerco al perfil de la montaña, donde forma una especie de balcón. Me asomo y me quedo extasiada. A mi izquierda, una pared de piedra marrón oscuro, marrón brillante, me ofrece apoyo. Frente a mí, sale el Sol. Al fondo, el mar, arropado aún por su manto caliente de espuma y nubes. Y, entre medias, las suaves crestas doradas, de las sierras negras, nerviadas por finísimos caminos blancos y salpicadas por pequeños caseríos que destellan, ahora, como espejos...
Respiro hondo y continúo.

Al poco, no puedo, por menos, dejar unos minutos para reponer oxígeno a mi excitado corazón, y me vuelvo hacia atrás. La vista es impresionante. El Sol alumbra ya casi todo. Aún quedan algunas zonas oscuras, que miran al norte como pidiendo auxilio ante un fuego inminente, sabiendo que, nadie va a salvarlos de la quema.
A mi derecha, las piedras despiden brillo. Abajo, en lo hondo, un extenso bosque de pinos arde ya de blancura solar. A lo lejos, en tonos marrones suaves, casi difuminados se aprecia la Sierra del Torcal con su Majestad, El Camorro, poderoso príncipe de las alturas.

Me vuelvo de nuevo, ya repuesta y satisfecha y... ¡sorpresa!
Allí arriba, sobre el torrente de piedras, una especie de duende. De pié, en el perfil de la montaña. Brazos extendidos, piernas abiertas en aspa. ¿Qué dice? Sale, se esconde... Corretea... Salta... Nos saluda... Abre de nuevo los brazos. Lo aprecio difuminado... ¿Es una broma de la imaginación? ¿Me falla la vista? Ya veo mejor, tiene forma humana, pero es... es... es Joaquín, se ha vuelto loco, el espíritu de la montaña se ha adueñado de él. Está borracho de luz, de monte, de vida...
Seguramente, esto, es contagioso.
Le saludo, me saluda.

Continuamos subiendo.
Esparto amarillo, cielo intenso, hormiguitas de color con mochilas a cuestas seguimos la senda.

Y, por fin, la cresta.

La cresta, blanca y negra, luz y sombra.
Norte y Sur.
Inmensa.
Piedra rota,
cuero resquebrajado por las fuerzas de la erosión,
Grisura de paquidermo, te acaricia la mañana.
Calientes los tajos del Este, pacientes los del Norte helado.
Todos ellos vibrantes en nuestra piel,
ahora,
herida de luz, de espadas.
Fría piedra, tibio mar.
La cresta.

© Carmen Rosa


 

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